Los cuervos de la Catedral Capítulo 14 — La respiración del templo #3
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Capítulo 14 — La respiración del templo #3

La Avenida de la Constitución, a aquella hora, tenía la luz dorada y limpia de marzo, con el tráfico ligero y los tranvías pasando cada pocos minutos con ese rumor suave de los tranvías modernos.

Había menos ruido del habitual. No porque hubiera menos gente, que la había.

Sino porque el ruido tenía una textura distinta. Adrián tardó un rato en darse cuenta.

Las campanas.

Llevaba horas sin oír una desafinada.

Las de la Magdalena, la de Santa Catalina, las de San Vicente, la propia Giralda, sonaban cada una a su hora, con su propia cadencia, sin crujidos, sin desfases.

La ciudad había vuelto a su pulso. No del todo: Salvatierra le había dicho que tardaría días.

Pero tanto como para que un paseante poco atento no pudiera distinguir ya entre una Sevilla buena y una Sevilla mala.

Un paseante bien atento sí. Adrián, caminando, percibió que había una pequeña densidad nueva en el aire. No humedad. No temperatura. Densidad. Algo parecido a como se siente un día ligeramente antes de una tormenta, pero sin tormenta.

Sevilla cambia de densidad.

La frase le vino, a Adrián, como si alguien se la hubiera dicho.

No era suya. No era de Clara, no era de Salvatierra, no era de Claudio, no era de Tomás.

Era una frase antigua, probablemente sin dueño, acuñada en algún contexto de custodias que él no conocía pero que, de haber existido, habrían escrito esa sola frase para entenderse.

Caminó por Mateos Gago hasta Santa María la Blanca.

Se sentó en un banco pequeño bajo unos naranjos.

Sacó el cuaderno de campo. Escribió la frase.

La leyó. La cerró. Se quedó un rato mirando la fachada de la iglesia, que conservaba, incrustada en sus muros, la estructura de la antigua sinagoga medieval.

Como arriba, así abajo , se dijo otra vez, ahora en clave histórica: lo que había debajo, anterior, seguía allí, bajo la capa posterior, ajustándose a ella sin protestar.

Funcionando. Ese era el principio del edificio religioso en aquella ciudad, y probablemente en muchas.

Se construía sobre. Nunca se construía desde cero . Y lo de debajo seguía respirando.

A las cuatro y media, el móvil vibró.

Era Salvatierra.

—Adrián. Tomás ha dado la señal.

—¿Y?

—Ha recibido respuesta.

—¿De Xoán Ferro?

—Sí.

—¿Qué ha dicho?

—Ha dicho tres cosas. Una: que ayer por la tarde, a eso de las siete, la torre de Santiago notó un pequeño desfase en la campana de Berenguela. La más antigua. La que viste pintada en negro. Similar al desfase que notamos nosotros aquí anteayer a las diez y siete.

—¿Y las otras dos cosas?

—Dos: que esta mañana ha llegado a Santiago, en tren, un hombre joven, con sotana negra limpia y una pequeña maleta. Se ha alojado en la hospedería del Cabildo. Los hospederos lo han reconocido como el propio Morán.

—¿Y tres?

—Tres: que el tal Morán, esta tarde, a las cuatro, ha pedido ser recibido por el Cabildo. Para hacer una entrega formal de un objeto.

—¿Entrega formal?

—Entrega formal. Con notario. Con acta. Con todo el papel en regla.

—Pero si la idea era entregarlo aquí, en Sevilla.

—Era la idea que nos dio a nosotros. Evidentemente, era otra.

—Pero ¿por qué allí?

—Es más fácil, Adrián. El Cabildo de Santiago no tiene todo el contexto.

Él presenta el objeto como un hallazgo del subsuelo sevillano, impecablemente documentado, y se lo entrega a Santiago como un gesto de comunión entre las dos catedrales .

Santiago lo acepta, lo publica, lo cataloga.

Y él se convierte, en el plazo de una semana, en el héroe académico que ha rescatado para la ciencia un objeto enterrado durante siglos por una red oficiosa oculta que, añade, él mismo ha tenido el valor de romper.

—O sea, nos convierte en los malos de la historia.

—Nos convierte, más precisamente, en los inexistentes. Porque la red, al no tener figura jurídica, no existirá ni siquiera como enemigo. Seremos una nota a pie de página.

Adrián se quedó quieto en el banco. En la fachada de la iglesia, el sol de la tarde iluminaba el rebaje de la puerta, y una anciana que acababa de salir se cruzaba con un niño pequeño, nieto suyo probablemente, al que ajustó con dos movimientos rápidos el cuello de la camisa.

Un mundo entero, a tres metros de él, indiferente a lo que acababa de oír por teléfono.

—¿Qué hacemos?

—Vamos a Santiago.

—¿Cuándo?

—Mañana por la mañana. Coche, los tres. Siete horas de carretera.

