Los cuervos de la Catedral Capítulo 5 — Las manos del agua #2
35%

Capítulo 5 — Las manos del agua #2

—Mil novecientos cuarenta y siete —repitió ella—. El año exacto, por cierto, en que ingresó en el archivo, sin procedencia, el plano que bajamos con el padre Salvatierra.

Adrián se pasó la mano por la mandíbula.

—O sea que durante al menos trescientos años —dijo, midiendo las palabras— hubo en el archivo del Cabildo una sucesión de archiveros que se fueron pasando, entre ellos, la orden no escrita de no consignar esa estancia.

—No necesariamente entre ellos —matizó Clara—.

Eso no podemos demostrarlo. Es posible que cada archivero, al incorporarse, simplemente descubriera que la estancia no figuraba, y se adaptara al criterio heredado sin hacer preguntas.

El gremio del archivo es muy conservador.

Si tu predecesor dejó de inventariar algo, lo habitual no es corregirlo: es respetarlo.

Salvo que alguien superior te mande hacer otra cosa.

—¿Y nunca nadie lo mandó?

—No consta.

—¿Y usted cree que no fue casual?

—Creo que es el ejemplo más limpio de silencio administrativo sostenido que he visto en mi vida.

Clara sacó una quinta ficha de la carpeta y la puso junto a las otras cuatro.

—Pero hay algo más —dijo—. Y esto es lo que me ha hecho llamarle a usted y no a la policía.

Adrián levantó la vista.

—¿Por qué a mí?

—Porque si llamo a la policía, me van a pedir pruebas materiales, y lo que tengo no lo son. Son indicios paleográficos. En cambio, usted me cree.

—¿Por qué estaría yo dispuesto a creerle?

—Porque usted ha oído tres y dos en tres sitios distintos de la ciudad en menos de una semana, señor Vega. Y porque anoche, cuando volvía usted de Triana, supongo que no le dio por no creer lo que iba viendo.

Adrián no contestó. Miró la mesa, las cinco fichas alineadas, el libro de 1612 abierto por su página, el de 1834 cerrado. Hubo un silencio operativo, de los que entre profesionales se permiten.

—¿Le cuento lo de Triana? —preguntó, finalmente.

—Sí. Pero después. Primero esto.

Clara puso el dedo sobre la quinta ficha.

—Mire esto.

Era el fragmento ampliado de una página. La letra era una bastarda española del siglo diecisiete tardío. En el margen, una sola palabra.

Tiene.

Sin más.

— Tiene —leyó Adrián—. ¿Qué tiene?

—Eso es lo de menos. Lo interesante no es lo que pone. Es cómo lo pone.

Clara sacó otras cuatro fichas. Las alineó bajo la quinta.

—Estos son fragmentos de notas marginales encontradas en libros del archivo de mil setecientos veintiuno, mil setecientos ochenta y tres, mil ochocientos cuarenta y cinco, y mil novecientos doce.

Adrián se inclinó.

Cinco Tiene . Cinco notas marginales. Tres siglos de diferencia.

Las letras no eran idénticas: cada una reflejaba la escuela caligráfica de su época.

Pero el ductus , el ángulo de inclinación de la pluma, la forma específica en la que se trazaba la t mayúscula de comienzo, la proporción entre las letras —eran, a todos los efectos, de la misma mano .

No la misma persona. La misma escuela .

—Es una mano aprendida —dijo Clara, en voz muy baja—.

Estas cinco notas fueron escritas por cinco personas distintas a lo largo de casi trescientos años, pero las cinco aprendieron a trazar esa palabra exactamente igual.

La primera, en mil seiscientos y pico, es probablemente el patrón.

Las siguientes son copias ejercitadas. Lo que usted tiene aquí delante es una firma colectiva.

—¿Una cofradía?

—O una tradición de custodios. O un oficio silencioso. Yo prefiero no llamarlo con un nombre que no pueda probar. Pero, como sea que se llame, existió, y probablemente exista todavía.

—¿Por qué existe ?

Clara sacó, de una última esquina de la carpeta, una sexta ficha.

—Porque esto lo vi ayer por la mañana en un libro que había sido repuesto en su estantería durante el fin de semana.

Adrián miró.

En la sexta ficha aparecía el mismo Tiene , en el margen de una página fotocopiada de un registro moderno, escrito con bolígrafo azul y trazo firme.

Y la fecha impresa en la cabecera del registro era del año en curso.

Adrián se levantó de la silla sin saber muy bien a dónde iba.

Dio dos pasos hacia la ventana. La ventana daba a un trozo de cubierta de zinc y a una fracción de muro de la Catedral, con una gárgola mojada todavía de la lluvia del martes que escurría, muy lentamente, una gota última sobre una teja antigua.

Se quedó allí un minuto. Respiró dos veces, hondo. Se frotó la frente. Volvió a la mesa.

—Clara.

—Sí.

—¿Sabe quién escribió esa última nota?

—No.

—¿Sabe cuándo exactamente?

—Entre el viernes por la tarde, cuando yo cerré el archivo, y el lunes por la mañana, cuando lo abrí. No hay registro de entrada porque sólo tiene llave el personal interno.

