Los cuervos de la Catedral Capítulo 8 — Finis Terrae #2
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Capítulo 8 — Finis Terrae #2

Adrián sacó la cámara. Disparó tres fotos desde distintos ángulos.

Clara, con un guante fino de archivo que llevaba en el bolsillo, cogió el saquito por el cordel y lo levantó muy despacio.

Goteó un momento. Lo depositó con cuidado sobre una bolsa plástica que había traído preparada, la cerró, y la metió a su vez dentro del tubo protector del plano.

—Fuera —dijo.

—Un minuto —pidió Adrián—. Déjame comprobar algo.

Metió la mano en el vano, con cautela, y palpó la parte inferior del canal de salida, donde el agua iniciaba su descenso hacia el oeste.

Su dedo encontró, a un palmo dentro del canal, una pequeña saliente de piedra tallada.

La iluminó con la frontal. La piedra llevaba grabada, a punzón, una diminuta concha de vieira.

Adrián sacó la mano despacio.

—Está en el canal —dijo—. El que lanza desde aquí sabe que va bien encaminado por la concha.

—Cierre.

Adrián colocó la lasca en su sitio, con la ayuda de la cuña y de la goma, y la reajustó hasta dejarla como la habían encontrado. Luego se pasó la manga por la frente, que le sudaba pese al frío, y recogieron en silencio.

Volvieron sin hablar. Contaron los depósitos en orden inverso.

Pasaron junto a la lucerna vacía, junto a las gotas del techo, junto a la rigola estrecha del suelo.

A mitad de la galería, Adrián sintió, en la nuca, un ligero escalofrío que no le pareció físico.

Clara, delante, se detuvo también. Miró hacia arriba.

—¿Lo ha notado?

—Sí.

Durante tres o cuatro segundos, el aire de la galería —el aire mismo, no el suelo, no los muros— había vibrado.

Un movimiento casi imperceptible, más hondo que audible, como si algo, arriba, hubiera producido una onda y la onda hubiera descendido hasta ellos.

Después se desvaneció. Siguieron andando.

Cuando llegaron a la balsa, ambos escucharon, esta vez con claridad, tres notas cortas de campana. Eran las diez en punto.

—La campana de las diez —dijo Adrián, por decir algo.

—La campana de las diez —contestó Clara. Pero no parecía convencida de haberla identificado.

Subieron los cincuenta y un escalones y volvieron a la sacristía de plata.

Salvatierra no estaba. Había dejado, sobre la mesa, un papel doblado con el nombre de Clara escrito a pluma.

Lo cogió. Lo leyó en silencio, se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, sin comentarlo, y siguieron fuera.

Era poco antes de las diez y media cuando, a la luz del sol, Adrián miró a Clara, la bolsa con el saquito, y se dio cuenta de que tenía, en el bolsillo de la cazadora, la moneda que Salvatierra le había hecho meter, y que nadie le había explicado para qué.

—Clara. ¿Para qué me hizo meter la moneda el padre?

Clara lo miró un momento.

—Para no bajar sin dar algo a cambio. Es una vieja convención. A los depósitos nunca se va, si se puede evitar, sin dejar una moneda. No hemos dejado.

—Vaya —dijo Adrián.

—Tranquilícese —dijo ella—. No somos los primeros en olvidarnos.

Pero no parecía del todo tranquila al decirlo. En el bolsillo de Adrián, la moneda pesaba más que al bajar.

Fueron directamente al archivo. Clara dejó la bolsa del saquito en la caja fuerte del despacho, cerró con llave, y sacó en cambio, de la misma caja, un sobre de papel grueso, ya muy viejo, con un lazo negro.

—Ahora —dijo— le voy a enseñar algo que tengo que haberme ganado el derecho de enseñarle.

Esta carta lleva aquí tres semanas. La recibimos de un donante anónimo por correo certificado, con sello de una notaría de Pontevedra.

La acompañaba una nota breve, firmada por el mismo notario, que decía: Para uso interno del Archivo del Cabildo de Sevilla, en la persona de quien corresponda .

No explicaba más. La carta, dentro, es del año mil ochocientos ochenta y siete.

—¿Y se la dieron así, sin más?

—Sin más. Di recibo por protocolo. La catalogué como donación anónima de legado familiar sin identificar. No suele haber mucha prensa en esos casos.

—¿Y de dónde cree usted que viene?

—De la casa de un descendiente del firmante.

Una sobrina nieta, un bisnieto de alguien, una viuda de un canónigo de Compostela.

No sabemos. Alguien que, al morir su padre o su abuelo, encontró esta carta entre los papeles, no supo qué hacer con ella, y acudió a un notario gallego para que se la enviase al Cabildo de Sevilla sin comprometerse.

Desató el lazo.

Dentro del sobre había un segundo sobre, más pequeño, amarillento, con una marca de lacre roto.

Y dentro del segundo, una carta manuscrita en dos hojas dobladas.

La tinta era castaña, el papel grueso, con filigrana visible a contraluz.

