Los cuervos de la Catedral Capítulo 4 — La ciudad sumergida #2
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Capítulo 4 — La ciudad sumergida #2

Había, bajo la galería de la derecha, una mesa de madera con dos sillas desparejas.

Adrián se sentó. Claudio desapareció en una habitación contigua y reapareció a los pocos minutos con dos tazas de café grueso, sin ceremonia, y las dejó sobre la mesa.

Las tazas no hacían juego entre sí: una era blanca con una pequeña grieta en el borde; la otra, azul clarita, con el esmalte desgastado en la zona del asa.

Claudio se sentó enfrente, apoyó el bastón contra la pared, y, sin mirar a Adrián de frente, se puso a observar el patio con ese interés distraído que la gente mayor dedica a los lugares en los que lleva mucho tiempo viviendo.

—Lo oí cruzar el puente —dijo al cabo de un rato.

Adrián sonrió, desconcertado.

—¿Perdón?

—Es un decir. Quiero decir que sabía que alguien iba a venir. Tomás me llamó hace dos horas. No me dijo su nombre. Me dijo le va a llegar un oído .

—Un oído.

—A eso dedicábamos antes la palabra. Un oído. El que oye. Ya casi no se usa.

Adrián bebió un sorbo. El café estaba muy cargado, muy caliente, sin azúcar.

—¿Ustedes se conocen desde hace mucho?

—Desde siempre. Él en la torre. Yo aquí. Nos oímos desde hace unos cincuenta años.

—¿Se oyen?

Claudio alzó la vista por fin. Los ojos pequeños miraron a Adrián con un fondo que no era exactamente ironía ni exactamente ternura, sino esa mezcla que tienen las personas que han vivido demasiado como para tomarse demasiado en serio las preguntas de los demás.

—Él oye desde arriba. Yo oigo desde abajo. Donde se juntan lo que los dos oímos, pasa el río.

—¿El Guadalquivir?

—El que va por arriba y el que va por abajo.

Se bebieron el café despacio. Claudio no parecía dispuesto a explicar nada más sin antes haber compartido aquella taza con aquella calma. Fue Adrián el que, transcurrido un buen rato, se atrevió a preguntar:

—¿Trabaja usted todavía?

—Menos. Muy menos. Alguna pieza de encargo.

Alguna reparación. Ya no hago producción propia.

El horno chico, el de ladrillo moderno, se enciende dos o tres veces al año.

Lo justo para no olvidar. Mis hijos están en otros oficios.

El mayor es ingeniero agrónomo en Lebrija.

El pequeño vive en Alemania, trabaja en un banco.

Ninguno quiere el taller. No les reprocho. El mundo ha cambiado.

—Pero usted sigue aquí.

—Sigo aquí porque aquí es donde corresponde.

No aclaró a qué corresponde. Bebió otro sorbo. Miró al patio.

—El horno grande —dijo Adrián, tras un rato, señalando con el mentón al fondo del patio—. ¿Cuánto tiene?

Claudio giró la cabeza apenas.

—Ese es el bueno. Seiscientos años, o por ahí. Lo construyeron en mil seiscientos largo, pero sobre uno anterior que había en el mismo sitio. Debajo de ese, hay otro más. Lo que se ve es sólo la última versión.

—¿Ha estado encendido?

—No desde mil novecientos veintisiete. Mi abuelo lo apagó y nunca lo volvió a encender. Dijo que ya tenía bastante trabajo con los pequeños. Y con el tiempo, el Cabildo de la ciudad quería que lo derribáramos. Mi padre se negó. Yo me he negado. Mis hijos, cuando me muera, harán lo que les parezca.

—¿Por qué no dejó que lo derribaran?

Claudio tardó un poco en contestar.

—Porque ese horno no es un horno.

Apoyó las dos manos sobre la mesa, con un esfuerzo leve, y se levantó. Recogió el bastón. Hizo un gesto con la cabeza.

—Venga a verlo.

Cruzaron el patio. El sol, a aquella hora, entraba casi vertical y calentaba las baldosas con esa intensidad clara de marzo que en Sevilla anuncia el verano como un amigo que pasa de visita antes de quedarse.

Claudio se detuvo ante la boca del horno grande.

Era una abertura baja, de unos setenta centímetros de altura, en forma de arco rebajado, ennegrecida por seis siglos de combustión.

En el suelo, delante de la boca, había un escalón de ladrillo hundido.

—Agáchese y entre —dijo Claudio—. La cámara es más alta por dentro.

—¿Entrar?

—Entrar. Con cuidado.

Adrián se agachó, apoyó una mano en el ladrillo caliente del suelo —el sol, en aquel rincón, había estado dándole toda la mañana—, y se introdujo por la boca.

Al otro lado, efectivamente, la cámara del horno se ensanchaba y permitía estar casi de pie si uno no era muy alto.

El techo era abovedado, de ladrillo refractario, y estaba ennegrecido por capas y capas de hollín antiguo.

El suelo, de tierra batida. Olía a carbón frío, a ceniza muy vieja, y a una humedad mineral que no terminaba de encajar con un espacio que había estado sometido durante siglos a miles de grados.

Claudio se agachó detrás de él con agilidad sorprendente para su edad.

—Apague la luz.

—¿Qué luz?

—La del patio. Métase más dentro. Y cállese.

