Los cuervos de la Catedral Capítulo 4 — La ciudad sumergida #3
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Capítulo 4 — La ciudad sumergida #3

—Un cuaderno antiguo. Lo escribió uno que no era mi tío pero al que llamábamos así.

Sebastián Paniagua de la Riba. Mil seiscientos veintiocho a mil setecientos, más o menos.

Ese grabó la concha del horno. Ese dejó anotado en su cuaderno qué era esa concha y por qué la grabó.

Y ese también escribió Camino Negro por primera vez en la familia, que se sepa.

Adrián sintió el corazón darle un pequeño golpe distinto de los demás.

—¿Tiene el cuaderno?

—Lo tengo.

—¿Puedo verlo?

Claudio se quedó mirando la taza vacía un rato largo.

—Hoy no —dijo, al fin—. Hoy le he enseñado lo que le tenía que enseñar. El cuaderno es más delicado. Lo verá cuando la archivera del Cabildo, que también sabe leer viejo, venga conmigo. Los tres juntos. Yo no se lo doy a usted solo. Ni se lo dio mi padre a mi madre.

—¿Por qué?

—Porque es de los objetos que, si se leen solos, se leen mal.

Adrián no insistió. No quería parecer ansioso, y tampoco quería que Claudio cambiara de opinión.

Dejó la taza sobre la mesa. Miró por última vez el horno grande al fondo del patio.

Visto desde allí, con el sol rozándole el borde, parecía lo que probablemente llevaba siendo desde hace cuatrocientos años: un animal viejo, dormido, respirando muy despacio.

—Claudio —dijo Adrián, tras una pausa—. ¿Su mujer vive todavía?

Claudio levantó los ojos con una pequeña sorpresa, tal vez porque había pasado ya más de una hora y era la primera pregunta personal que le hacía.

—Viva está. Anda cuidando a mi hija en Málaga. Esa no es la alfarera, esa es la mayor, la farmacéutica. Tiene una niña pequeña, mi nieta. A Teresa —se refería a su mujer— le gusta más estar allí que aquí. El patio se le hace viejo.

—¿Le cuesta estar solo?

—Me hice a ello. Pero reconozco que se nota.

Una casa sin mujer pierde olor. Antes, cuando ella vivía aquí siempre, el patio olía distinto.

Había tomates en las macetas, albahaca, algo de ropa tendida.

Ahora huele, sobre todo, a patio vacío. A patio viejo.

Que no es un mal olor, ojo. Es un olor honesto. Pero no es el mismo.

Adrián asintió. Pensó por un segundo, sin quererlo, en el piso de Conde de Ibarra, y en el olor que él mismo notaba al entrar por las tardes, ese olor de hombre solo que aceptaba los platos en el escurridor un día más de la cuenta.

—Una cosa más —dijo Claudio, antes de levantarse para acompañarlo a la puerta—. No vaya a decir por ahí que ha venido a verme.

—No tengo costumbre.

—Y no vuelva solo. La próxima vez, venga con la archivera.

—Lo haré.

Se levantaron. Cruzaron el patio hasta la puerta. Antes de abrirla, Claudio apoyó una mano gruesa y roja sobre el hombro de Adrián, con un peso extraño, afectuoso pero preciso, como cuando un maestro artesano coloca la herramienta en la mano correcta del aprendiz.

—Usted no es el primero —dijo—. Ni va a ser el último. Pero es el primero que viene en muchos años.

—¿Cuántos años?

—Los suficientes para que yo empezara a pensar que ya no iba a venir nadie.

Le dio dos palmadas cortas en el hombro y abrió la puerta. Adrián salió a Calle Alfarería.

La calle, después del patio, parecía casi ruidosa.

Un repartidor pasaba en moto con dos cajas de pan apiladas detrás.

Una mujer salía de un bar con una bolsa de hielo.

Dos niños corrían hacia el colegio que cerraba a la una y pico.

Adrián caminó despacio, sin rumbo inmediato, con la cabeza llena de cosas que no sabía cómo ordenar.

Pensó en llamar a Clara enseguida. Pensó en llamar a Salvatierra.

Pensó, un segundo, en llamar a Miguel, más por cortesía que por otra cosa.

No llamó a ninguno. No tenía todavía nada claro que comunicar; tenía, en cambio, demasiado que digerir.

Los hombres prácticos, como los restauradores, aprenden con los años a no hablar de un hallazgo hasta que pueden definirlo en tres frases.

Adrián, a esas alturas, no podía definirlo ni en tres páginas.

Cuando llegó de nuevo al Altozano, en vez de volver por el puente, se dio la vuelta hacia Calle Betis y caminó un rato por el paseo que bordeaba el río en la orilla trianera.

Quería mirar la otra Sevilla desde allí.

