Capítulo 11 — La campana desde abajo #2
—Desde mil novecientos noventa y uno. Cuando entré de celador.
Me fue metiendo en el asunto don Ignacio poco a poco.
En aquellos años aquí se ordenaban las cosas así: tú ibas cumpliendo turno, iba él poniéndote tareas, y un día te dabas cuenta de que, sin haber firmado nada, habías aceptado algo.
A mí me pasó en una noche, en el noventa y cuatro.
Entré a hacer mi ronda, y vi a un hombre mayor, muy mayor, saliendo de la sacristía mayor a deshora.
Me quedé quieto. No le abordé. Él me miró, me dijo buenas noches, y me pidió que no dijera a nadie que lo había visto.
Le dije que de acuerdo. A la mañana siguiente don Ignacio me llamó a su despacho, me invitó a café, y me dijo: bien, Rafael. Bien. No hubo más. Pero yo ya supe.
—¿Y tu mujer? —preguntó Clara, con una curiosidad genuina pero cuidadosa.
—Mi mujer sabe lo justo. Que algunas noches vuelvo más tarde de lo que dice el contrato, y que otras veces alguien del Cabildo me pide algún favor que no tengo por qué explicarle a ella.
Es una mujer muy seria, la mía. Los cuarenta años que llevamos juntos le han enseñado dónde preguntar y dónde no.
Le estoy eternamente agradecido por eso.
No todo el mundo sabe dónde no preguntar.
Clara asintió, sin decir nada.
—¿Y el de ayer? —preguntó Adrián.
—¿El de ayer?
—Alguien entró la otra noche en la Catedral sin autorización. Dejó una vieira en mi andamio. Salvatierra dice que no fue él.
Rafael se incorporó un poco en la cama. La fiebre, de repente, pareció bajarle una décima.
—A ver. Cuéntame.
Adrián le contó lo del andamio, la noche de los golpes tres y dos sobre el pilar, los pasos sin cara en el fondo de la nave del Evangelio, y la concha pulida aparecida sobre el tablón.
Le contó también lo de la hebra de tela negra, y lo que Salvatierra había averiguado sobre su procedencia.
Rafael escuchó sin interrumpir. De vez en cuando asentía ligeramente, con esa economía de gesto de los guardas veteranos.
—¿Qué hora? —preguntó al final.
—Entre las once y media y las doce y veinte. Quizá menos, porque yo salí a las doce y veinte.
—A las once y media yo me fui a casa. Hacía poco que me había empezado la fiebre. No lo dije en el cuaderno de partes, pero lo dije por teléfono a Olivares.
—¿Olivares?
—El suplente. Es de plantilla del Cabildo. Es un chico joven. Muy serio. Y muy, muy nuevo.
—¿Crees que pudo dejar entrar a alguien?
—No digo que lo haya hecho. Digo que no me extrañaría que no preguntara demasiado.
En este oficio, Adrián, hay una cosa que los veteranos aprendemos y los nuevos tardan en aprender: preguntar a tiempo.
Un guarda novato deja pasar al que enseña una credencial porque la credencial lleva sello del Cabildo.
Un guarda veterano deja pasar al que enseña una credencial porque la credencial lleva sello del Cabildo y, además, él ha visto esa cara por la Catedral al menos cinco veces antes.
La diferencia parece sutil, pero es la que distingue el oficio del procedimiento.
—¿Es el suplente de confianza?
—Es de plantilla. Eso no es lo mismo que de confianza.
Clara intervino.
—Rafael, ¿hay alguien en el entorno del Cabildo que le haya llamado la atención estos últimos meses?
—Hay alguien —dijo Rafael, y bajó la voz pese a que nadie, aparte de su mujer en la cocina, podía oírle—. Un canónigo nuevo. Vino en octubre. Es joven. Cuarenta y pocos. Se llama Alberto Morán. Viene del seminario menor de Madrid. Muy políglota. Muy culto. Muy sonriente. Demasiado.
—¿Demasiado?
—Demasiado para un sacerdote que ha cambiado de ciudad hace cinco meses. Normalmente los que vienen se pasan el primer año orientándose. Él ha venido orientado.
Clara tomó nota mental. Adrián también.
—¿Alguna pista concreta? —preguntó.
Rafael negó ligeramente.
—Pista concreta, no. Sospechas. Ha pedido consultar el archivo dos veces en los últimos tres meses, en las dos sin explicar bien por qué.
Ha preguntado al aparejador, con mucha educación, sobre los planos del subsuelo.
Se le ha visto entrar en la sacristía mayor a horas en que no tenía nada que hacer allí.
Nada grave. Nada que no tenga explicación benigna. Pero demasiadas cosas pequeñas juntas.
—¿Tiene llave del Lagarto? —preguntó Clara.
—No. Los canónigos como él no tienen llave directa. Pero se puede conseguir una copia con un poco de iniciativa, dentro de la casa.
Clara cerró los ojos un momento. Los volvió a abrir.
—Rafael, descansa. Te traeré algo más tarde, un libro, lo que quieras. Necesitamos pensar en esto.
—Clara.
—Dime.
—Si han empezado ya a aparecer vieiras en sitios donde no deben, lo mío no es una gripe. Lo mío es un aviso. Aún no sé de quién. Tenedlo en cuenta.
