Los cuervos de la Catedral Capítulo 14 — La respiración del templo
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Capítulo 14 — La respiración del templo

La respiración del templo

Adrián se despertó a las nueve y diez de la mañana con la sensación rara de haber descansado.

Tardó unos segundos en ubicarse. El perro dormía a los pies de la cama en la misma postura en que lo había dejado la noche anterior.

Por la ventana entraba una luz alta, clara, con esa amabilidad luminosa que tienen en Sevilla las mañanas después de un día complicado, como si la ciudad se disculpase por los nervios de la víspera con una cortesía meteorológica.

Se incorporó sin prisa. Se sentó al borde del colchón un minuto.

Se acordó, todo de golpe, de la bóveda, de Morán, de la nota en bolígrafo azul, de la moneda que había caído con su tintineo plural en el hueco del décimo.

Se quedó un rato quieto, sin levantarse.

No era asombro. No era miedo retrospectivo. Era, más bien, la constatación de que todo aquello había ocurrido, y de que la medida adecuada, aquella mañana, no era todavía comprenderlo sino, sencillamente, seguir funcionando.

Fue al baño. Se miró al espejo. Necesitaba un afeitado, y probablemente un café fuerte antes del segundo.

La piel, alrededor de los ojos, estaba distinta de la que el espejo le devolvía tres semanas antes: más firme en algunos ángulos, más tirante en otros, con pequeñas arrugas nuevas junto a los ojos que no había antes o que él no había querido ver.

Se pasó la mano por la barba incipiente.

Se duchó. Se afeitó con cuidado, con la calma de los que necesitan, aquella mañana, que al menos un gesto del día salga exactamente como se lo proponen.

Desayunó de pie en la cocina: una tostada, un café, un vaso de agua.

El perro, en el recibidor, aceptaba su propio desayuno con la paciencia veterana de siempre.

Sonó el móvil. Clara.

—¿Cómo ha dormido?

—Siete horas de un tirón.

—Yo cinco. Es lo que he podido.

—¿Dónde está?

—En el archivo. He venido a las ocho. Salvatierra está conmigo. Morán todavía no ha aparecido.

—Son las nueve y diez.

—Sí. Ya.

Clara dejó un silencio corto, con ese tono que usaba ella cuando algo no le cuadraba.

—¿Ha llamado al arzobispado?

—Todavía no. Esperamos quince minutos más. Si a las nueve y media no está aquí, llamamos.

—¿Necesita que vaya?

—No aún. Le aviso si cambia algo. Duche, desayune, acérquese al pilar dos.

—¿El pilar dos?

—Adrián, vaya al pilar dos. Pero lleve guantes de trabajo.

Colgó.

Adrián salió al perro, que hoy no tenía ganas de calle y se sentó con una protesta menor a los pocos metros del portal. Lo devolvió a casa. Cogió la bolsa, cogió los guantes, y caminó a la Catedral con esa economía mental de los que deciden no pensar mientras se desplazan.

La ciudad, aquella mañana, tenía una textura distinta.

No grande; apenas una capa. Pero distinta.

Era una capa que, de no haber pasado lo que había pasado la noche anterior, Adrián no habría notado.

Los vencejos parecían volar un poco más ordenados, los barrenderos trabajaban con un paso un poco más resuelto, los cafés de la calle recibían a los parroquianos con el mismo trato amable de siempre pero con una cortesía, por parte de éstos, un punto más serena.

No eran cambios atribuibles. Eran inflexiones.

Como si Sevilla, después de la sacudida de las diez y siete, se hubiese recompuesto, sí, pero con una conciencia nueva de hasta qué punto podía sacudirse.

Al llegar a la puerta del Lagarto, Rafael ya estaba de vuelta en su sitio, con uniforme limpio, recién afeitado, con ese aspecto sano de las personas que no tienen una gripe de verdad y no han fingido tampoco muy bien.

Le dio a Adrián una palmada pequeña en el hombro, sin sonreír, pero con una cortesía particular.

—Buenos días, restaurador.

—Buenos días, guarda.

—¿Ha dormido?

—Siete horas.

—Bien.

Rafael no añadió más. Pero, al devolverle la tarjeta plastificada, le miró una fracción de segundo más larga de lo habitual.

Fue la mirada más cómplice que Adrián había recibido de él en todas las semanas que llevaba entrando por aquella puerta.

Equivalía, en el vocabulario pequeño de Rafael, a un bien hecho, ayer .

Adrián pasó. Cruzó el Patio de los Naranjos a paso normal.

Entró al templo por la nave del Evangelio.

Los turistas, aquella mañana, estaban ya dispersos por el interior: un grupo pequeño de franceses en la capilla de la Antigua, una pareja mayor fotografiando la reja del coro, tres mochileros sentados bajo el órgano.

Hacía calor. La luz entraba muy diagonal por las vidrieras de la cabecera y dibujaba sobre el suelo, a trozos, los colores rojos y azules que, en combinación con la piedra pálida, daban a la nave esa atmósfera tibia de cuadro.

Adrián se dirigió al pilar dos.

El andamio todavía estaba montado. Nadie lo había desmontado. La lámpara de pinza, el tablón, la caja de herramientas estaban donde los había dejado la última vez que había trabajado allí, la noche del paso silencioso, varios días antes. Se acercó al sillar de base. Se agachó.

