Los cuervos de la Catedral Capítulo 13 — Lo que no debía abrirse #3
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Capítulo 13 — Lo que no debía abrirse #3

—Adrián —dijo Clara.

—Aquí.

—Rafael.

—Aquí.

—Padre.

—Aquí.

—¿Estáis viendo la luz?

—Sí —dijo Adrián.

—Sí —dijo Rafael.

—Sí —dijo Salvatierra—. No os mováis.

La bombilla volvió a parpadear. Tres. Luego dos. Una pausa.

—Nos está agradeciendo las monedas —dijo Salvatierra, con voz muy baja—. Nos está diciendo os he oído .

—¿Electricidad? —preguntó Rafael.

—Es la interpretación prudente. Es lo que yo mismo diría en otro contexto. Pero aquí, y ahora, no sé.

Los cuatro se quedaron sentados sin hablar durante otro minuto. La luz dejó de parpadear. Volvió a ser constante. Encima de ellos, el cuenco colgaba con su agua inexplicable. Debajo de ellos, los fragmentos de varios miles de años fluían en su cauce.

Y entonces, tres chasquidos metálicos, secos, se oyeron en la trampilla superior.

Tres.

Clara se puso tensa.

—Alguien está arriba —susurró.

Salvatierra levantó una mano.

—Silencio —dijo.

Otros dos chasquidos. Luego silencio.

—Tres y dos —dijo Adrián, con un hilo de voz—. Han llamado con tres y dos.

Salvatierra se puso de pie. Rafael también. Adrián y Clara, detrás.

—Si es nuestro —dijo Salvatierra—, contestamos.

—¿Cómo contestamos? —preguntó Rafael.

—Con tres y dos.

Salvatierra se acercó a la trampilla. Golpeó con los nudillos tres veces. Pausa. Dos veces.

Desde el otro lado llegó un golpe único, más flojo. Una negación.

—No es de los nuestros —dijo Salvatierra, sin alzar la voz—. Pero conoce nuestra señal. Lo cual significa que la ha aprendido.

—Morán —susurró Clara.

—Probablemente Morán.

—¿Qué hacemos? —preguntó Adrián.

Salvatierra cerró los ojos un instante.

—Salimos —dijo—. Por esta misma trampilla. Si él está ahí, hablamos. Todos los cuatro juntos. En voz baja. Sin gritos. Sin violencia. Aquí abajo no va a pasar nada peor. Allá arriba, sólo hay que mantener la cabeza.

—¿Está seguro? —dijo Rafael.

—Completamente seguro no. Pero es la única opción razonable. No podemos quedarnos dentro. Él acaba pasando. Ha demostrado que puede.

Se situaron. Rafael desenroscó el tornillo interior. Empujó la trampilla un dedo. No se dejó empujar. Había peso al otro lado. Empujó más fuerte. La trampilla cedió, con un pequeño chasquido.

Al otro lado, sentado sobre el suelo de la galería, con las piernas cruzadas con la misma comodidad con la que otro se sentaría en un banco de parque, estaba Alberto Morán Caldevilla.

Canónigo. Cuarenta y pocos. Sotana negra.

Expresión amable. En las manos, un pequeño saquito idéntico al que Clara y Adrián habían sacado del décimo dos días antes.

Llevaba, además, cosas que Adrián no habría esperado ver en un canónigo esa noche: una linterna profesional de minero, encendida al mínimo, apoyada junto a él contra la pared; un pequeño cuaderno de tapas de piel, el mismo que Adrián le había visto en la mano la mañana que sonaron las campanas a las diez y siete; un par de gafas de leer sobre el puente de la nariz; y, sobresaliendo del bolsillo izquierdo, un par de guantes blancos de algodón fino, de los que usan los archiveros para manipular documentos.

Todo muy bien dispuesto. Todo muy meditado.

Morán no había improvisado aquella visita: la había preparado con semanas de anticipación.

—Buenas noches —dijo Morán, con una sonrisa cortés—. Les esperaba.

Salvatierra salió primero. Después Clara. Después Rafael. Adrián fue el último. Se situaron en semicírculo alrededor del canónigo, que permaneció sentado.

Nadie habló durante unos segundos.

—Don Alberto —dijo Salvatierra, finalmente, con la voz muy medida—. Esto es una irregularidad muy grave.

—Lo es —concedió Morán.

—¿Qué lleva en esa bolsa?

—Algo que no debía estar ahí abajo, padre. Algo que tenía que salir a la luz.

—Me cuesta imaginar qué razón puede haberle hecho pensar que a usted le correspondía decidirlo.

Morán sonrió. Era una sonrisa rara. Amable, pero tensa en los bordes. Se quitó las gafas de leer muy lentamente, las dobló, las depositó sobre el cuaderno de piel. Se tomó su tiempo para contestar.

—No me corresponde a mí en exclusiva —dijo—.

Pero tampoco a ustedes. Lo que hay en esta bolsa lleva siglos escondido por una cadena de personas que, si yo soy alguien, son mis maestros en disciplina pero mis iguales en perplejidad.

Ha llegado el momento, don Ignacio, de que un objeto como éste reciba estudio.

Estudio serio, académico, catalogado. No el secretismo oral con el que se ha gestionado hasta ahora.

—¿Y usted es el destinatario del estudio?

—Yo, y mi cátedra, y el equipo de investigación que he montado. En tres universidades.

Salvatierra lo miró durante mucho tiempo.

—Don Alberto —dijo, al fin—, usted ha venido a Sevilla específicamente para este objeto.

—Sí.

