Los cuervos de la Catedral Capítulo 12 — El nombre del camino #3
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Capítulo 12 — El nombre del camino #3

Cruzaron el puente. El Guadalquivir, a aquella hora, empezaba a llevar esas luces cortas y doradas de los faroles de las terrazas reflejadas sobre la lámina.

Un paseante mayor, apoyado en la baranda, miraba el agua con la mano apoyada en la cadera, en esa postura de los sevillanos que dedican tiempo a mirar el río por costumbre.

Clara aparcó en la calle Alfarería con la misma soltura de las veces anteriores; Adrián se había acostumbrado a su modo de conducir, preciso, un poco brusco al arrancar, y a la discreción con la que dejaba el coche en doble fila cuando el destino quedaba cerca, como si cualquier calle de Sevilla fuera, en último término, una extensión del archivo.

Claudio Paniagua tardó en abrir. Cuando abrió, llevaba el mismo mandilón azul oscuro, pero esta vez por encima un jersey de punto grueso, como si por la tarde hubiera hecho frío en el patio. El bastón en la mano.

—¿Venís otra vez?

—Perdone la hora —dijo Adrián.

—Pasad.

El patio tenía la luz rosada de los últimos minutos antes del anochecer. La boca del horno grande, al fondo, se recortaba más oscura. Uno de los geranios, contra toda probabilidad, había empezado a brotar al fin. Claudio señaló la mesa con el bastón. Se sentaron.

—No os ofrezco café —dijo—. Se me acabó.

—No importa.

—¿Para qué venís?

—Señor Paniagua —dijo Adrián—, esta noche bajamos a una cámara que está bajo el crucero de la Catedral.

No está en los planos actuales. Sabemos, por un expediente de mil novecientos cincuenta y cuatro, que existe.

Sabemos, por usted y por el cuaderno del tío Sebastián, lo que hay alrededor.

Pero queremos saber lo que usted sepa específicamente sobre esa cámara.

Claudio se quedó callado un rato. Se pasó una mano por la nuca. Miró hacia el horno grande y luego hacia una maceta pequeña, como si las dos cosas, cada una a su modo, le ayudaran a decidir qué iba a decir.

—Nunca he estado allí —dijo, al fin—. No es patrimonio de nuestra familia. Es patrimonio del Cabildo. Nosotros no somos del Cabildo. Nosotros somos del otro lado del río.

—Pero sabrá algo.

Claudio se apoyó con las dos manos en el bastón.

—Sé lo que me contó mi padre, y lo que le había contado su padre.

Lo llamaban el doble . No la bóveda inversa , que es la expresión que usáis vosotros ahora.

El doble. Decían que debajo de la Catedral, en el centro, había una cámara que era exacta copia de la Catedral pero dada la vuelta.

Decían que nadie debía bajar solo. Decían que, si alguien bajaba, tenía que bajar con otro al que quisiera bien, porque el doble, cuando se le entra, confunde.

—¿Confunde? ¿En qué sentido?

—En el sentido de que a veces lo que pisas es lo que estás, y a veces lo que pisas eres tú.

Depende del ángulo y de lo que lleves dentro en ese momento.

Mi padre decía que una vez bajó a una cámara parecida, no a esa, a una menor, y que durante unos minutos creyó ir andando por la casa de su infancia.

No era brujería. Era, decía él, una mala orientación acústica . Así lo llamaba.

Clara ladeó la cabeza.

—¿Mala orientación acústica?

—El sonido, en cámaras de esa geometría, no llega de donde se origina. Llega de otro lado. Y el cerebro, si no está advertido, completa. Completa mal. Se inventa cosas.

—Claudio —dijo Adrián—, ¿cómo era la cámara menor a la que bajó su padre?

Claudio se lo pensó.

—Era una cámara pequeña bajo una casa de Triana que ya no existe.

La llamaban la cámara de Juan Bautista , creo, aunque no sé por qué.

Mi padre bajó con el párroco del Carmen, que entonces era un hombre joven, en algún momento a finales de los cuarenta.

Bajaron porque alguien les había dicho que la humedad de unas paredes de la casa tenía forma rara.

Mi padre sólo me contó la bajada una vez, a los tres días de morir el párroco, por lo que debió de ser en el setenta y pico, y no quiso darme más detalle que el que ya le he contado.

Se acordó del sitio, se acordó de haber pasado allí veinte minutos largos, y se acordó de que durante uno de esos minutos estuvo, con la cabeza, en la calle Pagés del Corro, en la casa en la que él había nacido. Después salió, y se le fue.

—¿Y luego?

—Luego no volvió más. Y la cámara, con los años, la taparon, como tantas otras. El sitio donde estaba es hoy un portal cualquiera. Ni siquiera los propietarios saben que hay algo debajo.

Adrián tomó nota mental, sin escribir nada: no hay una bóveda inversa, hay bóvedas inversas, en distintas escalas, por la ciudad entera. Si alguna vez volvía a aquello, mucho más tarde, lo querría verificar. Pero esa noche, no.

—Entonces, ¿qué nos aconseja? —preguntó al fin.

—Dos cosas.

—Dígame.

—Primera. No os soltéis las manos.

—¿Las manos?

—No literalmente. Quiero decir, no os separéis. Hablad entre vosotros continuamente. En voz baja, pero hablad. Preguntaos uno al otro dónde estás cada treinta segundos. Si alguien deja de contestar, o si contesta desde un sitio donde no está, salid.

—¿Y la segunda? —preguntó Clara.

—Llevaos a don Ignacio.

