Capítulo 10 — La bóveda inversa #3
Adrián, para sí, imaginó durante un segundo lo que sería bajar a aquella cámara.
Verse de pie en ella, con el techo labrado sobre él, el cuenco colgando a la altura del pecho con su dedo y medio de agua.
Intentó pensarlo con sobriedad profesional.
No lo consiguió del todo. Si uno decidía entrar en aquella cámara, pensó, no entraba en un espacio físico más.
Entraba en una especie de lectura invertida de sí mismo y del edificio.
Lo que había fuera se ordenaba dentro al revés.
Y él, restaurador de piedra, técnico práctico, con su oficio de manos callosas y números en la libreta, sabía perfectamente que los espacios que invierten la lectura no son espacios neutros.
Fuera, en la Plaza Virgen de los Reyes, empezaron a dar las nueve en la Giralda. Los tres oyeron las nueve campanadas con una atención particular que no tenían habitualmente. Entre la octava y la novena, Clara ladeó la cabeza. Al terminar, miró a Salvatierra.
—Padre.
—Sí.
—La octava y la novena campanada han sonado con un desfase pequeñísimo. Dos décimas, no más. No me diga que me lo imagino.
—No se lo imagina —contestó Salvatierra.
—¿Alguien se ha movido hoy por el décimo?
—Nosotros esta mañana. Y alguien más durante la tarde, parece.
—¿Quién?
—No lo sé.
Adrián se acercó a la ventana. La Giralda, recortada contra el cielo oscuro, tenía su perfil de siempre: rotundo, negro, con el Giraldillo apenas visible girando un grado muy lento sobre sí mismo.
Pero por primera vez desde que él la conocía, aquel perfil no le parecía estar solo.
Parecía, más bien, estar en conversación —muda, continua, antigua— con una torre invertida idéntica a ella, labrada a doce metros bajo sus pies, cuya base apuntaba hacia el centro de la Tierra y cuya veleta, si de verdad existía, giraba en sentido contrario.
Se giró hacia los otros dos.
—Mañana no podemos no volver a entrar en esa cámara —dijo.
Clara abrió la boca para contestar, pero fue Salvatierra quien habló primero.
—En esa cámara —dijo— no vamos a entrar mañana. Antes tenemos que decidir, los tres, si queremos entrar. Y eso, en mis años de oficio, es la decisión más seria que se toma. Entrar en la bóveda inversa no es como bajar a la balsa ni abrir el décimo. Es otro orden.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
Salvatierra la miró con mucho tiempo.
—Porque ya no entras tú. Te entran a ti.
Adrián tragó saliva. Clara, por primera vez en dos semanas, tampoco dijo nada.
Hubo un silencio largo. Los tres se quedaron en su sitio: Adrián junto a la ventana, Clara junto a la mesa, Salvatierra sentado en la silla principal.
Ninguno intentó matizar la frase que el sacerdote acababa de decir.
Adrián intentó, durante un minuto, traducirla a términos técnicos —distorsión acústica, efecto perceptivo, mala orientación del oído interno—, y no le salió.
Clara, que era de las que prefería no negociar con las palabras de los demás cuando parecían exactas, la aceptó tal cual.
Salvatierra, que había sido quien la había dicho, no añadió nada.
—Padre —intervino Clara, al cabo—. Entonces ¿cuándo decidimos?
—Esta misma semana. No hay mucho tiempo. Alguien más está buscando esa cámara, o su equivalente, y hay que adelantarse. Pero no con urgencia estúpida. Con urgencia prudente.
—¿Cómo distinguimos una urgencia estúpida de una prudente? —preguntó Adrián.
Salvatierra sonrió apenas.
—La estúpida sube el ritmo cardíaco. La prudente baja el ritmo cardíaco y acelera la cabeza. Si ven ustedes mañana que tienen las manos frías y el pulso rápido, no bajemos. Si tienen las manos tibias y la cabeza ordenada, bajemos.
Clara asintió. Adrián, también.
—Por lo demás, vayamos a casa. No sirvo de nada a estas horas. Mañana a las nueve, aquí, los tres, con la cabeza fresca.
Recogieron el expediente con el cuidado de rigor. Clara devolvió las fotografías al sobre, el sobre a la carpeta, la carpeta a la caja fuerte. Escribió en su cuaderno, antes de apagar la lámpara, una última nota:
Día para decidir. Mañana a las nueve.
