Capítulo 7 — El oeste de Sevilla #3
—Sigue —dijo, para sí misma, y leyó—: El que se haya preguntado hacia dónde va lo que se confía al agua, entienda que va hacia el oeste.
Y que, cuando llega al depósito último, no se detiene, aunque la mano de Sevilla ya no lo siga.
Hay otras manos. Hay, concretamente, tres manos mayores que recogen de la nuestra: una en el norte, una en el camino, y una al fin.
No he visto yo ninguna de las tres. Pero he oído hablar de ellas a mi padre, que las oyó a su padre, que las oyó, a su vez, en boca de un clérigo portugués que estuvo en nuestra casa en mil seiscientos treinta y nueve, y que dejó dicho, antes de marcharse, que lo que aquí guardamos es sólo el comienzo.
Los tres se quedaron callados.
—Tres manos —dijo Adrián, al cabo.
—Tres manos —confirmó Clara.
—Y ninguna se nombra.
—No directamente —dijo Claudio—. Pero una en el norte , otra en el camino , y otra al fin , son tres lugares. Y no son cualquier lugar.
Clara, que llevaba un rato pensando en silencio, cerró los ojos un instante.
—Una en el camino . Una ruta. La ruta por antonomasia, en castellano antiguo, cuando se hablaba de rutas sin especificar, era la jacobea.
—Sí —dijo Claudio.
—Una al fin . Finisterre . O su versión tardomedieval, Finis Terrae . En el cuaderno del archivo que mencionó mi antecesora, en una nota de 1947, aparecía esa palabra, Finis , escrita junto al depósito número veintitrés.
—Sí —dijo Claudio otra vez.
—Y una en el norte .
Claudio abrió las manos con un gesto de desconocimiento honesto.
—Ese —dijo— yo no sé cuál es.
Clara pasó otra página. Había, en la parte superior, un pequeño dibujo hecho a pluma.
Un mapa muy esquemático, casi un garabato, con un círculo a la derecha y otro círculo a la izquierda, y una línea punteada entre ambos.
Sobre el círculo de la derecha, Sebastián había escrito: S .
Sobre el círculo de la izquierda, una sola letra: F .
Y junto a la línea, en el centro, una anotación discreta:
Aquí pasa el Camino Negro, y de aquí no se vuelve.
Adrián estudió el croquis. Era, obviamente, un esquema muy burdo. Pero el sentido era clarísimo: Sevilla en el este, Finisterre en el oeste, y una línea —un conducto, una continuidad— uniéndolos.
Dijo, en voz baja:
—No se vuelve.
—Así lo escribió —dijo Claudio—. Y así se lo dejó a quien viniera detrás.
Clara terminó el café. Durante un rato largo, ninguno de los tres habló. Fuera, un vecino pasó por la calle Alfarería con un carrillo tintineante: probablemente un chatarrero, probablemente madrugador. Un coche arrancó a lo lejos. Una paloma aleteó sobre uno de los arcos del patio.
Clara, al cabo, cerró el cuaderno con cuidado.
—Claudio, ¿podemos llevarnos el cuaderno al archivo durante unos días?
Claudio apretó un poco el bastón contra el muslo.
—No.
—Lo trataríamos con todas las garantías.
—No es por el trato. Es por la regla.
—¿Qué regla?
—El cuaderno no sale de esta casa. Nunca salió, en trescientos años. No puede salir hoy.
Clara asintió.
—¿Podemos volver? Con un portátil. Y digitalizarlo aquí mismo.
Claudio lo pensó un momento.
—Sí. Pueden volver. Esta tarde si quieren.
—Esta tarde.
—A las seis.
Se levantaron. Claudio devolvió el cuaderno a una caja pequeña que había junto a la pared, cerró la caja con dos vueltas de una llave pequeña, y se guardó la llave en el bolsillo del mandilón.
Adrián y Clara se despidieron. Antes de salir, Adrián, sin proponérselo, se quedó un momento más en el patio.
Miró, una vez más, la boca ennegrecida del horno grande. Claudio lo notó.
—Mírelo bien, señor Vega. Ese horno, cuando lo abra por dentro en su cabeza, va a seguir ahí. Aunque la vieira ya no se vea. Aunque mi hijo, el día que vuelva a esta casa, decida tirar la pared y hacer un garaje.
—¿Cree que eso va a pasar?
