Capítulo 6 — El idioma de la piedra
El idioma de la piedra
Eran las doce y cuarto cuando Adrián salió del archivo.
El sol, a esa hora, caía vertical sobre el Patio de los Naranjos y lo dejaba todo vibrando en ese blanco particular de Sevilla que en otros lugares sólo sale en verano.
Bajo los naranjos, los gatos se habían desperezado y tomaban el sol sobre las losas calientes, sin inquietarse por los grupos que entraban y salían.
Uno, rubio y viejo, que Adrián ya había visto el día anterior, lo miró pasar con esa atención distraída de los animales que ya se han hecho a la cara de uno.
Al salir del claustro, una pareja de turistas japoneses le preguntó, con la cortesía minuciosa de los visitantes bien informados, cómo llegar a la Torre del Oro.
Adrián les respondió en inglés, les indicó la salida por la Avenida de la Constitución, y se separó sin más.
El hombre, al despedirse, inclinó la cabeza con una reverencia pequeña que Adrián devolvió por reflejo.
En la Plaza Virgen de los Reyes, un autobús turístico descargaba un grupo nuevo con esa docilidad de ganado satisfecho que tienen las excursiones organizadas, y el guía, un hombre joven con chaleco azul y gorra, agitaba un paraguas rojo sobre la cabeza para no perder a nadie.
Adrián no fue a casa. Se pasó por un bar de Mateos Gago, pidió un pescado frito y una caña, y comió apartado en la esquina del fondo, apoyando el cuaderno de campo sobre la mesa entre bocado y bocado.
El bar se llamaba Casa Morales, aunque en realidad aquello era un nombre coloquial; el rótulo oficial decía otra cosa.
En la barra, dos parroquianos mayores discutían sobre la reciente temporada taurina con el énfasis sereno de los que llevan décadas discutiendo lo mismo.
Detrás del mostrador, una camarera joven ponía tapas con esa eficiencia callada de los profesionales de hostelería de Sevilla.
Sobre las baldas de la pared colgaban jamones enteros, con un pequeño embudo de plástico colocado bajo cada uno para recoger el goteo de la grasa.
El suelo, de baldosa hidráulica antigua, conservaba el dibujo original en tonos rojos y amarillos, con algunas zonas más desgastadas que otras marcando los caminos más transitados: desde la puerta hasta la barra, desde la barra hasta la cocina.
Un leve rumor de conversación, unos platos entrechocándose al fondo, la televisión apagada pero encendida, en el rincón alto, ese tipo de trasfondo sonoro cotidiano que un extranjero confunde con bullicio y un sevillano reconoce como casa.
Sobre la servilleta, con un bolígrafo que un cliente anterior había dejado olvidado, trazó un esquema rápido de la Catedral en planta. Marcó con un punto el pilar dos, el de la nave del Evangelio. Miró el esquema un rato largo.
Si hay un patrón , pensó, no puede estar sólo en un pilar.
Dibujó un segundo esquema. La planta entera del templo, a grandes rasgos: las tres naves, el crucero, la cabecera, el coro, el trascoro.
Doce pilares principales repartidos con su disposición característica.
Marcó el dos, sobre el que había trabajado.
Se quedó mirando los otros once. Tenía el resto del día libre y un permiso nocturno para dos semanas.
Podía, si quería, recorrer aquella tarde la base de cada uno, pasar la cámara térmica, medir humedades, apuntar anomalías.
Era, objetivamente, lo que cualquier técnico serio habría hecho después de lo que había ocurrido la noche anterior.
Terminó el pescado. Pagó, dejó dos euros de propina, y se fue directo a casa.
Se duchó. Se cambió. Cogió la bolsa grande de trabajo, metió en ella lo que no había llevado la otra noche: el higrómetro de precisión, la cámara térmica compacta que le habían prestado el año anterior en una obra de Úbeda, un pequeño generador de frecuencias fijas con su tubo resonador —herramienta poco ortodoxa, heredada también de su maestro toledano, que servía para identificar cavidades ocultas detrás de muros—, un martillo de goma y un rollo de cinta de papel para hacer marcas provisionales.
La cámara térmica no era suya. Se la había dejado un compañero, un tal Ramiro, que trabajaba con un equipo de arqueología en Jaén y que se la había cedido por dos meses para una revisión que Adrián todavía no había terminado.
La conocía bien; era una Flir pequeña, portátil, con la batería ya un poco cansada, que funcionaba bien hasta las tres horas de uso pero que, pasadas ésas, empezaba a darle falsos negativos.
La cargó hasta el tope y la guardó en la bolsa con su funda de fieltro.
Sacó al perro a dar un paseo breve, le dejó agua, le dijo vuelvo tarde , y salió.
A las cinco y media estaba otra vez en la puerta del Lagarto.
Rafael, el guarda, le dejó pasar sin preguntas.
Tenía la carpeta con los permisos nocturnos al día, y Adrián, con dos semanas por delante de autorización firmada por el Cabildo, no necesitaba justificar nada.
Aun así, antes de entrar, preguntó por Salvatierra.
