Capítulo 9 — Los que no dejan acta
Los que no dejan acta
La mañana siguiente había amanecido fría y brillante, con ese azul muy puro que en marzo sólo dura las primeras horas, porque a las diez ya empieza a blanquearlo el calor.
Adrián llegó a la Catedral a las ocho menos cuarto.
Había dormido poco, pero bien: un sueño corto y denso, sin movimientos, del que se había despertado con la sensación rara de haber entendido algo durante la noche que al despertar ya no podía formular.
Cruzó la Plaza Virgen de los Reyes con la bolsa al hombro y la cazadora puesta.
El cuervo —el de siempre, o cualquiera de sus muchos dobles posibles— estaba, como siempre, en una de las gárgolas del flanco norte, como si estuviera allí por oficio.
Había salido de casa a las siete y media, después de ducharse, dar de comer al perro y sacarlo cinco minutos a la esquina.
El aire de la calle estaba, a aquella hora, casi frío, con esa humedad quieta que las ciudades fluviales dejan al amanecer antes de que el tráfico la despeje.
En el portal se había cruzado con una de las vecinas, doña Pilar, una señora de setenta y tantos años que bajaba con un periódico bajo el brazo y que le había dado los buenos días con la amabilidad correcta de los que se conocen desde hace años pero nunca han pasado de la cortesía.
Adrián le había devuelto el saludo y había seguido andando hacia Mateos Gago.
No había desayunado en casa; había comprado una empanadilla y un café en un puesto de la calle y se los había tomado andando, sin pensar en lo que estaba comiendo.
Rafael no estaba en la puerta del Lagarto.
En su lugar, un joven moreno con uniforme nuevo le abrió sin preguntas, al parecer avisado por Salvatierra, y le señaló la sacristía mayor con un gesto profesional.
El chaleco reflectante no le sentaba bien al joven; quedaba demasiado holgado en los hombros, como si la talla fuera la única disponible y no exactamente la suya.
Adrián le dio las gracias y entró. Clara ya estaba dentro.
La sacristía mayor, a aquella hora, tenía una luz distinta de la que le había conocido Adrián.
Por los tragaluces altos entraba una claridad rasante, dorada, que iluminaba de lado los muebles antiguos de taracea y la tapicería carmesí del banco principal.
Olía a madera encerada, a cera vieja y a ese olor discreto, casi de archivo, que dejaban en las habitaciones los libros encuadernados en piel.
Sobre la mesa central había dispuesto un pequeño servicio de café —no la cafetera del Cabildo, sino la vieja, de aluminio, de las que se calentaban en fuego directo—, tres tazas, un plato con media docena de tostadas, un aceite de oliva sin etiqueta, y un pequeño cuenco de sal.
—Siéntense —dijo Salvatierra—. Desayunen primero.
Estaba de pie junto a la mesa, y parecía, para variar, descansado.
Había cambiado la sotana del día anterior, que iba tomando ya un brillo de uso en las mangas, por una más reciente, con el tejido aún firme.
En el respaldo de la silla, doblada con cuidado, tenía una pequeña toalla limpia que había traído, probablemente, para usar al lavarse las manos.
Todos los detalles daban a entender que Salvatierra se había preparado para aquel desayuno con una meticulosidad que iba más allá de la cortesía.
Había pensado en lo que iba a decir y había organizado el escenario en consecuencia.
—Yo he desayunado —dijo Adrián.
—Desayune otra vez. Esto va para largo y van a agradecerlo.
Clara se sentó sin protestar y se puso una tostada.
Adrián la siguió. Durante los primeros diez minutos desayunaron en un silencio tranquilo, sin urgencia, como se desayuna entre tres personas que tienen por delante una conversación difícil y prefieren no empezar con el estómago vacío.
Salvatierra, que tomó sólo café, miraba el aceite caer sobre las tostadas con esa atención de los que llevan décadas observando el comportamiento de los líquidos.
El aceite, aquella mañana, era de una almazara pequeña de la Sierra Norte, con un matiz ligeramente verde y un olor limpio; Salvatierra lo había comprado personalmente dos sábados antes, en una visita al pueblo de un sobrino suyo, y esa era una información que ni Clara ni Adrián necesitaban saber, pero que, si hubieran preguntado, él les habría dado sin reserva.
Clara bebió un segundo café. Cortó la tostada en dos mitades pequeñas y se comió una.
La otra la dejó en el plato, por la costumbre que tenía de no terminar nunca del todo lo que se le ponía delante.
Adrián, en cambio, se comió las dos tostadas suyas con un hambre que no se había reconocido al llegar.
Cuando las tazas estuvieron vacías, el sacerdote retiró el servicio con calma, lo dejó en una bandeja lateral, volvió a la mesa y se sentó enfrente de ellos. Apoyó las dos manos sobre la madera. Durante unos segundos no dijo nada.
