Los cuervos de la Catedral Capítulo 12 — El nombre del camino #2
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Capítulo 12 — El nombre del camino #2

—Funciona porque es un cauce con carga . El agua sola no archiva nada. El agua que ha pasado durante siglos junto a restos humanos, piedra labrada, marcas, objetos ofrendados, sí archiva. No entendemos bien cómo. Pero esa es nuestra aproximación mejor.

Adrián cerró el cuaderno un momento. Se frotó la cara con las manos.

—Padre. Una última cosa.

—Dígame.

—¿Por qué se sigue usando? Hoy. En dos mil veintiséis.

—Porque aún no se ha perdido, señor Vega. Y porque, como pasa con todo lo útil, tiene quien lo necesita.

—¿Y quién lo necesita hoy?

—Sinceramente. Cada vez menos gente. Nosotros, los que se lo han contado, más por preservación que por uso.

Unos pocos canónigos de otras ciudades, en sus respectivas cadenas.

Algunos parientes, muy discretos, de familias que lo heredaron como se heredan las porcelanas de la abuela.

Y, de vez en cuando, alguien menos recomendable que quiere acceder a su funcionamiento por razones más oscuras.

Esos últimos son los que nos obligan, a los demás, a no dejarlo dormir del todo.

Si nosotros no escucháramos, ellos serían los únicos que oirían. Y eso sí tendría consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

Salvatierra pensó un momento. Se puso serio. Un poco más serio de lo que Adrián le había visto jamás.

—La red funciona con cortesía —dijo—. Con discreción.

Con moneda. Con escucha. Alguien que entre en ella sin cortesía, sin moneda, y sin escucha, no puede robarla, porque la red no contiene objetos robables.

Pero puede, eso sí, forzarla. Y lo que sale de una red de estas forzada es muy difícil de contener.

No es un monstruo. Es, más bien, un desorden.

Un desorden administrativo a escala de ciudad, o de varias ciudades.

Campanas que suenan donde no deben, cosas que aparecen en sitios en los que no cabe que aparezcan, confusiones de identidad en los archivos, averías pequeñas pero continuas, un rumor de fondo que molesta.

Durante años, si el desorden es sostenido.

—¿Y esto ha pasado alguna vez?

—Ha pasado. La última, en esta ciudad, fue en los años veinte del siglo pasado.

No le voy a contar hoy los detalles porque van a irse usted a bajar en cinco horas y prefiero que los baje con la cabeza despejada.

Pero se lo adelanto: se necesitaron veinte años de cuidados silenciosos, después de aquello, para que la red volviera a su funcionamiento normal.

—Veinte años.

—Veinte.

Hubo una pausa. En el silencio, Adrián oyó algo que no había oído hasta entonces con esa claridad: una pequeña gotera lejana en algún lugar de la sacristía, que caía con un ritmo de una gota cada cuatro o cinco segundos sobre una superficie dura.

Al mismo tiempo, por las rendijas de la ventana oeste, entraba el rumor amortiguado del tráfico vespertino de la Avenida de la Constitución.

Dos planos de tiempo: el del edificio, pausado, paciente; el de la ciudad, tenso, acelerado.

La sacristía estaba, literalmente, en medio.

Salvatierra cogió el vaso de agua, bebió, y añadió, con ese tono de quien termina un seminario y ya no quiere alargarse:

—El nombre, señor Vega, no es lo importante.

Lo importante es que tiene tres capas, y que esta noche van a bajar a un lugar donde las tres están aún activas.

La primera, por hora —son las once, las doce, como siempre—.

La segunda, por significado: van hacia algo, no contra algo.

La tercera, por cercanía: están pisando un sedimento con carga, aunque no lo vean.

Adrián asintió.

—Padre.

—Dígame.

—Muchas gracias por la respuesta.

Salvatierra sonrió apenas. Fue la sonrisa más limpia que le había visto.

—A usted, señor Vega.

Se incorporó despacio, con ese esfuerzo controlado de los hombres de su edad cuando llevan un rato sentados. Recogió el breviario y lo devolvió al cajón de debajo del banco, cerrándolo con un pequeño giro de la llave interior. Adrián hizo el ademán de irse. Antes de salir, Salvatierra añadió:

—Una cosa, Adrián.

—Dígame.

—Esta noche, cuando bajemos, va a haber un momento en que la cámara se llene de cosas que no son la cámara.

Memorias suyas, sobre todo. Se llama mala orientación acústica , en el lenguaje de Claudio.

Si le pasa, no se asuste. Hágame caso a mí, aunque lo que le esté diciendo yo, en ese momento, le parezca menos interesante que lo que le diga su propia cabeza.

—Entendido.

Salió de la sacristía mayor a las siete menos cuarto.

En la puerta del Lagarto, mientras se ponía la cazadora, Clara acababa de entrar.

Le había llamado antes desde el coche; Adrián no se lo había cogido porque estaba con Salvatierra.

Ella tenía los ojos más descansados que por la mañana. El pelo recogido, el maletín listo.

—¿Salimos? —dijo Clara.

—Salimos.

