Capítulo 8 — Finis Terrae #3
—Sebastián Paniagua escribió una al fin —dijo, sin entonación—. Finisterre. Celis habla sólo hasta Santiago. En Compostela, la custodia es de otra naturaleza, y se ocupa de lo que llega por esa vía, no todo siempre, y de lo que sigue después hacia el mar.
—Correcto.
—Es decir: entre Sevilla y el mar hay al menos dos manos. Santiago, y lo que haya más allá.
—Correcto.
—Y él, Celis, sólo llega a Santiago. No al final.
—Correcto.
—Sebastián, en el cuaderno, sí menciona la tercera. Una en el camino, una al fin. Al fin no es Santiago. Al fin es Finisterre.
Clara asintió.
—Eso es.
Adrián miró la carta un momento más. Luego miró a Clara.
—Y la pregunta que me hago es: ¿qué es lo que se mandó hacia Santiago en el diecisiete, y que sigue estando allí, y que, si tenemos suerte o desgracia, acabaremos teniendo que ir a ver?
Clara respiró hondo.
—Por hoy —dijo—, no es la pregunta que tenemos que contestar.
—Ya lo sé.
Dobló la carta con cuidado. La volvió al sobre. El sobre, al sobre mayor. El sobre mayor, a la caja fuerte.
—Vamos a comer algo —dijo—. Después, a Triana. A digitalizar el cuaderno.
Salieron del archivo a la una.
En la calle Mateos Gago, en una tasca pequeña con manteles de papel y una pizarra en la pared, pidieron un plato combinado cada uno y una caña.
Comieron despacio, sin apenas hablar. Adrián estaba cansado, pero no era un cansancio físico; era otro, el cansancio del que empieza a entender que ha tirado de un hilo más largo de lo que tenía pensado.
Clara comía con la metódica discreción de siempre, atenta a la calle como un técnico que vigila el entorno por costumbre profesional.
A la mitad del plato, Clara dejó el tenedor.
—Adrián.
—Sí.
—Mi madre murió hace tres años. En Valencia. Cáncer. Estuvo tres meses ingresada al final. Yo iba todos los fines de semana en avión. Y entre medias seguía trabajando aquí. Fue, con diferencia, la peor época de mi vida.
Lo dijo sin dramatismo, mirando el borde del vaso. Adrián no contestó enseguida. Esperó a que siguiera, si quería. Clara siguió.
—Lo cuento porque creo que es lo único que me hace entender cómo he podido llegar a este trabajo con la serenidad con la que lo hago.
La muerte de mi madre me quitó, en seis meses, varias de las cosas con las que antes me impresionaba.
Lo que no te mata te hace archivera, digamos.
Y desde entonces tengo una cierta resistencia profesional a las historias incómodas.
No mayor. No mejor. Pero resistencia sí.
—Gracias por contármelo.
—No es confidencia. Es contexto. Si usted va a trabajar conmigo en esto durante los próximos meses, creo que merece saber el suelo sobre el que pisa.
—Lo mismo le digo por mi parte. Mi mujer me dejó hace tres años. No por nada malo. Por otras razones. Y yo tampoco he sido nunca, desde entonces, exactamente el mismo. Supongo que en eso usted y yo nos parecemos. Cada uno llegamos a los cuarenta con algo que no cuadra.
Clara sonrió levemente.
—Eso es parte del oficio, probablemente. El que llega a los cuarenta con todo cuadrado no tiene por qué bajar a ninguna cámara.
A las tres, volvieron al coche. Cruzaron el río por tercera vez en el mismo día. Triana los recibió con la misma pereza tibia de la siesta. Claudio Paniagua les abrió sin sorpresa.
—Saben ustedes —dijo, ya en el patio— que hoy se va a mover más de lo que me gustaría.
—¿A qué se refiere? —preguntó Clara.
—A que han bajado al décimo. Lo he notado.
—¿Cómo lo ha notado?
—Por el horno. El horno gruñe cuando alguien abre el décimo. No mucho. Un gruñido corto, como el que hace un perro viejo al levantarse. Pasó a las diez y media.
Adrián y Clara se miraron.
—Lo hemos abierto a esa hora.
—Ya. Pues pasen.
