Los cuervos de la Catedral Capítulo 15 — Hacia el oeste #2
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Capítulo 15 — Hacia el oeste #2

Fabián Lamela tenía ochenta y dos años, el pelo muy blanco, cortado de modo práctico, y una ligera corpulencia de hombre del norte acostumbrado a caminar.

Llevaba una camisa azul oscuro, un chaleco de lana gris, unos pantalones oscuros, y los zapatos pulidos con la minuciosidad cotidiana de las personas mayores que viven solas.

Sobre la mesa, frente a él, había un pequeño estuche de cuero abierto con dos pares de gafas, una taza con agua, y una sola carpeta delgada.

A un lado, una pequeña radio apagada sobre una repisa.

Detrás, en la pared, una fotografía enmarcada: un hombre mayor, probablemente él mismo de más joven, junto a un obispo retratado en los años setenta, con los rostros serios de los que posan por obligación.

En la esquina, un perchero con una chaqueta oscura y un paraguas ajado.

Se levantó con esfuerzo al verlos.

—Don Ignacio.

—Don Fabián.

Se dieron un abrazo breve, profesional, como el que se dan dos sacerdotes que no se ven desde hace años pero se escriben de vez en cuando.

—Archivera. Señor Vega. Pasen. Siéntense. Les serviré un café en un momento, pero antes hablemos.

Se sentaron.

Lamela no se anduvo con rodeos.

—Llega usted tarde, don Ignacio. Pero llega en el día en que había que llegar. Voy a resumirlo.

—Por favor —dijo Salvatierra.

—Hoy a las doce ha tenido lugar aquí, en esta mesa, un acto formal de entrega.

El canónigo don Alberto Morán Caldevilla, a quien ustedes conocen bien, ha entregado al Cabildo de la Catedral de Santiago, en nombre del Cabildo hermano de Sevilla, con el que está en perfecta correspondencia administrativa, un objeto arqueológico encontrado durante, cito textualmente, una inspección de rutina en las estructuras hidráulicas subterráneas del templo hispalense .

El objeto, según consta en el acta notarial, es un pequeño medallón metálico, en bronce con aleación desconocida, de diámetro tres coma dos centímetros, sin inscripciones legibles, con un relieve circular en una cara y cuatro puntos dispuestos en cruz en la otra.

Está en condiciones de conservación razonables.

Está ya catalogado. Está ya fotografiado.

Está ya en depósito, en una vitrina cerrada del archivo de reliquias menores.

Salvatierra asintió sin expresión.

—Lo sabíamos.

—Lo imagino. El tren le delató desde ayer.

—Tomás nos avisó.

—Claro. Xoán me avisó a mí anoche a las diez. Estuvimos hablando hasta cerca de las once. Pero ustedes ya habrían decidido venir a estas alturas.

—Ya.

Hubo una pausa. Lamela abrió la carpeta que tenía delante y sacó de ella una sola fotografía en color, impresa sobre papel fotográfico grueso, tomada evidentemente aquella misma mañana.

Se la pasó a Salvatierra sin más comentario.

El sacerdote la miró en silencio. Adrián y Clara se inclinaron por encima del hombro.

En la fotografía, sobre un paño blanco, se veía el medallón: un círculo pequeño de metal oscuro, con reflejos verdes muy tenues en algunos ángulos, el relieve del anverso borrado por el uso, y los cuatro puntos del reverso perfectamente nítidos, grabados con esa precisión de las piezas que no eran ornamentales sino, literalmente, herramientas.

—Don Fabián.

—Dígame, Ignacio.

—¿Es el objeto auténtico?

Lamela tardó en contestar.

—Auténtico, sí. Es el objeto del cuenco del crucero invertido, sin duda. Lo he podido ver brevemente mientras se preparaba la vitrina. He estado tres minutos, como archivero emérito, en la sala. Los suficientes.

—¿Y qué es?

—Lo que siempre se sospechó. Un token ritual de función no doméstica, probablemente del segundo o tercer siglo antes de Cristo, fundido con una aleación anómala que sólo se había visto en dos lugares más del occidente europeo.

Uno en Bretaña. Otro, supuestamente, en la costa gallega, aunque nunca se encontró. Nuestra pieza, hasta hoy, era un rumor.

—Hasta hoy —repitió Salvatierra.

—Hasta hoy.

Clara, que había escuchado con su atención profesional más concentrada, intervino.

—Don Fabián. ¿Y ustedes pueden hacer algo? ¿Aquí, en Santiago?

Lamela la miró con la amabilidad de quien aprecia que una archivera joven pregunte exactamente lo que hay que preguntar.

—Querida Clara. Permítame que la tutee, que yo soy viejo.

Te voy a contestar con honradez. Nosotros, en Santiago, no podemos hacer lo que tú y yo llamaríamos deshacer el acto de esta mañana.

El medallón se ha entregado con todos los papeles en regla.

Si yo ahora moviese el teléfono para que el Cabildo no acepte la entrega, los que hoy hemos firmado el acta —que somos cinco, incluido el deán y un notario— quedaríamos en una posición ridícula.

Y no por nosotros, sino por lo que quedaría expuesto detrás: la existencia de una red no registrada, un precedente de custodia informal de reliquias, y toda la prensa eclesiástica y civil durante tres meses haciéndonos preguntas que no queremos contestar.

