Capítulo 8 — Finis Terrae
Finis Terrae
Volvieron al centro a las nueve y cuarto.
Clara aparcó en un hueco estrecho de la calle San Gregorio, metió el ticket del parquímetro bajo el limpiaparabrisas con la precisión mecánica de los funcionarios que nunca se fían del todo de los parquímetros, y subieron andando hasta la Catedral.
En el trayecto apenas hablaron. Adrián cargaba la bolsa de herramientas; Clara, bajo el brazo, un tubo protector de plástico rígido en cuyo interior había metido, enrollado, el plano de los veintitrés depósitos.
La mañana había perdido la claridad lavada que tenía a las siete y había ganado, en cambio, la luminosidad más dura de las diez de la mañana.
Las terrazas de la calle Fernán Caballero ya estaban montadas, con los camareros colocando las últimas sillas y los primeros parroquianos matutinos pidiendo el café de media mañana.
Un turista despistado, con la guía de Sevilla abierta por la página correspondiente a la Catedral, preguntó a Clara, tímidamente y en inglés, si aquélla era la calle correcta.
Clara le sonrió con cortesía profesional, le señaló con la mano el Arzobispal, que ya asomaba entre los edificios, y el turista se lo agradeció con un pequeño gesto de cabeza antes de echar a andar.
El plan era sencillo en teoría y menos en la práctica.
Bajarían los dos a la balsa, esta vez sin Salvatierra, por un permiso interno que Clara había conseguido firmar la tarde anterior con el argumento, enteramente veraz en su parte visible, de estar realizando un levantamiento fotográfico del trazado subterráneo para el inventario patrimonial.
Buscarían, desde la balsa, la galería del oeste.
Avanzarían hasta el décimo depósito. Lo examinarían.
Y estarían fuera antes de las doce del mediodía, suficientemente pronto como para regresar al archivo, comer algo rápido, y estar de vuelta en casa de Claudio a las seis con el portátil y el escáner portátil.
Todo eso, en efecto, estaba pensado para ser sencillo.
Rafael, el guarda, les abrió la puerta del Lagarto sin preguntar.
A la luz de la mañana, con la Catedral ya en régimen de actividad turística, el vestíbulo de servicio tenía otra textura, menos solemne, casi de oficina.
Había dos operarios de mantenimiento con escalera hablando sobre unas manchas de pintura desportillada, una empleada de la tienda anudando etiquetas a unos catálogos, y la radio lejana en volumen bajo donde alguien leía los titulares.
—¿Buen día, restaurador? —dijo Rafael al pasar, con esa cortesía suya entre formal y afectuosa.
—De momento bueno —contestó Adrián.
—Espero que siga así.
Rafael bajó ligeramente la voz al decir la segunda frase.
Fue un matiz mínimo, casi imperceptible.
Adrián, que ya le conocía, lo registró sin subrayarlo.
Clara, a su lado, tampoco pareció darse por enterada.
Los dos cruzaron el Patio de los Naranjos con el paso discreto de los que tienen permiso pero no quieren llamar la atención.
Salvatierra estaba en la sacristía menor.
Clara entró primero. El sacerdote levantó la vista desde una casulla doblada y, sin preámbulo, dijo:
—Sé adónde van. No les pregunto más.
—Gracias —dijo Clara.
—Sólo una cosa. El décimo depósito está alineado con el pilar central del tabernáculo, en el centro exacto del crucero.
Si por casualidad, estando allá abajo, notan que arriba pasa algo —una procesión, una misa, un golpeteo de obreros—, no intenten volver hasta que haya pasado.
La geometría del décimo, por algún motivo que nunca he entendido, amplifica. Peor para ustedes.
—Entendido.
Salvatierra los miró un momento más, como si quisiera sumar a la frase otra, y decidiera callar.
—Adrián.
—Dígame.
—La concha de anoche. ¿La tiene?
—La tengo.
—Lleve una moneda de otra cosa.
—¿Perdón?
—Una moneda. Cualquiera. De un euro. Déjesela en el bolsillo. Me lo agradecerá.
Adrián asintió sin comprender. Se palpó el bolsillo del pantalón: tenía calderilla suelta. Sacó una moneda al azar y la metió en el bolsillo interior de la cazadora, junto a la bolsita de la vieira.
—Padre.
—Sí.
—¿Y el otro objeto? La hebra negra.
Salvatierra lo miró un segundo. Clara le había dicho ya, al entrar, que la habían encontrado. El sacerdote no quiso prolongar ese frente.
—Déjenme esa a mí. Clara, si no le importa, me la pasa antes de bajar. Quiero enseñársela a alguien.
Clara sacó el pequeño sobre de su maletín y se lo entregó. Salvatierra lo guardó en el bolsillo interior de la sotana sin mirarlo.
—¿A quién? —preguntó Adrián.
—A una persona que entiende de sastrería clerical. No se preocupe. No va a haber preguntas embarazosas. Él tampoco es de los que hacen preguntas.
—De acuerdo.
Bajaron.
