Capítulo 9 — Los que no dejan acta #2
—Por dos razones prácticas. La primera, que los edificios religiosos, por su continuidad en el tiempo y por la permanencia de sus oficios, eran los únicos que ofrecían garantía de custodia a varios siglos vista.
Un palacio cambia de dueño. Un convento, no, al menos no con la misma frecuencia.
La segunda, que los oficios sagrados requieren agua, humedad, silencio, penumbra y repetición horaria.
Es decir, requieren exactamente las condiciones bajo las cuales, por otra parte, el sistema se deja oír.
Dicho de otro modo: poner un sistema así debajo de una iglesia era elegir la incubadora adecuada. No era elegirla por motivos teológicos.
Adrián intervino.
—Entonces ¿el sistema… es?
Salvatierra se quedó un segundo callado. Buscó, en serio, la manera de decirlo.
—Tercero —dijo—. No sé contestar a esa pregunta.
Y quiero que lo oigan ustedes claramente.
Llevo cuarenta y un años en este templo.
He bajado veintitantas veces a la balsa.
He conocido a tres de las personas que me precedieron aquí, y a dos de las de otras ciudades.
He leído lo que había que leer. Y al día de hoy, con toda la honestidad de la que soy capaz, no puedo decirles lo que es ese sistema.
—¿Ni siquiera una hipótesis? —preguntó Clara.
—Les diré varias, y ustedes escogen, si es que hay que escoger.
Primera: un sistema técnico muy antiguo —hidráulico, ritual, funerario o las tres cosas a la vez— que fue diseñado con una precisión que nosotros ya no alcanzamos, y que por eso sigue funcionando sin que nadie lo mantenga.
Segunda: una red de memoria colectiva consciente de sí misma, cultivada durante generaciones por gente que entendía que la memoria humana se pierde en una o dos vidas, pero que la memoria en un cauce de agua y en una piedra puede durar quince siglos si se la atiende bien.
Tercera: una simple anomalía geológica sobre la que se han montado sucesivos usos religiosos, ninguno de los cuales agota por completo lo que hay.
Cuarta: otra cosa. No puedo ser más preciso.
—¿Y qué hipótesis maneja usted?
—Las cuatro.
Adrián y Clara se rieron, por primera vez en varios días, de un modo limpio y breve.
Fue una risa corta, pero honesta. Tuvo el efecto curioso de relajar, durante unos segundos, la tensión de la sala.
Salvatierra también, con esa risa pequeña de los que hace tiempo que han hecho las paces con no saberlo todo.
Hubo una pausa amable en la que los tres se permitieron respirar.
—Cuarto —continuó el sacerdote—. Mi papel aquí.
Se puso un poco más serio. La postura cambió sutilmente: las manos juntas sobre la mesa, los dedos cruzados, la espalda un poco más recta.
—Yo no soy custodio principal. Soy uno de los últimos de una generación que nos formamos en los años cincuenta y sesenta, la mayoría con más voluntad que instrucción, porque los dos grandes custodios anteriores murieron muy cerca uno de otro, en mil novecientos cincuenta y cuatro y mil novecientos cincuenta y seis, sin poder transmitir completamente lo que sabían.
Tres de mis compañeros de entonces se colgaron los hábitos por razones distintas.
Un cuarto se fue a otra diócesis y dejó de contestar cartas.
Un quinto murió en accidente. Quedé yo. Con los años me fui formando por las dos vías.
Por la buena, que era aprender de lo que quedaba escrito.
Por la mala, que era aprender de mis propias meteduras de pata, que han sido unas cuantas.
—¿Qué tipo de meteduras? —preguntó Adrián.
Salvatierra pareció dudar.
—Por ejemplo, abrir el décimo más de una vez sin dejar la moneda.
Clara y Adrián se quedaron muy callados.
—Yo lo hice dos veces —dijo Salvatierra—.
En mil novecientos noventa y tres y en dos mil uno.
Y en las dos, en las semanas siguientes, hubo incidentes.
No voy a describírselos. Uno de ellos lo pueden ustedes deducir buscando noticias menores de la Catedral en primavera del noventa y tres, aunque no lo identificarán como incidente. Pero lo era.
—¿Qué quiere decir cuando dice incidentes? —preguntó Clara.
—Quiero decir cosas que funcionan mal. Campanas que suenan fuera de hora.
Grietas que aparecen donde no estaban. Bromas pesadas que, al mirarlas con atención, no son bromas.
Basura simbólica que entra en el templo.
La red, cuando se la trata mal, responde.
No con violencia espectacular. Con pequeña disfuncionalidad administrativa.
—Nosotros —dijo Adrián— también la abrimos ayer sin dejar la moneda.
—Lo sé.
—¿Y qué hacemos?
—Bajar hoy mismo y dejarla. Dos monedas, si quieren curarse en salud. Una suya, una de ella. Pero sin entrar en la cámara. Se deslizan por la ranura lateral, sin retirar la lasca. La moneda cae dentro, y eso basta.
—¿Cómo se desliza por la ranura si la ranura está tapada?