—Entonces —dijo Adrián, con la voz neutra—, el objeto ha entrado en la historia oficial. Por una vía falsa, pero oficial.

—Ha entrado en la historia oficial por una vía falsa pero oficial, señor Vega. Correcto.

—Y la red…

—La red sigue.

Hubo un silencio. Lamela apoyó las manos sobre la mesa, las dejó ahí.

—Pero —continuó— la red sigue descompleta.

Ese es el coste. Lo que contenía ese medallón, y que nosotros no sabíamos leer todavía, no va a poder leerse ya como se tendría que haber leído: en su sitio, en su cuenco, en su bóveda, con el agua que le correspondía.

Va a poder leerse como pieza de museo. Eso es otra cosa.

Es menos. Es irreversible. El que bajó y lo sacó sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Salvatierra, por primera vez en toda la escena, bajó la cabeza un momento.

—¿Y ahora? —preguntó Clara.

Lamela la miró con una paciencia cálida.

—Ahora, Clara, te voy a contar lo que no sabes todavía y lo que nos corresponde contarte, porque has venido hasta Santiago y porque mereces, como mínimo, no marcharte con las manos vacías.

Se inclinó un poco.

—Primero. En esta Catedral, en Compostela, hay una cámara equivalente a la bóveda inversa de ustedes.

Más pequeña. Anterior a la Catedral actual.

Anterior al santo al que veneramos, oficialmente, aquí.

Esa cámara, a diferencia de la vuestra, nunca fue redescubierta en obras.

Ha permanecido en uso, con intermitencias, desde el siglo octavo.

Hoy, a las seis de la tarde, si quieren, podemos bajar los cuatro.

No es un ofrecimiento protocolario. Es, como decía don Evaristo Celis en su carta, cortesía entre custodias .

Clara se sentó más erguida.

—Gracias.

—Segundo —continuó Lamela—. No va a ver en esa cámara ningún objeto equivalente al que se llevó esta mañana.

Nuestra cámara, la compostelana, nunca contuvo reliquia, ni medallón, ni nada físico.

Contenía, contiene, una inscripción. Muy breve.

Muy antigua. Y en esa inscripción, si la miráis con los ojos con los que venís, encontraréis parte de lo que a vosotros os falta ahora mismo en Sevilla.

—¿Qué inscripción? —preguntó Adrián.

Lamela sonrió.

—Prefiero que la lean ustedes mismos. Con su oído, señor Vega. Con sus ojos, archivera. Con lo que sea, don Ignacio.

—De acuerdo —dijo Salvatierra.

—Tercero. Don Alberto Morán ya no nos preocupa.

O, mejor dicho, nos preocupa, pero en otra escala.

Ha hecho lo que ha hecho y se va a ir a su universidad con su publicación.

Tendrá, en un año, un artículo. En dos, un libro.

En cinco, una cátedra más. Es el precio que ha decidido cobrarse por su inteligencia.

No es un destino envidiable, aunque él probablemente lo envidie. Pero no podrá volver a hacerlo.

—¿Por qué no podrá? —preguntó Adrián.

—Porque este objeto era único, señor Vega. No hay otro así en el subsuelo sevillano. Ni en el compostelano. Ni en ningún otro de los nudos. Lo hemos estado intentando localizar con criterios técnicos durante casi cien años. Ha sido cazado una vez. No lo será más.

—Cuarto —continuó Lamela—, y esto sí me importa mucho, y por eso lo reservo para el final. Hay una cuestión que ustedes no han planteado y que yo pienso plantearles. Don Ignacio, usted tiene sesenta y seis años.

—Sesenta y seis, sí.

—Lleva cuarenta y uno en la sacristía de la catedral de Sevilla.

—Sí.

—Yo tengo ochenta y dos, y llevo aquí cincuenta y ocho años. Don Claudio tiene ochenta y siete. Tomás, ochenta y cuatro. Xoán Ferro, noventa. Rafael, que usted también me ha nombrado, tiene cincuenta y nueve. Clara, treinta y cinco, si no me equivoco mucho.

—Treinta y seis —matizó ella.

—Treinta y seis. Perdón. Adrián, cuarenta y dos. Corríjame si es otro.

—Cuarenta y dos, sí.

—Muy bien. Total, en la red operativa del sur del Duero y del norte del Duero sumadas, somos siete personas. Siete. En 1887, cuando Celis escribió la carta que ustedes han leído, éramos, si no me equivoco, treinta y una. Treinta y una en toda la península.

Dejó caer la cifra con calma. La dejó sobre la mesa como si fuera una pieza física a la que se le dedica su tiempo antes de seguir.

—La red no puede seguir así muchos años más, Ignacio.

Y sin embargo, no debe perderse. Ustedes dos —y miró a Clara y a Adrián— son, ahora mismo, lo único de nueva sangre que tenemos.

Entrar en la red no es, como ustedes saben, cuestión de invitación.

Se entra por oído. Pero el oído, sin guía, se oxida.

Y yo, con todos los respetos a don Ignacio, no puedo guiarles desde Santiago por teléfono.

Clara guardó silencio.

—Don Fabián. ¿Qué nos pide?