Los cuervos de la Catedral Capítulo 5 — Las manos del agua
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Capítulo 5 — Las manos del agua

Las manos del agua

A la mañana siguiente, Adrián llegó al Archivo del Cabildo con veinte minutos de adelanto.

No había dormido bien, otra vez, y se había levantado temprano con la impresión de haber pasado la noche entera deshaciendo mentalmente diagramas que después volvía a dibujar peor.

El cuaderno de campo estaba lleno de croquis repetidos: la concha del subsuelo, la concha del horno, la línea que unía una con otra, el río en medio.

En la última página había escrito, sin querer, una frase que al releerla le pareció ajena: El agua también archiva.

No recordaba habérsela oído a nadie. Pero no se le fue de la cabeza durante el desayuno.

Había desayunado de pie en la cocina, apoyado en la encimera, mientras el perro, recién comido, se despataba en la alfombra del recibidor.

Café solo. Una tostada. Un vaso de zumo.

El silencio propio de los desayunos solos en casa, sólo interrumpido por el tictac del reloj de pared del salón y, de vez en cuando, por los pasos apagados del vecino de arriba al levantarse.

Había hojeado el periódico digital en el móvil, con esa desatención veloz de los días en los que uno tiene cosas más importantes que leer que las noticias.

Había bajado a pie hasta el Cabildo por Mateos Gago, pensando en las palabras que iba a escuchar y en las que iba a decir.

Sevilla, a las nueve y media de una mañana de marzo, tenía la claridad limpia y seca que él había aprendido a apreciar precisamente en aquella hora: el sol todavía no apretaba, las terrazas no estaban puestas, y los cafés de la calle sólo tenían a clientes de la primera hora, jubilados con el periódico abierto o trabajadores de oficinas cercanas robando diez minutos antes de la reunión.

El archivo de la Catedral de Sevilla no se parecía a los archivos célebres.

No era el de Indias, ni el Histórico Provincial, ni ninguno de esos edificios vastos y solemnes acostumbrados a recibir investigadores con credenciales.

Era, más modestamente, una sala y tres anexos en la planta alta del claustro, con acceso por una escalera estrecha que pocos visitantes conocían.

Las paredes estaban forradas de estanterías metálicas modernas sobre una base de armarios antiguos de madera barnizada.

Olía a papel viejo, a cuero, a un residuo indescifrable de ambientador industrial que los funcionarios de provincia utilizan con la optimista costumbre de creer que neutraliza el moho.

La sala principal tenía una mesa larga en el centro —la que Clara utilizaba para consultas— y, en la pared del fondo, un reloj circular de los años setenta, de los que se ponían en las oficinas oficiales, con la esfera blanca y las agujas rojas.

En una repisa, enmarcada, había una fotografía descolorida de un canónigo anciano, tomada probablemente en los años ochenta, que Adrián supuso era algún predecesor ilustre.

Una lámpara articulada, de cuello largo, se inclinaba sobre la mesa con la gentileza de las lámparas de archivo.

Las estanterías metálicas, de cuatro módulos por pared, contenían cientos de legajos atados con balduques marrones, separados por cartones amarillentos con etiquetas mecanografiadas.

En el anexo más próximo, a través de una puerta entornada, se veía una mesa más pequeña con libros apilados ordenadamente y un ordenador de sobremesa con la pantalla oscura.

Clara lo esperaba de pie junto a la mesa principal.

—Adrián.

—Clara.

Ella llevaba la misma camisa blanca del otro día, o una idéntica, y una rebeca fina gris echada sobre los hombros.

Tenía unas ojeras discretas, pero el pelo recién recogido y las gafas limpias.

Sobre la mesa había ya dispuestos, con un orden casi litúrgico, cinco volúmenes abiertos, un plano extendido bajo pesas de fieltro, y una carpeta marrón de cartón grueso con un lazo negro atado por encima.

—Cierre la puerta, por favor —dijo—. Tengo cosas que enseñarle.

Adrián cerró la puerta. Clara no había empezado todavía a hablar y él ya intuía, por el despliegue que tenía delante, que iba a ser una mañana larga.

—¿Ha venido usted antes de hora?

—Veinte minutos —contestó.

—Yo llevo dos horas.

Se sentó. Clara le ofreció, sin preguntar, un café de un termo pequeño que había traído de casa. Lo sirvió en dos tazas de loza blanca, sin floritura, y le pasó una.

—Antes de enseñarle nada —dijo—, necesito que entienda algo muy simple. Lo que un archivo conserva no es lo más importante. Lo más importante es lo que no conserva, pero ha conservado antes. El vacío, en un archivo bien llevado, también es información.

Adrián asintió sin decir nada. Bebió un sorbo. El café estaba caliente y suave.

—Le escucho.

Clara se acercó uno de los volúmenes. Era un libro grande, de los que en otros tiempos se llamaban inventarios : papel grueso, tapas de piel marrón resquebrajada, cantos teñidos de rojo que el tiempo había convertido en un rosa pálido.

