Los cuervos de la Catedral Capítulo 9 — Los que no dejan acta #3
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Capítulo 9 — Los que no dejan acta #3

Dentro había seis vieiras idénticas a la que Adrián había encontrado la noche anterior en su andamio. Piedra blanca. Agujero superior. Tres muescas en el canto. Estaban alineadas sobre un terciopelo granate gastado.

—Estas seis —dijo Salvatierra— son las que teníamos en reserva.

Las saqué ayer. Dos son para ustedes, formalmente.

Si las aceptan, les pido que no se las pongan al cuello ni las enseñen a nadie.

Si no las aceptan, me las devuelven y no pasa nada.

Ayer, en su andamio, le dejaron a usted una, señor Vega, pero ese gesto —y quiero que lo tenga claro— no lo hice yo.

Adrián levantó los ojos.

—¿Cómo que no lo hizo usted?

—Yo estaba en la sacristía menor. A las once y media. Salí a las doce.

—¿Entonces?

—Entonces —contestó Salvatierra— alguien más entró en la Catedral anoche. Y no era mi gente.

Clara puso las manos planas sobre la mesa.

—Padre. ¿Nos está diciendo que hay otra custodia paralela que opera aquí?

Salvatierra respiró hondo.

—Les estoy diciendo —contestó— que siempre la ha habido. O, mejor, que en varias ocasiones a lo largo de los siglos ha habido personas que han sabido de la red y han intentado usarla por su cuenta, fuera del oficio. No son muchos. Pero han existido. Y los hay ahora.

—¿Quiénes son?

—No lo sé con nombres. Sé que existen. Sé que en los últimos tres años he notado actividad que no es nuestra.

Sé que alguien ha estado en el archivo, al que ustedes notaron la semana pasada con el Tiene de bolígrafo, y que ese alguien no responde a nuestra cadena.

Sé que la vieira de anoche puede ser una bienvenida legítima dejada por uno de los nuestros sin avisarme, lo cual sería raro pero no imposible, o puede ser algo menos bonito: una identificación de ustedes por parte del otro grupo.

Clara se pasó la mano por la cara.

—Lo cual significa…

—Que lo que lleven ustedes encima puede ser útil, o puede marcarles. Por eso les he dicho que no las enseñen.

Sacó del bolsillo interior de la sotana el pequeño sobre en el que el día anterior había guardado la hebra de tela negra.

—Y esto —dijo, dejándolo sobre la mesa— lo llevé ayer a un viejo conocido.

Un sastre eclesiástico jubilado que vive en la calle Almirante Apodaca.

Ochenta años, lucidez total. Le mostré la hebra sin explicarle de dónde la había sacado.

La examinó con la lupa durante dos minutos.

La devolvió a su sobre. Me dijo tres cosas.

Una: que es tela de crep clerical de la fábrica Martín y Lázaro, de Salamanca.

Dos: que la tela no tiene más de tres años.

Tres: que la fábrica, en los últimos cinco, ha vendido muy pocas sotanas en Sevilla, y, de las poquísimas vendidas, la mayoría fueron para dos clientes: el propio seminario menor y un encargo particular gestionado desde el Cabildo el pasado mes de octubre.

—Octubre —repitió Adrián.

—Octubre.

—Coincide con la llegada.

—Coincide.

Clara cerró los ojos un momento.

—¿Le dio nombre el sastre?

—No. Pero me dio algo casi tan útil: la factura del encargo. Nombre del destinatario en su libreta de clientes. Don Alberto Morán Caldevilla.

Hubo un silencio largo. La luz que entraba por los tragaluces se había movido ligeramente durante la conversación, y ahora daba sobre el canto de la mesa con un ángulo un poco más vertical. La sacristía, al silencio, seguía oliendo a madera, a cera y a café ya frío en las tazas.

—Padre —dijo Clara—. ¿Usted le conoce personalmente?

—De vista. De saludo. De dos o tres conversaciones banales en el claustro.

Llegó en octubre, como les dije. Ha pedido consultar el archivo dos veces.

Ha preguntado al aparejador, con mucha educación, sobre los planos del subsuelo.

Se le ha visto entrar en la sacristía mayor a horas en que no tenía nada que hacer allí.

Nada grave. Nada que no tenga explicación benigna. Pero demasiadas cosas pequeñas juntas.

—¿Y no podemos, simplemente, pedirle explicaciones?

—Podemos. Pero aún no. Primero hay que acabar de ordenar lo que sabemos. Si le preguntamos ahora, él construye su versión sobre nuestras preguntas. Mejor esperar a tener una versión propia antes de dejarle hablar.

—¿Y si entra esta noche otra vez en la Catedral?

Salvatierra respondió con una tranquilidad que ya no sorprendió a Adrián.

—Si entra esta noche, mejor. Porque Rafael volverá a su puesto, y Rafael sabe ya qué tiene que hacer.

—¿Rafael sabe?

Salvatierra levantó las cejas apenas.

—Archivera. Rafael lleva treinta y dos años en esa puerta. Con él ya hablé anoche. Y ayer, como usted ha visto, no vino a trabajar.

