Los cuervos de la Catedral Capítulo 13 — Lo que no debía abrirse #2
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Capítulo 13 — Lo que no debía abrirse #2

El primer minuto no pasó nada. O, más bien, lo que pasó fue que cada uno se oyó a sí mismo: respiración, latido, el pequeño rumor de la ropa al ajustarse.

En el segundo minuto, empezaron a oírse más cosas.

El rumor muy lejano del agua de la rigola de la galería superior.

El chasquido minúsculo de una gota cayendo en algún lugar de las proximidades.

Y, por debajo de todo eso, perfectamente claro, el pulso.

Tres y dos.

Muy exacto. Muy constante. Más fuerte que en ninguno de los sitios anteriores donde Adrián lo había oído.

En el tercer minuto ocurrió algo que ninguno de los cuatro estaba en situación de explicar en el momento.

La bóveda amplificó sus pensamientos.

No literalmente. No hubo alucinaciones, ni voces, ni figuras.

Lo que hubo fue que, sentados cada uno en un punto distinto del pavimento, cada uno empezó a oír, o a sentir con mucha claridad, ciertas cosas suyas que llevaba días o semanas sin atender.

Adrián se acordó de pronto, con una vivacidad casi hiriente, de la cara de su ex mujer el día que hicieron la mudanza.

Rafael sintió la mano fría de su padre, muerto hacía catorce años, sobre la suya propia, con un recuerdo exacto de la temperatura.

Clara vio, con los ojos abiertos pero en una especie de segundo plano interior, un pasillo del hospital donde su madre había pasado los últimos tres meses.

Salvatierra oyó, con una claridad improcedente, la voz de don Ignacio Izquierdo —ningún parentesco con Carmen, sólo coincidencia de apellido— el sacerdote que le había instruido en los años sesenta, diciendo una frase antigua cuyo sentido en aquel momento no supo descifrar.

Nada de aquello era fantasía. Los cuatro habrían dicho, de haberlo discutido allí mismo, que eran recuerdos propios intensificados por el lugar.

Mala orientación acústica, diría don Claudio después. La mente, en una cámara de esa geometría, cuando no tiene referencias acústicas normales, se orienta hacia dentro. Y de dentro saca lo que hay.

Adrián, con un esfuerzo, se sacudió la imagen de Elena en la mudanza.

Lo hizo mentalmente, con la misma técnica con la que se sacude un ala dormida: enfocándose en un detalle físico presente, en este caso, la frialdad del pavimento bajo la palma de la mano izquierda.

El truco funcionó. La imagen de Elena se alejó un escalón.

Siguió allí, pero al fondo, dejando sitio a la cámara.

—Adrián —dijo Clara, con un pequeño esfuerzo.

—Aquí.

—Rafael.

—Aquí.

—Padre.

—Aquí.

—Los cuatro en sus sitios.

—Los cuatro.

Salvatierra respiró hondo. Encendió un poco más las frontales.

—Se acabó la pausa —dijo—. Ahora, al trabajo.

Se puso de pie. Los demás le siguieron. Salvatierra cruzó la cámara hasta el muro norte, donde, según la inscripción de las fotografías, habían encontrado el HIC SVRSVM . La inscripción seguía allí. Las letras, perfectas, recién lavadas por los años que habían pasado cerradas herméticamente.

— Aquí, arriba —leyó Salvatierra—. Quien labró esto sabía exactamente en qué pared estaba. Quería que, el que entrara, al leer aquí arriba mirara en la dirección correcta. Que en este caso…

—…sería el oeste —dijo Adrián.

—Correcto.

Salvatierra giró sobre sí mismo, buscando con la mirada, en el muro oeste, algún elemento que correspondiera al HIC SVRSVM .

Lo encontraron entre los tres. En el centro exacto del muro oeste, a la altura del pecho, había una pequeña piedra desencajada, ligeramente más clara que las otras, como si alguien la hubiera reemplazado hacía poco tiempo.

Adrián se acercó. Pasó la yema del dedo por el borde.

—Alguien la ha movido —dijo, con un pequeño nudo en la garganta—. Recientemente.

—¿Cómo de reciente?

—Meses. No años. Quizá semanas.

Rafael encendió la linterna potente y la apoyó contra el borde de la piedra. La luz rasante reveló, sobre la misma, un trazo de polvo en el lado inferior. Muy ligero. Como el que deja una mano al pasar un paño.

—Han entrado aquí antes que nosotros —dijo Rafael, con calma profesional.

—¿Cuándo?

—No lo sé con exactitud. Pero no mucho antes.

Salvatierra cerró los ojos un segundo.

—El incidente de las diez y siete —dijo—. De hace dos días.

—Sí —dijo Clara.

—Pues eso.

Adrián empujó la piedra con cuidado. Salió con una facilidad preocupante: no había sido fijada de nuevo. Detrás quedó un hueco rectangular, del tamaño de una caja de zapatos pequeña, tallado en el muro, con una bandeja de piedra en el interior.

En la bandeja había una hoja.

Una sola.

Hoja de papel moderno, doblada por la mitad, amarillenta no por la edad sino por haber estado envuelta en una tela sucia unas horas. Adrián la cogió con cuidado, con una gasa de su bolsillo. La desplegó.

Estaba escrita a mano. En bolígrafo azul. En una letra que Clara reconoció al segundo.

—Es la del Tiene del archivo —dijo.

La nota era breve. Cuatro líneas.

