Capítulo 3 — El campanero ciego #3
—Servir para oír, quiero decir. No servir como sirve un mozo.
Servir como sirve un caucho, que amortigua y transmite.
Hay gente que escucha pero es duro por dentro, y el sonido se muere al chocar con él.
Y hay gente con la densidad correcta, que recoge el sonido y lo devuelve, limpio, al aire.
A esos el sistema los reconoce. No los elige. Los reconoce.
—Entiendo.
—No entiende aún. Pero entenderá.
Tomás se levantó. Lo hizo con la soltura de un hombre que conoce cada centímetro del suelo que lo rodea. Caminó hasta el pilar central del campanario, hacia el enrejado del pozo, y se detuvo allí con las manos a los lados del cuerpo, muy quieto.
—Venga —dijo—. Póngase a mi lado.
Adrián se levantó y se acercó.
—Cierre los ojos.
Adrián dudó un instante. Luego obedeció.
—No escuche las campanas —dijo Tomás, en voz muy baja—. Escuche el hueco.
—¿El hueco?
—El pozo central. El aire que hay dentro. El aire de un pozo, cuando el pozo es muy largo, tiene un tono propio. Como una botella muy honda.
Adrián se concentró. Al principio no oyó nada más que su propia respiración y el silbido leve del viento en los arcos.
Luego, a medida que su oído se fue acostumbrando, empezó a distinguir cosas: el ronroneo sordo de las campanas, el leve crujido de la madera de los yugos, el rumor amortiguado de la Avenida de la Constitución a setenta metros bajo sus pies.
Debajo de todo eso, poco a poco, apareció lo otro: un tono, muy bajo, muy constante, que parecía surgir directamente del hueco vertical.
Una nota grave, sostenida, sin variación, como el zumbido de un órgano con una sola tecla pulsada muy lejos.
—La oigo —dijo, después de un rato.
—Eso es la torre pensando. Y ahora, escuche más.
Adrián obedeció. Contuvo la respiración.
Aguzó más el oído. Y entonces, muy lentamente, bajo la nota principal del pozo, apareció otra cosa: una resonancia más distante, más débil, que parecía venir no del pozo sino de debajo del pozo.
Como si el pozo continuara, efectivamente, en sentido inverso, hacia abajo, más allá del suelo de la torre, más allá del suelo del templo, hasta llegar a una zona donde otra cavidad más ancha le devolvía la nota con una pequeña demora.
—La siento —dijo Adrián, bajando la voz.
—Eso es la Catedral pensando. Y ahora, escuche más.
Pasaron unos segundos. Adrián notó entonces, como se nota un hilo fino entre dos dedos sudados, un tercer sonido. Una cadencia. Un pulso. Lo reconoció antes de poder nombrarlo.
Tres y dos.
Muy débil, pero exacto. Emergiendo de la nota grave como se separa un pigmento de otro en una pintura antigua cuando se mira con luz rasante.
—Lo oigo —dijo.
—Ya sabía yo que lo oiría.
Abrió los ojos. Tomás seguía quieto a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada, como quien no ha terminado del todo de oír lo que está oyendo. Pasaron unos segundos más en silencio. Luego, cuando le pareció que aquello se había apagado, Adrián preguntó:
—¿Qué es eso que responde desde abajo?
—El sistema.
—Sí, pero… físicamente.
Tomás volvió a sonreír, esta vez con un poquito de tristeza.
—Físicamente, señor Vega, no lo sabemos del todo.
Hay agua, eso seguro. Y hay aire, en cámaras.
Y hay piedra labrada por gente que ya no existe.
Hay, además, una cierta forma de construir que privilegia la continuidad sobre la discontinuidad.
Eso es todo lo que un técnico como usted podría medir. Lo demás…
—¿Lo demás?
—Lo demás lo llamamos de distintas maneras, según el siglo. Algunos le dijeron Iter . Otros, vena . Otros —y aquí bajó un poco la voz, sin énfasis— le dicen Camino Negro .
Adrián sintió, otra vez, aquel pequeño hormigueo en los brazos.
—¿Usted también lo llama así?
Tomás tardó un momento.
—Yo lo llamo así cuando hablo con los que ya lo han oído. Con los demás lo llamo la línea , o el hilo , o la cosa esa , o lo de ahí abajo . Según. Los nombres son una forma de señalizar para el que viene detrás.
