Los cuervos de la Catedral Capítulo 10 — La bóveda inversa #2
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Capítulo 10 — La bóveda inversa #2

—En mayo de 1954 —empezó— el Cabildo contrató a un equipo de sondeos para reparar una filtración en el pavimento del crucero.

Durante los trabajos, los operarios perforaron, sin proponérselo, el techo de una cámara subterránea que no estaba prevista.

La cámara no figuraba en los planos oficiales.

El aparejador diocesano bajó a inspeccionarla.

Lo que encontró, y lo que decidió hacer con ello, es lo que describe este informe.

—Abreviando —dijo Adrián.

—Abreviando: encontraron una cámara rectangular, de unos cinco metros por tres, situada a siete metros y medio bajo el pavimento del crucero, es decir, más arriba que la balsa y más arriba que la galería del oeste.

Estaba seca. Los muros eran de piedra regular, muy antigua, probablemente visigoda o incluso anterior.

El techo, abovedado. Y, muy importante, el suelo estaba terminado.

—¿Terminado?

—Pavimento de piedra labrada, nivelado, con una pequeña inclinación controlada. Es decir, no era una cámara de servicio. Alguien la había acondicionado para estar habitada o para estar en uso.

—¿Y qué había dentro?

Clara pasó del informe al sobre de las fotografías. Sacó un fajo pequeño de copias en blanco y negro. Las extendió sobre la mesa con cuidado.

Las fotografías eran diez. Todas con ese grano granulado de la película fotográfica de mediados del siglo veinte, y con la iluminación directa y plana que da un flash de magnesio.

Mostraban, desde distintos ángulos, el interior de la cámara que acababa de describir Clara.

Adrián y Salvatierra se inclinaron sobre ellas.

La primera foto mostraba el pavimento liso, descubierto tras retirar parte del escombro producido por la perforación. Sobre el pavimento no había mobiliario, ni sarcófagos, ni altares, ni cosa alguna que se pudiera catalogar. Sólo piedra limpia.

La segunda y la tercera eran de los muros laterales. Nada anormal en ellos: sillería regular, marcas de cantero dispersas, una única inscripción pequeña en el muro norte, en letra capital romana, que en la foto se leía con dificultad pero que Clara, por lo visto, ya había descifrado:

HIC SVRSVM.

—Aquí, arriba —tradujo Adrián.

—Sí —dijo Clara—. Pero fíjese en qué pared.

—Norte.

—Correcto. Y ahora la siguiente.

La siguiente fotografía era del techo. Y era la fotografía que los dejó a los tres callados un rato largo.

El techo de la cámara estaba labrado.

No era un techo liso. No era siquiera un techo ornamentado en un sentido convencional.

Era un techo que reproducía, a escala reducida y con asombrosa precisión, una planta de Catedral.

Se veían las naves, el crucero, los pilares, la cabecera, la Giralda.

Todo labrado en el techo, en bajorrelieve, con una minuciosidad propia de un orfebre más que de un cantero.

El centro del crucero del techo —ese centro labrado, a escala— estaba, según indicaba el informe mecanografiado, exactamente en la vertical del centro del crucero real de la Catedral que había sobre él.

Pero lo importante no era eso.

Lo importante era la orientación.

La planta labrada en el techo no reproducía la Catedral en su orientación real.

La reproducía invertida. Es decir, lo que arriba mira al este —la cabecera del templo, donde están el altar mayor y la Capilla Real— en el techo de la cámara estaba al oeste.

Y lo que arriba mira al oeste —la fachada principal, la puerta de San Cristóbal, la plaza— en el techo de la cámara estaba al este.

—No puede ser un error de cantero —dijo Adrián, muy despacio—. Algo así no es un error.

—No —confirmó Clara—. Fíjese, además, en los pilares pequeños. Marcan exactamente los diez pilares mayores del templo superior. Y, en cuatro de ellos, hay grabada una marca adicional.

—¿Cuál? —preguntó Adrián, aunque se temía la respuesta.

—Una almendra.

Adrián se pasó la mano por la boca.

—Los cuatro pilares donde yo encontré la mancha.

—Los cuatro.

—Y esto fue labrado, según el informe…

—Antes del siglo once. Probablemente mucho antes. La cámara es anterior a la construcción de la Catedral actual. Antes, seguramente, de la mezquita almohade. Antes, posiblemente, de los visigodos.

—¿Y cómo puede haberlo acertado alguien antes del siglo once si las almendras, aparentemente, son hoy?

—Ah —dijo Clara—. Eso es lo incómodo.

Hubo un silencio largo. La lámpara articulada iluminaba las fotografías con un haz duro, blanco, que volvía todavía más gris la piedra granulada del techo labrado.

Adrián se levantó un momento, dio un par de pasos alrededor de la mesa, y se volvió a sentar.

Clara no se había movido. Salvatierra, con las manos juntas sobre la mesa, miraba ahora las fotografías con la tristeza profesional de los que llevan demasiado tiempo sabiendo que hay imágenes que no se dejan archivar por completo.

Salvatierra, que había estado escuchando sin intervenir, habló al fin.

