Capítulo 11 — La campana desde abajo
La campana desde abajo
Adrián no durmió bien aquella noche. Pero esta vez no fue por insomnio sino por sueños.
Soñó que caminaba por la nave del Evangelio, bajo la luz ocre de las lámparas votivas, y que el suelo era transparente como una lámina de agua muy quieta.
A través del suelo veía otra nave idéntica, invertida, por la que alguien caminaba en sentido inverso a él, pisando con cuidado de no despertarlo.
No le veía la cara. Le veía los pies. Los pies eran los suyos.
El sueño no le asustó mientras lo soñaba.
Le asustó al despertar. Abrió los ojos a las cuatro y media con la frente fría y con el perro levantando la cabeza en la alfombra.
Miró el techo en la penumbra. Durante un rato largo no se movió.
Intentó recolocar el sueño dentro de alguna categoría conocida —estrés, angustia, manía, cansancio acumulado—, y no le salió ninguna que le convenciera del todo.
Era, más bien, un sueño técnico, si esa palabra podía aplicarse a un sueño.
Un sueño con geometría. Un sueño que le transmitía una información —o una hipótesis— que durante el día no se le habría ocurrido pero que, al despertar, no podía descartar.
Se incorporó. Bebió agua. Se volvió a acostar. No durmió más. A las seis empezó a oírse el tráfico temprano en la calle, un camión de reparto, una moto, la persiana metálica de algún bar abriendo. A las seis y media, Adrián se rindió, se levantó, y fue a la cocina a poner café.
A las siete y cuarto llamaron al portero automático. Era Clara.
—¿Puedo subir?
—Sube.
No subió. Llegó en dos minutos, sin café, con el pelo recogido y los ojos de la gente que ha estado en pie más horas de las prudentes.
Traía el portátil bajo el brazo y un sobre plástico bajo el otro.
Adrián le abrió la puerta y le señaló la cocina.
Preparó café sin hacerle preguntas. Ella se sentó a la mesa redonda, apartó el mantel, encendió el portátil.
—Anoche —dijo Clara— no me fui a casa.
—Ya me lo había imaginado.
—Me quedé hasta las cinco en el archivo. Con Salvatierra primero, hasta las once, y después sola. Salvatierra se fue a dormir porque ya no aguantaba. Yo no podía.
—Lo entiendo.
—He digitalizado el expediente de 1954 entero.
Y después he hecho una cosa que tenía pendiente de hacer: he cruzado las fechas del expediente con las fechas de otras incidencias menores que aparecen en los libros del Cabildo.
Porque una cámara así no se descubre y se tapa en una tarde. Tiene que haber tenido antes y después.
—¿Y qué ha encontrado?
Clara giró el portátil hacia él.
En la pantalla había una línea cronológica sencilla, construida con las herramientas básicas de una hoja de cálculo: una barra horizontal que cubría los setenta años transcurridos entre 1954 y el presente, con pequeñas marcas verticales en ciertos años.
Cada marca tenía, al pasar el ratón, un texto breve.
Adrián, al asomarse, se dio cuenta de la meticulosidad con la que estaba hecha: cada marca tenía referencia, página, libro de origen.
No era un trabajo de madrugada desesperada.
Era un trabajo de archivera profesional.
—He marcado —explicó Clara— cada año en el que el Cabildo registró alguna incidencia técnica en el subsuelo. Desprendimientos, humedades anómalas, grietas nuevas, reparaciones no previstas. Diecisiete incidencias en setenta años.
—¿Y?
—Se concentran en grupos. Tres incidencias en 1961 y 1962. Cuatro entre 1978 y 1980. Dos en 1993. Una en 2001. Y ahora.
Adrián se sentó.
—Salvatierra me dijo que él abrió el décimo sin moneda en 1993 y en 2001.
—Sí. Eso explica dos de los grupos. Pero no todos. Los de 1961, los de 1978, y los de ahora, no tienen explicación conocida por lo que sabemos.
—¿Qué cree usted que significa?
Clara respiró hondo.
—Creo que el sistema se deteriora. Que los incidentes son la manera en que esa cámara, y la red entera, avisan de que alguien está tratándolas mal o, peor, de que no hay quien las trate en absoluto.
—¿Las abandona?
—No exactamente. Pero si no hay custodios suficientes, si las monedas no se dejan, si nadie baja a escuchar, el sistema protesta. En forma de campanas desfasadas, de grietas, de humedades. Pequeñas disfunciones administrativas, como decía Salvatierra.
—Y ahora se está concentrando otro grupo de incidencias.
—Sí.
—¿Cuántas incidencias concretas tiene documentadas este año?
—Tres desde enero. Una cuarta, si contamos la humedad de su casa.
Adrián bebió un sorbo de café. Miraba la ventana.
La luz de la calle, a aquella hora, empezaba a asomar entre los balcones con ese azul gris de las mañanas frías de marzo.
En la acera de enfrente, una mujer paseaba a un perro pequeño con la paciencia ritual de las primeras horas.
Una persiana metálica subió abruptamente: la del bar de la esquina, que abría temprano.
—Clara, hay algo que no me deja. Anoche lo pensé cuando llegaba a casa.
—Dígame.
