Capítulo 12 — El nombre del camino
El nombre del camino
Aquella misma tarde, después de comer en silencio en un bar pequeño de la calle Chapineros y de acordar que la bajada a la bóveda inversa sería esa noche a partir de las once, Adrián hizo algo que llevaba dos semanas sin hacer: se fue a casa, se tumbó en el sofá, cerró los ojos, y no intentó pensar.
El perro se subió a la alfombra y, con la satisfacción diplomática que suelen tener los animales cuando el dueño se rinde a ellos, le apoyó el hocico sobre el empeine. Durmieron los dos cuarenta minutos.
El bar de Chapineros tenía ese carácter de tasca de barrio que aún conservan algunas calles interiores de la ciudad: suelo de baldosa con dibujo en tonos rojos, pocas mesas, y una barra larga donde el camarero, un hombre delgado con el pelo gris muy corto, hacía las tapas sin prisa.
Habían comido los tres —Clara, Adrián y Salvatierra— en la mesa del fondo, apartados del resto.
Salvatierra no había querido cenar; había pedido sólo un consomé y medio vaso de vino.
Clara había tomado una tortilla y ensalada.
Adrián, pescado a la plancha sin convicción.
Habían hablado poco. Salvatierra había aprovechado, al final, para repasar con ellos las instrucciones de la bajada: entrar por la puerta alternativa, no oficial; no abrir nada hasta comprobar las condiciones; no dejar moneda, contrariamente a lo habitual, porque la bóveda no era un depósito de paso sino un lugar para escucha.
Clara había tomado nota sin preguntar. Adrián se había limitado a asentir.
Al despertar de la cabezada, Adrián tenía la cabeza despejada, el cuerpo con menos peso, y una decisión tomada sin haberla pensado.
Antes de bajar esa noche, necesitaba entender el nombre.
Se había repetido durante días, en la Catedral, en el horno de Triana, en el archivo, en el cuaderno del tío Sebastián.
Camino Negro. Claudio lo había usado con la naturalidad de quien habla de una calle.
Tomás, con la cortesía de quien nombra a alguien conocido pero reservado.
Clara lo pronunciaba con cautela profesional, como si fuera un término cuya exactitud no había podido verificar todavía.
Salvatierra apenas lo había dicho una vez.
Pero todos, cuando lo decían, compartían una misma inflexión: hablaban de algo que tenía, al menos, tres edades distintas superpuestas.
Adrián quería saberlas.
Llamó al archivo a las cinco. Clara estaba descansando.
Llamó a Salvatierra. Le preguntó si podía pasarse un momento por la sacristía.
Salvatierra le dijo que fuera. A las seis estaba ya sentado frente a él, en el mismo banco de madera donde, quince días antes, había contado por primera vez las anomalías del pilar dos.
La sacristía menor, a aquella hora, tenía una luz templada.
Por los vitrales superiores entraba una claridad dorada que iluminaba de lado los armarios de taracea y dejaba en penumbra el resto.
Sobre la mesa había un vaso con un poco de agua, un libro cerrado —un breviario viejo con las tapas desgastadas por el uso de varios años— y un pañuelo de hilo bien doblado.
Salvatierra llevaba la sotana del día anterior, pero se había lavado la cara poco antes: Adrián notó un ligero olor a jabón sencillo, de los que se compran en supermercado, mezclado con el olor habitual de la sala, de cera y madera encerada.
Era un olor íntimo, cotidiano, que desmentía un poco la solemnidad del entorno.
A Salvatierra, pensó Adrián, le pasaba como a muchos hombres mayores que vivían en edificios grandes: el marco le superaba, y él, con pequeños gestos cotidianos —un jabón barato, un pañuelo bien doblado, un vaso común—, devolvía al marco la escala humana.
—Dígame, señor Vega.
—Padre. Antes de bajar esta noche, necesito que me cuente qué significa exactamente Camino Negro . Sé que no lo sabemos todo. Sé que nadie lo sabe todo. Pero necesito, por así decirlo, los estratos del nombre.
Salvatierra asintió con lentitud.
—Buena pregunta. La mejor, probablemente, que podría hacer antes de entrar en la bóveda. Bien. Vamos a intentar separar capas.
Se apartó el pelo blanco de la sien. Adrián sacó el cuaderno y el lápiz, se lo apoyó en la rodilla, y se preparó para tomar notas con esa disposición de alumno serio que no había adoptado en muchos años.
—Empecemos por la capa más reciente —dijo Salvatierra—, que es la que menos le va a gustar, porque es la más modesta.
Desde el siglo diecisiete hasta bien entrado el diecinueve, por razones prácticas, el tránsito por esta red sólo se hacía de noche.
Literalmente. Los depósitos se abrían después del rezo del complejo, y se cerraban antes del primer maitines, o antes del canto del gallo en las ermitas rurales.
Por ese motivo, en los propios papeles del oficio, a la ruta se la llamaba la oscura , la nocturna o, a partir de mil seiscientos cincuenta y tantos, el camino negro .
