Capítulo 13 — Lo que no debía abrirse #4
—Y si la deja —dijo Salvatierra—, yo le garantizo esta noche, por mi parte, no comunicar al arzobispado lo que sé sobre usted.
Clara, Rafael y Adrián harán lo que consideren.
Pero en esa misma línea: negociamos. Usted da un paso hacia nosotros.
Nosotros damos un paso hacia usted. No estamos en una guerra, don Alberto.
Esto no lo es. Esto es una diferencia grave de criterio.
Morán bajó un momento la vista.
Luego, con una lentitud que parecía, por primera vez en toda la noche, verdaderamente suya —y no una actuación—, se acercó a la trampilla abierta. Se agachó. Metió la mano por el hueco. Dejó caer la moneda.
Un tintineo pequeño, plural. El mismo que Adrián había oído dos días antes.
Morán volvió a incorporarse, con el saquito todavía en la otra mano. Se giró hacia ellos. La sonrisa había vuelto, pero más quieta. Más de persona.
—Hecho —dijo—. ¿Podemos subir?
—Podemos —contestó Salvatierra.
Cerraron la trampilla. Rafael la ajustó con el tornillo exterior. Salvatierra encabezó la marcha. Los cinco —por primera vez, cinco— recorrieron el conducto de servicio en silencio, en fila, con las frontales mínimas. Morán iba el penúltimo, delante de Clara. Nadie intentó arrebatarle el saquito.
Subieron por la escalera tallada. Cruzaron la ranura. Pasaron la balsa. Subieron los cincuenta y un escalones. En la sacristía de plata, Salvatierra cerró la puerta del subsuelo con la misma llave de siempre, se guardó la llave en el bolsillo, y miró a Morán.
—Don Alberto. Esta noche usted se va. Mañana a las nueve le esperamos los cuatro, aquí, con el objeto y con su informe. Quiero leer el informe con mis ojos antes de que lo firme nadie.
—Aquí estaré —dijo Morán.
Se despidieron sin estrechar manos. Morán salió por la puerta del Lagarto con la sotana perfectamente puesta y los zapatos no demasiado sucios, sostenido por esa dignidad insoluble de los que han hecho algo mal pero todavía piensan, sinceramente, que tenían razón.
Salvatierra, Clara, Rafael y Adrián se quedaron en la sacristía.
—¿Habéis oído? —dijo Rafael.
—¿Qué? —preguntó Clara.
—Las campanas.
Se callaron los cuatro.
En la torre, lejos pero nítido, la campana de Santiago sonó una sola vez, grave, plena, con siete u ocho segundos de cola.
Siete segundos.
Como siempre.
—Vuelve a estar alineada —dijo Salvatierra—. No del todo. Pero casi.
Clara miró a Adrián. Adrián miró a Clara. Rafael, con los brazos cruzados, miró a Salvatierra.
—Padre —dijo Adrián—. ¿De verdad la moneda basta?
Salvatierra respiró hondo.
—La moneda no basta, señor Vega —dijo—. La moneda retrasa.
—¿Cuánto retrasa?
—Lo suficiente. Para esta noche. Para mañana. Para las decisiones que tenemos que tomar en los próximos días. No más.
—¿Y luego?
Salvatierra sonrió, por primera vez en toda la noche, con una sonrisa casi cansada, casi tierna.
—Luego —dijo— viene lo que siempre viene cuando alguien, aunque sea de los nuestros, se ha llevado algo del cauce. Viene la respuesta. Tarda unos días. No es violenta. Y siempre es, de algún modo, instructiva.
Adrián no contestó.
Fuera, en la plaza, el cielo seguía alto y despejado, con su cuarto creciente pálido, y un aire fresco empezaba a levantarse desde el río.
La Giralda, recortada contra el cielo, tenía ahora, vista desde ahí abajo, una serenidad nueva.
No la misma de siempre. Una serenidad distinta, casi pensativa.
Como la de un animal grande que ha estado mucho rato inmóvil y por fin acaba de moverse unos centímetros en su silla.
Adrián no supo, entonces, si aquella serenidad era tranquilizadora o era el comienzo de otra cosa.
A las dos y cuarto de la madrugada, los cuatro se despidieron en la esquina de la Avenida de la Constitución con Fray Ceferino.
Clara cogió su coche. Rafael caminó hacia Triana, donde había decidido, sin discusión, quedarse a dormir en casa de una hermana para no alarmar a su mujer. Salvatierra se volvió a la sacristía.
Adrián, solo, caminó hacia su casa.
La ciudad, a aquella hora, tenía el silencio denso de las noches de marzo en que el frío viene del río pero no molesta.
Cruzó Mateos Gago —las terrazas, ya recogidas, apiladas contra las fachadas— y se metió por Santa Cruz.
En una de las callejuelas, bajo un farol, un gato viejo se lamía una pata con paciencia.
Al pasar Adrián, alzó la vista un segundo, con la misma cortesía de juez pequeño con la que meses atrás, otros gatos sevillanos, le habían dado el visto bueno; y después volvió a su pata sin hacer preguntas.
Al llegar a Conde de Ibarra, levantó la vista.
En la cornisa del estanco, donde semanas atrás se había posado por primera vez un cuervo, ya no había ninguno. La pluma negra, también, se había ido. El letrero de neón parpadeaba con su ritmo roto de siempre.
En el portal, mientras sacaba la llave, sintió por primera vez, desde hacía tiempo, algo parecido al alivio.
No era alivio del todo.
Pero se parecía.
Subió los tres pisos a oscuras. Entró. El perro lo recibió con un gruñido mínimo de bienvenida, un gruñido que no era de alarma sino de bienvenida cansada, de los perros viejos que reconocen una llegada a deshora pero prefieren no incorporarse a saludar del todo.
Se metió en la cama sin cambiarse. Durmió, por primera vez en días, siete horas seguidas.
Y no soñó.
Al menos, nada que pudiera recordar al despertarse.