Se sentaron a la mesa del patio. El cuaderno de Sebastián Paniagua estaba ya sobre ella, abierto, junto a una pila ordenada de papeles en blanco y a un escáner portátil pequeño que Clara había sacado de su mochila.
Durante las siguientes tres horas, la archivera trabajó con la meticulosidad paciente de los que aman los oficios invisibles: iba levantando cada folio del cuaderno con un alicate de archivo, pasando el escáner por encima, comprobando la calidad del archivo digital, anotando la numeración, y devolviendo el folio a su lugar.
Claudio, de vez en cuando, se levantaba y volvía con un café nuevo o un vaso de agua.
Adrián, al principio, intentó ser útil; al cabo de un rato entendió que no lo era, y se dedicó a otra cosa.
Dio vueltas por el patio.
Fue hasta la boca del horno grande, se agachó, y encendió la linterna.
Contempló otra vez la vieira grabada en el ladrillo del fondo.
Buscó en otras paredes, por pura curiosidad, otras marcas que se le hubieran escapado.
Encontró, en el ladrillo contiguo al de la concha, una inscripción pequeñísima en la que no había reparado el día anterior.
Tres letras romanas, labradas por punzón.
EVC
Se apartó del horno y volvió al patio.
—Claudio.
—Dígame.
—En el ladrillo junto a la concha hay unas iniciales. EVC. ¿Le suena?
Claudio dejó el vaso.
—EVC —repitió lentamente—. Evaristo Celis.
Adrián sintió el pequeño vuelco de siempre.
—¿Usted sabe quién es?
—Canónigo. Lo conocía mi abuelo. Cuando mi abuelo era joven, este señor de Sevilla bajó al horno grande una tarde, junto con el párroco de entonces, y grabó esas iniciales. Mi abuelo lo vio. Tenía siete años. Me lo contó de mayor. No me dijo por qué.
—¿Cuándo fue?
—Mil ochocientos setenta y ocho, o setenta y nueve. Por ahí. Al año siguiente, el canónigo se marchó a Santiago. No volvió.
Adrián miró a Clara, que había levantado la vista del escáner.
—¿Lo has oído? —dijo Adrián.
—Lo he oído.
—Es el firmante de la carta. Estuvo en este horno.
—Sí.
—Y, por lo tanto, pasó por todos los depósitos.
—Sí.
Clara bajó la vista hacia el cuaderno. Pasó varias páginas. Buscó una en concreto, la que ya había señalado por la mañana, y se la mostró a Claudio.
—Aquí el tío Sebastián escribió: Hay otras manos. Una en el norte, una en el camino, y una al fin. ¿Usted sabe, don Claudio, cuál es la del norte?
Claudio apoyó el bastón en la pared. Se cruzó los brazos sobre el mandilón azul. Se quedó callado un rato largo.
—La del norte —dijo, al cabo— era la de Oviedo.
—¿Oviedo?
—La Cámara Santa. Era. Ya no es.
—¿Desde cuándo ya no es?
—Desde mil novecientos treinta y cuatro.
Hubo una explosión. Lo que había allí, una parte, se perdió.
La otra, se trasladó sin registro. Mi abuelo siempre dijo que desde entonces la red del norte estaba rota.
Funciona a medias, o no funciona, no lo sé.
Pero no se cuenta ya con ella con la confianza de antes.
Adrián sintió, otra vez, ese pequeño desajuste interior que tenía ya bien identificado: el de comprender algo que hasta un minuto antes le era invisible.
Oviedo, en el norte. Sevilla, en el sur. Santiago, en el camino. Finisterre, al fin.
Una línea vertical, Oviedo-Sevilla. Otra línea casi horizontal, Sevilla-Finisterre. Un cruce, en algún sitio, probablemente Santiago.
No una, sino dos redes.
Una rota.
Otra aún viva.
Y, en medio, Sevilla, como una de las estaciones mayores de la segunda.
—Claudio —preguntó Clara, al cabo—, y ahora sí. ¿Usted cómo entró en esto?
El viejo alfarero la miró con una calma particular, como si la pregunta fuese, por primera vez en la mañana, la adecuada.
—A mí me lo enseñó mi padre, como le he dicho antes.
Pero la pregunta real, señora, es por qué me lo enseñó a mí y no a mi hermano.
Yo tenía un hermano, dos años menor, que murió en el sesenta y tres en un accidente con un camión.