Salieron los tres juntos.
En la escalera de bajada del archivo, Salvatierra se quedó un segundo detrás, mirando hacia atrás con la atención de los que comprueban que una puerta queda como debe quedar.
Cerró. Bajó. En el claustro, abajo, una bombilla tenue alumbraba el arranque de los arcos.
Un gato —gris, viejo, uno de los de la Catedral— se asomó desde una esquina y volvió a meterse al verlos pasar.
Antes de salir, Salvatierra se detuvo.
—Una cosa más —dijo.
—Dígame —contestaron casi a la vez.
—Don Alberto Morán, nuestro canónigo joven, está esta noche fuera de la Catedral.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Adrián.
—Porque he ido a buscarlo antes de venir al archivo. No estaba en su habitación. Ni en la capilla de San Clemente, donde a veces se queda a rezar por la tarde. Ni en el Arzobispal, donde cena cuando cena fuera. He preguntado con discreción. Nadie lo ha visto desde las cinco y media.
—¿Y qué significa eso?
—Probablemente nada. Puede estar con su director espiritual, o con un colega, o simplemente paseando. Los sacerdotes jóvenes también tienen derecho a desaparecer cuatro horas sin que se les persiga. Pero hoy, concretamente hoy, es el día en que no preferiría que hubiera desaparecido.
Clara frunció el ceño.
—¿Vigila usted, padre?
—Vigilo lo justo, archivera. Y con eso, de momento, nos tendremos que conformar.
Se despidieron en la Plaza del Triunfo. Clara caminó hacia donde tenía el coche.
Salvatierra entró, por otra puerta, a su residencia sacerdotal.
Adrián, una vez solo, decidió no irse directamente a casa.
Se quedó un rato en la plaza, mirando la Catedral desde fuera, con la vaga sensación de que el edificio, aquella noche, parecía estar ligeramente más atento que otros días.
Lo pensó como un efecto psicológico.
Pero lo pensó con los ojos abiertos.
Caminó despacio hacia Conde de Ibarra. Pasó por Santa Cruz.
Los jazmines de una de las macetas empezaban a abrirse.
En una ventana iluminada de la planta alta, alguien tocaba al piano, con lentitud de principiante, una pieza breve y sencilla que Adrián no reconoció.
Un aire leve, procedente del río, le refrescó la nuca un instante al cruzar una plazuela vacía.
Al llegar a su portal, levantó la vista.
En la cornisa del estanco no había ningún cuervo.
Pero en el bordillo, a los pies del farol más próximo, había una pluma negra grande. Nueva. Recién caída. Probablemente llevaba allí menos de una hora.
Adrián la miró un momento.
No la recogió.
Subió.
Arriba, Moro dormía ya. La mancha del rincón del dormitorio seguía estable.
La mancha del salón —la que desde ayer empezaba a parecerse a una almendra— había vuelto, curiosamente, a su forma anterior de trébol descuidado.
Como si, al dejarse hoy las tres monedas en el décimo, también aquella humedad doméstica hubiese recuperado, por solidaridad mecánica o por ignorancia técnica de la que aún no se había percatado, una forma menos inquietante.
Adrián se sentó un momento en el sofá. Miró al techo.
Las bóvedas del techo de su propio piso no estaban labradas con ningún plano invertido, se dijo.
Sólo tenía, como todos los techos de los pisos de aquella calle, un yeso viejo blanco con alguna grieta discreta y una esquina manchada de humedad vieja.
Pero, por primera vez desde hacía semanas, miró el techo de su casa con la atención profesional con la que miraba los techos ajenos.
Por si acaso.
Y entendió, en ese mismo instante, que aquella atención ya no se le iba a quitar.
Era, sencillamente, su nueva forma de estar en los sitios.
Se acostó.
No soñó. Al menos no con cámaras. Soñó, si acaso, con el ladrar de un perro que no era Moro, pero sí tenía la seriedad de Moro, al otro lado de una puerta que él no terminaba de abrir.
Se despertó, hacia las cuatro, un minuto, confundido, y volvió a dormirse.
A las ocho y diez, sin que sonase el despertador, estaba en pie.