—¿Y por qué negro?
—Porque así lo he oído yo toda mi vida. Y porque, cuando uno ha oído durante muchos años las mismas cosas, acaba dándose cuenta de que los nombres que se mantienen son los que sobran. Nada se llama como se llama por casualidad.
Adrián asintió. No tenía con qué discutir aquello.
—¿Qué hago ahora? —preguntó, después de un rato.
Tomás volvió a la silla. Se sentó. Volvió a coger la taza. Bebió un sorbo corto.
—Lo que haga, hágalo pronto —dijo—. Hay momentos en los que esto escucha, y momentos en los que duerme. Ahora está escuchando. No va a estar siempre.
—¿Cuánto tiempo?
—No se sabe. Días. Semanas. A veces meses. Una vez, cuando yo era joven, escuchó durante casi un año entero. Pero fue cuando enterraron al Conde. Fue un caso raro.
—¿Qué conde?
—Da igual qué conde. Era muy importante entonces. Ya no lo es. Nadie lo recuerda. Pero el sistema sí.
Adrián se quedó pensando. Miró por encima del hombro de Tomás, hacia el arco abierto al oeste, por donde se veía el Guadalquivir hecho una lámina gris, y más allá, Triana, con sus tejados bajos y las chimeneas apagadas de los alfares.
Desde allí arriba, la ciudad se ordenaba con una lógica distinta que desde el suelo: las líneas de calles, los tejados, las plazas, componían un dibujo en el que podían distinguirse líneas antiguas, trayectorias que ninguna avenida moderna había respetado del todo.
El Guadalquivir, visto así, parecía una cicatriz ancha dejada hacía demasiado tiempo como para que doliera ya.
—¿Y dónde tengo que ir?
—Al otro lado del río.
—¿Triana?
Tomás asintió.
—En Triana hay sitios donde el Camino Negro asoma. No del todo. Pero asoma. Los patios viejos, algunos. Las fundiciones. Los sótanos de las alfarerías. Pregunte usted por un señor mayor llamado Claudio Paniagua. Dígale que va de parte de Tomás el campanero. Y dígale que escuche con usted.
—¿Qué hace ese señor?
—Fue alfarero. Ahora es viejo. Pero conserva un horno apagado del siglo diecisiete que no deberían haber conservado, y que conserva. Ese horno oye. Hágale caso.
—¿Su dirección?
—Calle Alfarería, cincuenta y cuatro. No hay letrero. Llame usted y aguante la contestación.
Adrián apuntó mentalmente el nombre y la dirección. Claudio Paniagua. Calle Alfarería, cincuenta y cuatro. Los repitió dos veces en silencio para no perderlos.
—Una cosa más —dijo, después de una pausa.
—Diga.
—¿Puedo preguntarle algo personal?
—Puede.
—¿Cómo empezó usted a oír todo esto?
Tomás giró muy lentamente la cabeza hacia él. Los ojos vacíos no lo miraban, pero la atención sí.
—No empecé a oírlo. Dejé de ver otras cosas. El oído no se desarrolla; se descubre. Uno oye toda la vida lo que hay. Lo que cambia, cuando se nos va la vista, es que dejamos de escuchar otros canales.
—¿Y si yo quiero aprender a escuchar sin quedarme ciego?
Tomás esbozó, esta vez, una sonrisa plena, sin tristeza.
—Pues tendrá usted que cerrar los ojos a propósito, señor Vega. Con frecuencia. Y en sitios donde nadie le vea hacerlo. Es un ejercicio poco elegante. Pero funciona.
—¿Cuánto tiempo?
—Empiece con cinco minutos al día. En la Catedral misma, si puede.
En una capilla lateral, por ejemplo, en la hora mala, esa hora muerta de las tres y pico en que los turistas se han ido a comer y los curas están rezando.
Cierre los ojos cinco minutos. Al principio no oirá más que a usted mismo.
Al cabo de una semana empezará a oír el edificio.
A las dos semanas, a oírse a sí mismo distinto. A las tres, a saber distinguirse.
—¿A saber distinguirse?
—A saber si lo que usted oye es suyo o es del edificio.
Adrián asintió. Se acercó a la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.
—Una cosa más.
—Dígame.
—Las campanas que están sonando ahora mismo. Muy bajo. Las que suenan sin sonar.
—¿Qué les pasa?