El sacerdote estaba, según Rafael, en la sacristía menor, preparando no se sabía qué para la misa del día siguiente.
—¿Le digo algo? —preguntó Rafael.
—Sí. Dígale que me voy a quedar trabajando en los pilares hasta la medianoche, si puede. Que si me ve, no se preocupe.
—De acuerdo, restaurador.
Adrián, pese a haberse dicho a sí mismo que no quería molestarlo, se asomó igualmente a la sacristía menor.
Salvatierra levantó la vista desde una mesa ordenada con mucha ceremonia.
Sobre el tablero había dos casullas dobladas, un paño blanco, una caja de marfil con crismeras, y un libro de canto abierto por la mitad.
El sacerdote traía un aspecto cansado, más de lo habitual.
Había en él, aquella tarde, una especie de concentración tensa que Adrián no le había conocido hasta entonces, como si hubiera pasado la mañana tomando decisiones que no quería tomar.
—Pensaba que estaría con Clara a esta hora —dijo Salvatierra, sin alzar la voz.
—He estado —contestó Adrián—. Vengo de allí. Ahora quiero trabajar aquí.
—¿Esta noche?
—Sí. Hasta las doce o así.
Salvatierra lo miró con esa atención de inquilino viejo que él le dedicaba a todo.
—¿Qué quiere comprobar?
—Si el patrón del pilar dos está solo en ese pilar.
—Ah —dijo Salvatierra. Y luego, con voz más baja—: lleva usted razón en comprobarlo. Trabaje hasta las once y media, no más. Y si, por lo que sea, oye algo que no se explique, no siga solo. Váyase a casa.
—¿Qué es lo que no se explique?
—Cualquier cosa, señor Vega. A partir de cierto punto, las reglas son éstas: uno escucha, pero no abre. Uno mide, pero no fuerza. Usted sabrá, por oficio, cuándo está midiendo y cuándo está forzando.
Lo dijo sin dramatismo. Pero lo dijo mirándole a los ojos.
Adrián asintió.
—Lo tendré en cuenta.
Salvatierra bajó la vista otra vez al canto abierto. Siguió con su labor, pero añadió, en un tono casi privado:
—Una cosa más. Si se cruza con alguien, no le salude.
—¿Con quién me voy a cruzar?
El sacerdote no contestó a eso. Siguió colocando con cuidado el paño blanco en su doblez correcto, como si la pregunta no hubiera existido. Adrián, al cabo de unos segundos, se dio media vuelta. En el umbral se volvió un segundo más.
—Padre.
—Sí.
—¿Todo bien? Le veo cansado.
Salvatierra sonrió apenas. Fue una sonrisa pequeña, sin humor, pero también sin preocupación mayor.
—He dormido regular —dijo—. Me pasa desde hace unos días.
—¿Motivos profesionales?
—Motivos más bien ajenos. No se preocupe. Siga usted con lo suyo.
Adrián salió de la sacristía menor con la vaga sensación de haber pisado un terreno al que no tenía del todo invitación, y se fue al pilar dos.
La Catedral, a las cinco y media de la tarde, estaba aún llena de turistas —era la hora final de visitas, con los últimos grupos terminando sus itinerarios y saliendo ya hacia las puertas—, y Adrián trabajó al principio desde el andamio con la discreción habitual, haciendo como que revisaba el estado general del sillar, levantando apenas polvo.
A eso de las seis y cuarto el templo empezó a vaciarse con rapidez.
A las seis y media ya habían sonado los avisos de cierre.
A las siete menos diez, la Catedral era un volumen prácticamente desierto, con sólo los empleados de mantenimiento cerrando puertas laterales y el eco amortiguado de sus pasos propagándose por las bóvedas.
Adrián empezó entonces lo que realmente había venido a hacer.
Trabajó durante una hora y media sobre aquel pilar, primero, con un método que no había tenido el lujo de aplicar la otra noche.
Midió con el higrómetro puntos concretos de la mancha en almendra, uno cada cinco centímetros, y fue apuntando los valores en el cuaderno.
Pasó después la cámara térmica. La imagen que ofrecía el sillar en el espectro infrarrojo era reveladora: la almendra aparecía nítida, claramente más fría que el resto del paramento, con un gradiente suave en los bordes y un núcleo central muy estable.
Y, sobre todo, el eje mayor de la figura se orientaba, como Adrián ya había sospechado, en dirección oeste-suroeste, lo que equivalía a una desviación pequeña pero inequívoca respecto al meridiano geográfico.
En castellano de oficio: la mancha apuntaba al oeste. Al río.
Fotografió la imagen térmica. Apuntó los grados. Guardó la cámara.
A continuación hizo lo que realmente había venido a hacer.
Se movió por la nave del Evangelio, columna por columna, repitiendo la inspección térmica en cada pilar.
La primera, nada relevante: el sillar de base se mostraba uniforme, sin anomalía.
La segunda —la del pilar que ya conocía— repitió, cómo no, la almendra.
La tercera, limpia. La cuarta, nada. En la quinta encontró la segunda almendra.
Más pequeña. Más pálida. Pero inequívocamente la misma forma, orientada al oeste, en la misma altura del sillar.