Capítulo 4 — La ciudad sumergida
La ciudad sumergida
El Puente de Triana, a la una de la tarde, tenía la misma gravedad melancólica que le ha dado durante ciento setenta años a quien lo cruzara mirando el río.
Adrián lo atravesó despacio, con las manos en los bolsillos de la cazadora, la bolsa de herramientas al hombro, y los ojos puestos unas veces en el agua gris del Guadalquivir y otras en la línea de arquerías blancas que anunciaba la orilla contraria.
El agua estaba alta. Se había llenado con las lluvias de la semana y bajaba entre los ojales del puente con una calma densa, algo solemne, como si llevara siglos negociando con las ciudades por las que pasaba la cantidad exacta de agua que podía llevarse sin ofenderlas.
Unas gaviotas giraban sobre la lámina. Una barcaza pequeña, con bandera española desteñida, se mecía amarrada en la orilla trianera, vacía, sola.
En mitad del puente, Adrián se detuvo.
Desde allí se veían las dos ciudades a la vez.
A la espalda, la Sevilla de piedra: la Torre del Oro, el campanario de la Magdalena, la línea de la Giralda recortándose al fondo contra el cielo limpio.
Enfrente, la Sevilla blanca: los tejados bajos de Triana, las chimeneas apagadas de las alfarerías, la silueta discreta de la Capilla de los Marineros, y la Capilla del Carmen de Aníbal González al pie del puente, con su pequeño minarete de cerámica verde que parecía diseñado expresamente para no hacer sombra a la Giralda, por respeto o por prudencia.
Dos ciudades. Un río. Y, según iba entendiendo Adrián, un sistema único que las atravesaba por debajo.
Se quedó un minuto más en la baranda con los antebrazos apoyados en el hierro frío.
Un cormorán pasó volando muy bajo, paralelo a la superficie del río, con la concentración profesional de los pescadores con plumas.
Tres hombres mayores, sentados en uno de los bancos de la orilla, conversaban con la parsimonia característica de los jubilados de Triana, con una pausa entre frase y frase que un recién llegado habría interpretado como falta de entendimiento y que, en realidad, era la forma adulta de respetar al que acababa de hablar.
Al otro lado, un grupo de turistas americanos hacía fotos con los móviles.
Uno de ellos, un hombre alto con una camiseta de alguna universidad del medio oeste, mostraba a su compañera una foto recién hecha comparándola con la vista real, como si necesitase confirmar que ambos planos coincidían.
Bajó las últimas losas del puente y pisó el Altozano.
La plaza, a aquella hora, tenía un ritmo distinto al de la orilla contraria.
No había grupos de turistas esperando para entrar en ningún monumento.
Había, en cambio, una viejecita con un carrito de la compra entrando en el mercado, un hombre leyendo el periódico en la terraza de un bar, un niño moreno jugando con un palo en la acera, y dos albañiles sentados en el bordillo tomándose un bocadillo con la paciencia feliz de los que acaban de cobrar.
Olía a azahar, a pescado frito del mercado, y, muy lejanamente, a barro mojado, un olor que Adrián no terminó de identificar al principio y que después, cuando se metió por Calle Alfarería, reconoció enseguida: era el olor de los hornos viejos.
El mercado de Triana —un edificio moderno construido sobre los restos de un castillo medieval cuyas ruinas se habían integrado en la estructura— dejaba escapar, por sus puertas abiertas, ese bullicio amable que tienen los mercados a mediodía: voces de pescaderos anunciando sardinas, el golpe seco del cuchillo contra la tabla, el tintineo de las cajas registradoras, una radio sintonizada en Radio Olé.
Adrián pasó por delante sin entrar. Una mujer de unos cincuenta años, que salía en ese momento con dos bolsas pesadas, cruzó con él una mirada breve y le dio los buenos días con la cortesía cotidiana de los trianeros, que saludan a todos los desconocidos por principio, partiendo de la sospecha, razonable en Sevilla, de que a lo mejor eran conocidos suyos y habían cambiado mucho.
La Calle Alfarería, larga y estrecha, conservaba todavía algunos talleres abiertos entre tiendas cerradas y pisos reformados.
En los escaparates de los pocos que quedaban se veían azulejos sevillanos de diseño tradicional, platos decorados, macetas de barro rojo, algún San Cristóbal esmaltado para colgar en la pared de un salón.
Los letreros, muchos, estaban escritos con letras cerámicas incrustadas directamente en el muro: Cerámica Santa Ana.
Desde 1870. Alfares del Guadalquivir. Taller Ruiz.
Adrián fue leyéndolos al pasar, como quien repasa una lista de supervivientes.
En otro tiempo, en aquella calle se contaban por decenas los hornos encendidos de madrugada; ahora, la mayoría de los rótulos cerámicos pertenecían a talleres que habían cerrado, en los últimos treinta años, cuando la cerámica industrial del Aljarafe había desplazado a los obradores familiares.