Para quien baje después de mí.

He retirado lo que estaba bajo el cuenco del crucero. Estará a buen recaudo hasta que podamos reunirnos. No forzar. No golpear. No dejar moneda. He hablado con quien corresponde.

Alb.

Sin firma completa. Sólo tres letras, minúsculas, redondeadas. Alb.

Los cuatro se quedaron en silencio.

— Alberto Morán —dijo Clara, sin voz.

—No conocemos a ningún otro Alb —dijo Salvatierra, también bajo.

—¿Ha sacado algo? —preguntó Rafael—. ¿De aquí? ¿Del cuenco?

Salvatierra se acercó al centro de la cámara.

Se subió a una pequeña banqueta de hierro plegable que Adrián había llevado para los reconocimientos altos.

Con la frontal y con la linterna en la otra mano, examinó el cuenco invertido del techo.

El agua seguía dentro. Un dedo y medio. Pero en el fondo mismo del cuenco, justo en el centro, había ahora, perfectamente visible a la luz potente, un pequeño rebaje circular de unos tres centímetros. Una hendidura. Vacía.

—Aquí había algo —dijo Salvatierra—. Pequeño.

Probablemente un objeto metálico del tamaño aproximado de una hostia consagrada.

Alguien lo ha sacado. Antes no podíamos saber si estaba o no estaba, porque en las fotografías del cincuenta y cuatro el ángulo del flash no iluminó el fondo. Pero aquí estaba.

—¿Qué era? —preguntó Adrián.

—No lo sabemos. Los que labraron esta bóveda lo pusieron bajo el cuenco del crucero, en la posición simétrica al lugar donde arriba, en el templo real, está el tabernáculo.

Es decir: dejaron en el doble algo equivalente a lo que los cristianos, mil años después, colocarían en la Catedral propiamente dicha. Sin ser lo mismo.

—¿Un objeto prerromano?

—Probablemente.

—¿Valor arqueológico?

—Incalculable. Pero eso, ahora mismo, es lo de menos.

Clara miró la nota.

— No forzar. No golpear. No dejar moneda. ¿Por qué lo pone?

Salvatierra se bajó de la banqueta con mucha calma.

—Porque él sabe —dijo— que si nosotros venimos aquí y dejamos moneda, el sistema nos reconoce como custodios y le pone, a él, más difícil el resto.

—¿El resto de qué?

—De lo que él quiera hacer con lo que se ha llevado. Y con las otras manos de la red.

Rafael soltó, por primera vez desde que había entrado a la cámara, una palabra que no era una corrección técnica.

—Hijo de su madre.

Salvatierra, contra todo pronóstico, sonrió un instante.

—No es el vocabulario más eclesiástico —dijo—, pero es preciso.

A ver. Tranquilos los cuatro. Esto no es el fin del mundo.

Significa, sí, que nuestro amigo Morán —o quien le haya mandado— se ha adelantado y se ha llevado el objeto.

Significa, también, que no podemos hacer por el objeto en este momento nada.

Pero podemos hacer, aquí mismo, algo que contrarresta parte del daño.

—¿Qué?

—Dejar moneda. Y escuchar bien. Ahora. Nosotros. Para que el sistema, aunque lo hayan forzado, sepa que no todos los que han bajado esta semana bajaron mal.

Sacó del bolsillo de la sotana cuatro monedas. Una moneda antigua, ennegrecida, con cruz y vieira —otra, distinta de la del día anterior, o la misma devuelta, nadie se atrevió a preguntarlo— y tres monedas modernas, corrientes, de un euro.

—La antigua la dejaré yo, en el rebaje del cuenco.

Vosotros tres, en tres sitios distintos del pavimento.

En los tres puntos del plano labrado que coinciden, arriba, con los tres pilares donde Adrián encontró almendra pero donde hoy no hay grieta.

Es decir, los pilares dos, cinco y doce.

El que tiene grieta, el nueve, el del tabernáculo, es el mío.

Se movieron.

Adrián localizó, en la planta labrada del techo, los tres pilares equivalentes.

Los proyectó mentalmente sobre el pavimento.

Se colocó bajo el primero, el equivalente al pilar dos.

Dejó su moneda. Clara hizo lo propio bajo el quinto.

Rafael bajo el duodécimo. Salvatierra se subió a la banqueta y, con una cortesía que a Adrián, desde abajo, le llegó casi a conmover, depositó la moneda antigua en el rebaje del cuenco. Volvió a bajar.

—Y ahora, escuchar.

Se sentaron otra vez. Apagaron las frontales del todo. Pusieron la linterna potente, con el haz hacia arriba, apoyada contra la banqueta, como una vela inmensa.

Y escucharon.

El pulso tres y dos estaba allí, pero más tenue.

Como avergonzado. Como si, después del paso del otro, ya no se atreviera a sonar tan fuerte.

A medida que los cuatro se concentraban, el pulso fue cobrando fuerza otra vez.

No porque ellos hicieran nada; porque el sistema, al sentirse escuchado correctamente, volvía a su ritmo propio.

Cinco minutos pasaron. Seis. Siete. El pulso creció. No era un sonido, exactamente. Era una vibración que entraba por las plantas de los pies, subía por las piernas, se instalaba en el pecho. No incómoda. Firme.

Y después, al cabo de unos diez minutos, empezó algo nuevo.

Una de las bombillas de la linterna potente parpadeó. No se apagó del todo. Parpadeó dos veces. Tres y dos.