Capítulo 11 — La campana desde abajo #3
—De sus aportaciones recientes al estudio de las estructuras subterráneas —contestó Morán, sin apartar la sonrisa—. Un tema apasionante. Me encantaría compartir algún café con ustedes algún día.
—¿Y quién le ha hablado a usted de nuestras aportaciones? —preguntó Clara, sin subir la voz.
Morán sonrió, como si la pregunta fuera, en cierto modo, la que esperaba.
—El aparejador, Miguel, con quien he coincidido un par de veces en el claustro.
No debería haber dicho nada, probablemente, pero es difícil no hablar de lo que uno hace.
Espero no haberle causado ningún perjuicio.
A mí me parece magnífico que el Cabildo esté al corriente de los avances de su equipo técnico.
Hubo una micropausa.
Salvatierra intervino.
—Don Alberto, perdone. Ahora mismo tenemos los tres una pequeña urgencia técnica relacionada con la campana. ¿Les importa?
—Oh, por favor. Les dejo.
Se inclinó cortésmente y se retiró hacia la cabecera. Caminaba con una soltura elegante, sin prisa, sin mirar atrás. Cuando estuvo a suficiente distancia, Salvatierra bajó la voz.
—Se lo iba a contar esta tarde —dijo—. Pero ya que él ha decidido acercarse antes, ustedes ya lo han conocido. Prudencia.
—¿Es él? —preguntó Clara.
—No estoy seguro. Pero está entre los candidatos. Y el que antes se acerque a nosotros puede ser por amistad o puede ser por sondeo.
—Rafael también nos ha hablado de él —dijo Adrián.
—¿Han estado con Rafael?
—Sí.
—Bien. Les veo ordenados.
Salvatierra suspiró. Se sacó un pañuelo, se pasó la frente. Parecía más viejo que veinticuatro horas antes.
—Lo que ha pasado a las diez y siete —dijo— no es sólo la campana de Santiago. Miren esto.
Los llevó hasta uno de los pilares del crucero. En la base del pilar, a ras del suelo, Adrián vio, con la claridad que sólo dan los días buenos, una pequeña grieta nueva. No recorrió en la piedra más de quince o veinte centímetros. Pero no estaba ayer.
—¿Y en los otros pilares?
—En los cinco puntos marcados del plano labrado, archivera. Acabo de recorrerlos. En los cinco. Pequeñas grietas nuevas. Formadas esta mañana. A la misma hora.
Clara se inclinó y tocó la grieta con la yema del índice.
Muy fina. Muy reciente. Sin el polvillo característico de las grietas viejas.
Acercó la cabeza y olió: no había olor de piedra recién fracturada, que cualquier restaurador identifica por el rastro mineral.
Olía a algo más antiguo, como si la grieta hubiera abierto no una piedra nueva sino un hueco que llevaba mucho tiempo esperando.
—Padre —dijo—, esto no puede pasar de un día para otro en una estructura como ésta.
—No —contestó Salvatierra—. No puede. Y sin embargo.
—¿Qué está pasando?
—Pasa que el sistema responde. Y responde más fuerte que otras veces.
Adrián miró la grieta. Miró la cabecera, a la que acababa de retirarse Morán. Miró las bóvedas.
—Salvatierra.
—Sí.
—¿Por qué responde más fuerte?
—No lo sé con certeza. Pero lo sospecho.
—¿Qué sospecha?
Salvatierra cerró los ojos un segundo.
—Que hay alguien que está intentando forzar abajo. Alguien distinto de nosotros. Y el sistema protesta arriba, porque es lo único que sabe hacer para avisar.
Clara miró hacia la cabecera. Morán había desaparecido. Adrián recorrió con la vista el presbiterio, las capillas del lado sur, la sacristía mayor al fondo. Ni rastro.
—Padre —dijo Clara—, ¿usted puede hacerle un interrogatorio discreto?
—Yo —contestó Salvatierra— no puedo hacerle ninguna clase de interrogatorio. Sólo el señor obispo, o el Cabildo en pleno, tendrían esa facultad. Y nada en el comportamiento de don Alberto justificaría abrir un expediente. Todavía.
—Entonces.
—Entonces —dijo Salvatierra— toca escuchar mejor. Mejor que nunca, si hace falta. Subamos a la torre.
Subieron a la Giralda los tres. Las rampas, a aquella hora, estaban abiertas al público, y tuvieron que mezclarse con los turistas que iban subiendo a ritmo desigual.
Adrián conocía ya el camino. Clara no. Salvatierra subía despacio, con una mano en el muro, resistiéndose a pedir descanso.