—Hay una que no está del todo alineada con las otras.
Tomás se quedó quieto. Un momento largo. Luego asintió muy despacio.
—Buen oído, señor Vega. Es la de Santiago. Lleva así desde hace cuatro días. Va desde la tarde del domingo.
Domingo. Adrián hizo la cuenta mental. Domingo por la tarde. Más o menos la hora a la que él, sin saberlo, había entrado por primera vez aquella misma semana con su escucha de muros y había apoyado la oreja contra el pilar dos de la nave del Evangelio.
No dijo nada.
Salió.
La bajada por las rampas fue más rápida que la subida.
El sol, a las once y media, entraba ahora por los vanos con otro ángulo, dorando tramos del suelo que antes habían estado en sombra.
La piedra, iluminada así, dejaba ver unos aserraderos finos de polvo dorado que subían y bajaban lentamente con cada corriente de aire, como si la torre tuviera también ella su respiración diurna.
Adrián los miró un momento, apoyado en el muro del vigésimo tramo, y pensó, sin decírselo a nadie, que en Sevilla el polvo se comportaba de un modo extraño: no se posaba, exactamente.
Daba la impresión de irse a alguna parte.
En el descenso se cruzó con tres grupos más de turistas que subían.
Uno, un padre con dos niñas pequeñas; ellas reían.
Otro, una pareja en silencio, con las mochilas cruzadas como bandoleras.
Otro, un grupo de ocho alemanes mayores, guiados por una mujer española de mediana edad que les hablaba en un alemán correcto y discreto.
Cada uno tenía su forma de subir: los niños saltando, los mayores arrastrando los pies, los alemanes con la paciencia disciplinada de los excursionistas experimentados.
Adrián los miraba pasar con un afecto distraído, con la conciencia de que ninguno de ellos iba a oír, arriba, lo que él acababa de oír.
Iban, sí, a ver la ciudad. A hacer fotos.
A leer en el cartel que la Giralda tenía veinticinco campanas.
A subir por las rampas y a admirar la anchura de los muros.
Pero del sistema, del tres y dos, de la campana de Santiago descolocada desde el domingo, no iban a oír nada.
Porque eso no se oía por ser turista. Eso se oía por otra cosa.
Cuando llegó a la base, Miguel ya no estaba allí. Había dejado, en cambio, un sobre cerrado sobre el banco, con el nombre de Adrián escrito a bolígrafo.
Adrián lo abrió. Era una nota breve, escrita con letra clara, sin floritura.
Señor Vega: En cuanto tenga ocasión, avíseme. Hay algo en el archivo que va a querer ver. No hay prisa, pero tampoco mucho tiempo. C. Bru.
Adrián plegó la nota, se la guardó en el bolsillo interior de la cazadora, y salió de la Catedral por la puerta del Lagarto.
Al cruzar el Patio de los Naranjos, levantó instintivamente la vista hacia la torre.
Desde abajo, la Giralda seguía siendo la misma figura de siempre, lisa, robusta, con el Giraldillo arriba haciendo su leve giro lentísimo sobre el cielo azul de la mañana.
En el campanario, a más de setenta metros sobre el suelo, un hombre ciego estaba en aquel momento bebiendo café, con la cabeza ligeramente ladeada, oyendo una cosa que Adrián acababa de aprender a oír.
Sintió, por un instante, una sensación curiosa. No era vértigo. Era simetría.
Lo que había bajo sus pies, doce metros por debajo del pavimento de la plaza, tenía un gemelo arriba, setenta metros por encima.
Como arriba, así abajo. Lo que allí se decía, aquí se repetía.
Lo que allí se movía, aquí se sabía. La Catedral y su torre no eran dos edificios con un muro en común. Eran un solo cuerpo con dos cabezas.
Salió a la Avenida de la Constitución. Un tranvía cruzaba en ese momento con el sonido suave de los tranvías modernos, casi un susurro eléctrico, y a Adrián le pareció, sin razón precisa, que también aquel vehículo, al pasar, hacía vibrar mínimamente el suelo bajo sus pies con una cadencia que, si uno se concentraba, podía reducirse a tres y dos.
Cerró los ojos un segundo. Los abrió. Se rió por dentro de sí mismo.
Ya empiezas a oírlo en todos los sitios , se dijo.
Cruzó hacia el río.
Iba a Triana.