—Pensaba que era gripe.

—Gripe fue, en parte. Pero la gripe le ahorró el tener que decidir si quedarse o irse.

Se quedó en casa hasta que le dije que podía volver.

Volverá esta tarde. Y, a partir de esta noche, empezaremos a registrar las entradas en el libro de partes con dos nombres: el del que entra, y el mío como receptor del aviso.

—¿Rafael es… de ustedes?

Salvatierra inclinó muy levemente la cabeza.

—Rafael es de nosotros desde hace más de treinta años. Nunca lo había mencionado, por la razón obvia: cuanta menos gente sabe de los suyos, mejor los protege.

Adrián, que hasta aquel momento había estado escuchando con una atención creciente pero sin participar, soltó una risa breve. Le salió del cuerpo.

—Claro.

—¿Qué, señor Vega?

—Que por eso Rafael me soltó, el primer día, aquella frase. Antes era sólo de día. Lo raro, digo. Ahora viene también por las noches.

—Exactamente —dijo Salvatierra—. Rafael no hace confidencias. Hace observaciones bien dirigidas. Si se la soltó, es porque ya había detectado en usted a alguien a quien merecía la pena decir algo. El que dijo en voz alta, antes que yo, que usted servía, fue él.

—Vaya.

Adrián se quedó unos segundos mirando la pared de la sacristía.

En las paredes, sobre los armarios de taracea, colgaban cuatro retratos en óleo de canónigos ilustres del siglo dieciocho, con sus capas negras y sus anillos episcopales, mirando hacia un punto intermedio con la neutralidad severa de los retratos de oficio.

Adrián, al cruzar la vista con el tercero, el de la derecha, se preguntó por un momento si también aquel canónigo habría sido, en su día, uno de los nuestros .

Era una pregunta que probablemente no tenía respuesta.

Probablemente había pocos canónigos en aquellas paredes que no lo hubieran sido, al menos en parte.

—Séptimo —dijo Salvatierra—. Abramos el saquito.

Puso sobre la mesa una bandeja esmaltada y un pañuelo de hilo blanco. Clara sacó el saquito de la caja fuerte del maletín. Ya se había secado por fuera. La tela encerada mantenía su forma. Clara desató el cordel con la paciencia de un cirujano menor, y depositó el contenido sobre el paño.

Era un pequeño objeto envuelto, a su vez, en otra tela más fina, de algodón, de color crudo. Adrián lo destapó.

Una moneda.

Una moneda de plata, ennegrecida en los bordes, del tamaño aproximado de una de cincuenta céntimos. Redonda. Con una cruz en una cara y, en la otra, una figura difícil de distinguir a la luz amarilla de la sacristía. Sin fecha visible. Sin inscripción clara. Con el borde liso.

Adrián la cogió con una gasa.

—¿Qué es?

Salvatierra se inclinó sobre ella.

—Lo sabía —dijo, casi para sí.

—¿El qué?

—Esto es la moneda del décimo.

—¿Cómo dice?

—Lo explica en el cuaderno del tío Sebastián, si no me equivoco.

En alguna página que no hemos leído del todo.

Cuando alguien se olvida de dejar moneda al pasar por el décimo, el depósito, con el tiempo, devuelve una antigua.

Se supone que ésa es la última que se dejó por última vez.

La deposita en su superficie cuando oye que alguien ha pasado sin contribuir.

Es una forma de mantenerse en cuentas, por decirlo así.

Clara se sentó del todo.

—Padre.

—Dígame.

—¿Usted cree en eso? Literalmente.

Salvatierra miró la moneda. La movió con la punta de un dedo hasta ponerla con la cruz hacia arriba. Respiró despacio.

—Yo creo —dijo— que hay cosas que funcionan sin que nadie les explique por qué. Y esto, archivera, funciona. Otro día nos sentamos dos horas a discutir si eso es creer.

Hubo un silencio razonable, del tipo que siguen los intercambios serios. Clara apuntó algo en su cuaderno. Adrián dio vuelta a la moneda. La cara que parecía figurativa, vista con la luz correcta, contenía un grabado en relieve muy desgastado pero, una vez reconocido, inconfundible.

Una vieira.

—Una concha —dijo.

—Sí.

—¿Y la fecha?

—No la va a encontrar. Estas monedas se acuñaban por oficio, en talleres pequeños, a mano, sin datar.

Esta, por su ennegrecido y por el tipo de cuño, es probablemente del diecisiete tardío o del dieciocho temprano.

Puede que la haya devuelto porque alguien, de la cadena anterior, se olvidó a su vez de dejar la suya.

—O sea, esto ha estado esperando dos o tres siglos ahí dentro a que alguien viniera a cogerla.

—Puede ser.

—¿Qué hacemos con ella? —preguntó Clara.

Salvatierra la cogió entre dos dedos. La miró con una calma muy antigua.

—Hoy bajamos al décimo los tres —dijo—. Ustedes dejan las suyas, de un euro, por la ranura. Yo dejo ésta. Y nos vamos.

—¿Aquí termina?