Al llegar al tramo vigésimo, el sacerdote se paró un segundo para tomar aire, apoyado contra el muro interior; el ronroneo bajísimo de las campanas, que desde aquella altura empezaba a sentirse como un zumbido de fondo, le dio el pretexto cortés para justificar la pausa.
—Hasta aquí —murmuró— todavía me acuerdo de cuando subía sin aliento. Pero eso fue en otra vida.
—Tranquilo, padre —dijo Clara, deteniéndose con él.
—No es por tranquilidad. Es por aire.
Se rieron los tres un momento, aunque la risa no tenía casi fondo. Al cabo de medio minuto, Salvatierra empujó la mano contra el muro y se incorporó. Siguieron subiendo.
Al llegar al campanario, la puerta de servicio de Tomás estaba entreabierta.
Dentro, el campanero, sentado en su silla, tenía la cabeza ligeramente ladeada.
Tenía también, sobre la mesa, las dos manos apoyadas en la madera, con los dedos abiertos como si quisiera sentir el mueble con las palmas enteras.
La postura era la misma con la que recibía habitualmente, pero la tensión era otra: una tensión medida, como de atleta que se recupera.
—Tomás —dijo Salvatierra, sin levantar la voz.
—Ignacio —contestó Tomás, sin moverse—. Venid, venid. Callaos.
Se acercaron. Se sentaron. Tomás no dijo nada durante un minuto. Después habló, con una voz más baja de lo habitual.
—Esta mañana, a las diez y siete, se ha movido el sistema entero.
No sólo la campana de Santiago. Todas las que oigo, aquí y en media Sevilla, se han movido una décima.
Algunas dos. Y no son las campanas. Es el aire.
Es el aire que las sostiene. Hay alguien, ahora mismo, bajo tierra, que está intentando hacer algo que no sabe hacer, y lo está haciendo con la fuerza de los que creen saberlo.
—¿Dónde está? —preguntó Adrián.
—No sabría decirte el punto exacto. Cerca. Muy cerca. Quizá en la red, quizá en la bóveda de la que me habló anoche Ignacio.
—¿Qué hacemos?
Tomás giró la cabeza hacia el arco que daba al oeste, como quien busca orientación.
—Hacemos —dijo— lo único que se ha hecho siempre que han aparecido los que creen saber. Escuchar bien, contestar bien, y no dejar de escuchar antes de hora.
—¿Qué quiere decir contestar bien ?
Tomás sonrió apenas.
—Si el sistema está pidiendo que alguien lo escuche correctamente, y alguien lo está escuchando incorrectamente, hay que escucharlo correctamente. Cuanto antes. Y en el sitio donde peor se está escuchando.
—En la bóveda inversa —dijo Adrián, con la claridad de un dictado.
—En la bóveda inversa.
Salvatierra miró al techo, con esa resignación suya de los que llevan toda la vida aprendiendo a no temer a los sitios pequeños.
—Esta noche —dijo—. No podemos esperar más.
Clara asintió.
Adrián, que era el que en todo aquello había tenido siempre el papel de técnico, sintió por primera vez que su oficio se había vuelto secundario.
Ya no se trataba de medir, ni de fotografiar, ni de golpear con martillo de goma.
Se trataba de entrar, con los tres, en una cámara que ni siquiera figuraba en los planos modernos, y de oír lo que el sistema tenía que decir.
Correctamente. Antes de que lo escuchara mal alguien que ya había empezado a forzar.
—Tomás.
—Sí, restaurador.
—Una pregunta rápida, si me permite. Si alguien, como usted dice, está intentando hacer algo que no sabe hacer en la bóveda inversa, y el sistema protesta porque no sabe hacerlo, ¿qué pasa si nosotros bajamos esta noche y tampoco sabemos hacerlo?
Tomás tardó en contestar. Lo hizo con una calma de campanero veterano.
—Pasa una cosa y otra, según. Si bajáis a hacer algo que no es vuestro, el sistema os protesta igual que ahora a ellos.
Si bajáis a escuchar, no pasa nada malo.
Lo difícil, a veces, es distinguir entre esas dos intenciones cuando uno está allí abajo, porque la cámara confunde.
Pero confía en don Ignacio, Clara y tú. Él sabrá distinguirlo, y si él no sabe, bajáis con otro que sepa.
—¿Con quién? —preguntó Clara.
Tomás volvió la cara hacia Salvatierra.
—Ignacio, llámame a Rafael.
—Rafael está con fiebre.
