Capítulo 13 — Lo que no debía abrirse
Lo que no debía abrirse
A las once menos cinco, Adrián y Clara cruzaron por última vez aquella noche la Plaza Virgen de los Reyes.
Las farolas iluminaban los adoquines con la tonalidad mielada de siempre.
La Giralda, al fondo, estaba recortada contra un cielo que seguía limpio, con un cuarto creciente muy pálido sobre los tejados del Alcázar.
Habían decidido caminar los últimos metros desde Mateos Gago sin hablar.
Claudio les había dicho de hablar en el descenso; antes, el silencio servía de respiración.
En la plaza, a aquella hora, no había nadie.
Los bares de Mateos Gago habían ido cerrando de uno en uno a partir de las diez y media; sólo una terraza rezagada, al fondo, mantenía a dos clientes tardíos con un par de copas y una conversación que llegaba al oído en una tonalidad amortiguada.
Los vencejos, que a esa hora ya dormían, habían desaparecido del cielo.
En su lugar pasaba, de vez en cuando, algún pájaro oscuro de vuelo más recto —no un cuervo; quizá una paloma urbana—, sin llamar demasiado la atención.
Salvatierra los esperaba en la puerta del Lagarto con Rafael.
—¿Tú no estabas con fiebre? —dijo Adrián.
—Ya no —contestó Rafael—. Se me ha ido al acostarme hace una hora. O me la he quitado yo. Qué más da. Bajo con ustedes.
—¿Estás seguro?
—Tan seguro como don Ignacio. Y si esta noche me quedo arriba y les pasa algo, mañana no vuelvo a dormir.
Salvatierra no intervino. Ya lo habrían discutido antes.
Abrió la puerta. Pasaron. Rafael la cerró por dentro con la llave de siempre y dejó la cadena metálica echada.
Las luces estaban apagadas salvo las mínimas.
Dentro, la Catedral, a aquella hora, era ya un edificio absolutamente distinto del que había cerrado al público a las seis y media.
Tenía el volumen interior, no la actividad. Era un espacio lleno de aire parado.
Llevaban entre los cuatro lo necesario y nada más: dos linternas frontales, una de mano potente, cuerda, cuñas, un martillo de goma, una cámara compacta con flash, el maletín pequeño de Clara, el higrómetro, un cuaderno, un par de mantas finas por si alguien necesitaba apoyarse contra una pared fría, y, en el bolsillo de Salvatierra, un pequeño frasco con aceite consagrado que ninguno de los otros tres le había preguntado para qué.
Adrián llevaba también, en el bolsillo del pantalón, una navaja multiusos que su maestro Don Eulogio le había regalado al terminar el aprendizaje, una Opinel con las iniciales grabadas en el mango de madera de boj.
No esperaba tener que usarla. La llevaba por costumbre. Como se lleva un amuleto.
Cruzaron la sacristía de plata. La llave del armario. El descansillo. La chapa. La escalera tallada. La balsa. La ranura lateral.
No fueron esta vez a la galería del oeste.
Esta vez tomaron una dirección que Adrián no había recorrido nunca.
Salvatierra los llevó hacia el sur. Salieron de la sala pequeña de las inscripciones por una puerta lateral estrechísima, casi oculta detrás de un muro desplomado, que Adrián había visto de pasada en su primera bajada pero a la que no había prestado atención.
Aquel era, según el sacerdote, el acceso alternativo.
El oficial, si podía llamarse así, estaba en la sobrecubierta del crucero, y requería perforar mortero moderno.
El alternativo, más antiguo, pasaba por un conducto de servicio no inventariado que, con ligeros desvíos, conducía al subfondo de la cámara de 1954.
—¿Quién construyó esto? —preguntó Adrián.
—Los mismos que taparon la cámara —contestó Salvatierra—. La taparon por arriba, pero se guardaron una puerta por el costado. Nunca se taparon del todo las propias salidas. La gente sensata de aquella época no lo hacía.
Bajaron. La galería era estrecha y de techo bajo.
Iba descendiendo despacio, con esa inclinación mínima y constante que ya era la firma del sistema.
El suelo tenía polvo suelto, no tierra batida: un signo de que había sido limpiado, a máquina o a mano, hacía menos décadas de lo que el resto del subsuelo indicaba.
—¿Sabe alguien que estamos bajando? —preguntó Clara, a media galería.
—Nadie —contestó Salvatierra.
—¿Morán?
—No debería. He comprobado personalmente, antes de venir, que no se le ha visto en la Catedral desde las siete y media. Está, por lo que sé, cenando con la familia de un compañero en el barrio de la Macarena. Pero tampoco puedo descartar al cien por cien que alguien le haya dado el aviso.
—¿Quién podría haberle dado el aviso?
—Cualquiera del Cabildo. O cualquiera del archivo que nos haya visto salir hoy. No hay vigilancia organizada. Sólo atenciones personales.
Siguieron. A los pocos minutos, Adrián notó que el aire, allí abajo, tenía ya un grado distinto.