Se quedaron callados. La mujer de Rafael volvió a la habitación con una taza humeante y puso cara de no entender nada de la conversación, con esa discreción conyugal de las mujeres de los guardas que llevan treinta años aprendiendo a no preguntar.
Dejó la taza en la mesilla. Se quedó un segundo mirando a su marido, y en esa mirada Adrián, sin querer, vio lo que había visto muchas veces en parejas de cierta edad: el reconocimiento calmado de que una de las personas de la casa estaba un poco peor de lo que le convenía, y la aceptación, con el mismo gesto, de que el otro no iba a cambiar de oficio por eso.
—Que Dios les ayude —dijo, sin convicción especial.
Adrián le dio las gracias por el café. Clara también. Se despidieron.
Salieron.
En la calle, Clara arrancó sin hablar durante un rato. Condujo por la calle Betis hacia el norte, luego cruzó el puente de Chapina, y antes de que Adrián se diera cuenta estaban entrando por la calle Mateos Gago. El reloj del salpicadero marcaba las diez y cinco.
Y fue entonces cuando empezaron las campanas.
No todas a la vez. Primero una, sola, pequeña, desde la Magdalena, al otro lado de la plaza Nueva.
Dio una nota única, desafinada, y se calló.
Segundos después, otra, desde Santa Catalina.
Otra nota única. Y otra, desde San Vicente, en el norte.
Y otra, desde el campanario de la Pasión.
Todas en un radio de un kilómetro de la Catedral, y todas con el mismo patrón: una nota breve, desafinada, y silencio.
Clara paró el coche en doble fila.
—Escuche —dijo.
Adrián bajó la ventanilla. El aire, limpio, entró con la humedad aún fría de la mañana. Y entonces, encima de todo, sonó la Giralda. No un repique entero. Sólo una. La campana de Santiago. Una sola nota grave.
Y no sonó a la hora que le tocaba.
—Clara.
—Ya.
—No son las diez y cuarto ni las diez y media.
—Son las diez y siete minutos.
—¿Qué pasa?
Clara arrancó. Aceleró. Subieron por Mateos Gago, dejaron el coche en doble fila —ya daba igual—, bajaron del coche y cruzaron la Plaza Virgen de los Reyes a paso vivo hacia la puerta del Lagarto.
En la plaza, varios turistas se habían detenido a mirar hacia la torre.
Un grupo de escolares, encajados contra la verja del Arzobispal, levantaba la vista con la indiferencia seria de los niños que no saben que lo que ven es raro.
Dos guías locales habían suspendido sus explicaciones y miraban con extrañeza profesional.
Uno de ellos, hablando por teléfono, decía:
—Pues no, no es repique de difuntos. Ni de boda. No sé qué es.
Una señora mayor, sentada en un banco de piedra, se santiguaba con gesto mecánico, un tanto distraída, como si hiciera el gesto por si acaso.
A un lado, un barrendero —no Manuel, otro— se había quedado parado con la escoba en vertical, mirando la torre con una atención menos distraída de lo que convenía a un funcionario municipal a las diez y siete de la mañana.
Adrián y Clara alcanzaron la puerta del Lagarto. Entraron por la del claustro, la empujó Clara con la tarjeta del Cabildo. Cruzaron el Patio de los Naranjos y entraron al templo por la nave del Evangelio.
La Catedral, por dentro, estaba llena —era ya hora de visitas— pero tenía esa calidad extraña del silencio que se produce cuando mucha gente, a la vez, siente sin saber por qué que conviene callarse.
Los turistas miraban hacia arriba. Miraban los ventanales, los capiteles, las bóvedas.
No se oía ni una audioguía. Uno de los guías, apoyado contra un confesionario, había levantado el brazo con la palma hacia abajo, pidiendo al grupo que aguardase un minuto, con el gesto universal de esto no lo tenía previsto, pero va a pasar pronto .
Salvatierra estaba en el crucero, de pie junto al pilar central del tabernáculo. Hablaba en voz baja con un hombre joven, de pelo oscuro y sotana bien planchada. Al ver entrar a Adrián y Clara, levantó los ojos. Una señal con la barbilla.
Se acercaron.
El hombre joven de la sotana se giró. Era alto, de rasgos agradables, con los ojos muy despiertos y una sonrisa cortés que no se fue cuando vio caras nuevas.
Llevaba en la mano izquierda un pequeño cuaderno de tapas de piel, cerrado con una goma elástica, y un bolígrafo de buena marca asomaba del bolsillo del pecho de su sotana.
Tenía los zapatos limpios, sin una mota de polvo.
—Don Alberto —dijo Salvatierra, sin subir la voz—, éstos son Clara Bru, archivera, y Adrián Vega, restaurador. Alberto Morán Caldevilla, canónigo. Se incorporó en octubre.
—Encantado —dijo Morán, alargándoles la mano—. Había oído mucho de los dos.
Adrián estrechó la mano con menos rapidez de lo que su educación exigía.
Clara fue más rápida y más fría. La mano de Morán era seca, firme, con la palma cuidada.
No era una mano de trabajo físico. Era una mano de oficina académica, de persona que toma notas a mano y pasa horas con un libro apoyado en la mesa.
—¿De qué —preguntó Clara, con tono neutro— exactamente?