A mi padre le dejó hecho polvo. Pero el hecho es que, antes de que muriera, mi padre llevaba diez años enseñándole a él y no a mí.
El cuaderno era para él. Yo lo heredé, como quien dice, por eliminación.
—¿Por qué a él y no a usted?
—Porque él había salido más callado. Yo de joven era deslenguado.
Me gustaban las bromas, los cafés hasta tarde, los amigos chismosos.
Mi padre pensó, con razón, que si él me enseñaba el cuaderno, yo acabaría por explicarlo en alguna taberna.
Le enseñó a mi hermano. Cuando mi hermano murió, no le quedó más remedio que enseñarme a mí.
Yo, para entonces, ya había pasado de los treinta.
Había perdido a mi hermano, y con él, al parecer, parte de la deslenguadura.
Duré un año más serio que los anteriores.
Mi padre aprovechó, y en ese año, el sesenta y cuatro, me pasó el oficio.
—¿Y desde entonces no lo ha compartido con nadie?
—Con mi mujer, cuando nos casamos, porque es de ley.
Pero ella no quiso saber más de lo imprescindible.
Es una mujer práctica. Supo lo justo para no acusarme, con el tiempo, de ocultación.
Lo demás, lo fue dejando caer sin pedírmelo.
Con mis hijos, no. Con ninguno. A lo mejor me equivoqué.
Pero los hijos, en los últimos cuarenta años, han tenido otros planes.
—¿Le pesa?
Claudio lo pensó.
—A ratos sí. Más bien cuando tengo noches malas. Pero al día siguiente, no. Uno no les pasa a sus hijos obligaciones que no han pedido. Se las enseña el oficio si se apuntan, y si no, se las guarda uno mismo. Otra cosa es ley de mercado.
Clara asintió. Pensó en su madre. Pensó en Carmen Izquierdo, su antecesora en el archivo, a quien ella empezaba a deber más de lo que había reconocido.
Pensó, con una nitidez breve, que probablemente todos los oficios que merecían la pena terminaban pareciéndose, en los detalles pequeños, a éste: a una transmisión sin fiesta, sin ceremonia, sin aprobación externa.
—Gracias, Claudio.
—Gracias a ustedes. Por venir. Y por traer, a fin de cuentas, la archivera. Ya tengo noventa años dentro. Era hora de que alguien mirase esto a dos manos conmigo.
—Ochenta y siete.
—Ochenta y siete. Eso quise decir.
Siguieron trabajando.
A las siete pasadas, regresaron al coche.
Clara había digitalizado los folios relevantes.
Claudio los despidió en la puerta con la misma palmada corta de la otra vez.
Adrián, al llegar a la calle Alfarería, se detuvo a mirar el cielo.
Las nubes, altas, se habían ordenado en una retícula fina, como un enrejado muy lejano y muy clemente, sobre los tejados bajos de Triana.
—Clara.
—Sí.
—Creo que es hora de que llamemos a Salvatierra.
—Ya lo hice.
—¿Cuándo?
—Mientras usted investigaba el ladrillo con las iniciales del canónigo. Me ha dicho que pasemos mañana por la sacristía a primera hora. Quiere hablarnos de algo. No me ha dicho de qué.
Adrián asintió.
Abrieron las puertas del coche. Antes de sentarse, Clara se volvió hacia él por encima del techo.
—Una cosa más, Adrián. Lo del saquito que hemos sacado del décimo.
—Sí.
—Lo abriremos los tres juntos. Salvatierra, usted y yo. Mañana.
—De acuerdo.
Clara le dio al contacto. Adrián subió.
El coche arrancó y se alejó por la calle Alfarería en dirección al puente.
La tarde, sobre Triana, empezaba a ablandarse en ese dorado bajo de marzo que, visto desde la orilla correcta, ya parecía verano.
En un bordillo, un cuervo —o el mismo cuervo, imposible saberlo— se había posado, con las alas recogidas, sobre la tapa de un contenedor de basura.
No los miró pasar. Pero, al cruzar junto a él, Adrián tuvo por primera vez la certeza —serena, rara, casi bienvenida— de que aquel pájaro llevaba semanas sabiendo exactamente quién era él.
Y, lo más extraño de todo, no le disgustó.