Claudio se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero un día va a pasar. A mí lo que me importa ya no es cuánto dure lo que ustedes ven aquí. Me importa que alguien lo haya visto antes de que desaparezca. Esa es toda la custodia que me quedaba por hacer, y ya la he hecho.
Cerró la puerta detrás de ellos.
En la calle Alfarería la mañana había avanzado.
Había más gente: una vecina con una cesta, dos obreros bajando un tabique, un gato bebiendo agua de un charco.
Adrián y Clara caminaron en silencio hasta el coche.
Subieron. Clara no arrancó enseguida. Se quedó con las manos en el volante, mirando a través del parabrisas, sin ver exactamente nada.
—Adrián.
—Sí.
—Tenemos que volver a bajar. Esta misma tarde. Antes de las seis.
—¿Bajar adónde?
—Al subsuelo de la Catedral. Quiero ver uno de los veintitrés depósitos.
El cuaderno de Sebastián y los documentos del archivo coinciden en un punto: el décimo.
Es el primero situado más allá del perímetro del templo, es decir, el primero que ya no está debajo de la Catedral sino debajo de la Avenida de la Constitución.
—¿Y por qué ese?
—Porque si la línea que usted trazó anoche en el pavimento con los cuatro pilares en almendra se prolonga hacia el oeste, el décimo depósito es, con un margen de error pequeño, donde esa línea sale del perímetro de la Catedral.
—¿Y bajar al décimo nos serviría para qué?
Clara arrancó.
—Para verlo con ojos propios. Para dejar de depender de planos. Y, sobre todo, para comprobar si ahí sigue habiendo tráfico.
—¿Tráfico?
—Si alguien, en los últimos años, ha estado usando el sistema.
Tomaron el Puente de Triana en sentido inverso.
A aquella hora, con el sol más alto, el agua había dejado de ser espejo y empezaba a mostrar pliegues pequeños en los que se reflejaba con desigualdad la Torre del Oro, la Giralda al fondo, los tejados.
Adrián bajó su ventanilla. El olor del río, mezclado con el del asfalto, le entró con una limpieza que no se parecía a ningún otro olor de Sevilla.
Miró hacia el oeste.
No se veía Finisterre, claro. Pero se veía la curva del río perdiéndose entre árboles, en la dirección que años antes —cuando todavía no existía el concepto de carreteras— había tomado toda mercancía, toda nave, todo hombre que había querido salir de Sevilla hacia mar abierto.
El Guadalquivir hacia Sanlúcar. Sanlúcar hacia el Atlántico.
El Atlántico hacia la costa que en algún momento se volvía finisterre, y después ya no había castellanos que llamaran a aquello de ninguna manera.
Adrián subió la ventanilla.
—Clara.
—Sí.
—Cuando Sebastián escribió que de aquí no se vuelve , ¿cree usted que se refería a lo que viaja, o a los que lo envían?
Clara no apartó los ojos de la carretera. Durante un rato largo, no contestó. Después, cuando ya estaban cruzando la parte central del puente, habló en un tono que era más bajo que el habitual.
—Llevo veinticuatro horas preguntándome lo mismo.
Y honestamente, Adrián, todavía no lo sé.
Pero hay una manera castellana antigua de escribir así, y en esa manera, cuando se dice de aquí no se vuelve , no se está hablando casi nunca del viajero.
Se está hablando, en general, del viaje.
El viaje es el que no vuelve. La gente, si aguanta, vuelve casi siempre.
—¿Casi siempre?
—Casi siempre.
Adrián asintió sin decir nada. Miró por la ventanilla. Un hombre estaba pescando, con la calma absoluta que sólo tienen los pescadores fluviales matutinos, en un recodo del río bajo el puente. Un perro lo acompañaba, tumbado junto a la caña, con una paciencia equivalente.
El coche cruzó el puente y se metió por la Avenida de la Constitución.
A sus pies, invisible, la vena seguía su camino.
A las diez y veinte, aparcaron en la calle San Gregorio. Antes de bajar del coche, Adrián sacó del bolsillo interior la pequeña bolsa con la vieira. La puso sobre el salpicadero.
—Clara. ¿Me la llevo o se la doy a Salvatierra?
Clara miró la vieira. Lo pensó un momento.
—Hoy, llévesela usted. Salvatierra no la ha pedido. Si la quiere, la pide. Por ahora, funcione como si la hubiera recibido usted, que es, al fin y al cabo, la verdad.
Adrián la volvió a guardar en el bolsillo.
Bajaron del coche. Y caminaron en silencio hasta la Catedral.