Capítulo 3 — El campanero ciego #2
Campanas, no. Campanas en reposo. Porque las campanas, aunque no suenen, respiran.
Adrián lo sabía desde que había trabajado en restauraciones menores en iglesias pequeñas: el bronce, colgado durante siglos, emite un ronroneo mínimo cuando pasa el aire.
Un zumbido casi subsónico que los sordos no oyen y los distraídos tampoco.
Ese ronroneo, en la Giralda, era múltiple.
Había veinticinco campanas arriba. Veinticinco zumbidos mezclándose entre sí, formando una armonía aproximada que, a distintas alturas de la rampa, cambiaba de tono porque cambiaba el ángulo del sonido.
Cuando alcanzó el trigésimo tramo, el aire ya estaba lleno de ellas. No sonaban. Sólo vivían.
El campanario propiamente dicho empezaba en el rellano del tramo trigésimo quinto.
Allí, una puerta baja de madera oscura daba acceso a una estancia ancha y de techo no muy alto, con cuatro arcos abiertos a las cuatro direcciones cardinales.
De cada arco colgaba, en cuerpos de piedra labrada, un conjunto de campanas.
Las más grandes, las de los bronces históricos, se veían al fondo, montadas sobre yugos de madera maciza, con sus badajos quietos, esperando.
Las más pequeñas, repartidas en los laterales, colgaban en racimos más modestos.
En el centro, en el suelo, un enrejado de hierro dejaba ver el pozo vertical bajando, y más allá, muy abajo, el punto diminuto donde la luz entraba desde la base, como el final de un telescopio puesto al revés.
Y en un rincón, sentado en una silla de madera, junto a una mesa pequeña, había un hombre.
Era mayor. No viejo, mayor. Debía de tener unos setenta y cinco años, quizá algunos más.
Llevaba un jersey gris de cuello cerrado, un pantalón oscuro, unas zapatillas ya blandas por el uso.
En las manos sostenía una taza de café, de las gruesas, sujeta con las dos manos juntas como si, más que beber el café, quisiera retener su temperatura.
Tenía el pelo blanco, corto, muy limpio.
El rostro estaba quieto, atento, con unos ojos azulados y vacíos, sin expresión, clavados más o menos en la puerta pero no exactamente en Adrián.
La mesa estaba pulcramente dispuesta, con la discreta geometría de los hombres que viven solos y a los que las cosas les quedan siempre en el mismo sitio: a su izquierda, una termo de acero inoxidable gastado con un parche de cinta adhesiva en el asa, un azucarero pequeño, un plato con tres galletas maría dispuestas con exactitud en fila india, y un pequeño reloj despertador antiguo con esfera redonda que marcaba la hora en silencio; a su derecha, un viejo transistor de madera y plástico color crema, con antena telescópica a medio extender, encendido en volumen muy bajo, sintonizado en una emisora nacional donde un locutor matutino comentaba las noticias del día con ese tono neutro que las suaviza antes de que lleguen al oído.
En la pared, sobre la mesa, colgaba una pequeña cruz de madera oscura, y debajo, un cuadro enmarcado con el escudo del Cabildo.
—Adelante —dijo el hombre, antes de que Adrián hubiera pronunciado una palabra—. Le oigo desde el tramo quince. Pisa usted con las puntas, como los restauradores.
Adrián se detuvo en el umbral.
—Adrián Vega —dijo, por si acaso.
—Tomás Beltrán. Venga usted. No muerdo, y las campanas, a esta hora, tampoco.
Adrián entró. Cerró la puerta sin querer con demasiada suavidad; el campanero ladeó apenas la cabeza al oírlo, con un gesto de aprobación, y señaló con la barbilla una segunda silla que había contra la pared.
Tomás alargó la mano y apagó el transistor con un pequeño chasquido.
La radio se calló y el campanario quedó lleno, otra vez, del ronroneo bajísimo de los veinticinco bronces.
—Siéntese.
Adrián arrastró la silla y se sentó. Durante unos segundos no hubo más que silencio entre los dos, y el ronroneo suave de las campanas, y el aire entrando por los cuatro arcos abiertos con esa levedad salina que tiene el viento de Sevilla cuando viene del sudoeste.
—Le ha mandado Salvatierra —dijo Tomás.
—Sí.
—Y han bajado ustedes.
Adrián dudó un instante.
—¿Cómo lo sabe?
Tomás sonrió. No fue una sonrisa exagerada. Sólo una curvatura pequeña en la comisura, de hombre al que hace tiempo que nada le sorprende demasiado.
—Porque la torre lo oye. Ayer por la tarde, a eso de las siete, hubo un ligero desfase en la campana de Santiago.
La campana de Santiago es esa de ahí —señaló con el mentón hacia la izquierda, sin verla, pero sin equivocarse—; si usted se fija, tiene el yugo un poco más viejo que las otras.
Esa campana, cuando alguien entra en determinadas galerías de abajo, se mueve tres décimas de grado. No es audible. Pero yo lo noto.
Adrián se quedó callado.
—¿Lo nota cómo?
—Por el ronroneo. Cada campana tiene el suyo. El de Santiago, ayer por la tarde, se descolocó unos segundos y volvió.
—¿Cuántos segundos?
