Los cuervos de la Catedral Capítulo 15 — Hacia el oeste #3
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Capítulo 15 — Hacia el oeste #3

—No os pido nada todavía. Os informo. En los próximos dos años, ambos vamos a necesitar aprender formalmente, con uno o dos viajes largos, cosas que en Sevilla no os podemos enseñar.

A ti, Clara, el sistema de marginalia. A ti, Adrián, la escucha cruzada entre torres y subsuelos.

Yo puedo hacerlo. Xoán puede ayudarme con Adrián en el apartado acústico.

Pero requiere tiempo. Y viajes. Y disposición.

No os apresuréis a contestarme hoy. Pero sí empezaréis a pensarlo.

Clara y Adrián se miraron. No contestaron. No hacía falta todavía.

Lamela asintió.

—Café —dijo—. Y después, a la cámara.

Sonó una pequeña campana en un botón junto a su mano.

En segundos, el mismo portero joven entró con una bandeja de plata, cuatro tazas, una cafetera, y un plato con un bizcocho casero.

Lo sirvió con discreción y se retiró. Durante veinte minutos, los cuatro bebieron café y conversaron sobre temas menores: la ruta por la autovía, el cansancio del viaje, una anécdota de Lamela sobre un obispo de los sesenta que, según él, creía que los archivos estaban para ser usados y no para ser consultados —una distinción que provocó la risa contenida de Clara.

Hablaron, también, de la diferencia entre los cuervos de Sevilla y los de Santiago.

Adrián preguntó. Lamela contestó con seriedad: en el norte, los cuervos son más grandes y son menos.

En el sur, son más pequeños y son muchos.

Ambas ciudades los tienen. Y, añadió, ambas ciudades los tienen porque, en determinadas cornisas, los cuervos son la única presencia que acompaña al que baja a las cámaras antiguas cuando sube.

Están donde están , dijo el canónigo emérito con una sonrisa muy pequeña, no por casualidad, sino por hábito .

Adrián no apuntó la frase. Pero la retuvo.

A las cinco y media, Lamela se levantó.

—Vamos.

Los llevó a otra sala, más pequeña, con una puerta de madera sin letrero que daba a un pasillo de servicio.

De allí, por una escalera estrecha, bajaron al subsuelo compostelano.

La escalera era más antigua que la de Sevilla, menos regular, con peldaños de distinto tamaño.

El aire era más frío de lo que Adrián había esperado.

Olía, también, a sal. No a piedra seca sino a mar lejano, a marea, a humedad del Atlántico.

Una nota sensorial que, para un restaurador del sur, era desconcertante.

—Estamos bajo la nave del Obradoiro —dijo Lamela, mientras bajaba con una linterna—. A unos doce metros. A casi la misma profundidad a la que ustedes tienen la balsa. Los que construyeron estas dos catedrales cuidaron la simetría con una precisión que nos sigue asombrando.

Al pie de la escalera, una galería corta. Más corta que la sevillana. Al fondo, una cámara pequeña, casi cuadrada, de unos cuatro metros por cuatro, con el suelo de piedra pulida y el techo en bóveda baja. No había cuenco. No había plano labrado. Sólo, en la pared del fondo, una inscripción.

Tres líneas.

Letras capitales. Muy antiguas. Grabadas con esa profundidad especial que da el cincel manejado con paciencia durante horas.

Adrián se acercó con la linterna. Clara también. Las letras eran latinas, y estaban dispuestas así:

FIDES AQVAE MEMORIA PETRAE SILENTIUM NOSTRVM

— Fe del agua , memoria de la piedra , silencio nuestro —tradujo Clara, en voz baja—. ¿Es, digamos, el oficio en tres palabras?

—Exacto —dijo Lamela—. Tres palabras, tres materiales, tres responsabilidades.

El agua, la piedra, y nosotros. Cada una contribuye.

Sin nosotros, el agua y la piedra siguen.

Pero sin silencio nuestro, el agua y la piedra, con el tiempo, se confunden.

Se mezclan mal. Y los cauces con carga, entonces, pierden carga.

—¿Y eso es lo que hay que evitar? —preguntó Adrián.

—Eso es lo único que hay que evitar, señor Vega. Todo lo demás son ornamentos.

Adrián se acercó más a la inscripción. Pasó los dedos por las letras.

El granito era frío. Más frío que la piedra caliza de Sevilla.

Y, por alguna razón que no supo nombrar, más conversador , si podía decirse así: la piedra de Santiago parecía una piedra que había escuchado más.

Una piedra mayor. Tenía más voz dentro, aunque aquella voz sólo se entregase al que la tocase con paciencia.

Se quedó un rato con los dedos sobre la inscripción.

Por debajo de las letras, y por debajo del suelo, y por debajo del aire mismo de la cámara, Adrián oyó, con esa claridad que a estas alturas ya tenía perfectamente domesticada, el pulso.

No era tres y dos.

Era otro.

Era dos y tres.

Invertido.

Adrián se volvió hacia Lamela.

—Don Fabián.

—Dígame.

—Aquí el ritmo es otro.

Lamela sonrió.

—Aquí el ritmo es otro, sí. Dos y tres , en vez de tres y dos .

Como en un espejo. Es la clave por la que los dos sistemas, el de ustedes y el nuestro, han podido funcionar sin interferirse.

El que oiga tres y dos es de Sevilla. El que oiga dos y tres es de Santiago.

El que oiga los dos ritmos, y sepa cuál le corresponde en cada lugar, es alguien que ha aprendido los dos sistemas.

—¿Cuánta gente oye los dos?

—Hoy en día. Dos.

—¿Dos?

—Don Ignacio, y yo.

Clara miró a Adrián.

—Adrián.

—Sí.

—Usted está oyendo los dos.

Adrián se dio cuenta de que, efectivamente, era verdad.

El dos y tres de allí estaba muy claro en aquella cámara, pero, en algún lugar remoto de su percepción, perfectamente quieto, persistía el tres y dos de Sevilla.

Como si la ciudad de la que acababa de salir siguiera emitiendo su pulso natal y este pulso, aun a seis horas de distancia, estuviera todavía grabado en su oído.

Lamela asintió.

—Eso, señor Vega, es lo que yo esperaba escuchar de usted.

Volvieron arriba sin prisa. En la sala del Cabildo, Lamela los invitó a cenar esa noche en un pequeño restaurante conocido de la Rúa Nova. Aceptaron. Quedaron a las nueve. Los tres salieron del Cabildo a las siete.

La tarde, sobre el Obradoiro, se había ablandado ya en un color granate suave.

Los últimos peregrinos acababan de recibir la Compostelana.

Un grupo pequeño de músicos tocaba una gaita y un tambor en la esquina de la plaza, con esa seriedad profesional de los músicos callejeros gallegos que no sonríen al turista porque entienden que tocar no es sonreír.

Un cuervo —grande, negro, calmo— cruzó el aire entre las dos torres. Un solo aletazo.

Adrián no sonrió.

Pero se detuvo.

—Clara.

—Sí.

—Creo que hay que volver. A Sevilla, quiero decir. Después de la cena.

—¿Esta noche?

—Mañana. Pero tenemos que volver. Empezar a hacer el trabajo que toca hacer ahora, que es otro.

—Conservar.

—Conservar. Y reordenar. Y pensar en lo que don Fabián nos ha propuesto.

—Yo ya lo estoy pensando.

—Yo también.

Salvatierra, que había caminado unos metros por detrás, los alcanzó. Les dio un pequeño golpe en el hombro, uno a cada uno, con esa discreción con la que un sacerdote anciano reconoce que alguien más joven, finalmente, ha decidido que sí.

—Vamos —dijo—. Nos da tiempo, antes de cenar, a ver la catedral desde fuera con la luz que le queda. Yo no la he visto bien nunca, aunque he venido tres veces en mi vida. La última vez fue en mil novecientos ochenta y siete.

Pasearon los tres en torno al Obradoiro, la Quintana, la Inmaculada, y volvieron a desembocar en el Obradoiro en un rodeo largo que les llevó cuarenta minutos.

La piedra oscura de las torres había pasado ya del dorado al granate y del granate al morado.

Iban hablando poco. Salvatierra iba nombrando cosas de vez en cuando: un arco, un resto visigodo incrustado en una columna posterior, una marca de cantero que sólo se veía en cierta iluminación.

A Adrián le recordaba a Claudio. Era el mismo oficio con acentos distintos: al del horno le gustaba la boca; al de la sacristía, la junta.

En la Quintana, al pasar frente a la Puerta del Perdón cerrada, Salvatierra se detuvo un momento y apoyó la mano en el muro.

—Cuando vine en el ochenta y siete —dijo, sin mirar a los otros—, don Evaristo, digo, don Aurelio Celis, el nieto del de la carta, era ya muy mayor.

Vivía aquí, en una casita pequeña de la Rúa Nova.

Le visité una tarde. No me dijo nada importante.

Habló del tiempo, de los peregrinos, de unas obras que estaban haciendo en el claustro.

Pero al despedirme en la puerta, me puso la mano encima, como yo les he puesto hace un rato a ustedes dos, y me dijo cuando vuelva, venga directamente .

Nunca he vuelto. Y él murió en el noventa y tres.

Les cuento esto porque, si no vuelvo a venir a esta ciudad —cosa bastante probable a mi edad—, quiero que sepan que, al menos, esta vez he venido directo.

Clara le puso una mano en el brazo. No dijo nada. Adrián tampoco. Siguieron andando.

Cuando ya volvían, por fin, hacia el restaurante donde les esperaba Lamela, Adrián se dio cuenta de algo.

Hacia el oeste, más allá del perfil de las torres, el cielo estaba todavía más abierto. Más claro. Más ancho.

Porque al oeste ya no había sierras.

Hacia el oeste estaba el mar.

Finis terrae.

Lamela les había dicho, de pasada, durante el café, que él, a su edad, ya no iba casi nunca.

Pero que había un cabo, a poco más de una hora en coche, donde la vena terminaba.

Donde el Camino Negro, después de cruzar a Sevilla, Santiago y doce lugares intermedios que la tradición nombraba y otros que no, daba en el agua .

Que él había ido, con Xoán, una vez, en mil novecientos noventa y ocho, a dejar moneda.

Que ahora, si ellos querían, podrían ir algún día también. No pronto. En unos años, cuando tocase.

Adrián, caminando, entendió entonces, por primera vez, por qué la novela que él mismo se estaba contando a sí mismo —porque así es como los oficios silenciosos se narran, cuando no pueden quedar escritos— no terminaba.