—Ya estaba en el plan —dijo Adrián.

—Sí. Pero haced lo que os diga él. Aunque os parezca excesivo. Aunque os parezca inútil. Aunque os parezca fuera de lugar. Él es el que mejor conoce esas sensaciones, si alguien las conoce. Yo no tengo autoridad para acompañaros. Soy de este lado del río. Pero él sí.

—De acuerdo.

Claudio miró a Adrián durante un rato largo, con esos ojos pequeños y muy vivos.

—Una última cosa, muchacho.

—Dígame.

—Aunque vayáis a bajar a una cámara que se llama el doble, o la bóveda inversa, o como quieran llamarla en los papeles de hoy, que no se os olvide que la vena que pasa por debajo de vuestra cámara es la misma que pasa por debajo de mi horno.

Y la misma que pasa por debajo del pilar de Tomás arriba.

Y la misma que llega hasta el mar. Bajáis a un sitio especial, pero el sitio no está aislado.

Está en el hilo. Habláis con un nudo, pero tiráis del hilo entero.

—Entendido.

Claudio sonrió, con una sonrisa que le cuarteó toda la cara por primera vez desde que Adrián lo conocía.

—Y suerte.

Salieron de la casa a las siete y cuarenta.

La noche había bajado del todo. La Alfarería empezaba a animarse con las luces de los bares pequeños, las terrazas más populares, y ese rumor diario de Triana después del trabajo.

En la puerta de un bar, tres obreros con la ropa todavía de la obra jugaban a los chinos con céntimos, con gran seriedad, sentados en sillas de plástico.

Una mujer mayor, vestida toda de negro, pasaba con una bolsa de compra con la cadencia sosegada de las que no tienen ya prisa por llegar a ninguna parte. Dos gatos discutían sobre un muro bajo.

Cruzaron el puente, pero esta vez no en silencio. Hablaron, en voz baja y lenta, durante todo el trayecto.

Hablaron de sus familias. Clara le habló de su padre, arquitecto municipal en Valencia, ya muerto, del que había heredado el respeto por los edificios en funcionamiento.

Le habló también de su madre, brevemente: de los últimos tres meses, de los fines de semana en el avión de Valencia, del día del entierro, del día que volvió al archivo al cabo de una semana y se encontró con que Carmen Izquierdo, entonces su jefa, le había dejado sobre la mesa un vaso de agua y una tarjeta escrita en pluma que decía sólo paso a paso .

Adrián le habló de su mujer, de la que se había separado sin drama tres años antes, y del perro, con el que no pensaba separarse nunca.

Le habló del maestro don Eulogio, que lo había introducido en el oficio y que había muerto en 2013 sin haber conocido ni a Sevilla ni a ninguna de las piedras que Adrián tocaba ahora.

Hablaron de estudios, de universidades, de mal café, de libros que uno había leído y el otro no.

Clara recomendó El barón rampante . Adrián, El desierto de los tártaros .

Hablaron de dos o tres cosas tontas, no recordarían cuáles.

Nada de eso tenía relación directa con la bóveda inversa. Y, al mismo tiempo, tenía toda.

Porque los dos, sin decírselo, estaban haciendo lo que Claudio les había sugerido.

Estaban, literalmente, aprendiendo a hablar entre ellos antes de bajar.

A las nueve aparcaron en la calle San Gregorio. Adrián se bajó el primero. La tarde había caído ya del todo. Una luna no llena del todo se recortaba sobre el tejado del Arzobispal, ligeramente borrosa, como si un fino velo de humedad se hubiera quedado colgado en el aire entre la tierra y ella.

Salvatierra, que les había citado directamente en la puerta del Lagarto a las once, seguramente estaba todavía en la sacristía.

Tenían dos horas de sobra. Cenaron algo en una tasca vieja de la calle Placentines, hablando poco y comiendo menos.

La tasca se llamaba Casa Ricardo, o algo así, y tenía la decoración intacta desde los años ochenta: calendario del Betis colgado del marco de la puerta, publicidad de una bodega de Jerez en un espejo ahumado, suelo de baldosín frío, un televisor encendido sin volumen donde ponían un partido antiguo de fútbol.

El camarero —un hombre calvo, amable, con una servilleta al hombro— les sirvió dos raciones sin preguntar mucho.

Comieron media ración de jamón y una tortilla de patata entre los dos. Bebieron agua.

A las diez y media, Adrián sacó la vieira del bolsillo y la puso sobre la mesa.

—Clara.

—Sí.

—Si esta noche alguno de los dos, allí abajo, deja de contestar.

—Ya lo sé.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Guardó la vieira. Pagaron. Salieron.

Afuera, la Plaza Virgen de los Reyes tenía el vacío limpio de las noches de marzo.

Las farolas dejaban sobre los adoquines círculos amarillos equidistantes, y, al fondo, la Giralda se alzaba iluminada por las luces nocturnas de cortesía con una tranquilidad aparente que Adrián, ya entonces, sabía que no era tranquilidad sino reserva de fuerzas.

Debajo de la plaza, invisible, discurría, como cada noche, la vena.

Desde el pilar dos, por debajo de la Avenida de la Constitución, cruzando el río, bajo el horno de los Paniagua, siguiendo hacia el oeste, camino del mar.

Tres capas.

Un turno. Una vía. Una ruta.

Un nombre.

Adrián y Clara caminaron hacia la puerta del Lagarto con esa calma que tienen los que van a entrar en un sitio del que —a diferencia de todas las ocasiones anteriores— no saben si van a salir exactamente los mismos que fueron.