La sacristía de plata. El armario de las llaves.
La tercera llave por la izquierda, aquella misma, con la que Salvatierra les había abierto la primera vez.
La escalera de piedra. El descansillo. La cámara pequeña de los nichos.
La chapa metálica con los dos ganchos. La escalera con peldaños tallados en roca.
La balsa con la concha grabada en el muro y el enrejado en el fondo del agua quieta.
La ranura vertical disimulada en la pared lateral.
Esta vez, en lugar de cruzar la ranura hacia la sala pequeña de las inscripciones, Clara señaló la galería del oeste, marcada con una flecha discreta en el plano que había desplegado sobre la piedra plana.
—Por aquí.
Adrián iba delante con la linterna frontal encendida.
La galería se estrechaba enseguida. El techo, bajo.
El suelo, con un ligero descenso continuo, imperceptible al paso pero evidente al cabo de unos minutos.
Los muros eran de ladrillo antiguo, con algún tramo reparado con mampostería más reciente, y, cada ocho o diez metros, aparecía en la pared derecha una pequeña abertura cuadrada, de unos cuarenta centímetros de lado, cerrada por una lasca de piedra encajada a presión.
—Los depósitos —dijo Clara, sin detenerse—. Contamos.
—Uno —apuntó Adrián al pasar junto a la primera lasca.
A los pocos metros, otra.
—Dos.
Caminaban despacio, con la prudencia de los que saben que la galería no ha sido mantenida con criterios de seguridad modernos.
De tanto en tanto, un hilo fino de agua cruzaba la galería por una canalización lateral excavada en el suelo, una rigola apenas más ancha que dos dedos, por la que se escurría con un rumor constante, muy bajo, tan regular que al cabo de un rato uno dejaba de oírlo porque se integraba en el silencio general.
Las paredes, iluminadas al pasar con las frontales, mostraban la textura irregular del ladrillo viejo: costuras de mortero con pequeños abultamientos, zonas donde la cal de los siglos había ido oscureciendo los ángulos, pequeños agujeros —probablemente nidos antiguos de insectos de suelo— en los que el haz de luz no alcanzaba el fondo.
Olía a tierra encerrada, a un algo químico y mineral muy fino, como a caliza que llevase mucho tiempo sin ventilación.
En algún punto, Adrián notó que una gota le caía sobre la nuca desde el techo. Se la secó con el dorso de la mano. Olía a piedra fría, a sedimento, a raíz de ciudad. Era un olor ya familiar.
Contó siete. Ocho. Nueve.
A la altura del depósito décimo, la galería se ensanchaba ligeramente.
Había, además, una pequeña hornacina excavada en el muro izquierdo, en la que se veía encajada una lucerna antigua de cerámica, vacía, cubierta de polvo, que parecía no haber sido encendida desde hacía mucho más tiempo del que cualquiera de los dos podía calcular sin ayuda.
Junto a la hornacina, en el suelo, había una pequeña marca circular, gastada pero visible, que parecía indicar la posición precisa en la que durante siglos se había colocado quien fuese a inspeccionar el décimo.
Clara se detuvo.
—Aquí.
Se acuclilló frente a la lasca. Adrián se agachó con ella. La lasca no tenía mango, ni anilla, ni mecanismo. Estaba encajada a presión en el vano, con una técnica de ajuste que la humedad, lejos de debilitar, había tensado más. Clara pasó un dedo por el borde. Miró a Adrián.
—¿Se atreve?
—Con cuidado.
Adrián sacó de la bolsa una pequeña cuña de madera dura y un martillo de goma.
Introdujo la cuña por uno de los bordes con tres golpes ligerísimos.
La lasca cedió unos milímetros, con un chasquido seco.
Entre la cuña y dos palanquetas pequeñas, en cinco o seis minutos, consiguió moverla lo suficiente como para que, al tirar con cuidado hacia fuera, pudiera retirarse del todo.
La apoyaron en el suelo, contra el muro, cuidando de no partirla.
El vano, detrás, daba a una pequeña cámara.
No llegaba al metro de profundidad. Estaba hecha con el mismo ladrillo antiguo que la galería, y su fondo, de baldosa roja muy desgastada, mostraba una suave inclinación hacia un canal lateral que se perdía por la pared oeste, precisamente en la dirección en la que la conducción principal seguía su camino.
Dentro había, al aire, una pequeña cantidad de agua: no más de un centímetro, la justa para cubrir la base de la cámara con una lámina fina.
Y, sobre la lámina, flotando, un objeto.
Un saquito.
Un saquito de tela encerada, oscuro, del tamaño aproximado de un limón, atado en su cuello con un cordel.
No muy viejo. No tan nuevo como para ser reciente.
La tela se había decolorado en los bordes, y había un ligero moho en la parte sumergida.
Pero el cordel conservaba el nudo intacto, y la forma del saco era compacta: contenía algo duro en su interior.
Clara y Adrián se miraron.
—Lo recojo yo —dijo ella, bajando la voz—. Usted fotografía.