—Salvatierra dijo que son seis en Sevilla. Tomás, Claudio, él mismo, usted, yo y otro al que no quería nombrar. Usted no sabe quién es ese otro, ¿verdad?
—No.
—Yo creo que lo sé.
Clara lo miró.
—¿Quién?
—Rafael. El guarda de noche.
Clara guardó silencio un momento.
—Adrián, eso sería demasiado obvio.
—Sí. Ya. Pero también sería coherente. Es el único que tiene las llaves del Lagarto a horas extrañas.
Es el único que me soltó, al salir yo de madrugada la primera semana, una frase como de oficio que ninguna otra persona me habría soltado.
Y ayer no vino a trabajar. Gripe, según Salvatierra, pero Salvatierra puso la palabra con un tono muy particular.
Y anoche, cuando nos despedimos, Salvatierra nos lo dijo medio explícito: Rafael lleva treinta y dos años en esa puerta.
Con él ya hablé anoche. Lo dijo de forma que podíamos tomarlo como queríamos.
—Es verdad.
—¿Puede ser él?
Clara asintió despacio.
—Puede ser él. Y, si lo es, es interesante. Porque estos últimos días, si Rafael es custodio nuestro, ¿quién dejó entonces la vieira en su andamio? Porque Rafael, por definición, hubiera avisado a Salvatierra.
—A no ser que no la dejara él. A no ser que él esté fuera por gripe de verdad, y que el que entró a dejarla fuera otro. Alguien de la red paralela.
—Es posible.
Clara cerró el portátil.
—Vamos a ir a verlo —dijo.
—¿A Rafael?
—A Rafael.
—¿Ahora?
—Ahora.
Vivía en la calle Betis, número cincuenta y tantos, en un bloque antiguo con la fachada escoltada por tres naranjos de acera.
Clara aparcó con el coche subido al bordillo.
Era una calle que a aquella hora —poco más de las ocho— tenía el trajín matinal de los barrios populares de Sevilla: niños vestidos para el colegio saliendo con mochilas grandes, un panadero colocando bandejas en el escaparate de la panadería abierta, dos mujeres mayores conversando de pie en una esquina con ese arte particular que tienen las vecinas de los barrios de hablar cinco minutos sin decidirse a empezar a andar.
Subieron al tercer piso y llamaron al timbre. Nadie abrió. Volvieron a llamar. Al tercer timbrazo, una voz de mujer mayor, cansada, contestó por el portero.
—¿Quién.
—Buenos días —dijo Clara—. Soy Clara Bru, del Archivo del Cabildo de la Catedral. Vengo con el restaurador, Adrián Vega. Querríamos hablar con Rafael.
Hubo un silencio. Luego la voz contestó.
—Suban.
Abrió la puerta una mujer de unos setenta años, con bata azul de casa y las manos mojadas. Detrás, el pasillo olía a café con leche y a pan recién tostado. La mujer, al secarse las manos en un trapo de cocina, les hizo un gesto breve para que entraran.
—Soy la mujer de Rafael —dijo—. Mucho gusto. Pasen. Está en la cama. Tiene fiebre.
—¿Nos perdonen la hora? —dijo Clara.
—No, no. Ya estábamos levantados. Él tiene fiebre pero no duerme. Siempre que cae malo, duerme a ratos. Y yo, ya saben, a mi edad, a las cinco y media estoy en pie. Pasen.
Los condujo por un pasillo estrecho de suelo de baldosa hidráulica antigua, con una línea de zócalo verde a media altura, hasta la habitación.
El piso olía a casa habitada desde hace muchos años, con esa mezcla agradable de café, de madera vieja, de algún residuo de fritura del día anterior y de esa humedad dulce que las casas de Triana cogen del río.
En las paredes, al pasar, Adrián vio dos fotografías enmarcadas: una boda, probablemente la de ellos, en blanco y negro; y un grupo familiar, en color, con Rafael en el centro flanqueado por dos adultos jóvenes y dos niños pequeños. Hijos y nietos, supuso.
Rafael estaba efectivamente en cama, con una bata gris sobre el pijama, un termómetro digital sobre la mesilla y una botella de agua. Tenía la cara arrebolada, los ojos brillantes, el pelo alborotado por la almohada. Al verlos entrar levantó una mano, con una sonrisa cansada.
—Vaya. Visita ilustre.
—Rafael —dijo Adrián—. Disculpa que te molestemos.
—No me molestáis. Me alivia ver caras.
La mujer se retiró a la cocina, diciendo antes que iba a hacer café para todos, aunque Clara y Adrián intentaron declinarlo con poca convicción. Clara se sentó en la silla junto a la cama. Adrián se quedó de pie. Rafael, aunque enfermo, parecía lúcido.
—¿Qué te traéis? —dijo Rafael—. Lo pregunto, pero lo sé.
—¿Lo sabes?
—Venís por si soy de la casa.
Adrián parpadeó.
—Sí.
—Lo soy.
Lo dijo sin énfasis. Como se dice cualquier cosa.
—¿Te ha contado Salvatierra?
—Salvatierra no cuenta estas cosas, hombre. Me lo ha contado la intuición. Llevaba semanas esperando que alguien me lo preguntara.
—¿Desde cuándo? —preguntó Clara, con esa manera de preguntar suya que parece siempre una nota al margen.