Los cuervos de la Catedral Capítulo 14 — La respiración del templo #2
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Capítulo 14 — La respiración del templo #2

—Y nosotros perderíamos. No sólo eso. En el proceso, se haría público lo que ha sido privado durante siglos.

Las seis personas que quedamos en España operando esta red quedaríamos, en cuestión de semanas, bajo observación académica, eclesiástica, y quizá incluso policial.

La red moriría. Y Morán, probablemente, saldría absuelto.

Adrián apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces ¿no se puede hacer nada?

—Se puede hacer algo, Adrián. Se pueden hacer varias cosas. Pero ninguna es denunciar.

—¿Qué cosas?

Salvatierra levantó un dedo.

—Primera. Avisar a la custodia de Santiago. Eso es obligado. Si Morán va a algún sitio con el objeto, ese sitio es una sede universitaria, probablemente una en el norte, y los colegas de allí pueden rastrearlo sin ruido, con sus propias vías.

—Fabián Lamela —dijo Clara.

—Don Fabián —confirmó Salvatierra—. Lo llamo yo esta tarde. Quizá antes. Pero quiero esperar hasta confirmar que Morán está fuera de Sevilla, para no molestarlo con una falsa alarma.

—Segunda —intervino Clara.

—Segunda. Sellar la bóveda de verdad. No con hormigón rápido.

Con una solución más modesta pero más discreta.

Volver a encajar la piedra movida del muro oeste.

Dejar la trampilla del conducto cerrada, no accesible.

Y, sobre todo, reponer el nivel de escucha.

Durante las próximas semanas, los cuatro —los cinco, con Rafael— nos vamos a turnar para bajar, de uno en uno, una vez cada tres días, a la bóveda, a quedarnos cinco minutos y a dejar moneda.

No hace falta hacer nada más. Sólo estar.

Recordarle al sistema que seguimos aquí.

Esto es importantísimo. El objeto se ha ido, pero el lugar sigue.

Y un lugar escuchado es un lugar que no desordena.

—¿Y la tercera? —preguntó Adrián.

Salvatierra esperó un momento.

—La tercera va a costar.

—Dígame.

—Hay que decírselo a Tomás.

—¿Por qué cuesta?

—Porque Tomás, cuando se entere, va a interpretarlo como un fallo suyo. Piensa que él, desde la torre, debía haber oído a Morán antes que ninguno de nosotros. Y no lo oyó. Y eso, a su edad, a un campanero con su currículum, le va a hacer mucho daño.

—¿No le ha dicho nada aún?

—No. Quería hablarlo con vosotros primero.

Clara lo pensó.

—Padre, ¿qué tal si vamos los tres? Adrián, usted y yo. Esta tarde. Se lo contamos despacio. Y le pedimos su parte.

—¿Su parte?

—Sí. Las campanas. Las campanas y Santiago.

Porque si Morán se ha llevado el objeto y va camino del norte, Tomás, desde la Giralda, puede dar aviso a su gemelo de allí.

Tomás tiene desde hace muchos años un compañero en la torre de Santiago con el que, según él, puede conversar por vía sonora.

No nos ha explicado cómo. Pero conviene probarlo ahora.

Salvatierra asintió con una calma que le costaba.

—Le iba a llamar esta tarde. Ahora le vamos los tres.

Miró el reloj. Las once menos veinte.

—Ahora voy. Solo. Les recojo a las una para el almuerzo.

Se levantó. Se puso la chaqueta oscura sobre la sotana. Salió.

Clara y Adrián se quedaron en el archivo.

—¿Cómo está? —preguntó Adrián.

—¿Yo?

—Sí.

Clara dejó la pluma sobre la mesa. Respiró despacio.

—Estoy, más o menos, como usted. Asustada, pero con un tipo de miedo al que no tengo costumbre. No es el miedo a que pase algo físico. Es el miedo a haber cruzado una línea profesional sin darme cuenta.

—¿A qué se refiere?

—Llevo quince años trabajando con documentos, Adrián.

Quince años aprendiendo a distinguir lo público de lo privado, lo custodiable de lo difundible, lo archivable de lo restringible.

Y de pronto formo parte de una custodia no escrita, cuya normativa no puedo enseñar, cuyo marco jurídico no existe, cuya pérdida anoche es hoy, legalmente, irrecuperable.

En unas pocas semanas he pasado de ser archivera, a ser custodia.

—Es una palabra grande.

—Es una palabra exacta.

—¿Y eso la asusta?

Clara lo miró.

—No me asusta. Me hace pensar que, a partir de ahora, voy a leer el archivo de otra manera. Y que probablemente, si tengo sucesora, voy a hacer con ella lo que Carmen hizo conmigo: leerla, medirla, esperar a que me lo pida, y no pedírselo yo.

—¿No es una forma de manipulación?

—Es la forma menos dañina que se ha encontrado en siglos, Adrián. Los reclutamientos explícitos, como decía Salvatierra, siempre acaban mal.

Adrián asintió.

—Clara.

—Sí.

—Gracias. Por haberme llevado al archivo aquella primera tarde. Por no haberme llamado loco.

Clara sonrió levemente.

—Usted no tenía cara de loco, Adrián. Tenía cara de oído.

—¿De oído?

