Capítulo 6 — El idioma de la piedra #3
Se acordó, con una precisión incómoda, de las últimas palabras de Salvatierra. Si se cruza con alguien, no le salude. En aquel momento le habían sonado a exceso de cautela. Ahora le sonaban a instrucción operativa.
Dejó pasar todavía otro minuto antes de moverse. Luego dos. Luego tres. Al final, cuando le pareció que ya no iba a volver a oír nada, se atrevió a encender de nuevo la frontal al mínimo y a dar los primeros pasos.
Cuando se asomó al fondo de la nave, no vio a nadie. La puerta de la sacristía mayor estaba cerrada. La Catedral entera volvía a ser, en apariencia, un volumen vacío a punto de amanecer. No había rastro físico de que alguien hubiera pasado por allí.
Sin embargo, al volver a su andamio, Adrián se dio cuenta de algo.
Sobre el borde del tablón, justo donde había apoyado la cámara térmica, había un pequeño objeto que él no había dejado.
Era una concha.
Una vieira, pequeña, de piedra blanca muy pulida, del tamaño aproximado de un euro, con un agujero en la parte superior por el que en otro tiempo había pasado, probablemente, un cordón. No tenía polvo. Estaba limpia. Estaba, por decirlo así, recién llegada.
Adrián la miró un rato sin tocarla.
La luz de las lamparillas votivas, entrando en un ángulo bajo, hacía que el polvo en suspensión del crucero —ese polvo fino que en la Catedral parecía no posarse nunca— pareciera caer sobre la vieira con una especie de lentitud dorada.
Como si el polvo mismo del templo supiera que acababa de llegar algo.
En el canto lateral de la pieza, bajo aquella luz rasante, Adrián distinguió tres pequeñas muescas verticales, talladas con una minuciosidad que no se apreciaba a primera vista.
Tres. Muy pequeñas. Casi invisibles. Puestas en el borde exterior de la concha, como tres pequeños pliegues.
Se acuclilló frente al tablón. La miró mejor. No la tocó.
Sentía latidos en las sienes.
Después, con el cuidado con el que se toca un indicio, la recogió con una gasa pequeña, la metió en una bolsita cerrada y se la guardó en el bolsillo interior de la cazadora.
No volvió a mirar atrás. Recogió las herramientas con una premura que no había sentido en toda la tarde.
Dobló el tablón. Apagó las luces restantes. Se puso la bolsa al hombro.
Antes de salir de la nave, en el tramo donde antes habían sonado los pasos, se detuvo un momento más y se agachó.
Había en el suelo, junto a uno de los bancos de una capilla lateral, un trozo pequeño de tela negra.
Oscura. Fina. Podía ser una hebra arrancada de una sotana, de un bajo, de un forro.
Podía ser de ayer. Podía ser de hace seis meses.
La examinó sin tocarla con los dedos, sólo con la frontal.
Luego, por si acaso, la recogió también con una gasa distinta, la puso en otra bolsa, y la guardó al lado de la concha. Dos indicios. Dos bolsas.
Salió por la puerta del Lagarto a las doce y veinte, con veinte minutos de retraso sobre la hora a la que Salvatierra le había dicho que se fuera.
Rafael no estaba en su sitio: sobre el banco había una taza de café a medio terminar, y la carpeta de permisos cerrada con un clip.
Tampoco Adrián le buscó. Probablemente estaría haciendo una ronda.
Probablemente todo era normal. Probablemente.
Fuera, la Plaza Virgen de los Reyes estaba fresca.
El cielo, alto, tenía esa claridad particular de las noches de marzo sin nubes, con una luna no del todo llena colgando encima del Arzobispal.
Adrián respiró hondo. Le temblaban un poco las manos, cosa que ya no le pasaba desde los primeros trabajos serios, hacía quince años.
Caminó hacia su casa sin mirar los charcos.
Sabía perfectamente lo que iba a ver en ellos si los miraba.
En el camino se cruzó con un par de noctámbulos solitarios —un hombre joven con auriculares, una mujer mayor con un perro pequeño— a los que devolvió el saludo de madrugada con una brevedad que no era descortesía sino cansancio.
Al llegar a Conde de Ibarra, sacó el móvil del bolsillo y escribió un único mensaje.
Clara. Voy a ir mañana a Triana. Pero antes tengo que enseñarle algo.
Contestó ella en cuatro minutos.
Venga a mi casa a las siete. Le pongo café.
Adrián guardó el móvil. Levantó un momento la vista hacia la cornisa donde, dos noches atrás, se había posado un cuervo. La cornisa, a aquella hora, parecía vacía a primera vista.
No del todo.
En el borde, en el sitio exacto donde el pájaro había estado, había una sola pluma negra. Pequeña. Probablemente llevaba ahí desde entonces. Probablemente no significaba nada.
Pero Adrián, por primera vez en su vida adulta, consideró seriamente la posibilidad de que algunas plumas se quedaran donde se quedaban por alguna razón que la ornitología no tenía todavía catalogada.
Entró en el portal.
Arriba, el perro ya estaba despierto. No ladró. No ladraba nunca.
Adrián dejó la bolsa en el suelo del recibidor con un cuidado distinto al habitual.
Se quitó la cazadora. La colgó en el perchero.
Antes de ir al dormitorio, sacó las dos bolsitas del bolsillo interior y las dejó sobre la mesa de la cocina.
La vieira, la hebra negra. Se quedó mirándolas un momento, bajo la luz amarillenta del fluorescente, antes de entender que no iba a sacar nada en claro aquella noche.
Se lavó las manos. Se lavó la cara. Miró el reloj: las doce y cuarenta. Fue al dormitorio. La mancha del parquet seguía allí, como cada noche, pero Adrián, por primera vez, no se agachó a medirla. Ya la medirían mañana Clara y Salvatierra y él juntos, si hacía falta. Aquella noche, no.
Se acostó. Tardó en dormirse. Pero cuando lo hizo, durmió sin sueños que recordase.
Quizá fue la primera vez, en diez días, que le concedió al cuerpo ese favor.