Caminaron un rato en silencio por Mateos Gago.

El ambiente, a aquella hora, era ya el de la noche: terrazas casi llenas, un aire un par de grados más frío, el humo del pescado frito de los bares bajos mezclado con el del tabaco de los que fumaban de pie en las esquinas, y, por encima, ese cielo limpio de Sevilla que en marzo parece tener más estrellas de las prudentes.

Un grupo de guitarristas tocaba en una esquina con esa seriedad profesional de los músicos callejeros del sur.

Un niño pequeño, de la mano de un padre joven, pasó mirando con gran atención un patinete eléctrico aparcado en la acera, como si aquel objeto fuera, para él, un acontecimiento digno de subrayar.

En otra esquina, una pareja discutía en voz baja pero con gestos rotundos, con esa intensidad contenida de las peleas en la calle de parejas ya estables.

—¿De dónde viene? —dijo Clara.

—De estar con Salvatierra. Le pedí que me explicara el nombre.

—¿Y?

—Tres capas. Turno nocturno, vía mística, ruta funeraria prerromana. Todas superpuestas.

Clara se detuvo un momento. Asintió.

—Es la mejor explicación que va a poder darle nadie.

—¿Usted ya la conocía?

—Parcialmente. Tenía la primera y la segunda muy estudiadas. La tercera, por intuición. La ruta funeraria prerromana no es un terreno de archiveros; es de arqueólogos. Y los arqueólogos que podrían confirmársela son muy pocos y muy discretos.

—¿Conoce a alguno?

—A uno. Vive en Santiago.

Adrián la miró.

—¿Santiago?

—Santiago. Se llama Fabián Lamela. Canónigo emérito de la Catedral. Y, como en su día fue Celis, custodio local de la red. Yo he hablado con él una vez por teléfono, por un asunto menor de catalogación. Me dijo, sin yo preguntarle nada, que si alguna vez viajaba al norte lo fuera a visitar.

—¿Cuántos años tiene?

—Ochenta y dos.

—¿Podríamos ir?

Clara lo pensó un momento.

—Podríamos —dijo, al cabo—. Pero primero tenemos que sobrevivir a esta noche.

Caminaron hasta el coche. Subieron. Clara no arrancó.

En el silencio del habitáculo, Adrián sintió, por primera vez en mucho tiempo, que tenía algo personal que decirle.

Quizá era el cansancio. Quizá era la bajada de esa noche.

Quizá era el cuaderno del tío Sebastián, la carta de Celis, los cinco cuervos de la noche anterior, el sueño del suelo transparente, la sonrisa demasiado orientada de Alberto Morán, la fiebre de Rafael, las grietas nuevas en los cinco pilares marcados, la mancha en forma de almendra en su propia casa, la vieira con tres muescas en el bolsillo interior de la cazadora.

—Clara.

—Sí.

—¿Por qué estamos haciendo esto?

Ella se giró. No contestó enseguida. Miró un rato por el parabrisas, hacia la calle vacía que se extendía delante del coche, como quien se permite construir la respuesta con calma antes de darla. Al fondo, un farol parpadeó dos veces y volvió a quedarse fijo.

—Supongo —dijo, al fin— que porque alguien tenía que hacerlo, y el destino ha decidido por sus propias razones que nos toca a nosotros. Pero si la pregunta es más personal…

—Es más personal.

—…entonces le diré lo que suelo decirme yo misma, los días en los que el archivo me pesa.

Trabajamos en oficios invisibles. En oficios cuya importancia nadie reconoce, porque precisamente trabajamos para que no haga falta reconocerla.

Un archivo bien llevado es un archivo que nadie discute.

Una pieza bien restaurada es una pieza que el visitante pasa por delante sin advertirla.

Una catedral bien cuidada es una catedral que lleva siete siglos sin caerse y por eso la gente piensa que no se cae sola .

Nosotros, Adrián, hacemos ese tipo de trabajo.

Y lo de esta red es el mismo trabajo, a otra escala.

Si lo hacemos bien, no se va a saber. Si lo hacemos mal, tampoco, pero va a pasar algo.

—Es una forma rara de ganarse la vida.

—Es la única forma honesta que yo he encontrado. Con perdón.

Adrián miró por la ventanilla. Un matrimonio muy mayor cruzaba despacio la calle agarrado del brazo.

Un motorista arrancaba. En un balcón, alguien estaba regando una maceta con paciencia y una regadera verde.

Todo, desde el coche, parecía pertenecer a una Sevilla sin red oculta, sin cuervos atentos, sin vieiras en el bolsillo, sin grietas nuevas en pilares viejos; y, sin embargo, Adrián sabía ya que todo aquello, también, formaba parte.

La mujer de la regadera, desde luego, sin saberlo.

El motorista, sin saberlo. El matrimonio, sin saberlo.

Un sistema funciona, entre otras razones, porque se ignora.

—Clara.

—Sí.

—Vámonos a Triana. Quiero que Claudio Paniagua nos diga la suya antes de esta noche.

—Son las siete y diez. No habíamos quedado con él.

—Lo sé. Iremos a ver si nos recibe.

Arrancó.