—¿Desde cuándo se ha estado preparando?

—Ocho años.

—¿Y el resto de canonjía?

—Es auténtica. La vocación, también. No todo en mí es fingido, don Ignacio. Sólo soy, digamos, un canónigo con dos objetivos en vez de uno.

Clara dio un paso adelante.

—Don Alberto. Sabe que lo que se lleva no le pertenece. No al Cabildo de Sevilla. No a usted. Pertenece a la red que lo guardaba. Y esa red no es privada.

—Lo es en parte —replicó Morán—. No hay acta de constitución.

No hay estatutos. No hay consejo de custodia.

Dicho sin mala intención, archivera, ustedes no tienen ni siquiera una figura jurídica sobre la que apoyarse para impedirlo.

Lo que ustedes llaman la red es un entramado no escrito de personas.

Yo también soy una persona, respetable, con formación, con solvencia.

Ustedes no pueden apelar a nada. Sólo a la costumbre.

Y la costumbre, en derecho canónico, cede ante la razón bien fundada.

Salvatierra bajó la voz.

—Don Alberto, yo no le estoy hablando de derecho canónico. Le estoy hablando de consecuencias. Si usted se lleva ese objeto sin respetar las reglas por las que ha funcionado hasta ahora, la red va a responder.

—Con disfunciones administrativas —dijo Morán, sonriendo otra vez—. Lo sé. Lo he leído.

—Con consecuencias que no tienen nada que ver con el derecho, señor canónigo. Ni con la ciencia. Con consecuencias, hablando en la lengua que entiende usted, sobre el cauce con carga .

Morán hizo una pequeña pausa. Por primera vez, dejó la sonrisa a un lado. Miró, durante medio segundo, el pequeño saquito que tenía entre las manos, como si por un instante reconsiderase. Luego volvió a levantar los ojos.

—Don Ignacio. Yo también soy un hombre de estudio. He estado, literalmente, tres años sólo para llegar a este punto. He leído lo que ustedes han leído. Y algunas cosas más, de bibliotecas a las que ustedes no tienen acceso. Créame. Asumo los riesgos.

—No son sólo riesgos suyos —dijo Clara.

Morán la miró. Se levantó, muy despacio, con el saquito en una mano. Nadie se movió. Rafael, Adrián notó, había colocado muy sutilmente las manos por delante del cuerpo, ligeramente abiertas: la postura de un guarda veterano que se prepara para contener sin provocar.

—Archivera —dijo Morán—. Tiene usted razón. No son sólo riesgos míos. Por eso he venido esta noche aquí. No a discutir con ustedes. A negociar.

—¿Negociar qué?

—Primero. Mañana por la mañana, a primera hora, yo entregaré al Cabildo este objeto.

Bajo la premisa de que se ha encontrado durante unos trabajos rutinarios de inspección del subsuelo.

Aporto un informe. Aportaré yo mismo el informe.

El objeto entra en el registro. Entra en la historia.

Entra en el debate. Todo el mundo contento.

Salvatierra lo interrumpió.

—Todo el mundo menos la red.

—Segundo —continuó Morán, imperturbable—.

A cambio, ustedes cuatro no comunican al Cabildo lo que saben de esta cámara.

No comunican al arzobispado la existencia de la red.

Se comprometen por palabra a no interferir en el estudio académico del objeto.

Y me entregan, los cuatro, las seis vieiras ceremoniales de la caja del sacerdote.

Las seis. No las siete. Sé exactamente cuántas hay.

Salvatierra se quedó muy quieto.

—¿Cómo sabe usted cuántas vieiras hay en esa caja?

Morán sonrió.

—Le sorprendería lo que se puede aprender con paciencia, don Ignacio.

Hubo un silencio largo. Los cuatro oyeron, lejano, un tintineo mínimo en la galería de arriba: una gota cayendo sobre una baldosa. Un ruido diario, sin importancia. Pero llegó con la claridad absurda con la que, en los momentos de tensión, uno registra los detalles neutros.

Adrián habló entonces, por primera vez.

—Don Alberto.

—Dígame, señor Vega.

—Hay una cosa que usted no ha hecho bien.

Morán alzó una ceja.

—Usted se ha llevado el objeto —continuó Adrián, con una voz neutra—. Y no ha dejado moneda.

—He dejado una nota.

—No es lo mismo.

—Para usted no será lo mismo. Desde mi punto de vista, es suficientemente atento.

—Desde el punto de vista del sistema, no.

Morán se rió. Con una risa pequeña.

—Señor Vega, disculpe. Le respeto mucho, pero no voy a construir mi filosofía profesional sobre las reacciones de una vía hidráulica antigua.

—No le pido que construya su filosofía sobre eso.

—¿Qué me pide, entonces?

—Que deje la moneda.

Silencio.

Adrián sacó del bolsillo de la cazadora una de las monedas que no había usado aún. La tendió en la palma de la mano.

—Déjela usted. Por nosotros. Antes de subir. Por respeto profesional, si quiere. Por una forma menor de cortesía. Por lo que usted quiera. Pero déjela.

Morán miró la moneda. Miró a Salvatierra.

Miró a Clara. Miró a Rafael. Tardó mucho en contestar.

En los ojos de Morán, durante un par de segundos, Adrián notó algo distinto de la sonrisa académica: una reconsideración profesional, el cálculo rápido de un hombre muy inteligente que se pregunta, en voz interior, si acaso el gesto menor que se le pide no será, a pesar de su insignificancia, una forma de rendición disfrazada.

—¿Y si la dejo?