Los cuervos de la Catedral Capítulo 7 — El oeste de Sevilla #2
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Capítulo 7 — El oeste de Sevilla #2

El coche de Clara era un utilitario viejo, color crema, con el interior muy limpio pero lleno de esos rincones acumuladores de papeles que tienen los coches de la gente con oficios intelectuales: tickets de aparcamiento en el salpicadero, un pañuelo doblado en la guantera, un libro de tapa dura caído de lado sobre el asiento trasero, y —curiosidad discreta— un mapa de la provincia de Sevilla, plegado por el pliegue pero ya muy usado, metido en la red del copiloto.

En el retrovisor interior colgaba un pequeño llavero con una concha de vieira de plástico, de las que se venden como souvenir en los puestos del Camino de Santiago.

Adrián la miró un momento y decidió no preguntar.

Clara, al arrancar, la hizo girar sin querer, y la concha de plástico se quedó oscilando un minuto antes de parar.

Bajaron al garaje sin hablar. Arrancaron.

Cruzaron la ciudad aún dormida por calles que a aquella hora, antes de las ocho, tenían un silencio casi campestre.

Pasaron por delante de la Maestranza, siguieron por el Paseo de Colón, y tomaron el Puente de Triana.

El Guadalquivir estaba, otra vez, liso como un metal vertido, y bajo el puente bajaba con esa solemnidad suya de agua que lleva siglos sin disculparse con nadie.

—Adrián —dijo Clara, sin apartar la vista del volante.

—Sí.

—Ahora tiene que mirar el río de otra manera.

—¿De qué manera?

—Deje de verlo como borde. Véalo como canalización.

Adrián miró el agua.

La primera vez que la miró así, efectivamente, la vio de otra manera.

El Guadalquivir no separaba la Sevilla de piedra de la Sevilla blanca: las unía.

Atravesaba el centro de ambas. Era el cuerpo mayor de un sistema mayor, y las dos ciudades eran bancos de ese sistema.

La Giralda, el Arzobispal, la Catedral quedaban a una orilla.

Triana a la otra. Pero el río era el eje.

Y, debajo del río, un eje más estrecho y más antiguo llevaba, según él iba entendiendo, exactamente la misma dirección.

—Ya no es borde —dijo, casi en voz baja.

—No —contestó Clara—. Es conducto.

Era la primera vez que se lo decía con esas palabras exactas. Pero Adrián supo, con una claridad fría, que las llevaba sabiendo desde hacía días.

Durante el resto del trayecto, que apenas fueron cinco minutos, no volvieron a hablar.

En la radio, que Clara había dejado encendida a volumen muy bajo, una tertulia de la mañana discutía, sin urgencia, asuntos de la actualidad política.

La voz del moderador, de timbre aprendido, iba llenando el habitáculo con una pátina de rutina que, en contraste con lo que Adrián y Clara tenían entre manos, parecía pertenecer a otra Sevilla.

A otra España. A otro registro de preocupaciones.

Claudio Paniagua abrió la puerta casi antes de que tocaran la aldaba. Como la tarde anterior, llevaba el mandilón azul oscuro sobre la camisa blanca, y el bastón en la mano derecha. Vio a Clara. Inclinó un poco la cabeza en un gesto que era medio saludo y medio reconocimiento profesional.

—Archivera —dijo.

—Señor Paniagua.

—Usted no es de los Bru del Arenal.

—No. Soy de otros Bru.

—Ya. Pase.

Cruzaron el patio. A aquella hora de la mañana la luz no entraba tan vertical; se quedaba descansando sobre los muros blancos en una línea dorada que subía despacio por el encalado según avanzaba la hora.

Los geranios seguían sin florecer. El gato de Claudio, si lo había, no se dejó ver.

Sobre la mesa de madera estaban ya tres tazas y una cafetera, y al lado, dispuesto con cuidado sobre un paño de hilo blanco, un cuaderno antiguo.

Pequeño. Del tamaño de un libro de rezos de bolsillo. Tapas de cuero rojizo, muy oscurecido por el uso, y un cierre metálico simple que no estaba echado. Las hojas, visibles por el borde, eran de papel verjurado, todas amarillas, todas cosidas con un hilo que había sido negro y era ahora gris.

A la mesa se habían añadido también, con el mismo cuidado que caracterizaba a Claudio, dos lámparas pequeñas de mesa —las sacó en el último momento de la habitación contigua, conectadas a un alargador del comedor— y un paño de hilo separado, blanco, para manipular las páginas.

Claudio lo miró desde su lado de la mesa con la misma atención con la que se mira un objeto que uno ha guardado muchos años para un momento que hasta entonces no había llegado.

—Este es el cuaderno del tío Sebastián —dijo—. Siéntense.

Adrián y Clara se sentaron. Claudio sirvió el café, despacio, como si la operación merecía más atención que ninguna otra de la mañana. Después, con mucho cuidado, abrió el cuaderno.

