Capítulo 15 — Hacia el oeste
Hacia el oeste
Salieron de Sevilla a las siete y cuatro minutos del día siguiente.
Clara conducía con esa calma técnica de los que conducen a menudo por carretera, las manos a las diez y diez, los ojos serenos.
Adrián, a su lado, había metido la bolsa en el maletero y se había puesto cómodo en el asiento con una pequeña botella de agua en el portavasos.
Salvatierra, detrás, llevaba un libro sobre las rodillas que, previsiblemente, no iba a leer: un breviario negro con las tapas desgastadas, más por costumbre que por lectura.
El aire de la mañana era limpio, fresco, con ese cielo alto que tienen los días largos de marzo cuando la primavera todavía no ha llegado pero se anuncia.
Cruzaron el puente de Santiago Calatrava, con Sevilla quedando atrás a la derecha, la Giralda pequeña y firme contra un cielo blando. Ninguno de los tres la miró más de lo estrictamente necesario. Era, para los tres, una manera involuntaria de no despedirse. Si no la miraban, no se iban del todo.
Enfilaron la autovía hacia Mérida.
Durante la primera hora, apenas hablaron.
El paisaje andaluz —los olivares en hileras cansadas, las tierras rojizas, las casas bajas pintadas de cal, un rebaño de ovejas cruzando un camino lateral en un punto impreciso— pasaba por la ventanilla con la paciencia mecánica de los trayectos largos.
Adrián, durante aquella primera hora, se dedicó a mirar.
Clara, a conducir. Salvatierra, a no interrumpir.
En una cuneta vieron, al pasar, a un pastor joven solitario con un rebaño pequeño.
Llevaba una gorra de lana y un cayado de madera, y al cruzar con el coche, el chico levantó un momento la mano en saludo de cortesía rural.
Clara le devolvió el gesto con un leve asentimiento del mentón.
El rebaño, dispuesto en la cuneta de la carretera, iba moviéndose con la parsimonia de los animales que han aprendido a no dejarse asustar por los motores.
Adrián siguió al pastor con la mirada hasta que dejó de verlo.
Le habría gustado saber, sin motivo concreto, cómo se llamaba, qué pensaba, si tenía mujer, si había nacido allí.
Una curiosidad ociosa de los trayectos largos.
La reservó para sí. Era el primero, pero no iba a ser el último habitante incidental de aquel viaje del que se acordaría.
Hacia las nueve, Clara encendió la radio un momento, la apagó enseguida. Adrián sacó del bolsillo el cuaderno de campo. No escribió nada. Lo abrió al azar en una página vieja, volvió a cerrarlo, lo guardó.
—¿Cómo vamos de tiempo, Clara? —preguntó Salvatierra, al cabo.
—Hasta Mérida, bien. A Zamora llegaremos sobre la una. A Santiago, cuatro de la tarde, si no hay problemas.
—Hay tiempo antes de que cierre el Cabildo, entonces.
—Hay tiempo. Pero muy justo.
—Con eso nos vale.
Los tramos se fueron sucediendo. Pararon a poner gasolina en Mérida.
En la cafetería de la gasolinera, un sitio con luz de fluorescente y olor a café barato, tomaron los tres un café corto en la barra.
Clara pagó. Un camionero joven, sentado en una mesa al fondo, les lanzó una mirada distraída, como hacen los camioneros con todo el mundo en las gasolineras: sin simpatía, sin hostilidad, con la cortesía profesional de los que están de paso. Clara cedió el volante a Adrián.
El segundo tramo, por la A-66, llevó el coche por Extremadura y Castilla con esa monotonía franca de los viajes por el oeste peninsular: encinas dispersas, aguaducho, pueblos con nombres de una sola palabra, castillos abandonados en cerros, vacas serias, algún tren de mercancías cruzando en paralelo.
Adrián condujo con las dos manos. Clara, ahora a su lado, apoyó la cabeza en la ventanilla y dormitó un rato.
Salvatierra, detrás, iba en silencio, mirando el paisaje con esa atención devota con la que algunos viejos sacerdotes miran el mundo cuando saben que ya no les quedan muchos viajes por hacer.
Pararon a comer en una tasca pequeña de la salida de Zamora, un sitio con mantel de papel, vino de la casa en jarra, pan gallego ya, y lentejas con chorizo.
Se les acercó, a pedir la comanda, una mujer de unos sesenta años, con el pelo teñido de castaño y una limpieza de delantal admirable, que los trató con la cortesía natural de Castilla.
Comieron con la calma de los que tienen carretera por delante y, a la vez, con la prisa civilizada de los que saben que les quedan aún unas cuantas horas.
Salvatierra comió poco. Dijo que le bastaba con el primer plato.
Adrián, que por oficio sabía reconocer el cansancio en los ancianos, no insistió.