Adrián se desplazó un par de metros hacia el fondo.

La luz del exterior se redujo a un arco pálido a sus espaldas.

Sus ojos, acostumbrándose, empezaron a distinguir en las paredes de la cámara marcas que al principio había tomado por manchas del humo: unas líneas finas, regulares, grabadas en el ladrillo antes de la cocción, y que siglos de uso no habían conseguido borrar del todo.

—¿Lo ve? —dijo Claudio, detrás de él—. Mire bien la pared del fondo.

Adrián encendió la linterna pequeña del móvil. El haz barrió la pared.

Allí estaba.

Una concha.

Grabada en un ladrillo central, con la misma forma de vieira que había visto la tarde anterior doce metros bajo el suelo del templo, al otro lado del río, y a una distancia en línea recta que debía de rondar, calculó con un pequeño escalofrío, los seiscientos metros justos.

—Ahí la tiene —dijo Claudio—. Es la misma.

—¿La misma que cuál? —preguntó Adrián, sabiendo ya la respuesta.

—La de debajo de la Catedral.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la mía es como la suya, y la suya es como la mía.

Porque hace cuatrocientos años, el alfarero que construyó este horno lo dejó anotado en un cuaderno que todavía tengo yo guardado en un arcón del dormitorio.

Y porque el alfarero era sobrino del cantero que puso la de abajo.

Los Paniagua y los Durán estuvieron emparentados tres generaciones.

Adrián se acercó más al ladrillo del fondo.

Pasó los dedos por los trazos de la concha.

Eran anchos, profundos, hechos a punzón antes de la cocción.

La había grabado alguien que sabía lo que estaba haciendo, y además sabía que pocas veces la vería nadie.

Aquel era un signo para otros signos. Una firma sin firmante.

—Póngase de rodillas —dijo Claudio—. Y ponga la oreja en el suelo.

Adrián dudó un instante.

—No me mire así. Ponga la oreja.

Se puso de rodillas sobre la tierra batida.

La tela del pantalón se manchó enseguida con ese polvo fino y oscuro que dejan los suelos que han recibido demasiado hollín durante demasiado tiempo.

Apoyó la oreja derecha contra el suelo del horno.

Al principio no oyó más que el ruido de su propia respiración amplificada por la cámara y algún crujido lejano del edificio.

Luego, a los pocos segundos, y con una claridad que le heló literalmente la columna, apareció lo otro.

Un pulso.

Tres y dos.

Muy bajo. Muy lejano. Pero inequívoco.

Igual que en el pilar. Igual que en el hueco de la Giralda. Igual que en los charcos. Igual, también, probablemente, que en la mancha de su propio dormitorio, si alguna vez se acordaba de arrodillarse allí.

Y, mezclado con el pulso, una segunda cosa: un rumor de agua.

No mucha. Un hilo. Pero muy claro. Un hilo que pasaba por debajo del horno, de este a oeste —de la orilla izquierda a la orilla derecha, del lado de la Catedral al lado del mar— con la constancia de quien lleva siglos haciendo el mismo recorrido.

Adrián se incorporó despacio. Se quitó el polvo de las rodillas con la mano, y el polvo, al caer, dejó una nubecilla breve en el aire.

—Hay agua bajo el horno.

—Hay agua bajo todo —dijo Claudio, desde atrás—. Pero esta es distinta.

—¿Distinta cómo?

—Distinta porque conoce el camino.

Salieron del horno. El sol del patio, al recibirlos, pareció de pronto demasiado blanco para los ojos. Claudio se apoyó en el bastón y señaló con la cabeza al pozo central del patio.

—Ese pozo no da agua. Lo secaron en mil ochocientos y pico. Pero si uno se asoma, todavía oye lo mismo que ha oído usted. El hilo pasa por debajo.

Adrián se acercó al pozo. Se asomó. La piedra redonda que lo tapaba estaba perforada en el centro por un pequeño agujero circular, de menos de un dedo de diámetro.

No le hizo falta acercar la oreja. Pasaba por allí un sonido constante, muy bajo, que incluso a pie firme se oía: el murmullo fino de un agua que corría, aparentemente, muy por debajo de su nivel real, y por debajo de la que la prudencia geológica tenía prevista para aquella parte de Triana.

—Mi abuelo lo llamaba la vena —dijo Claudio—. Mi padre, el hilo . Yo, cuando hablo con gente como usted, le digo el Camino Negro , porque es la palabra que se entiende sin preguntas.

—¿Y cuando habla con otra gente?

—Con otra gente no hablo de esto.

Se sentó otra vez a la mesa. Adrián lo siguió. Bebió un poco más de café, frío ya, pero reconfortante por la costumbre.

—Mi familia —siguió Claudio, con esa naturalidad de las personas mayores que explican las cosas sin drama— lleva trabajando el barro en este patio desde el siglo dieciséis.

Alfares, azulejería, tejas. Fuimos de los pocos que se negaron a marcharnos al Aljarafe en los noventa, cuando la cerámica se industrializó y toda Triana se vació de hornos.

El horno grande lleva apagado casi cien años, ya se lo he dicho.

Pero la casa sigue aquí. Los papeles siguen aquí.

El cuaderno del tío Sebastián sigue aquí. Y el agua, sobre todo, sigue aquí.

—¿Qué es el cuaderno del tío Sebastián?