—Rafael tiene fiebre porque está protegido. Pero la fiebre se le quita si se pone los zapatos. Llámale. Que baje con vosotros. Con fiebre y todo. No le hará daño una noche más, y a vosotros os hará falta.
Salvatierra, sin discutir, sacó el teléfono del bolsillo y escribió un mensaje breve. Lo envió. Se guardó el teléfono.
—Gracias, Tomás —dijo.
—De nada, Ignacio. Para algo seremos los viejos.
Bajaron de la torre a las doce menos cuarto.
En el camino, en las rampas, se cruzaron con un grupo italiano que subía riendo, con un grupo de adolescentes ingleses que subía sin convicción, y con una pareja de recién casados —se notaba por la ropa— que subían sin hablarse entre sí.
Adrián los miraba pasar con un afecto distraído.
Ninguno de ellos sabía lo que estaba pasando en la Giralda aquella mañana.
Ninguno de ellos oiría la campana de Santiago sonar fuera de hora.
Ninguno de ellos sabría que, a doce metros bajo el suelo que en unos minutos iban a pisar en la Plaza Virgen de los Reyes, un sistema entero estaba protestando por la manera en que estaba siendo forzado.
Oficio invisible , se dijo. La palabra de Clara. Precisamente.
A la salida del Patio de los Naranjos, Adrián se detuvo un instante y levantó la vista.
En la cornisa sobre la Puerta del Perdón había un cuervo.
Adrián sintió, por primera vez en su vida, que el animal no lo miraba a él. Lo miraba al hombre joven de sotana bien planchada que, un poco más lejos, conversaba amablemente con dos canónigos mayores en la esquina de la plaza.
El cuervo movió la cabeza lentamente hacia la izquierda.
Y bajó del tejado, sin prisa, con dos aletazos pesados que dejaron en el aire, durante dos segundos, la impresión de una conversación pendiente.
Clara, a su lado, lo había visto también. Le cogió del codo un instante, con una presión muy leve, como se toma del codo a alguien cuando se quiere decir sin palabras no te detengas . Adrián avanzó con ella.
—Adrián —dijo Clara en voz baja, ya fuera de la plaza—. ¿Va a ser esta noche el peor día?
—Sí.
—¿Está usted bien?
—Estoy como puedo estar. Raro, pero bien.
—Yo también.
Siguieron.
En la calle Mateos Gago, el sol se había puesto alto y los turistas habían vuelto a sus ruidos habituales.
Una banda de música, en una esquina, probaba los instrumentos para algún pasacalles de la Semana Santa que se acercaba.
En otra, un grupo de niños con uniforme de colegio pasaba, en ordenado desorden, hacia el comedor del instituto de la calle Placentines.
Nadie en aquella calle sabía nada de lo que aquellos tres acababan de discutir.
Nadie, se dijo Adrián, excepto uno.
Y ese uno, en aquel momento, era probablemente don Alberto Morán Caldevilla, que seguramente habría bajado ya del templo con una agenda propia en la cabeza, mirando discretamente su reloj, esperando la hora en que él creyera conveniente aparecer por donde no le correspondía aparecer.
Salvatierra les dejó, junto al coche de Clara, una última instrucción antes de separarse hasta la tarde.
—A las diez y media en el Lagarto —dijo—. Los tres. Y Rafael con nosotros si ha podido salir. No bebamos demasiado café hoy. Conviene tener las manos firmes.
Se metió por el Patio de los Naranjos con esa lentitud suya. Clara y Adrián subieron al coche.
—A casa a descansar —dijo ella—. Si puede.
—Lo intentaré.
—Vuelvo a recogerle a las nueve y media.
Arrancó.
Adrián se quedó, al bajar del coche, un instante largo en el portal de Conde de Ibarra, mirando al cielo.
No había cuervos en las cornisas. Había, sí, un par de gaviotas lejanas, y una bandada modesta de vencejos cruzando más arriba, con ese bullicio desordenado que tienen a mitad de mañana.
Adrián las siguió con la vista durante unos segundos.
Luego entró.
Subió los tres pisos. Se echó en el sofá sin quitarse la cazadora. Cerró los ojos. Oyó, por hábito ya, el pulso de la ciudad tres pisos abajo.
Tres y dos.
Más tenso que nunca.
Más impaciente que nunca.
Como si la ciudad le estuviera pidiendo, con toda la discreción de la que es capaz un organismo antiguo, que se diera prisa en prepararse. Porque aquella noche, a las once, iba a bajar.
Y todos los ritmos, arriba y abajo, lo sabían ya.