—Aquí se cierra un ciclo, archivera. No es lo mismo. Pero es lo único que puedo cerrar ahora.

Volvió a guardar la moneda, sin decir más, en el paño de hilo. Se quedaron los tres en silencio, mirándola.

Afuera, por una de las claraboyas, entró durante un segundo una sombra que cruzó la luz. Un cuervo, seguramente, que había pasado por el tejado en dirección al norte. O cualquier otra cosa.

Salvatierra levantó la vista.

—Otra —dijo, para sí mismo.

—¿Otra qué? —preguntó Adrián.

—Otra pregunta que se va a quedar sin contestar.

—¿Cuál?

—Que quién es la persona que anoche entró aquí sin avisarme, dejó una concha sobre su andamio y salió. Y qué quiere.

Clara alzó la vista. La mirada que intercambió con Salvatierra fue la de dos personas que habían aprendido, por oficios distintos, que las preguntas que se quedan sin contestar durante el desayuno no suelen quedarse sin contestar para siempre.

—Padre —dijo al final Clara—. Antes de bajar al décimo, ¿le importa si le hacemos una pregunta?

—Ustedes no necesitan permiso, archivera.

—¿Cuántos son ustedes, en Sevilla?

Salvatierra esbozó una sonrisa muy breve.

—Hoy, con ustedes dos, seis —dijo—. Tomás arriba, don Claudio en Triana, yo aquí, y otra persona que no les voy a nombrar hasta que haya llegado el momento. Si alguien es menos, no me he enterado yo. Si alguien es más, lo descubriremos.

—Padre.

—Sí.

—¿Esa otra persona está al tanto de lo que está pasando estos días?

—Sí. Desde anteayer. Yo la informé. No va a intervenir directamente. Nos servirá de apoyo por si las cosas se tuercen. No le pregunte más. Cuando llegue el momento, se lo presentaré. Antes no.

Clara asintió. No insistió. Adrián tampoco. Había cosas que, a esas alturas, uno aprendía a dejar en la caja y no volver a abrir hasta que alguien más tirase del cordel.

Recogió la caja de las vieiras. Dejó dos sobre la mesa, delante de Clara y de Adrián. Guardó las cuatro restantes. Cerró la caja.

Clara cogió la suya con la precisión con la que tomaba los documentos.

La miró un segundo a la luz, comprobando el número de muescas, y se la guardó en el bolsillo interior de su rebeca.

Adrián cogió la suya también. La pesó en la mano.

Era tan pequeña y ligera que no pesaba casi nada.

Sin embargo, tenerla en la palma, allí, en aquella sacristía, encima de aquel desayuno, le provocó un pequeño temblor que no tenía que ver con el miedo, sino con algo parecido al pudor.

Era como si le hubieran entregado, sin ceremonia, un cargo modesto al que no se había presentado.

—La moneda antigua y las de ustedes. Usted la lleva, Adrián. Yo llevo ésta, la antigua. Usted, archivera, lleva la suya. Bajamos a las once, cuando el templo ya esté abierto al culto y nadie se fije en nosotros. Mientras tanto, tomen ustedes otra taza.

Clara aceptó. Adrián también.

La sacristía se fue llenando, poco a poco, de los ruidos ordinarios de una Catedral que empezaba su jornada.

Las primeras voces de visitantes en la nave, un organista ensayando con registros bajos, una puerta que se cerraba sin violencia, el raspar lejano de una escoba, la radio de un operario en volumen mínimo.

Todo aquel paisaje cotidiano que —desde dentro— sonaba como lo que era: la ciudad real, hecha de personas con tareas pequeñas, indiferente en apariencia al sistema que discurría a doce metros por debajo.

En apariencia.

Porque si uno se detenía a escuchar bien, con el oído que ya había aprendido a distinguir capas, por debajo de las voces y del órgano y de la puerta, seguía habiendo, muy suave, muy bajo, muy exacto, el pulso que Adrián había descubierto dos semanas atrás en la base del pilar dos.

Tres y dos.

Tres y dos.

Como un perro viejo que respira hondo junto a una chimenea, satisfecho de que alguien, al fin, lo haya escuchado.

Adrián, antes de salir, miró a Clara una última vez.

Ella estaba terminando su café con la tranquilidad de los profesionales que aceptan cuando una jornada ha dado un giro irreversible.

Salvatierra recogía la cafetera vieja. El sol de las diez y media se había ido desplazando sobre las paredes y ahora caía, por el tragaluz oriental, en una franja estrecha sobre el borde de la mesa.

En esa franja, a la luz rasante, las dos vieiras que quedaban allí —la suya, todavía en la mano, y la de Clara, que se había descuidado un momento sobre el paño blanco— proyectaban dos sombras pequeñísimas, idénticas y paralelas, como dos oídos dispuestos a escuchar a la vez.

Adrián se guardó la suya en el bolsillo, con cuidado.

No volvió a pensar en ella durante el resto de la mañana.

O, mejor dicho, no pensó en ella, pero no la olvidó.

Eso, a las diez y cuarenta, era ya una diferencia clara.