—Un oído, así lo llamó Claudio la primera mañana. El que oye. Es un buen piropo profesional, que le quede a usted.

Hubo un silencio cómodo. Clara cogió su taza, bebió un sorbo del café ya frío, y miró un momento por la ventana.

El cielo, desde el archivo, se veía alto, despejado, con esa amabilidad meteorológica que acompañaba a la mañana.

Un par de palomas cruzaron lentamente, del oeste al este, como si ellas también participaran discretamente de la recomposición general.

Adrián bajó la vista al archivo.

—¿Hay algo que yo pueda leer esta mañana?

Clara cogió del anaquel dos libros.

—Empiece por estos. Son correspondencias del Cabildo con la Catedral de Santiago entre 1812 y 1901. Están catalogados. No hay nada obvio. Pero, con lo que sabemos ahora, seguramente encontrará, en las líneas entre las líneas, referencias al oficio que antes no sabíamos leer.

—¿Me deja?

—Quédese en la silla de al lado. No los saque del archivo.

Adrián se sentó. Clara también. Durante dos horas, los dos, en silencio, leyeron correspondencias del siglo diecinueve.

Se pasaron, de vez en cuando, apuntes en voz baja.

Subrayaron, con lápiz muy suave, ciertos pasajes: una carta de 1841 en la que un canónigo de Sevilla se disculpaba ante uno de Santiago por un retraso en la entrega que supone la cortesía de costumbre ; una carta de 1872 en la que un archivero anterior al de la época comentaba que la humedad del archivo menor estaba mejor una vez renovada la piedra pequeña ; tres cartas seguidas, entre 1889 y 1891, en las que se habla de una enfermedad prolongada del señor canónigo Celis , que estaba convaleciendo en el norte.

Cada carta, por sí sola, era banal. Todas juntas, no.

Cada una llevaba, dentro, un hilo.

A la una, Salvatierra volvió al archivo. Traía mejor cara.

—He hablado con Tomás.

—¿Y?

—Se lo ha tomado como un profesional. Primero lo ha encajado como un golpe. Luego se ha puesto de pie. Y luego me ha dicho, con la serenidad del que sabe que ha hecho bien su trabajo pero que a veces la realidad es más rápida que uno, que él mismo contactará esta tarde con su gemelo de Santiago.

—¿Cómo?

—Con una serie de campanadas hechas en ciertas horas, en ciertos ritmos. No voy a entrar en los detalles, porque no los entiendo del todo, y no me gusta explicar lo que no entiendo. Pero me ha asegurado que, entre las tres y las cuatro de la tarde, el mensaje habrá llegado a la torre del norte.

—¿Y hay alguien allí para recibirlo?

—Sí. Un hombre llamado Xoán Ferro. Mayor que Tomás. Noventa años. Ciego también, por cierto. Y según Tomás, muchísimo mejor oído que él.

—¿Noventa años?

—Noventa. Pero trabaja. Hace años que no sube a la torre, pero tiene quien le sube y quien le baja. Y escucha desde abajo con un sistema propio.

Clara se rió un momento, sin ganas pero con cariño.

—Los oficios invisibles siguen existiendo —dijo.

—Siguen existiendo, sí —dijo Salvatierra—. Los institucionalizamos mal. Pero siguen existiendo.

Fueron a comer los tres a una taberna pequeña de la calle Federico Sánchez Bedoya, una de esas tascas con el suelo de baldosa vieja y el techo con vigas de madera.

Comieron sin prisa. Hablaron de otras cosas.

De los padres de cada uno. De los estudios que cada cual había hecho antes de aterrizar en su oficio.

De un viaje que Salvatierra había hecho a Roma en 1987.

De un libro que Clara estaba leyendo sobre arquitectos olvidados del siglo diecinueve.

De un restaurador de Toledo que Adrián había conocido muchos años antes y con el que había perdido el contacto.

No hablaron de Morán, ni de la bóveda, ni del sistema.

Durante una hora entera, fueron simplemente tres personas en una tasca a las dos de la tarde, con los tenedores chocando suavemente contra los platos y la conversación pasando de uno a otro sin presión.

A Adrián le sorprendió descubrir, sobre todo, las risas pequeñas de Salvatierra.

Hasta entonces no le había oído reír en la vida.

En la tasca, en cambio, el sacerdote, con el segundo vaso de vino, se animó a contarles una anécdota suya de Roma, en el ochenta y siete, cuando un compañero italiano suyo, al que llamaba don Vincenzo , le había dejado plantado en medio de la Piazza Navona por ir a confesar a un matrimonio que le había parado por la calle con un problema que resultó durar dos horas largas.

Salvatierra había esperado dos horas con un paraguas prestado.

Al final, don Vincenzo había vuelto corriendo, con una disculpa formal, y los dos habían cenado en una trattoria pequeña que, según Salvatierra, había cerrado hacía veinte años y cuya carta seguía recordando plato por plato.

Clara se reía. Adrián también. La tasca, durante esos minutos, era sencillamente una tasca.

La Catedral, una catedral. Los custodios, tres amigos.

A las tres, salieron. Salvatierra se despidió hasta la tarde. Clara, que tenía que recoger unos papeles del archivo antes de cerrar, dejó a Adrián en la Avenida de la Constitución. Se iba a casa.

Adrián no tenía ganas de ir a casa. Decidió caminar.