Capítulo 5 — Las manos del agua #3
Durante los quince minutos siguientes, Adrián, con la calma de los informes técnicos, le resumió su visita a Claudio Paniagua.
La calle Alfarería. La casa con dos cerrojos y dos aldabas.
El patio con los geranios sin florecer y el pozo tapado.
El horno grande al fondo. La concha grabada en el ladrillo.
El pulso tres y dos oído desde el suelo.
El rumor del agua cruzando. La mención al cuaderno del tío Sebastián.
La condición impuesta por Claudio: sólo enseñarlo si la archivera estaba presente.
Clara escuchó sin interrumpir. Tomaba notas, de vez en cuando, en un pequeño cuaderno negro. Cuando Adrián terminó, ella no dijo nada durante un rato. Pasó los ojos por las fichas alineadas sobre la mesa, después por el plano, después por la carpeta.
—Adrián —dijo al fin—. Voy a decirle algo que no le he dicho a nadie en dos años.
—Dígame.
—Desde que entré como archivera de este Cabildo, en 2022, he tenido la sensación, no demostrable, de que este archivo tiene otro archivo detrás.
Un archivo que no está en las estanterías, sino en los márgenes de los libros y en los agujeros de las numeraciones.
No sabía cómo explicármelo, ni a mí misma ni a nadie.
Lo llamaba, para mis adentros, el archivo sombra .
Siempre pensé que si alguna vez me animaba a documentarlo sería cuando me jubilara, para no estropearme la carrera.
Pero esta semana ha ocurrido demasiado, demasiado deprisa, y he decidido que no iba a esperar tanto.
—No sabe usted lo que celebro oírlo.
Clara sonrió sin alegría.
—Esto es lo que me preocupa, Adrián. Que alguien, hoy, sigue escribiendo en ese archivo sombra. Y que ese alguien no somos nosotros.
Hubo un silencio.
—Qué quiere que hagamos.
Clara cerró los libros uno a uno con el cuidado de quien sabe que los volverá a abrir.
—Tres cosas —dijo—. Primero, que no hable de esto con nadie más que con Salvatierra y con su contacto de Triana. Segundo, que volvamos allá abajo. No a la balsa. Más adentro. Quiero ver al menos uno de los veintitrés depósitos con mis propios ojos, antes de seguir deduciendo. Tercero…
Dudó.
—Tercero, dígame.
—Tercero, quiero conocer a Claudio Paniagua. Salvatierra me ha dicho que tiene un cuaderno.
Adrián sonrió sin alegría.
—Él me ha dicho lo mismo de usted. No se lo enseña a nadie sin que usted esté delante.
Clara asintió, con un aire de comprensión profesional.
—Es lo sensato. En mi oficio, los documentos pequeños son los que hay que proteger más.
Se levantó. Recogió la carpeta. La devolvió al estante con lentitud, comprobando que el lazo quedara atado como estaba.
Adrián la observó hacerlo. Se fijó, como no se había fijado antes, en los detalles de cómo Clara trabajaba: el orden con el que cada ficha volvía a su sitio exacto, la forma en que devolvía el lápiz al estuche, la precisión con la que corría la silla para dejarla a la misma distancia de la mesa que estaba al principio.
Adrián, por oficio, reconocía a los buenos profesionales por pequeñas cosas de ese tipo.
Clara era, sin margen de duda, de las buenas.
Luego Clara se volvió.
—Mañana a las ocho —dijo—. Le recojo en su portal. Vamos los dos en mi coche a Triana.
—¿Y Salvatierra?
—Salvatierra lo llamo yo esta tarde. Él ya está avisado a su manera. Siempre lo está.
Adrián se dirigió a la puerta.
Antes de abrirla, sin embargo, se detuvo. Se giró.
—Clara.
—Sí.
—Una cosa que se me ha quedado.
—Dígame.
—Los veintitrés depósitos. ¿Sabe usted en qué punto exacto acaban? Quiero decir: ¿el último depósito del sistema, el que recibe las cosas que se echan aguas arriba, está marcado?
Clara miró el plano, como si quisiera confirmar algo antes de contestar.
—El vigésimo tercero, según este plano, no está en Sevilla.
—¿Dónde está?
—En el plano no se dice. Sólo se escribe una palabra al margen, junto al punto.
—¿Qué palabra?
— Finis.
Adrián se quedó mirándola unos segundos. Luego asintió, con la lentitud con la que se asiente a cosas que uno no termina todavía de encajar. Abrió la puerta del archivo. Y salió.
La escalera que bajaba del archivo al claustro era estrecha y daba ligeramente la sensación de estar, en sí misma, más orientada hacia abajo de lo razonable.
Adrián bajó los peldaños despacio. Al llegar al Patio de los Naranjos, se detuvo un instante.
Un cuervo, solitario y oscuro, se posó sin hacer ruido en el arco de la Puerta del Perdón, ladeó la cabeza, y lo miró con ese interés atento y silencioso que empezaba ya a serle familiar.
—Ya, ya —dijo Adrián, casi sin voz, al pájaro.
Salió a la calle.
A la salida, en Alemanes, se cruzó con tres hombres que salían del templo, dos mayores y uno joven, todos con sotana negra.
Los mayores caminaban con la lentitud distraída de los que han pasado dentro demasiadas horas.
El joven, con los ojos muy despiertos, conversaba con ellos en voz baja con una soltura que Adrián, sin saber por qué, registró como inusual para alguien recién llegado.
Al pasar junto a ellos, el joven levantó un momento la vista y le miró con una cortesía atenta.
Tenía ojos claros, cara inteligente, sonrisa medida.
No se saludaron. Los tres siguieron hacia la Plaza del Triunfo; Adrián, hacia Mateos Gago.
Cuando llegó a su casa, el perro dormía.
Adrián se sentó en el salón, frente a la mancha del rincón, que aquella mañana seguía pareciendo una almendra pequeña.
Se quedó así un largo rato, con los codos sobre las rodillas y las manos cruzadas, sin mirar directamente la mancha pero sin desviar la vista del todo.
Pensó en Clara, en la palabra archivo sombra , en los cinco Tiene alineados sobre la mesa, en la expresión Confiado a las manos del agua , en la palabra Finis , en el canónigo joven de sotana bien planchada que acababa de cruzarse con él en Alemanes.
Y pensó, por primera vez desde hacía semanas, que quizá aquella no era sólo la historia de un restaurador que había oído piedras cuando no debía.
Era, probablemente, también la historia de un templo entero que llevaba trescientos años pasándose, de archivero en archivero y de canónigo en canónigo, el mismo mensaje marginal.
Tiene.
Detrás de él, en la planta alta del claustro, Clara Bru, archivera del Cabildo, volvía a atar con esmero el lazo negro de la carpeta marrón, y anotaba en un cuaderno de tapas oscuras, con letra pequeña y apretada, tres palabras, sin fecha ni firma, al margen del folio abierto:
Ha entendido. Tiene.