—Siete y pico. Justo los que tardan en bajar por la escalera corta de la sacristía hasta la cámara de la balsa.
Adrián tuvo que esforzarse para no levantarse de la silla.
Echó una mirada rápida a la campana señalada, la de Santiago.
Era un poco más pequeña que la más grande de las del arco, con el bronce ligeramente más oscuro, casi negro en ciertas zonas, y un yugo de madera en el que se veían las señales de muchas generaciones de manos: lijado por el uso, repintado, reparado, con algunas muescas accidentales en la base.
—¿Usted oye todas las campanas? —preguntó, recuperándose.
—Oigo, más bien, el sistema.
—¿El sistema?
—Esto no son veinticinco campanas, señor Vega. Es una campana en veinticinco pedazos. Cuando suena una, las demás responden mínimamente. Cuando el aire cambia, responden todas. Cuando alguien camina ahí abajo, responden también. Lo que yo oigo, casi siempre, es el sistema entero.
Adrián se pasó la mano por la barbilla. Tenía muchas preguntas. Ninguna le parecía, en aquel momento, la adecuada.
—¿Y cuándo empezó usted con esto?
Tomás dejó la taza sobre la mesa.
—Con la torre, con veintitrés años, como aprendiz del que había antes, Joaquín Rivas, al que llamaban Joaquín el seco porque no bebía agua más que al levantarse.
Con la escucha, con treinta y tantos. Mi vista se fue yendo poco a poco, por una enfermedad heredada.
A los cincuenta dejé de distinguir cosas a más de dos metros.
A los cincuenta y cinco ya no veía sombras.
Para entonces ya había aprendido a compensar.
Es mentira eso de que uno se queda ciego y le sube el oído como por milagro: lo que ocurre es que, cuando ya no puede distraerse con los ojos, le da tiempo a escuchar lo que siempre estuvo allí.
Pero esa escucha es vieja. Está dentro. Sólo hay que dejarla salir.
—Entiendo.
—No entiende aún. Pero entenderá.
Hubo un breve silencio cómodo.
—El padre Salvatierra me dijo que le preguntara por un ritmo.
Tomás asintió, lentamente.
—El tres y dos.
—¿Es así como lo llama?
—Es así como se llama.
Dejó la taza sobre la mesa. Se frotó los dedos una contra otra, muy despacio. Después, con los dedos índice y medio, dio sobre el tablero tres golpecitos seguidos y, tras una pausa muy breve, dos más.
Toc. Toc. Toc. Toc. Toc.
—Así —dijo—. Tres y dos. Cinco toques, con una pausa pequeña entre el tercero y el cuarto. Es un ritmo antiguo. Más antiguo que la torre. Más antiguo que la Catedral. Más antiguo, probablemente, que la lengua en la que hablamos usted y yo ahora mismo.
—Yo había oído un ritmo distinto —dijo Adrián—. Dos breves, una larga.
Tomás asintió.
—Es una variante. Una reducción. Se usa en otras fases. Lo que usted ha oído abajo es una forma degradada del tres y dos. A veces, cuando el sistema lleva mucho tiempo sin que nadie lo escuche como es debido, se simplifica solo. Como una letra que pierde rasgos cuando se copia mil veces.
—¿Se simplifica solo?
—Los ritmos antiguos son más tercos de lo que la gente cree. No necesitan que alguien los mantenga para seguir existiendo. Sólo que alguien los oiga, de vez en cuando.
—¿Y usted los oye.
—Yo los oigo.
Hubo un silencio breve. Tomás alargó la mano y, con una precisión notable para alguien que no veía, cogió la taza exactamente por el asa.
—Antes éramos más —añadió, casi en voz baja—. Ahora, en la Giralda, sólo quedo yo. Pero tampoco estoy solo. Hay más como yo en otras torres. Eso también es un sistema.
—¿Cuántos, más o menos?
Tomás se quedó un momento quieto. Luego respondió, con esa honestidad sin dramatismo de los oficios menguantes.
—En España, hoy, tres. Yo aquí. Otro en Oviedo, aunque a ese hace años que no lo oigo. Y Xoán, en Santiago. Más viejo que yo. Ciego también, por cierto. Noventa años.
—¿Se comunican entre ustedes?
Tomás sonrió.
—A mi manera.
—¿A su manera es cómo?
—A su tiempo, señor Vega. Se lo explicaré el día que haga falta, no antes.
Adrián lo miró un momento. Aquella frase pedía mil preguntas. Eligió no hacer ninguna.
—Usted —dijo Tomás, cambiando de tema con una naturalidad que parecía ensayada pero no lo era— ha oído el tres y dos en el pilar dos de la nave del Evangelio.
—Sí.
—Y después, en las campanas de las doce.
—Sí.
—Y después, en su propia casa.
Adrián se quedó quieto.
—¿Cómo sabe…?
—Lo supuse. Pasa siempre en el mismo orden. Primero la piedra, luego las campanas, luego la casa del que escucha.
—¿Siempre?
—Siempre que la persona sirve.
Adrián tragó saliva. No le gustaba esa palabra, servir , aplicada a él mismo. La asoció, por hábito profesional, con otras cosas, con otros contextos, con subordinaciones que no había elegido. Tomás, como si hubiera oído el pensamiento entero, matizó enseguida: