Los cuervos de la Catedral Capítulo 15 — Hacia el oeste #4
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Capítulo 15 — Hacia el oeste #4

No terminaba porque la vena no terminaba.

Llegaba al cabo, es verdad. Llegaba al agua. Pero allí donde llegaba, lejos de cerrarse, se hacía mar, se hacía ola, se hacía marea, y volvía a empezar al día siguiente con otra corriente, otra resaca, otra gota de agua que ya no era la misma y era, sin embargo, la misma agua.

Como la costumbre.

Como la custodia.

Como el silencio.

Cenaron con don Fabián en un comedor pequeño, con manteles blancos y la luz suave de dos lámparas antiguas.

El restaurante se llamaba Casa Elisa , o algo así; Adrián, al salir, no conseguiría recordar el nombre exacto.

La cocinera, según Lamela, era una mujer mayor, viuda de un médico, que llevaba el restaurante desde los años setenta y que servía pulpo, vieiras a la plancha, y una empanada de maíz que, según Lamela, era la mejor de toda Galicia, afirmación que le oían, todos los años, al menos veinte clientes distintos.

Lamela les contó varias historias cortas, todas buenas, ninguna del oficio.

Una era sobre un obispo del sesenta que se quedaba dormido en los consejos.

Otra, sobre una archivera anterior a él que había conseguido colar al Papa de los ochenta un legajo antiguo haciéndole creer que era moderno.

La tercera, la más corta, no tenía protagonista: era sobre un perro blanco que, al parecer, durante años, se sentaba cada mañana en la puerta del Cabildo a la misma hora, y se marchaba cuando sonaba el primer ángelus.

Nadie supo nunca de quién era ese perro.

Un día dejó de venir. Probablemente había muerto.

Lamela lo contaba con la ternura específica de los ancianos que han vivido solos.

Al despedirse, a las once y media, les estrechó la mano con una delicadeza distinta a la del saludo. Era la mano de quien pasa una tarea.

—Don Ignacio —dijo, sin soltar todavía la de Adrián—. Cuídelos. Son buenos.

—Ya lo sé, Fabián.

—Cuídelos.

—Siempre.

Volvieron al hotel. Un edificio modesto y limpio, dos estrellas, con una recepcionista joven que les dio las llaves con la cortesía serena de los que no necesitan muchas palabras para transmitir bienvenida.

Adrián, en su habitación, se sentó un momento en la cama.

Miró por la ventana. Se veía el tejado del edificio de enfrente, un pedazo de cielo muy negro, y, abajo, una farola amarilla proyectando su círculo sobre la piedra mojada de la calle.

Había lloviznado un rato mientras cenaban.

El aire de Santiago olía ahora, más que nunca, a piedra mojada y a helecho.

Se acostó sin llamar por teléfono a nadie, sin contestar mensajes. Durmió a los pocos minutos.

Al día siguiente, a las diez, ya estaban en carretera de vuelta hacia Sevilla.

Cambiaron los papeles de conductor. Hablaron de cosas más livianas.

En la cafetería de la primera gasolinera, Adrián invitó a Clara a un bocadillo; Clara le invitó a él a un café; Salvatierra pagó el suyo con un gesto resuelto de quien no admite discusión.

Siguieron. Adrián vio pasar el mismo paisaje en sentido inverso, y se dio cuenta de que todo, sin haber cambiado, era distinto para él: las encinas dispersas, los pueblos con nombres de una sola palabra, el tren de mercancías, las vacas serias.

Era todo lo mismo.

Pero él lo miraba con un oído distinto.

Llegaron a Sevilla el sábado al anochecer.

La Giralda se recortó, al entrar en la ciudad por el puente, con su serenidad de siempre.

El sol caía, y en los charcos pequeños del asfalto brillaban reflejos cálidos, sin líneas oscuras que descendieran.

El cuervo de la cornisa del estanco, al llegar Adrián a su calle, no estaba.

Una pluma, sin embargo, se había quedado olvidada en el borde, quieta.

Llevaba allí horas, probablemente. Era sólo una pluma.

Adrián sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Abrió el portal. Subió los tres pisos a paso tranquilo.

El perro, al otro lado de la puerta, oyó la llave y movió ligeramente la cola antes de que Adrián hubiese terminado de abrir.

Le acarició la cabeza. Dejó la bolsa en el recibidor.

Colgó la cazadora del perchero. Fue a la cocina.

Puso agua a calentar para un té que ya no necesitaba, pero que le apeteció porque era lo que la mano tenía programado hacer al llegar.

Mientras el agua se calentaba, se acercó a la mancha del rincón del salón.

La miró con cuidado. Seguía siendo un trébol descuidado, sin voluntad de parecer ninguna otra cosa.

Se sentó un rato en el sofá. El perro apoyó el hocico sobre su empeine.

Por la ventana entornada entraba el rumor lejano de Sevilla anocheciendo: un coche, una voz, la campana de San Ildefonso marcando la media hora con su timbre ligeramente más agudo que el de la Giralda, un aletazo en algún tejado invisible.

En el bolsillo interior de la cazadora, en el perchero, la vieira pequeña con tres muescas pesaba exactamente lo de siempre. Ni más ni menos. Como debía ser.

Adrián cerró los ojos un momento.

No le pareció, esa noche, que la historia hubiera terminado.

Le pareció, sencillamente, que había aprendido a escucharse.

Y eso, pensó sin decírselo, ya era bastante.

Mañana, probablemente, bajaría al pilar dos.

Y, si el círculo seguía allí, lo observaría un rato, sin medirlo, sin fotografiarlo, sin forzar.

Sólo lo miraría.

Y el círculo le miraría también.

* * *

FIN DEL LIbrO PRIMERO