La mancha en forma de almendra seguía estando.

Pero la forma había cambiado.

Ya no era una almendra. Era un círculo.

Un círculo limpio, perfecto, de unos veinte centímetros de diámetro, casi simétrico, con los bordes suaves y el centro más oscuro.

Si la almendra antigua tenía algo de órgano, de tejido, de figura humana, el círculo nuevo tenía, en cambio, la claridad abstracta de un sello.

Como si la humedad del sillar, en las horas transcurridas desde la noche anterior, se hubiera reordenado.

Adrián lo miró un buen rato con la precisión profesional de su oficio.

No era una alucinación. No era una sugestión.

Era, físicamente, un círculo. La piedra había admitido el mismo volumen de agua, pero con otra geometría.

No supo en qué momento había ocurrido, ni por qué.

Sacó el móvil y llamó a Clara.

—Clara.

—Dígame.

—La almendra ha cambiado de forma. Es un círculo.

—Voy.

Llegó en cinco minutos. Se arrodilló junto a él, con una pequeña libreta. Observó. Tocó. Sacó una foto.

—Es lo que pensaba —dijo.

—¿Qué pensaba?

—Que al regularse el sistema, las manifestaciones externas regularizan también. Antes del cierre simbólico de anoche, la marca del pilar era una almendra orientada. Ahora es un círculo centrado. No apunta. Deja de señalar.

—Porque ya no hace falta señalar.

—Exacto. Ahora hace falta otra cosa.

Adrián se incorporó. Se quitó los guantes.

—¿Otra cosa?

—Conservar. Pasar a otra fase. No es lo mismo apuntar una anomalía que contener una consecuencia.

Salió del sitio y caminaron juntos hasta los otros pilares.

En el cinco, mismo fenómeno: la mancha, también en círculo, aún más nítida.

En el nueve —el que tenía grieta— la grieta seguía, sí, pero parecía haberse estabilizado: ya no crecía ni se ramificaba.

En el doce, círculo otra vez. Los cuatro pilares habían obedecido, si la palabra era aplicable, a la misma nueva instrucción.

Clara se apartó el pelo. Se sentó un momento en el banco bajo de una capilla lateral.

—Adrián.

—Sí.

—Esta historia no va a terminar hoy. Ni mañana. Lo de anoche cerró una fase. Pero abrió otra.

—Ya.

—Hay que ir a Santiago.

Él la miró un momento, y asintió sin decir nada.

Volvieron al archivo a las diez y media.

Salvatierra estaba en su mesa, leyendo un periódico que no parecía estar leyendo del todo.

Tenía una taza de café delante y una expresión en la que, por primera vez en las semanas que Adrián le conocía, se veía cansancio sin disfraz.

El café, cuando Adrián entró, humeaba todavía ligeramente; era el segundo o el tercero de la mañana, a juzgar por el pequeño cerco marrón que asomaba por el borde del plato.

El periódico estaba abierto por la sección de noticias locales.

El titular principal hablaba de obras menores en una calle del centro.

Salvatierra no estaba leyendo eso. Miraba sin mirar, con los ojos posados en el papel.

—Morán no ha llegado —dijo, antes de que preguntaran.

—¿A qué hora lo avisó?

—Lo he llamado dos veces. A las nueve y media y a las diez. No contesta.

—¿Y la casa?

—He mandado a un compañero, discretamente. No está. Sus cosas del dormitorio sí. Pero él, no.

Hubo un silencio.

—¿Y el objeto?

—Con él.

Clara se sentó enfrente. Adrián también.

—Padre, hay una posibilidad —dijo Clara— de que no fuera su plan traerlo hoy. De que se haya ido de Sevilla directamente.

—Es posible.

—¿Llamamos al arzobispado?

Salvatierra cerró el periódico. Respiró hondo. Dio un pequeño golpecito en la mesa con el dedo índice, el mismo gesto que cuando se preparaba para decir algo desagradable.

—Les he estado dando vueltas toda la mañana. Les he dado vueltas mientras desayunaba solo, hace horas, mientras me afeitaba, mientras subía a la sacristía. Y llego a la misma conclusión incómoda, Clara, cada vez que le doy una vuelta más.

—¿Cuál?

—Que no podemos denunciarlo.

Clara bajó la vista a la mesa un segundo. Adrián levantó la suya.

—Padre.

—Señor Vega, escúcheme. Si denunciamos a Morán al arzobispado, tengo que explicar de qué lo denuncio.

Y para explicarlo, tengo que explicar la existencia de una cámara que oficialmente no existe, un expediente que oficialmente se cerró como inexistente en 1954, una red no catalogada de custodios de la que hoy quedamos siete personas conocidas en España, y un objeto del que no tenemos fotografía, testimonio notarial, ni referencia previa.

Lo único que yo aportaría sería mi palabra y la suya.

Don Alberto, contra nosotros, aportaría una trayectoria académica, una carta de presentación firmada por tres cátedras, y un informe arqueológico sobre hallazgo fortuito en inspección de rutina que probablemente ya tiene escrito y fechado de ayer.

—Sería nuestra palabra contra la suya.

—Sería nuestra palabra contra una documentación impecable.

—Y nosotros perderíamos.