Clara tampoco. El cansancio de un cura de sesenta y seis años, después de dos semanas como aquéllas, no se combate con un segundo plato.
Salvatierra se sentó al volante para el último tramo.
Condujo despacio, con esa forma suya de conducir que era casi una meditación, las manos bajas sobre el volante, la vista cómoda, sin prisa por adelantar a nadie.
El paisaje cambió, ya al salir de Zamora, con esa gradualidad particular que tiene la península cuando se entra en Galicia: los tonos dejan de ser rojizos y se vuelven más verdes, las casas empiezan a ser de piedra oscura en lugar de cal, los caminos se enroscan un poco más, y en un momento determinado —sin que uno pueda decir cuál exactamente— uno advierte que el aire huele distinto. A helecho. A humedad. A mar lejano.
Entraron en Galicia a las dos y media.
Durante un rato largo, Adrián, detrás, se quedó mirando por la ventanilla con ese silencio atento de los que se dan cuenta de que están entrando en un lugar que no es el suyo pero que, por alguna razón, les incumbe.
Los prados tenían aquella nitidez gallega de los verdes húmedos; vio un caballo solitario, atado a una estaca, en una finca pequeña; vio una vieja casita de piedra con tejado de pizarra y un hórreo al lado; vio, en la entrada de un pueblo que no pudo anotar, un crucero bajo de piedra tallada, un cristo muy pequeño sobre un podio gastado, con dos flores recién puestas a sus pies.
Era una Galicia vivida, sin turismo, sin decorado.
Adrián, que había estado sólo una vez en aquel territorio, en un viaje muy breve en los años noventa, comprendió entonces por qué, en los papeles antiguos del Cabildo, las menciones al norte tenían siempre un matiz de respeto: no se estaba hablando sólo de otra ciudad, se estaba hablando de otro clima, otra piedra, otra paciencia.
A las cuatro menos veinte, a la altura de Ordes, Salvatierra suspiró.
—Ya.
—Ya —dijo Clara.
Santiago de Compostela apareció a los pocos kilómetros.
Primero las señales verdes, luego el polígono industrial periférico, después, casi sin avisar, los montes bajos cubiertos de pinos y eucaliptos alrededor del casco antiguo.
Entraron por el norte. Salvatierra conocía la ciudad mejor de lo que había reconocido hasta entonces; dirigió el coche sin vacilar por las rotondas y las calles paralelas hasta dejarlo en un aparcamiento subterráneo cerca del Hostal de los Reyes Católicos.
Subieron. Y, como a los sevillanos les pasa, y a los no sevillanos también, la primera vez que alguien sube desde la Ciudad de la Cultura hacia la Plaza del Obradoiro, Adrián se detuvo un segundo al ver, entre dos edificios, el perfil inconfundible de la fachada del Obradoiro.
Las torres eran altas, macizas, labradas en granito oscuro por los siglos de lluvia.
La fachada, entre ambas, con su exuberancia barroca y su escalinata doble, parecía más una partitura que una fachada.
A aquella hora, con el sol bajo ya por el oeste, la piedra estaba tomando ese tono dorado viejo con el que se acuestan las catedrales grandes.
—Impresionante —dijo Adrián.
—Sí —contestó Clara—. Pero hoy no venimos a admirarla.
—Ya.
—Vamos.
Cruzaron la plaza por un lado. Unos peregrinos con mochilas grandes —dos chicos jóvenes, una pareja quizá—, recién llegados probablemente de la última etapa, estaban sentados en el suelo con las botas fuera, descansando.
Un grupo de coreanos hacía fotos, todas iguales.
Un músico callejero, en la esquina del Obradoiro con Rúa do Franco, tocaba un arpa gallega con una seriedad técnica admirable.
Salvatierra los guió hasta la portería del Cabildo, en un edificio lateral.
Un hombre joven, con chaqueta formal y un pequeño pin con la concha de vieira en la solapa, los recibió en un pequeño despacho.
—Padre Salvatierra, archivera Bru, señor Vega —dijo—. Les esperábamos.
—¿Nos esperaban?
—Desde esta mañana. Don Fabián ha dicho que iban a venir.
Miraron los tres al portero con atención educada.
—¿Don Fabián Lamela? —preguntó Clara.
—El mismo. Canónigo emérito. Ha dejado recado de que, en cuanto llegasen, se les acompañara directamente al Cabildo. Si me permiten.
Los condujo por un pasillo interior, con paredes de piedra encalada, suelo de losas grises y un olor tenue, no precisamente de archivo pero sí parecido, a madera encerada y papel descansado.
A los pocos minutos los hizo pasar a una sala rectangular, de techo alto, con una larga mesa de castaño en el centro, tres balcones abiertos a un patio de claustro, y una decena de sillas de respaldo recto dispuestas alrededor.
En el extremo más alejado de la mesa, había un hombre mayor sentado.