Clara la desplegó con cuidado sobre el paño blanco de la mesa, apartó sus propias herramientas, y pidió a Adrián que se sentara.

La luz del archivo, a aquella hora de la mañana, entraba con una horizontalidad dorada por las ventanas que daban a la cubierta del claustro, dejando sobre el papel un haz amplio y cálido que, paradójicamente, daba a la carta una vida que ella no había tenido en la caja fuerte.

Clara corrió el haz un dedo hacia la derecha con una pesita de fieltro, para que la luz cayera exactamente en el punto medio del texto.

—Léala en voz alta si quiere —dijo—. Pero léala entera.

Adrián se acercó. La letra era una cursiva inglesa del último tercio del diecinueve, cuidadosa pero fatigada, escrita sin prisa pero sin floritura.

Empezó a leer, al principio con esa torpeza con que un profano lee manuscritos antiguos, y luego, poco a poco, con la fluidez de quien encuentra el ritmo del autor.

Señor Canónigo Fabrero. Le escribo desde Santiago, a trece de octubre de mil ochocientos ochenta y siete, en condiciones de salud precaria pero de ánimo firme.

Sé que esta carta, si llega a sus manos, lo hará tarde.

Le pido que la guarde usted en el archivo del Cabildo, con la nota que al efecto acompaño por separado, para que pueda, en su día, ser leída por quien corresponda.

No importa en qué momento. Importa que, cuando llegue ese momento, la carta esté allí.

Me llamo Evaristo Celis Montoya, soy canónigo en reposo, y durante treinta y dos años he servido a esa iglesia de Sevilla en oficios menores, siempre bajo obediencia, y con mi nombre, durante la mayor parte de esa obediencia, inscrito en los registros como uno más.

En mil ochocientos sesenta y tres, sin embargo, y por razones que no es necesario explicar aquí, fui admitido a otra obediencia, no menos cierta y sin duda más antigua, y en ella permanecí hasta mi traslado a esta diócesis, en mil ochocientos setenta y nueve, por motivos de salud y de continuidad.

La obediencia a la que me refiero, señor canónigo, no tiene nombre propio.

Tampoco tiene cabeza. Funciona, desde hace siglos, por custodias locales que se recogen unas a otras según sus necesidades y su entendimiento.

En Sevilla, esa custodia se centra en el sistema hidráulico antiguo de la iglesia catedral, y en la red de depósitos que discurre bajo ella y sigue hacia el occidente.

En Compostela, la custodia es de otra naturaleza, y se ocupa de lo que llega por esa vía, no todo siempre, y de lo que sigue después hacia el mar.

Le escribo, pues, para dejarle constancia de tres hechos: Primero.

Que durante mi tiempo en Sevilla, y siempre bajo juramento de confidencia, fui uno de los que recogieron y despidieron objetos por el décimo depósito, y que la red, en aquellos años, funcionaba con una regularidad notable.

Los envíos se hacían siempre en noches sin luna, y los objetos eran, casi siempre, reliquias menores, memorias materiales, y, en ocasiones excepcionales, restos humanos pequeños, como falanges o dientes, procedentes de sepulturas antiguas que debían ser reubicadas sin publicidad.

Segundo. Que durante mi tiempo en Compostela he recibido, de la misma red, seis envíos confirmados.

Los seis llegaron a su destino, los seis se integraron en el lugar que les correspondía, y los seis, en la documentación oficial de esta iglesia, no figuran.

Ninguno de los seis. Esto no es anomalía: es regla.

Tercero. Que en tiempos muy anteriores a los míos, entre el siglo diecisiete y el dieciocho, por la misma red circuló un envío que no era de reliquia ni de resto, sino de memoria pura: es decir, de una verdad incómoda que, en su momento, no convenía fuera sabida en Sevilla y que tampoco convenía fuera destruida.

Esa verdad, en forma de documento, fue confiada al agua, y llegó aquí.

Aquí sigue. No me es dado escribírsela. No me es dado, tampoco, impedir que, en algún momento, alguien de Sevilla venga a buscarla.

Si usted lee esta carta, señor canónigo, es porque alguien de esa ciudad ha empezado a preguntar lo que yo pregunté en mi juventud.

Le ruego que no lo disuada. Le ruego, también, que no lo acompañe más de lo estrictamente necesario: hay tramos de este camino que deben recorrerse en soledad, y las ayudas, cuando se dan de más, cansan al que camina.

Dios le guarde, y le dé a usted paz.

Evaristo Celis Montoya. Canónigo, Catedral de Santiago de Compostela. XIII de octubre de MDCCCLXXXVII.

Adrián se quedó con los dedos sobre el borde de la carta un rato muy largo.

No dijo nada. Clara tampoco. Fuera del archivo, los niños del grupo escolar que había entrado esa mañana a la Catedral salían ya, con un murmullo que llegó hasta la ventana, lejano, amortiguado, casi amable.

Adrián se pasó la mano por la cara.