—Tiene una pequeña hendidura horizontal en la parte inferior. Si se acuclillan con luz rasante, la ven. Cabe una moneda fácil. Cabe incluso una hostia, si se diera el caso, aunque llevo décadas sin hacerlo.
Adrián resopló muy quedo.
—Padre. ¿Usted reza cuando baja?
—Rezo cuando no bajo —contestó Salvatierra, sin ironía—. Abajo se guarda uno para escuchar. Si a eso quiere llamarle oración, es legítimo. Pero no es lo que yo, profesionalmente, llamaría así.
Hubo un silencio. Clara, que había ido apuntando en su cuaderno mientras Salvatierra hablaba, levantó los ojos.
—Padre. Una pregunta profesional, si me permite. ¿Qué rango le dan esas reglas no escritas a un error como el nuestro de ayer?
Salvatierra se lo pensó.
—Error menor. Los errores graves son distintos.
Sacar algo sin permiso del cauce. Revelar la red a quien no corresponde.
Forzar una apertura que no estaba destinada.
Esos son los graves, y a esos corresponden consecuencias serias.
Olvidarse de la moneda es una falta de cortesía, no una traición.
Pero las faltas de cortesía, acumuladas, también erosionan.
Por eso convenía remediarla hoy y no mañana.
—Comprendido.
—Quinto —dijo el sacerdote, cambiando de tono—. Ustedes dos no son casuales.
Clara levantó un poco la cabeza.
—¿Perdón?
—Usted, archivera, fue enviada aquí en dos mil veintidós con un currículum excelente, sí, pero también con una recomendación de su antecesora, doña Carmen Izquierdo, que no dejaba acta de sus recomendaciones pero sí fue categórica.
Doña Carmen, que en paz descanse, la escogió a usted leyendo su tesina.
Dijo que usted sabía leer vacíos. No le preguntó si quería o no. La mandó aquí.
Clara frunció el ceño.
—¿Carmen sabía?
—Carmen era la anterior a mí en todo lo que no era sacerdocio.
—¿Y por qué no me dijo nunca nada?
—Porque su estilo era hacer que las personas llegasen por su cuenta. Odiaba los reclutamientos explícitos, como los odio yo.
Clara asintió, despacio. Al parecer, aquello encajaba con algo que ya se había preguntado sin respuesta en los últimos dos años.
Miró un momento por la ventana, como quien deja pasar una idea que empieza a encajar, y no dijo nada más por un rato.
Adrián, sin querer, pensó en los dos últimos encuentros que había tenido con Carmen Izquierdo, años atrás, por una consulta menor sobre unos planos antiguos.
Era una mujer delgada, muy seca, con unas gafas pequeñas idénticas a las de Clara y una forma de mirar a la gente que combinaba la cortesía con una sospecha amable.
Adrián, entonces, había supuesto que era así con todo el mundo.
Ahora entendía que probablemente no lo era con todo el mundo, y que aquellas dos visitas suyas al archivo del Cabildo, recomendadas por un conocido, habían sido, quizá, también exámenes.
—¿Y yo? —preguntó Adrián.
Salvatierra le miró.
—Usted es menos esperado. Lo fue para mí, al menos.
Su nombre no figuraba en ninguna lista. Llegó por oficio, porque el Cabildo le contrató para una restauración puntual, y empezó a notar lo que empezó a notar.
Lo que le ha pasado en la primera semana no le pasa a todo el mundo.
A ninguno de los restauradores que hemos tenido antes les pasó, y hemos tenido algunos muy buenos.
—¿Por qué a mí entonces?
—Ah, eso no lo sé. Ni es de mi incumbencia.
Le diré solamente una cosa, porque es verdad.
A usted le ha pasado, en parte, porque escucha la piedra con un tipo de paciencia que es rara, y en parte, con perdón, porque el sistema —o lo que sea— lleva años solo.
La gente que solía oírlo lo oye cada vez menos.
Tomás tiene ochenta y cuatro años. Don Claudio, ochenta y siete.
Yo, sesenta y seis. Carmen murió hace tres.
El canónigo de Compostela murió en mil novecientos cuatro y no tuvo relevo claro.
Cada vez quedamos menos, y cada vez oímos peor.
Cuando alguien nuevo aparece, el sistema no pierde el tiempo.
—¿Lo está diciendo como una metáfora o lo está diciendo literalmente?
Salvatierra sonrió.
—Lo estoy diciendo como un cura viejo que ya no distingue del todo entre ambas cosas, señor Vega.
Adrián miró a Clara. Clara le miró a él. Había en el cruce, por un instante, una complicidad profesional que no había existido antes.
—Sexto —dijo Salvatierra.
Se levantó. Fue hasta el armario bajo lateral, sacó una llave, abrió un cajón, y volvió con una pequeña caja de madera, simple, sin adornos.
La puso sobre la mesa. La caja tenía las aristas levemente desgastadas, con ese redondeo suave de los objetos que han cambiado de armario varias veces en un siglo.
La tapa, con un cierre de bronce pequeño, no tenía grabado.
Nada en la caja, vista por fuera, permitía adivinar lo que llevaba dentro.
Era exactamente la clase de recipiente que, en un armario viejo, uno habría pasado por alto cien veces antes de abrirlo.
Abrió la caja.