Los cuervos de la Catedral Capítulo 7 — El oeste de Sevilla
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Capítulo 7 — El oeste de Sevilla

El oeste de Sevilla

A las siete menos diez, Adrián llamaba al telefonillo de Clara Bru en la calle Torneo.

La mañana era limpia, un poco fría, con esa claridad azulada que tiene Sevilla antes de las nueve en marzo.

El Guadalquivir, por el que había caminado media hora desde su casa, bajaba con la lámina tan quieta que parecía haberse convertido en un espejo tumbado.

Había salido a pie de Conde de Ibarra a las seis y media, con la bolsa ligera y la cazadora puesta.

Había bajado por la calle Santa María la Blanca, cruzado los Jardines de Murillo casi vacíos a aquella hora, cogido la Avenida de la Constitución en sentido norte, y continuado después por la orilla del río.

El Guadalquivir, a primera hora de la mañana, tenía otra calidad que por la tarde: más silencioso, más limpio, con gaviotas dispersas sobreviviendo al frío pegadas a la lámina.

Una pareja de corredores matutinos le había adelantado a la altura de la Torre del Oro, con esa cortesía urbana de los deportistas madrugadores; un repartidor en bicicleta, con la caja térmica a la espalda, había pasado en sentido contrario silbando una cancioncilla.

Dos barrenderos del servicio municipal trabajaban ya en la plaza del Ayuntamiento vacía, con ese ritmo discreto de los oficios invisibles.

Adrián los había mirado con otra atención desde hacía unos días, y se había preguntado —sin detenerse— cuántos años llevaría cada uno barriendo aquellas esquinas, y qué sabrían, sin haberlo nombrado nunca, de la ciudad que pisaba.

Clara le abrió sin decir nada. Adrián subió tres pisos por una escalera estrecha de mármol blanco, pasó junto a una bicicleta vieja encadenada al pasamanos y, al llegar al tercero, encontró la puerta entornada. Empujó.

El piso de Clara era como ella: ordenado sin aspaviento, limpio, con más libros que muebles y con el tipo de confort mínimo que delataba a una persona que pasaba la mayor parte del día fuera de casa.

Había entrado directamente a una sala estrecha con una mesa de madera, cuatro sillas desparejas, una librería baja llena hasta el tope, y una ventana larga por la que se veía, entre los tejados, una línea incompleta del Guadalquivir.

La librería ocupaba toda la pared de la derecha.

Adrián, por costumbre de sus visitas a casas ajenas, echó un ojo a los lomos sin que pareciera que lo hacía.

Había bastantes libros profesionales —manuales de paleografía, catálogos de archivo, algunos volúmenes de historia eclesiástica—, pero también, en las baldas bajas, otra literatura distinta: novelas de Mercè Rodoreda, ensayos de Javier Marías, una edición antigua de El cuarteto de Alejandría , varios tomos de poesía en ediciones de mala calidad pero muy manejadas.

Sobre una repisa, dos fotografías enmarcadas: una, en blanco y negro, de un hombre de unos cincuenta años de pie frente a un edificio moderno con el brazo sobre los hombros de una niña; la otra, en color, de una mujer mayor sonriendo en una playa del norte con un gorro de punto.

Su padre. Su madre, supuso Adrián. No preguntó.

En la mesa, junto al portátil cerrado y la carpeta delgada, había una taza con un culillo de café de la noche anterior, una pluma estilográfica de las que ya no se usan, y un pequeño cuenco con cerezas secas.

Todo daba la impresión de haber sido usado hacía poco y colocado con un pequeño sentido de la composición.

Clara estaba junto a la cocina, de espaldas a él, preparando el café en una cafetera italiana antigua. Llevaba el pelo suelto por primera vez desde que Adrián la conocía. Vestía una sudadera gris y unos vaqueros. Parecía, sin las gafas, mucho más joven que en el archivo.

—Siéntese —dijo, sin girarse—. Dos minutos.

Adrián se sentó. Sobre la mesa había una carpeta delgada, varios libros abiertos, un portátil cerrado, y un pequeño paquete envuelto en papel de estraza atado con cordel, que parecía haber sido preparado para ser transportado.

Dejó la bolsa de herramientas a los pies de la silla y sacó, del bolsillo interior de la cazadora, las dos bolsitas pequeñas: la de la vieira, y la de la hebra negra.

—Clara.

Se giró ella. El café estaba empezando a subir.

—Dígame.

—Anoche aparecieron estas dos cosas en la Catedral.

Las puso sobre la mesa.

Clara se acercó. Se agachó sobre la mesa y las miró sin tocarlas. Primero la vieira. Después la hebra.

—Levante la cortina —pidió, sin apartar la vista—. Se ve mejor con luz lateral.

Adrián corrió un poco la cortina. La luz del sol, a las siete pasadas, entró plana y rasante, iluminando los objetos con un ángulo cómplice. Clara se sentó. Sacó de un cajón una lupa de joyero. La aplicó.