—Tres, porque Rafael se queda.

—Rafael se queda, sí. Y Tomás también. Necesitamos la torre activa.

—¿Y usted cree que podremos evitar la entrega?

Salvatierra respiró hondo.

—No.

Adrián parpadeó.

—¿No?

—No podemos evitarla. Es probable que la entrega esté hecha antes de que lleguemos nosotros. Eso no es lo que vamos a hacer allí.

—Entonces ¿qué vamos a hacer?

Salvatierra tardó en contestar. Cuando contestó, tenía la voz más baja de lo que Adrián le había oído en todas aquellas semanas.

—Vamos a hacer —dijo— lo que siempre se hace en estos casos, Adrián.

Lo que se hizo en el veinte. Lo que se hizo cuando se voló la Cámara Santa en el treinta y cuatro.

Lo que se hace cuando un nudo grande de la red ha sido forzado por alguien que se cree mejor preparado que quienes lo custodian. Vamos a ir a ver qué queda.

—¿Y luego?

—Y luego, si hay suerte, volveremos sabiendo lo que ya no vamos a poder custodiar, pero sabiendo también en qué dirección puede continuar la custodia. Es lo más útil que, en mi experiencia, pueden hacer los últimos.

Colgaron.

Adrián se quedó bajo los naranjos un buen rato.

Las tres y media se habían convertido en cuatro y pico sin darse cuenta.

El sol bajaba por una esquina del cielo, rojizo ya, preparándose para el ocaso temprano de marzo.

En la fachada de la iglesia de Santa María la Blanca, un poco más allá, un grupo pequeño de turistas escuchaba a un guía explicar la sinagoga medieval que había estado allí antes del templo cristiano.

Como arriba, así abajo.

Se acordó de aquella inscripción bajo tierra y le pareció, por primera vez, aplicada a la historia: lo que se construyó encima de lo que ya había, conservando, a veces, lo que había, contaminándolo, a veces, sin querer, con lo nuevo; lo que había debajo seguía respirando por debajo; y, cuando la capa de arriba cambiaba, la de abajo lo notaba. Y viceversa.

Se levantó. Caminó hasta casa. Preparó la bolsa para el viaje.

Pocas cosas. Las imprescindibles: dos camisas, dos pantalones, un jersey, ropa interior para tres días, el neceser, la cazadora extra, el cuaderno de campo, un par de libros —un Josep Pla y un Sciascia— por si tenía ratos muertos, y, en el bolsillo interior, la vieira con las tres muescas, más pequeña que una moneda pero firme en el dedo cuando la palpaba.

Dio de comer al perro y llamó a la vecina del segundo, una señora jubilada, simpática, con la que tenía acuerdo de emergencias.

Le pidió que le subiera a dar de comer al perro dos veces al día durante dos o tres días.

La vecina le dijo que sí, que fuera tranquilo.

—¿Viaje bonito? —preguntó, por costumbre.

—De trabajo.

—Bueno, que tenga buen viaje.

A las ocho y media, llamó Clara.

—Adrián.

—Dígame.

—Mañana a las siete en la puerta de su edificio. Yo conduzco hasta Mérida. Usted, de Mérida a Zamora. Salvatierra, de Zamora a Santiago.

—¿Lleva usted el coche?

—El mío. Sí. Lo he puesto a punto esta tarde.

—Siete de la mañana.

—Siete en punto.

Colgó.

Adrián se sentó a la mesa de la cocina un rato. Se bebió un vaso de agua. El perro, a los pies, dormía ya. En la cocina se oía el zumbido lento del frigorífico y, muy al fondo, el eco de la ciudad de marzo, con sus campanadas sueltas, sus coches lejanos, alguna voz en alguna terraza de Santa Cruz.

Y por debajo, invisible pero para él —ya para él siempre— audible, el pulso.

Tres y dos.

Un poquito más tenue que antes. Pero firme.

Como si el sistema, sabiendo que alguien se había llevado una pieza, no estuviera resignado al vacío. Como si, al contrario, estuviera marcando, con esa leve insistencia, el compás de lo que tocaba ahora.

Ir a ver qué queda.

Se acostó temprano.

No soñó. O soñó algo muy lejano, que no recordó al despertarse.

Pero a las tres de la madrugada, sin saber bien por qué, se despertó unos segundos.

Por la ventana entornada entró un rumor de aletazo.

Un cuervo, quizá, pasando bajo el neón parpadeante del estanco.

Quizá el mismo de siempre. Quizá otro nuevo. En cualquier caso, un aletazo.

Dos aletazos pesados.

Se volvió a dormir.

Fuera, el cielo estaba muy alto, muy limpio, muy oscuro. Y debajo, la ciudad respiraba con esa respiración recién estrenada de los organismos que han tosido fuerte durante dos semanas y por fin, con esfuerzo, han vuelto a tomar aire hondo.

Mañana irían al oeste.