Fue Clara la que rompió el silencio.
—Padre. Tenemos un saquito del décimo depósito.
—Lo sé.
—Y hemos pensado abrirlo con usted presente.
—Les agradezco el gesto.
Hubo otra pausa. Salvatierra bajó la vista a las manos. Dio un pequeño golpecito sobre la mesa con el dedo índice de la derecha, como se ajusta uno antes de empezar un oficio conocido.
—Antes de abrir nada —dijo—, quiero contarles lo que puedo contarles de mi parte. No porque tengan derecho a saberlo. Quiero decir que sí, pero no se trata de derecho. Se trata de utilidad. Si siguen ustedes adelante sin saber algunas cosas, van a tomar decisiones peores.
—Adelante —dijo Clara.
Salvatierra se recostó ligeramente. Pero no miró al techo. Miró a un punto intermedio de la mesa, como si leyera de allí.
—Empezaré por donde corresponde. Ustedes han oído en los últimos días un nombre, Camino Negro , que les han dicho de tres maneras distintas.
Tomás Beltrán se lo ha dicho desde el oído; Claudio Paniagua, desde el barro; Sebastián Paniagua, desde el papel.
En esencia, los tres les han dicho lo mismo: que debajo del suelo que pisan, y desde mucho antes que la iglesia catedral existiera sobre él, discurre una canalización antigua que, como bien les ha resumido don Claudio, lleva siglos siendo usada para algo más que para conducir agua.
—Hasta ahí —dijo Adrián— más o menos.
—Hasta ahí. Bien. Lo que ninguno de los tres les ha dicho, porque ninguno de los tres tiene por qué saberlo completo, es cómo y por qué ha sobrevivido ese uso hasta hoy. Eso sí puedo intentarlo yo. Con limitaciones. Se lo advierto.
Sacó del bolsillo interior de la sotana un papel doblado. Lo desplegó sobre la mesa. Era una lista breve, escrita con su propia letra, de unos diez o doce puntos, sin títulos. La dejó boca abajo.
—No lo lean aún. Me sirve de guión, nada más. Y empiezo.
Bebió agua. Se recompuso. El vaso era de cristal grueso, sencillo, sin filigranas, y al dejarlo sobre la mesa hizo un pequeño tintineo contra la madera.
—Primero. No hay cofradía.
Clara le miró con atención profesional.
—¿Cómo dice?
—No hay cofradía. Ni sociedad. Ni orden.
Ni regla. Ni constituciones. No hay nada que se parezca a las cofradías de la ciudad ni a las congregaciones de la Iglesia.
Esto es importantísimo que lo entiendan bien de entrada, porque en este país se tiende a imaginarlo todo en clave cofrade, y aquí esa clave no funciona.
Lo que hay, y lo que ha habido durante siglos, es una sucesión de custodios locales que, a falta de institución, se han ido transmitiendo el oficio uno a uno, por aprendizaje directo y sin documento.
El único documento escrito que yo conozco —y hay algunos más que no conozco— es el cuaderno del tío Sebastián, y ese cuaderno, como ustedes habrán notado, tampoco dice lo importante con todas las letras.
—¿Y por qué no hay regla escrita? —preguntó Clara.
—Porque el oficio, tal como lo entendieron los que lo empezaron, exige no dejar acta.
Lo que se escribe, se deshace. Lo que se imprime, se distorsiona.
Lo que se reglamenta, se instrumentaliza.
Se quedaron en la transmisión oral y en las marcas mínimas: la concha, el Tiene , la coquille del canal del décimo, esas tres muescas en la vieira de anoche.
Ni grandes textos. Ni símbolos pomposos. Ni ritos espectaculares.
—Pero la Iglesia —dijo Adrián— sí tiene reglas, y ustedes pertenecen a ella.
Salvatierra sonrió levemente.
—Le estaba esperando, a eso. Segundo.
Continuó.
—La red no es una red eclesiástica. Lo parece, porque se sostiene en buena medida sobre edificios eclesiásticos —catedrales, conventos, ermitas, capillas— y sobre personas que, por oficio, tienen acceso a esos edificios: canónigos, sacristanes, campaneros, restauradores, archiveros.
Pero es una red más antigua que las iglesias que la acogen, y su funcionamiento no depende de la fe del custodio.
Depende, más modestamente, de su discreción y de su capacidad para oír lo que hay.
Yo soy sacerdote, lo soy desde hace más de cuarenta años, y he oído cientos de confesiones.
No es lo mismo oír lo que cuenta un hombre que oír lo que cuenta un edificio.
Para lo primero hay seminario. Para lo segundo hay otro tipo de aprendizaje.
Esta red fue, durante muchos siglos, la que administró ese otro aprendizaje.
—¿Por qué en edificios religiosos, entonces? —insistió Clara.