Las fachadas, con sus enfoscados gastados y sus portales estrechos, guardaban todavía la memoria de los oficios: un gancho oxidado en lo alto de un muro, para izar sacos; la marca de una rampa pequeña en el umbral, para hacer entrar carretas; un dintel que había sido pintado hacía mucho tiempo de un azul cerámica que ya sólo quedaba en las esquinas.
En la acera, a mitad de calle, un gato naranja dormía la siesta al sol con esa confianza absoluta que tienen los gatos de los barrios viejos. Adrián lo evitó con cuidado. El gato abrió un ojo, le calificó con la mirada, y volvió a cerrarlo.
Buscaba el número cincuenta y cuatro. Se lo había dicho Tomás al despedirse, casi como al descuido, antes de cerrar la puerta del campanario. Calle Alfarería, cincuenta y cuatro. No hay letrero. Llame usted y aguante la contestación.
El cincuenta y cuatro resultó ser una puerta ancha de madera oscura, con dos aldabas de hierro en forma de mano cerrada, bajo un dintel de azulejo viejo sin inscripción.
A la izquierda de la puerta, un trozo de enfoscado se había caído y dejaba ver el ladrillo original, de un rojo profundo, muy antiguo.
A la derecha, una ventana cerrada con postigo. Ni letrero, ni timbre, ni cartel.
Adrián levantó una de las aldabas y la dejó caer con suavidad.
Dentro, no se oyó nada durante un rato largo. Después, con esa lentitud de los edificios antiguos, se oyó el crujido de una puerta interior que se abría, unos pasos arrastrados por un patio, y finalmente, del otro lado de la puerta, una voz grave, cansada, de hombre mayor.
—¿Quién.
—Adrián Vega —dijo, aproximando la cara a la madera—. Vengo de parte de Tomás Beltrán. El campanero.
Hubo un silencio del otro lado. Largo. Tan largo que Adrián llegó a pensar que nadie iba a contestarle. Luego, muy despacio, se corrió un cerrojo interior, después otro, y por fin la puerta se abrió.
En el vano, apoyado en un bastón, había un hombre muy mayor.
Ochenta y muchos. Bajo, grueso, con el rostro lleno de manchas de la edad y unas manos enormes, muy rojas en los nudillos, como las manos de los boxeadores retirados.
Llevaba un mandilón azul oscuro de alfarero, gastado pero limpio, y debajo una camisa blanca con el cuello abierto.
El pelo, blanco amarillento, revuelto. Los ojos, pequeños y muy vivos, miraron a Adrián de arriba abajo sin apresurarse.
—Claudio Paniagua —dijo, sin levantar la voz—. Pase.
Se apartó lo justo para dejarlo entrar y, con la misma lentitud, cerró la puerta a su espalda. Corrió los dos cerrojos, como si quisiera asegurarse de que la calle quedaba efectivamente fuera.
El interior era un patio sevillano de los de verdad.
No uno de postal. Uno de trabajo. Un rectángulo abierto de unos diez metros por seis, enlosado con piedras desiguales, rodeado en tres lados por galerías bajas con arcos rebajados de ladrillo.
Las paredes estaban encaladas en blanco, con zócalos de azulejo verde y blanco en la altura baja, y de las columnas colgaban macetas viejas con geranios que llevaban demasiado tiempo sin cambiar de tierra.
En el centro del patio había un pozo cubierto por una piedra redonda.
Al fondo, una gran puerta de dos hojas daba al taller, y a la izquierda, a lo largo del muro, se alineaban dos hornos antiguos: uno pequeño, cuadrado, de ladrillo refractario más moderno, todavía con restos de hollín reciente; y otro mayor, de planta rectangular, construido enteramente en ladrillo rojo muy viejo, con una boca ennegrecida por los siglos y un tiro vertical tapiado hacía décadas.
El patio conservaba, con esa coherencia de los lugares en los que no se ha cambiado nada durante demasiado tiempo, un orden interno en el que cada objeto parecía haber ocupado el mismo sitio durante varias generaciones: una silla de enea apoyada contra la pared, con el asiento un poco hundido; un cubo de zinc colgado de un clavo, con el fondo abollado; una manguera verde enrollada en una esquina con la precisión de los que saben desenrollarla en la oscuridad; un par de macetas rotas apiladas bajo un banco, con tierra y raíces secas dentro, sin que nadie se atreviera a tirarlas del todo.
Bajo uno de los arcos, una escobilla vieja estaba apoyada contra la pared, con el palo tan gastado por el uso que se veía la fibra del centro.
Aquel segundo horno era el que se refería Tomás. Adrián lo supo nada más verlo.
—¿Quiere café? —dijo Claudio, mientras avanzaba por el patio con el bastón—. Recién hecho.
—Por favor.
—Siéntese.