Los cuervos de la Catedral Capítulo 10 — La bóveda inversa
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Capítulo 10 — La bóveda inversa

La bóveda inversa

Bajaron al décimo a las once y diez, cuando la Catedral llevaba ya más de una hora abierta al culto y los grupos turísticos circulaban por la nave central con ese murmullo constante que tienen los templos en marzo, mitad voz de guía y mitad arrastre de suelas.

En apariencia, nadie los miró. En apariencia, nadie había de mirarlos: iban los tres juntos, el sacerdote conocido, la archivera conocida, el restaurador conocido, y iban por una puerta conocida.

Salvatierra, con toda su experiencia administrativa, sabía que el mejor momento para hacer algo que no se quería discutir con nadie era hacerlo delante de todo el mundo.

En el camino hasta la puerta cruzaron por la nave del Evangelio con la naturalidad de los que se dirigen a un armario de servicio.

Una pareja de turistas franceses se detuvo a mirar la capilla de San Andrés sin prestar atención a los tres que pasaban a su lado.

Una monja mayor, en cambio, sentada sola en el tercer banco de la nave, alzó la vista un segundo al pasar Salvatierra, le dedicó un gesto mínimo con la cabeza —un saludo entre compañeros de oficio— y volvió a su libro.

Salvatierra le devolvió el gesto con la misma discreción.

Abrieron. Bajaron los cincuenta y un escalones.

La balsa los recibió con la quietud rota de siempre, con la concha en el muro del fondo y con el agua oscura lamiendo la reja del pozo central.

No se detuvieron. Pasaron por la ranura lateral, cruzaron la sala pequeña donde estaban grabados el Sicut superius y el Iter , y siguieron por la galería del oeste.

Contaron los depósitos a medida que pasaban. Uno. Dos. Tres.

Al llegar al décimo, Salvatierra les indicó el pequeño resquicio horizontal en la parte baja de la lasca, esa hendidura estrecha que Adrián no había visto la mañana del día anterior porque había pasado directamente a sacar la lasca entera.

Era apenas un hueco de dos centímetros, suficiente para una moneda, insuficiente para una mirada.

—Adrián primero —dijo Salvatierra.

Adrián se arrodilló. Sacó del bolsillo la moneda de un euro. La acercó al resquicio y la dejó caer. La oyó chocar, una vez, contra la baldosa interior. Después el pequeño ruido de la moneda asentándose, y un rumor fino de agua ajustándose alrededor.

—Clara.

Clara se arrodilló en el sitio de Adrián y dejó caer, también, una moneda suya. Otro chasquido. Otro ajuste mínimo.

Salvatierra se acuclilló con un esfuerzo que sus rodillas ya no disimulaban del todo.

Desenvolvió el pañuelo de hilo. Sostuvo entre dos dedos la moneda antigua, de plata, con la cruz y la vieira, y la depositó delante del resquicio.

Antes de dejarla caer, cerró un instante los ojos.

No fue oración: fue un segundo de cortesía, como se los toma un notario antes de estampar la rúbrica. Dejó caer la moneda.

Esta vez no hubo chasquido.

Hubo un tintineo breve, plural, como si hubiera caído no sobre la baldosa, sino sobre otras monedas.

Los tres se miraron en silencio. Adrián oyó con claridad el latido de sus propias sienes.

—Vamos —dijo Salvatierra, sin más.

Subieron. La subida fue normal. En ningún momento oyeron la campana grave del día anterior, ni el aire vibró en la galería, ni sintieron nada distinto.

Eso, curiosamente, no los tranquilizó. Los tres habían asumido ya, sin formularlo, que el sistema no se manifestaba necesariamente cuando uno esperaba que lo hiciese.

Al llegar a la sacristía, Salvatierra cerró con llave.

—Se van a casa ahora —dijo—. Usted, Clara, a descansar. Usted, Adrián, lo mismo. Lo de esta mañana ha sido mucho. Esta tarde, a partir de las siete, si quieren, nos vemos los tres en su casa, archivera, y seguimos ordenando. Pero ahora déjense respirar.

Clara aceptó. Adrián también. Salieron al Patio de los Naranjos cada uno por su lado. Pero Adrián, en vez de marcharse a casa, se dio un paseo.

No tenía hambre todavía. Tenía, en cambio, una inquietud pequeña y persistente que no había sabido verbalizarle a Clara ni a Salvatierra, y que sólo al cabo de un rato, caminando, consiguió identificar: el tintineo múltiple que había sonado al caer la moneda antigua.

Ese plural. Si el décimo hubiese estado vacío, la moneda habría chocado sobre la baldosa con un chasquido único.

Si hubiese caído sobre la lámina fina de agua, hubiera hecho un sonido amortiguado.

Pero había hecho un tintineo plural, como cuando una moneda cae en una hucha que tiene ya otras dentro.

Eso significaba, literalmente, que bajo el resquicio no había un fondo plano, sino un pequeño depósito de objetos metálicos.

Y también significaba que la mañana anterior, cuando él y Clara habían metido la cabeza dentro de la cámara, no habían mirado la baldosa del fondo con la atención que merecía.