No se trataba sólo de temperatura. Era la densidad.
Era como si el aire, al llegar a aquella profundidad, hubiera empezado a pesar.
Caminó un rato pendiente de su propia respiración.
Respiraba con normalidad, pero con una conciencia de cada inspiración que no tenía en la superficie.
Clara, delante, pareció notar algo parecido.
Se detuvo un instante a ajustar la frontal, más bien como excusa para tomar aire.
Al cabo de unos cincuenta metros, Salvatierra se detuvo.
Con la linterna iluminó el muro derecho, bajo, donde, casi a ras del suelo, había una trampilla cuadrada de hierro, pintada de gris oscuro, sin bisagras visibles.
Era, sencillamente, una plancha encajada a presión en una moldura de piedra.
Junto a ella, grabado en el revoco, un pequeño signo hecho con punzón: no una concha, esta vez, sino una T invertida.
—Esto es la entrada —dijo Salvatierra—. Rafael, tú y yo.
Entre los dos levantaron la plancha. Pesaba. Rafael resopló. Quedó abierto un hueco rectangular, de unos setenta centímetros de ancho por medio metro de alto. Adentro, una escalerilla metálica, reciente, descendía unos tres metros hasta el pavimento inferior.
—Yo primero —dijo Salvatierra—. Adrián después. Clara. Rafael cierra.
—¿Cierra? —preguntó Adrián.
—Cierra por dentro —matizó Rafael—. No desde fuera. No se preocupe. Así, si alguien viene por la galería, no se ve la trampilla abierta.
Bajaron en ese orden. La escalerilla crujía un poco pero se notaba firme. A medida que descendía, Adrián sintió en la piel un cambio notable: el aire, allí dentro, era más quieto. No más frío. Ni especialmente más húmedo. Más quieto. Como si estuviera hecho de un material ligeramente más denso.
Pisó el suelo.
Y lo primero que notó fue que el suelo, en la cámara inferior, devolvía el paso de una manera que no había sentido jamás en otro edificio subterráneo.
Cada pisada, por leve que fuera, producía un eco muy bajo, muy corto, pero perfectamente identificable.
Un eco dirigido. No rebotaba hacia las paredes, como en una cámara normal; rebotaba hacia arriba, hacia el techo.
Alzó la linterna.
La cámara era tal como la habían visto en las fotografías de 1954, pero lógicamente más grande en persona.
Cinco metros por tres. Techo abovedado. Pavimento terminado.
Y sobre ellos, labrado, el techo: la Catedral en planta, invertida.
Los diez pilares menores. Las almendras en cuatro de ellos, perfectamente visibles bajo el haz.
El pequeño cuenco invertido del crucero pequeño, lleno, efectivamente, con un dedo y medio de agua.
La cámara olía distinto a todo lo demás.
No olía a humedad, como la balsa. No olía a sótano, como la galería del oeste.
Olía a una mezcla indescifrable que Adrián, con cierto sobresalto, reconoció después de unos segundos: olía a incienso viejo .
No a incienso reciente, del día; a incienso que lleva años depositándose.
Como si en aquella cámara, durante siglos, alguien hubiese quemado periódicamente incienso, y el residuo, atrapado bajo la plancha de hormigón de 1954, no hubiera tenido por dónde irse.
Salvatierra avanzó unos pasos hacia el centro. Rafael acabó de bajar, y, con la agilidad que Adrián no le habría atribuido, cerró la trampilla desde abajo dándole un pequeño giro a un tornillo interior.
—Ya estamos —dijo.
Clara cruzó una mirada rápida con Adrián.
—Adrián.
—Aquí.
—Rafael.
—Aquí.
—Padre.
—Aquí.
—Siempre así —pidió Clara, siguiendo la instrucción de Claudio—. Cada medio minuto, por mi reloj.
Asintieron todos.
Avanzaron hacia el centro. La cámara, por dentro, tenía una simetría casi sobrecogedora.
No había una sola línea desordenada. Los sillares encajaban con una precisión geométrica que, a esa edad, era técnicamente inconcebible.
Las juntas, bien selladas. El pavimento, sin defectos.
El techo —el techo labrado— bajaba en bóveda, con ese pequeño cuenco colgando en su centro como un ombligo al revés.
Salvatierra se detuvo bajo el cuenco.
—Lo primero —dijo— es no hacer nada. No tocar. No medir. No probar el agua. Nos vamos a quedar los cuatro, aquí, sentados en silencio, tres minutos. Que el aire se acostumbre a nosotros. O nosotros al aire. Después de esos tres minutos, haremos lo que haya que hacer.
Se sentaron. Los cuatro. En el pavimento.
Adrián se cruzó de piernas. Clara se abrazó las rodillas.
Rafael se sentó como se sientan los guardas: con una espalda vertical, las manos sobre los muslos, los hombros ligeramente abiertos.
Salvatierra se sentó directamente sobre el frío.
Apagaron la linterna de mano y dejaron sólo dos frontales encendidas, al mínimo.
La cámara se amortiguó en una penumbra de cueva.