Minúsculas. Sin dramatismo. Nombre operativo.
Como quien en un hospital llama turno negro al turno de noche.
—De acuerdo.
—Esa es la capa más pequeña. La siguiente es del propio siglo diecisiete, y ya es más densa.
Por aquellos años, el oficio absorbió una acepción que los latinistas del Cabildo conocían bien, aunque se guardaban de vocearla: via nigra , la vía negra , era como llamaban algunos autores medievales al trayecto que, en simbología cristiana, llevaba al alma desde la cripta hasta la resurrección.
No porque fuese mala, sino porque era subterránea y sin luz.
Es una expresión parecida a noche oscura del alma en San Juan de la Cruz, aunque con otro contexto.
Cuando los custodios de la red empezaron a ser hombres con formación universitaria, es probable que el término se enriqueciese con esa carga.
—Un camino hacia algo, no en contra de algo.
—Exacto. Un camino hacia, no en contra. Esa es la capa dos. La tres es la más antigua, la que seguramente, Adrián, está en la bóveda inversa.
—Dígame.
—La tres es anterior al cristianismo.
Adrián levantó la vista del cuaderno.
—Mire, señor Vega —prosiguió Salvatierra—, no me gustan las explicaciones demasiado antiguas, porque uno nunca las puede probar.
Pero se lo cuento por completitud. En el occidente peninsular prerromano hubo rutas de conducción de restos funerarios por vía fluvial y subterránea.
Eso no lo digo yo solo: lo dicen arqueólogos serios, con dataciones.
La costumbre consistía en no enterrar a los muertos de una comunidad en la tierra de esa comunidad, sino en desplazarlos —por ríos, por galerías labradas, por conductos hipogeos— hasta depósitos comunales lejanos.
No necesariamente el cadáver entero. Podía ser una parte, un hueso largo, un diente, una uña.
Lo importante no era la cantidad. Era la dirección.
—¿La dirección?
—Al oeste. Siempre al oeste. La creencia, o la costumbre, obligaba a que los restos caminaran hacia donde se pone el sol.
En la península, dado que al oeste acaba el mar, el extremo de ese viaje era, literalmente, finis terrae , el fin del mundo conocido.
Los cabos de la costa gallega fueron, durante siglos, una especie de vertedero sagrado, si me permite la expresión poco elegante.
Allí acababa el viaje. Al caer los restos al agua, el ciclo se cerraba.
—Me cuesta imaginar cómo hicieron funcionar un sistema así —dijo Adrián—. Técnicamente.
—A mí también. Pero hay pruebas pequeñas.
Urnas encontradas muy lejos de sus yacimientos previsibles.
Esqueletos incompletos en cámaras funerarias cuya población no cuadra.
Mucho trabajo queda por hacer en ese frente.
La arqueología oficial sabe del asunto, aunque prefiere no llamarlo como se llamaba.
—¿Y cómo se llamaba?
Salvatierra dudó un momento.
—Lo que era en su origen un camino técnico de restos funerarios, lo nombraron los romanos, en latín bajo, con un epíteto.
Via negra , o, más exactamente, via luctus , que significa camino del duelo .
Los cristianos, al reutilizar algunos de esos trayectos para sus propias redes, prefirieron la denominación menos explícita.
Camino negro . Suena sobrio. Y además, a esas alturas ya se usaba de noche.
Adrián anotó. Hizo en el margen del cuaderno tres líneas cortas, casi como un pequeño índice:
Turno nocturno.
Vía mística.
Ruta funeraria prerromana.
Subrayó la última.
—¿Entonces el Camino Negro es, simultáneamente, una red hidráulica antigua, un trayecto ritual funerario prerromano, y una metáfora mística medieval, dependiendo del siglo?
—Correcto. Y probablemente ninguna de las tres cosas por separado.
Las tres a la vez. Los lugares muy antiguos tienen la cualidad poco amable de significar varias cosas a la vez, y las mejores mentes del Cabildo, a lo largo de los siglos, se han conformado con no resolver la ambigüedad, porque han entendido, acertadamente, que la ambigüedad era parte del funcionamiento.
—¿Y los muertos? —preguntó Adrián, con la voz un poco más baja.
—¿Qué muertos?
—Los restos. Los que iban por la vía en los tiempos en que esa vía era funeraria. ¿Alguno sigue dentro?
Salvatierra lo miró con una honestidad prolongada.
—Probablemente sí. No muchos. Los grandes traslados acabaron hace mucho.
Pero en los depósitos menores, en los recodos, en las pequeñas hornacinas que aparecen cada cierto tramo, es casi seguro que queda algo.
Un hueso pequeño. Una falange. Un diente.
Fragmentos sin identidad, desde hace mil o dos mil años.
No son reliquias. No son sospechosos. No son nada útil judicialmente.
Son el sedimento humano del sistema. Parte del motivo por el que el sistema, como quiera que lo llamemos, funciona.
—¿Funciona porque contiene restos?