Porque si había monedas bajo el agua, Adrián, profesional de las humedades, debería haberlas visto a través de un centímetro transparente.

Salvo que aquel centímetro de agua no fuese transparente, o no fuese un centímetro.

Se detuvo junto al pilón bajo de la Puerta del Perdón, de espaldas al Patio de los Naranjos. Sacó su cuaderno de campo. Escribió dos frases.

La cámara del décimo tiene otro fondo.

El fondo de arriba no es el fondo.

Guardó el cuaderno. Se fue a casa.

El paseo desde la Plaza del Triunfo hasta Conde de Ibarra lo hizo a paso lento, subiendo por Santo Tomás, cruzando por la Judería con esa pereza particular de los que, después de haber estado cerca de algo serio, prefieren caminar sin agenda.

Las calles estrechas de Santa Cruz olían a azahar de manera ya más franca que dos semanas atrás; la primavera, por fin, empezaba a declarar su intención.

En una terraza, dos mujeres mayores discutían sobre la próxima Semana Santa con un nivel de detalle de expertas.

En otra, un perro pequeño, atado a una pata de mesa, esperaba con paciencia veterana a que su dueña terminase el café.

Comió por comer. Un plato de pasta en casa, sin convicción.

Echó una cabezada de cincuenta minutos, casi sin proponérselo, y se despertó con la cabeza más clara de lo que la tenía desde hacía una semana.

Sacó al perro. El perro, que tenía once años y una memoria selectiva para los paseos buenos, lo miró con prudencia desde el recibidor antes de aceptar la correa, y después caminó con él hasta el río como si se lo debieran los dos.

Adrián se sentó en un banco de la calle Betis y estuvo un rato mirando el agua gris pasar bajo la luz de la tarde.

Volvió andando. A las seis y media estaba en casa otra vez.

A las siete y cuarto llamó Clara. Había cambiado de planes.

—Adrián.

—Clara.

—Tengo algo.

—¿Dónde?

—En el archivo. No me he ido a casa. He revisado, después de comer, la parte baja de la caja fuerte. Hay un expediente viejo, de 1954, con fotografías. Necesito que lo vea ya. Y Salvatierra también. Ya le he avisado. Diríjase al archivo.

—Voy.

Era de noche cuando cruzó la Plaza Virgen de los Reyes.

La luz ámbar de las farolas se había activado, los últimos turistas se arracimaban en las puertas del Alcázar, y el aire, después del sol, tenía ese olor particular que tiene el centro de Sevilla cuando el asfalto libera el calor absorbido.

En el cielo, sobre la Giralda, dos o tres pájaros negros —no se dejaban identificar del todo a contraluz— trazaban círculos amplios antes de posarse.

Había algo en la ciudad, aquella noche, que Adrián no supo nombrar.

No era inquietud. No era hostilidad. Era, quizá, atención.

Como si Sevilla misma, sin haber cambiado nada visible, estuviera mirándolo a él caminar con una discreción ligeramente más intensa que la habitual.

Adrián reconoció el efecto por lo que era: un artefacto de su propio estado de ánimo.

Había estado bajando al subsuelo toda la mañana.

Había estado hablando de cuervos y monedas antiguas.

Era razonable que, al volver a la superficie por la tarde, la ciudad le devolviese un aire que antes no tenía.

Clara le abrió la puerta trasera del claustro.

Salvatierra ya había llegado. Subieron al archivo en silencio.

Sobre la mesa, iluminado por la lámpara articulada, había un expediente en una carpeta de cartón verdoso, con una etiqueta mecanografiada que decía: Obras menores. Mantenimiento subterráneo. Año 1954.

—Siéntense —dijo Clara—. Esto les va a tomar un rato.

Abrió la carpeta.

Dentro había, en este orden: un informe mecanografiado de cinco hojas firmado por el aparejador diocesano de entonces, un plano a escala 1:200 del subsuelo, un anexo a mano con anotaciones técnicas, y un sobre aparte sellado con lacre, ya abierto, con la palabra FOTOGRAFÍAS escrita en tinta a pluma.

—Lean el informe de atrás adelante —dijo Clara—. Es como se entiende mejor.

Adrián sacó la última página. Al final, tras la firma del aparejador, había una nota manuscrita en pluma que decía, sin dejar acta:

Archívese. No reponer en circulación. No citar en ningún inventario posterior.

—Tuvieron cuidado —dijo Adrián.

—Mucho. Por eso está tan bien conservado. Los documentos que alguien quiere proteger se conservan mejor que los que alguien quiere promover.

Salvatierra cogió las hojas del informe. Las leyó en silencio. Adrián leyó sobre el hombro de Clara un par de veces, pero prefería esperar a que ella le resumiera. Salvatierra terminó, dejó las hojas sobre la mesa, y miró al techo un momento antes de hablar.

—Lo recuerdo —dijo—. O, mejor dicho, lo recuerdo de oídas. Era uno de los incidentes de los que hablaba esta mañana. Fue antes de mi tiempo. Carmen me mencionó algo hace muchos años, pero no me dio detalles. Cuénteselo usted, archivera, que yo resumo mal.

Clara se ajustó las gafas.