Tardó en hablar.

—La vieira. Siglo diecisiete tardío —dijo, al fin—.

Probablemente de las últimas décadas. Piedra caliza blanca, de grano muy fino, posiblemente de Estepa.

Trabajada a pulso, sin torno. El agujero superior es antiguo, no posterior: el pulido interior no muestra el corte limpio de una broca moderna.

Aquí, sobre el borde lateral, hay unas líneas muy pequeñas. ¿Las ve?

Adrián se inclinó. Había, efectivamente, tres líneas verticales talladas en el canto de la concha, casi imperceptibles, como tres pequeñas muescas ordenadas.

—Tres.

—Sí. Tres.

—¿Qué significa?

—Que perteneció al sistema.

Clara dejó la lupa sobre la mesa. Apagó el fuego del café. Sirvió dos tazas. Se sentó frente a él.

—Estas piezas se usaban como distintivos de pertenencia en la red de custodios —explicó, con esa tranquilidad profesional que era ya su marca—.

Había varios modelos. Hay una tesis doctoral inédita de los años setenta que las menciona, escrita por un seminarista que luego colgó los hábitos. No la terminó. La tengo en el archivo.

—¿Y las muescas?

—El número indica función dentro de la jerarquía informal, creo. Una muesca, custodio menor. Dos, custodio intermedio. Tres, custodio mayor. Cuatro o más, el propio depositario del lugar. Pero esto último es deducción mía, no dato confirmado.

—¿Y por qué habrán dejado una en mi andamio?

—Adrián, ayer escribió usted en su cuaderno las palabras Camino Negro , ¿verdad? Y probablemente, estando allí solo a esas horas, habrá hecho algún experimento.

—Sí. Con el generador y con el martillo. Las campanas contestaron.

Clara bajó la vista al café.

—Entonces le han identificado.

—¿Identificado cómo?

—Como alguien que sirve . Palabra de Tomás Beltrán, ¿no? Pues eso. La vieira es su confirmación. No le dicen bienvenido. No le dicen lárguese. Le dicen le hemos oído . Y le recuerdan, con las tres muescas, que pertenece a una cadena que no empieza con usted.

—¿Y no es una advertencia?

—En cierto modo sí. Una cadena implica responsabilidad. Si a usted le han dado la insignia, asumen que ya sabe que hay reglas.

—¿Qué reglas?

Clara bebió un sorbo largo de café.

—Eso es lo bueno. Nunca fueron escritas. Tampoco le serán explicadas a usted. Se deducen del comportamiento.

—Nunca acaba uno de entender de dónde saca usted tanta información.

Clara sonrió, sin alegría pero sin reserva.

—De haber pasado dos años, en vez de la mayoría, ordenando los márgenes del archivo en vez de los centros. Allí hay más de lo que parece.

Cogió la segunda bolsita. Sacó con la pinza fina, desplegándola sobre un paño blanco, la hebra de tela negra que Adrián había encontrado en el suelo.

La examinó con la lupa. Se acercó un poco más la mesa. La olió con discreción profesional, sin exageración.

—Es sotana —dijo, al fin—. Tela tipo crep, negra, de la calidad media. Tela moderna, no antigua. Probablemente de hace cinco o diez años. Hay un fabricante en Salamanca que provee a la mayoría de los seminarios menores. Ésta puede ser una de sus piezas.

—¿De alguien concreto?

—Imposible saberlo. Pero sí podemos decir algo: es sotana de uso diario, no ceremonial. La tela ceremonial es más pesada y más brillante. Ésta es mate.

—Así que puede ser la de cualquier sacerdote joven.

—O de cualquier canónigo nuevo —completó Clara, sin énfasis.

Se miraron un momento. Ninguno de los dos pronunció el nombre. No era el momento. Pero los dos, al mismo tiempo, dieron por cerrada la pregunta.

Terminaron el café en silencio, sin prisa, como dos personas que han compartido la primera taza de un día largo y no tienen necesidad de rellenar el aire.

Adrián recogió la vieira y la devolvió a su bolsita.

La hebra, Clara se la guardó en un sobre pequeño que fechó con bolígrafo y metió en su maletín.

—¿Qué es el paquete? —preguntó, señalando el envoltorio de estraza.

—Lo que Claudio Paniagua me pidió anoche por teléfono que le llevara.

—¿Y qué es?

—Unas fotografías. De otro cuaderno. Uno que tenemos en el archivo.

Adrián la miró.

—¿Otro?

—Otro. Desde ayer. No lo había cruzado con el del tío Sebastián porque no tenía forma de pedir comparación sin que Claudio estuviera de acuerdo. Llamé anoche a su casa. Aceptó.

—¿Llamó anoche a Claudio?

—A las once. Le dije que le había encontrado algo. No le dije qué.

Adrián se pasó la mano por la cara. Durante un segundo se preguntó si Clara dormía. Después se preguntó si alguna vez en su vida había dormido.

—Vamos.