Quería ver, con otros ojos, la fachada de la Catedral desde el ángulo en el que se la había mirado siempre sin mirarla: la fachada por la que no entran los turistas, la que queda al otro lado del agua, la fachada que ve Triana.

Calle Betis tenía, a esa hora, la textura exacta que Adrián recordaba de sus años en Sevilla: una sucesión de restaurantes con terrazas sobre el río, unos abiertos, otros cerrados hasta la noche, con los camareros todavía colocando las sillas y poniendo los manteles de papel para el servicio de la tarde.

Un barco turístico, atracado en el muelle de enfrente, vertía pasajeros que bajaban con esa curiosidad cansina de los que ya llevan dos horas escuchando a un guía.

En el aire, mezclado con el olor del río, se colaba el de alguna fritura temprana, el del café de algún bar, el de la humedad fresca que siempre desprenden las márgenes fluviales bien cuidadas.

Desde allí se veía entera. La Giralda, los tejados rojos de la Catedral, la cúpula del trascoro, las líneas de contrafuertes. Una ciudad labrada, rotunda, sólida, que presumía de sí misma con la vanidad serena de los edificios que ya no tenían nada que demostrarle a nadie.

Adrián se detuvo. Se sentó en un banco de piedra orientado al río.

Cerró los ojos, como le había dicho Tomás.

Cinco minutos al día, había aconsejado el campanero.

No lo iba a hacer en Sevilla profunda a las tres de la tarde, pero podía empezar allí, en la orilla trianera, a la una y pico, con el rumor del agua delante y la Catedral enfrente.

El río, a aquella hora, no hacía apenas ruido.

El tráfico de la Avenida de la Constitución, en la otra orilla, llegaba amortiguado por la lámina del agua.

Una gaviota gritó. Una campana dio la una y cuarto en la Magdalena, muy lejos.

Las voces de los turistas que bajaban del barco llegaban aplanadas por la distancia, como voces de una emisión lejana, y las gaviotas reaparecieron, dos o tres, con esos giros amplios que preceden a una siesta.

Debajo de todo eso —si aguzaba el oído, si se concentraba como hacía media hora había hecho arrodillado sobre la tierra batida del horno— volvía a estar el pulso.

Tres y dos.

Cruzando por debajo del río. Del oeste al este. Del este al oeste. No se sabía. Pero cruzando.

Abrió los ojos y se dio cuenta, entonces, de una cosa que hasta ese momento no había formulado en voz alta ni siquiera en el interior de su propio pensamiento.

Sevilla no era una ciudad. Eran dos.

Y debajo, una sola.

Se quedó en el banco un rato largo, quieto, con las manos en los bolsillos.

Un hombre mayor se sentó en el otro extremo del banco y sacó un bocadillo envuelto en servilleta de papel.

Cortó con los dientes, sin prisa, como se come cuando uno no tiene a quién darle cuenta del ritmo.

No se saludaron. Adrián, al cabo de unos minutos, se levantó.

Cruzó el puente en dirección contraria. A mitad del tramo, sacó el móvil. Escribió un mensaje a Clara.

He ido a Triana. He visto el horno. Todo lo que imaginaba y alguna cosa más. Mañana, cuando quiera, le cuento.

Lo envió.

Clara contestó en menos de dos minutos.

Mañana a las diez en el archivo. Le espero con café.

Adrián guardó el móvil. Siguió andando. Al llegar al lado de la Catedral, no miró hacia la puerta del Lagarto.

Miró hacia arriba, en cambio, hacia el campanario.

A setenta metros de distancia, Tomás estaba, a aquella hora, probablemente sentado todavía en su silla, con el transistor encendido en volumen bajo, oyendo el noticiero de la tarde o un partido de fútbol, o, más probablemente, oyendo el mismo ronroneo suave de las veinticinco campanas y, bajo el ronroneo, el sistema entero.

Caminó hasta su casa por Mateos Gago.

En Conde de Ibarra, Moro lo recibió con un discreto gesto de alivio.

Adrián se sentó en el sofá sin quitarse la cazadora.

Estuvo así un minuto largo, mirando la pared opuesta, en la que no había nada concreto que mirar: ni cuadro, ni fotografía, ni reloj.

Sólo el tono blanco del yeso viejo y, en una esquina alta, una pequeña mancha de humedad que llevaba allí desde que él se había mudado y que el casero, dos años atrás, había prometido arreglar.

Aquella mancha tenía, hasta entonces, una forma irregular. Como un trébol descuidado.

Adrián, al mirarla ahora, con los ojos entrenados por las últimas jornadas, tuvo que incorporarse un poco.

La mancha había cambiado ligeramente.

Ahora, si se la miraba con atención, empezaba a parecerse a una almendra.

Pequeña, todavía. Imprecisa. Quizá su imaginación.

Quizá no.