—Hay dos maneras de leerlo —dijo—. Primera, que las almendras ya eran signos repetidos en la tradición y por eso las marcaron, y lo que Adrián ha encontrado en 2026 no es sino la manifestación contemporánea de algo que en esta red siempre se ha manifestado en los mismos cuatro pilares.

Segunda, que el signo labrado es anterior a la manifestación, y la piedra de arriba ha repetido, en pleno siglo veintiuno, la marca que alguien en el techo de abajo ya había labrado hace mil quinientos años.

No sabemos cuál de las dos lecturas es la correcta.

—¿Usted cómo la prefiere? —preguntó Adrián.

—Yo —dijo Salvatierra— ya le he dicho esta mañana que he renunciado a preferir.

Clara sacó otra fotografía. La quinta.

Era otra vez el techo, pero iluminado de manera distinta, con un flash desplazado a la derecha.

La iluminación rasante permitía ver, con mayor claridad, un detalle que en la anterior quedaba plano: el techo-plano de la Catedral labrado en el techo no era exactamente una réplica.

En el centro del crucero pequeño, sobre el lugar donde debía estar el pilar central del tabernáculo, había una concavidad.

Una especie de cuenco invertido, de poco más de un palmo de diámetro, excavado en la piedra del propio techo.

—Y ese cuenco —dijo Clara— cuando los operarios de mil novecientos cincuenta y cuatro entraron en la cámara, estaba lleno.

—¿De agua?

—De agua. Unos dos dedos. Agua limpia. El aparejador la probó —Clara hizo un gesto de leve desaprobación profesional— y no le supo a nada raro. La describió, cito textualmente, como agua común y limpia, sin olor ni sabor apreciable .

Adrián se quedó mirando la foto.

—O sea —dijo—, en el techo de una cámara seca, excavada hace más de mil años, hay un cuenco invertido que contiene agua.

—Sí.

—¿Y la cámara está seca?

—Sí.

—¿Hay algún goteo, alguna filtración?

—Según el informe, no.

—Y el cuenco, ¿está comunicado con alguna canalización?

—No, que ellos pudieran detectar.

—¿Y cómo llegaba el agua?

Salvatierra y Clara se miraron.

—Esa —dijo Salvatierra— es la pregunta que hizo que este expediente se archivara con la nota no reponer en circulación.

Adrián se recostó en la silla. Se pasó las dos manos por el pelo.

—A ver si lo entiendo. Hay una cámara en el subsuelo cuyo techo reproduce la planta de la Catedral en orientación invertida, en la que hay un cuenco tallado en el techo que contiene agua sin fuente visible, y la cámara es anterior al templo que tiene encima.

—Sí.

—¿Y qué hicieron con la cámara?

—La taparon —dijo Clara—. En 1954. La cerraron con una plancha de hormigón armado, y sobre la plancha, volvieron a echar mortero.

Desde entonces, nadie ha vuelto a entrar.

No figura en los inventarios posteriores.

No se menciona en los registros de obras.

No aparece en los planos actuales. Está bajo el crucero de la Catedral, a unos siete metros y medio, y técnicamente no existe.

—¿Salvatierra?

—Yo no he entrado nunca. Yo lo que sí he hecho, alguna vez, es subirme al crucero y pisar fuerte. La piedra, debajo, devuelve un hueco. Lo cuento a veces como curiosidad. Les prometo, por lo demás, que hasta esta mañana no sabía que el hueco estaba labrado.

Adrián se quedó muy callado.

—Padre.

—Dígame.

—Usted me dijo, hace tres semanas, que en el suelo del trascoro hay un punto en el que si se pisa con fuerza se devuelve un hueco donde no debería haberlo.

—Sí.

—¿Es el mismo?

Salvatierra respiró.

—No. El del trascoro es otro. Hay más de uno.

—¿Cuántos?

—Adrián, le digo que es muy tarde y nosotros tres estamos cansados.

Pero si de verdad quiere saberlo, hoy en la Catedral están marcados cinco.

Los he contado a lo largo de mi vida, con los pies, con ayuda de colegas vivos y muertos.

Cinco. Y los cinco corresponden, si usted quisiera proyectarlos, con los cinco puntos en los que el plano labrado del techo de esa cámara tiene marca alguna.

Clara sacó un mapa limpio de la Catedral y lo dejó sobre la mesa, junto a las fotografías. Tomó un lápiz. Marcó los cinco puntos. Los miraron los tres.

—Estamos pisando —dijo, como para sí misma— el plano de nuestra propia Catedral. Y el plano está abajo.

—O, mejor dicho —corrigió Adrián, con una serenidad que lo sorprendió a sí mismo—, hay una Catedral en el suelo que tenemos debajo, y la de arriba, la que pisamos, es otra.

—Dos —añadió Salvatierra—. O, si se prefiere, una misma Catedral leída por las dos caras.

Nadie dijo nada durante mucho rato. Afuera, por la ventana, se oía el rumor amortiguado del final de la tarde: un tranvía pasando por la Avenida, una voz lejana de guía que todavía explicaba algo junto a la Puerta del Perdón aunque el templo llevase rato cerrado, y un pequeño rumor de pájaros —no cuervos— en el patio del claustro.

Nadie miró a los demás. Cada uno, en su sitio, trataba de acomodar lo que acababa de saber.