Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1)
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1.- EL COMIENZO DE TODO
ANGELO
Solo he ido a un funeral en mi vida, y fue al de mi padre.
Contrario a lo que muchos piensan, su muerte no significó un gran dolor para mí.
Paolo Lombardi nunca fue una presencia constante en mi vida y supongo que, por eso, cuando murió tampoco sentí que hubiera perdido demasiado.
No hubo una etapa de duelo, no desperté extrañándolo ni sentí que el mundo se hubiera vuelto distinto sin él.
Para mi padre siempre fui el hijo menor, el defectuoso, aquel con el que tuvo que conformarse cuando los herederos que realmente deseaba dejaron de ser una opción.
Sin embargo, ahora es diferente. Porque delante de mí están los ataúdes de las personas a las que mas amé en toda mi miserable vida. No estoy frente a un ataúd de un hombre que me despreciaba, no, ahora estoy frente al de mi hermano mayor, y al de su esposa.
Ambos perdieron la vida en un accidente de auto cuando regresaban de una fiesta, un auto los embistió de frente, su auto volcó y unos cuantos segundos fueron suficientes para arrancarlos de este mundo. Eso fue lo que la policía nos dijo, nada más.
El sacerdote sigue hablando, pero hace tiempo que dejé de escucharlo. Solo puedo pensar en que esto no es real, que no es más que una maldita pesadilla, una que se siente demasiado vívida. Pero tiene que ser una pesadilla, porque es imposible, la vida no puede ser tan cruel.
«Mi vida no puede ser tan jodida.»
Una pequeña mano se aferra a la mía y bajo la mirada. Bella está pegada a mi costado, con los ojitos hinchados y sosteniendo con fuerza una de sus muñecas que se ha rehusado a soltar pese a que le insistimos toda la mañana.
Tiene seis años, aunque hoy parece mucho más pequeña. Le han colocado un vestidito negro, y las coletas se balancean cuando mueve la cabeza para mirarme.
Es el vivo retrato de su madre, con la única diferencia de que tiene el cabello rubio. Pero los ojos… los ojos son idénticos a los de la mujer que ahora descansa en el ataúd que está a menos de dos metros de nosotros.
No me habla, solo me mira y yo intento sonreírle, aunque estoy seguro de que el gesto de mis labios apenas y alcanza a parecerse a una sonrisa.
Dejo de mirarla y volteo brevemente para encontrarme con mis otras dos sobrinas, Antonella sostiene a la más pequeña, tiene los labios apretados en una fina línea, y sostiene a su pequeña hermana con más fuerza de la necesaria.
El pensamiento de que esto es jodidamente injusto vuelve a mi mente. Son tres niñas, tres niñas que necesitarán de sus padres, pero que ahora están aquí, asistiendo al primer funeral de su corta vida.
Bella aprieta mi mano con más fuerza, pero no bajo la mirada. No lo hago porque temo que, si la miro un segundo de más, toda mi coraza se desmorone, y no puedo permitirlo.
No he soltado ni una sola lágrima y no es por falta de dolor.
Me duele tanto que, por momentos, siento que algo dentro del pecho se retuerce hasta dejarme sin aire.
Pero aprendí hace mucho tiempo que el dolor es más fácil de soportar cuando nadie lo nota.
Cuando no le das forma. Cuando lo mantienes encerrado en algún lugar donde no pueda volverse en tu contra.
El sacerdote pronuncia las últimas palabras y las personas comienzan a acercarse a despedirse por última vez.
Me aparto cuando noto que las personas tienen la intención de acercarse a mí, porque no soporto la idea de que alguien intente consolarme, que personas que no los conocieron lo suficiente, finjan que mi dolor les importa.
Funciono en modo automático, miro los ataúdes descender, los llantos se intensifican, y soy incapaz de aguantar más tiempo. Suelto la mano de Bella, y empujo su hombro con suavidad para que se acerque a mi madre.
La mirada de reproche que recibo no es nueva. Pero la ignoro y me alejo, necesito espacio, necesito respirar.
Consigo alejarme unos pasos y cierro los ojos mientras me reprendo mentalmente.
«Contrólate»
La voz interna en mi cabeza me reprende, aprieto los párpados con tanta fuerza que siento el dolor en las pupilas, pero no me puedo dar el lujo de romperme.
No volteo cuando escucho los pasos detrás de mí, me tomo unos cuantos segundos más antes de girar el rostro para encontrarme a Franco, mi mejor amigo y también mi abogado.
—¿Me tienes malas noticias? —inquiero.
—No. Pero el abogado de Lucca no ha dejado de insistir en que tenemos que reunirnos para revisar el testamento.
¿Testamento?
Acabo de perder a mi hermano, lo que menos me interesa es el maldito testamento.
—Lo resolveremos más tarde.
Franco asiente. No me interesa sumergirme en papeleos, no me importa la herencia, las acciones, o el dinero.
Lo único que quiero es que este día termine de una maldita vez.
Irme del cementerio, encerrarme en algún sitio donde nadie me mire y convencerme de que mañana el dolor será un poco más soportable.
Todavía no lo sé, pero en unas horas, Franco se acercará con una carpeta entre las manos y pronunciará una frase que cambiará cada parte de mi vida.
Una frase que convertirá a tres niñas que apenas me conocen en mi responsabilidad.
Y hará que, desde ese momento, mi vida deje de pertenecerme.
Para siempre.