En el lomo, una etiqueta vieja decía, en mayúsculas: Inventario de enseres y cámaras. Año 1612.

Abrió el libro por una página señalada con una cinta. Lo hizo con una delicadeza de oficio, sosteniendo el lomo con una mano y pasando las hojas con la otra, con la yema del dedo, sin llegar a tocarlas más de lo necesario.

—Esto es un inventario hecho por el entonces canónigo obrero, don Gaspar de Mendoza y Fuentes.

Documenta, con gran minuciosidad, la totalidad de dependencias del templo y sus enseres.

Folios trescientos dos a trescientos once, los que nos interesan, están dedicados a las cámaras subterráneas de servicio de agua y demás obras hidráulicas .

Adrián se inclinó sobre la página. La letra era una cortesana tardía, muy clara, con una economía de trazo que facilitaba la lectura.

Cada entrada describía una estancia con su ubicación aproximada, sus dimensiones y su función.

En el margen izquierdo, un canónigo posterior había añadido, en tinta más oscura, pequeñas correcciones: un número cambiado, una palabra actualizada, una fecha encima del texto original con la abreviatura corr.

Clara pasó el dedo sobre una línea.

—Mire esta. Cámara cuarta, llamada de la Balsa, a la cual se baja desde la sacristía de plata por escalera de piedra, con una alberca circular en su medio, de tres varas de diámetro y una de hondo, con reja de hierro en el fondo. Ítem, grabada en el muro sur, la leyenda Sigue.

Adrián alzó la vista. Clara lo miraba con una atención neutra, la misma con la que un médico observa a un paciente en el momento exacto en que se le confirma un diagnóstico.

—Está inventariada —dijo él.

—En 1612, sí. Y ahora venga conmigo.

Cerró el libro. Cogió otro. Más moderno: tapas negras, papel todavía amarillento pero más liso, una letra que ya era la de un amanuense del siglo diecinueve. Inventario General del Cabildo. Año 1834.

—Mismo criterio —dijo Clara—. Mismas dependencias. Mismo rigor teórico. Vea los folios equivalentes.

Abrió el segundo libro. Pasó páginas. Se detuvo. Adrián leyó en voz baja la entrada correspondiente a la Cámara cuarta .

La entrada estaba en blanco.

No tachada. No reescrita. Borrada de origen. Había sido saltada. La numeración iba de Cámara tercera, de desagüe a Cámara quinta, de reserva invernal , sin incluir una cuarta.

—¿La hicieron desaparecer del inventario?

—Tuvieron más cuidado que eso —dijo Clara—.

No la hicieron desaparecer. La omitieron, que es distinto.

Si la hubieran tachado, alguien habría preguntado qué tachaban.

Si la hubieran omitido en una numeración continua, alguien habría notado el salto.

Pero si renumeran y saltan al mismo tiempo —y Clara señaló, con la uña, la secuencia de las cámaras— uno puede pasar por aquí con lupa y no notar nada, a menos que se disponga, como me he dispuesto yo esta última semana, a comparar página a página dos inventarios separados por dos siglos.

Adrián asintió, despacio.

—¿Y cuánto tardó en detectarlo?

—Dos días. Pero no fue por inteligencia.

Fue porque estaba revisando un expediente distinto, de una silla del coro, y el azar me llevó a cruzar ambos inventarios.

Los descubrimientos en archivo son así. Son menos cuestión de saber qué se busca que de tener la paciencia de mirar donde no se esperaba.

—¿Quién omitió esto?

—Ahí está la parte interesante.

Clara tomó la carpeta marrón de cartón grueso y deshizo el lazo con cuidado. Dentro, bien ordenadas, había una quincena de fichas de papel recio, cada una con una fotografía en blanco y negro y anotaciones a lápiz al margen. Sacó cuatro y las alineó sobre la mesa.

—Son fragmentos de página —dijo— fotografiados por mí en cuatro libros distintos del archivo. Tres son libros de inventario. Uno es un libro de registro de obras. Cubren el período mil seiscientos a mil novecientos veinte.

Adrián se acercó. Las fotos mostraban, en cada una, un margen de página con una anotación manuscrita. Breves, todas. Pequeñas. Siempre en el borde exterior del folio. Siempre en lápiz muy fino o en tinta muy diluida.

—Léalas en el orden en que se las he puesto.

Adrián leyó.

—No se consigne.

—Se omitió, por indicación del señor obrero.

—Queda excluida de la presente relación, por orden superior.

—Idem. Año MDCCCIV.

Se quedó mirando las cuatro anotaciones un rato.

—Son cuatro manos distintas.

—Son cuatro manos distintas y son cuatro siglos distintos —corrigió Clara—. Cada una de estas notas está en un libro distinto, en un año distinto, escrita por un archivero distinto. Pero todas se refieren, si se cruzan con los inventarios, a una misma estancia: la Cámara cuarta.

—¿Hay más?

—He encontrado siete, de momento. Estoy segura de que hay más de veinte. Cubren desde mil seiscientos treinta hasta mil novecientos cuarenta y siete.

—¿Mil novecientos cuarenta y siete?