—Primero tienen que saber algo —dijo, antes de mostrar nada—.

Este cuaderno no es un diario. No es un recetario, aunque lo parece en algunas páginas.

No es, desde luego, un libro de contabilidad.

Es un manual. Lo escribió mi tío Sebastián en los últimos doce años de su vida, entre mil seiscientos ochenta y ocho y mil setecientos.

Y lo escribió para quien viniera detrás de él.

—¿Con qué propósito? —preguntó Clara, ya con esa concentración profesional de los archiveros.

—Con el propósito de que no se perdiera el oficio.

Abrió la primera página. La letra era una cursiva cuidada, con una inclinación suave, de las llamadas cortesanas continuas , bien conservada. Clara se acercó. Adrián también, aunque sabía que la mayor parte de la descodificación iba a caer sobre ella.

La primera hoja contenía una dedicatoria breve, escrita en la parte superior y firmada en la inferior.

Al que venga después de mí en esta casa, y quiera saber lo que yo he sabido, sin hacer ruido fuera de ella.

Sebastián Paniagua de la Riba. Hijo de Alonso. Alfarero mayor. Sevilla, año del Señor de mil seiscientos ochenta y ocho.

Debajo, sin firma ni comentario, había una frase breve, al parecer añadida después, en tinta un poco distinta:

No todo lo que fluye es agua.

Clara la leyó en voz baja. Adrián, del otro lado de la mesa, sintió un escalofrío limpio recorrerle la espalda.

Claudio pasó varias páginas. Hojas con dibujos pequeños de piezas de cerámica.

Hojas con medidas. Hojas con recetas de engobes y vidriados.

El cuaderno era, durante su primera mitad, un compendio práctico de alfarería.

Sólo si se leía con atención se veían, aquí y allá, símbolos pequeños al margen que no correspondían con el contenido técnico de la página: una concha, una estrella de cinco puntas, una cruz, un número romano.

La tinta de esos símbolos era, además, ligeramente más oscura que la del texto, como si Sebastián los hubiera añadido al cabo del tiempo, una vez terminada la página técnica.

—Esa parte es el disfraz —dijo Claudio, sin mirar—. El que cogía el cuaderno sin saber, leía un manual de alfarería. Los símbolos del margen, para él, eran adornos. Para el que sabía, eran la marca de que el texto del interior, bajo la alfarería, llevaba otro texto.

—¿Y el otro texto dónde está? —preguntó Adrián.

—En la segunda mitad.

Pasó más páginas, rápido, hasta la mitad exacta del cuaderno. Allí el contenido cambiaba. La letra era la misma, pero lo que se leía ya no eran medidas ni recetas. Era prosa corrida. Empezaba, en la parte superior de la hoja, con una única línea centrada:

DE LA VENA QUE TRANSCURRE.

Clara se puso las gafas que se había traído. Adrián guardó silencio y dejó que ella leyera.

Leyó durante unos minutos, en voz muy baja al principio y después, cuando quiso compartir, en voz normal.

— La vena del Camino Negro no es una vena de agua, aunque por ella corra agua.

No es una vena de piedra, aunque discurra bajo piedra.

Es una vena de memoria, y la memoria, cuando es antigua, escoge el curso del agua para no gastarse.

Ha sido custodiada, desde tiempos que yo no conozco, por manos que no han dejado nombre.

Si tú lees esto, y eres sobrino o nieto mío o descendiente de cualquier modo, has de saber que la casa en que vives recibe parte de esa vena, y que el horno grande del patio fue construido sobre uno de sus depósitos menores.

De ahí viene que en sus ladrillos, a ratos, suene lo que no debe sonar en un horno.

Clara levantó la vista.

—Está describiendo, exactamente, lo que pasó ayer cuando Adrián metió la oreja al suelo del horno.

—Siga —dijo Claudio, sin inmutarse.

Clara continuó.

— Los depósitos del sistema son veintitrés.

Los primeros, los más antiguos, están bajo el templo mayor.

Los últimos, bajo tierra no sevillana. La vena cruza el río en un punto que los antiguos marcaron con concha.

Por eso, si alguna vez te es dado bajar al horno y ves que hay concha grabada, has de entender que estás sobre el paso. No sobre el final.

—Veintitrés —dijo Adrián.

—Veintitrés —repitió Clara.

—Los mismos del plano del archivo.

—Los mismos.

Claudio asintió desde su silla.

—Lo que estudió usted ayer en sus mesas —dijo, mirando a Clara—, mi tío Sebastián lo dejó escrito aquí hace trescientos cuarenta años. Con menos cifras, porque entonces no hacía falta. Con menos pruebas, porque entonces no se discutía.

Clara pasó la página. Lo hizo con ese cuidado de oficio que tenía ya Adrián perfectamente identificado: no pasaba las hojas con las yemas, sino con el borde seco del nudillo, por la esquina exterior, manteniendo las páginas a la misma distancia del papel cuando las separaba.