—¿Cuánta gente tiene llave?

—Seis personas. Incluyendo al padre Salvatierra.

—¿Le ha preguntado?

Clara dudó un segundo.

—No. Aún no. Por eso le he llamado a usted antes.

Adrián asintió. Volvió a sentarse.

—¿Usted se fía de las otras cinco personas?

Clara se lo pensó.

—De tres, sí. A ciegas. Son archiveros veteranos, con trayectorias impecables, que no tendrían ninguna razón para hacer algo así, aunque supieran cómo.

De una cuarta, un aparejador del Cabildo, me fío también, pero no pondría la mano en el fuego porque es una persona a la que no trato en profundidad.

La quinta es un canónigo joven, nuevo aquí, que tiene acceso al archivo por protocolo pero que apenas se ha pasado desde que está.

—¿Quién es ese canónigo?

—Se llama Alberto Morán. Llegó en octubre.

Adrián memorizó el nombre. Clara siguió.

—Pero no le estoy acusando, Adrián. Le estoy diciendo, simplemente, que entre las seis personas con llave hay al menos una persona a la que yo no conozco del todo. Y eso, para lo que quiero contarle hoy, es relevante.

—Entendido.

Se quedaron los dos en silencio un momento. Fue Clara la que lo rompió.

—Adrián, hay otra cosa. Y esta es la que, honestamente, más me preocupa.

Sacó el plano que había dispuesto bajo los pesos de fieltro.

Era un plano parcial del subsuelo —no el mismo que habían consultado en la balsa, sino otro— que representaba, con bastante detalle, las galerías conocidas bajo el templo, el trazado de las conducciones históricas, y una serie de puntos numerados a lo largo del tramo que iba hacia el oeste.

—¿Ve estos puntos?

Adrián contó, rápido. Veintitrés puntos numerados.

—Son depósitos . Pequeñas cámaras laterales en la conducción principal. Originalmente se cree que servían para limpieza y mantenimiento del sistema hidráulico. Si una canalización tiene un recodo y el recodo acumula sedimento, se necesita una cámara lateral para drenarlo. Hasta ahí, normal.

Señaló el listado adjunto al plano, escrito en varias manos.

—Pero en documentos de los siglos dieciséis y diecisiete hay referencias repetidas a estos depósitos en contextos que no son hidráulicos.

Entregar al depósito cuarto. Dispuesto en el depósito diecinueve, con la señal.

Retirar del depósito séptimo antes de San Miguel.

No dicen qué entregan, ni qué disponen, ni qué retiran.

Lo escriben así, en sobreentendido. Pero lo escriben.

—¿Como si fuera un lugar de depósito de algo.

—Como si fuera un sistema de correo.

Adrián la miró.

—¿Correo?

—Por decirlo rápido. El agua, bajo la Catedral, circula con una inclinación constante hacia el oeste.

Hacia el río. Si alguien mete un objeto pequeño en un depósito aguas arriba, ese objeto, con el caudal adecuado, termina, horas o días después, en otro depósito aguas abajo.

Son entre dos y tres kilómetros de recorrido.

La cadencia se conoce. El trayecto se conoce.

Y si los que ponen el objeto y los que lo recogen pertenecen a la misma…

tradición —Clara eligió la palabra despacio—, entonces lo que usted tiene ahí, señor Vega, no es una conducción hidráulica. Es un archivo que circula.

—El agua que archiva.

— Las manos del agua —dijo Clara, y la voz no se le quebró, pero se puso más grave—. Así lo llamaban. Hay una nota al margen, en un libro de 1668, donde un canónigo escribe, sin más contexto, esa expresión. Confiado a las manos del agua.

Adrián tuvo que sentarse.

—¿Y para qué lo usaban?

—Para muchas cosas, probablemente. Mensajes, tokens, reliquias menores, posiblemente también restos humanos pequeños, marcas de paso. Nunca nada grande. Nunca nada voluminoso. Siempre cosas que pudieran ser confiadas a la corriente.

—¿Y seguiría funcionando hoy?

Clara respiró hondo.

—La conducción principal sigue activa, Adrián. El agua sigue cruzando. Los depósitos están. Y alguien que, el fin de semana pasado, entró en este archivo y escribió un Tiene al margen de un registro moderno, es perfectamente capaz de saberlo.

Se quedaron callados. El archivo, a aquella hora de la mañana, estaba prácticamente en silencio.

De vez en cuando se oía el crujido mínimo de un estante al reasentarse, el ruido lejano de alguien que movía una silla en otra sala, la campana amortiguada de la Giralda marcando las once y media.

Fuera, en el Patio de los Naranjos, un grupo escolar empezaba a entrar al templo y el murmullo infantil llegaba hasta la sala con la textura propia de los murmullos grandes: un rumor de agua, en realidad, si se escuchaba sin mirar.

Adrián recorrió con la vista los libros de la mesa, las fichas ordenadas, el plano con los veintitrés puntos, la carpeta marrón con el lazo deshecho.

—Clara. Le cuento lo de Triana.

—Adelante.