Los cuervos de la Catedral Capítulo 3 — El campanero ciego
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Capítulo 3 — El campanero ciego

El campanero ciego

Adrián despertó a las seis y media sin haber dormido del todo.

Había pasado buena parte de la noche despierto en el salón, con el perro a los pies y el cuaderno de campo abierto sobre las piernas, intentando ordenar lo que había bajado a ver.

Dibujó de nuevo la concha. Escribió varias veces las palabras Camino Negro hasta que dejaron de parecerle raras.

Dibujó también, en una página aparte, un diagrama torpe: la Catedral en planta, con la Giralda a un lado, las tres galerías del subsuelo apuntando al norte, al este y —más marcada que ninguna— al oeste.

En el centro del diagrama, sin querer, había puesto un punto.

Un punto sólo. Luego lo miró un rato largo y lo convirtió en una cruz.

Después tachó la cruz. Después la volvió a poner.

Había terminado, hacia las dos de la mañana, con una página que parecía más una obra menor de un escolar con fiebre que una nota técnica.

Se rió de sí mismo sin alegría y había cerrado el cuaderno.

Había intentado leer un rato: un libro de ensayos sobre restauración arquitectónica del siglo diecinueve que tenía en la mesilla desde hacía meses.

Al cabo de tres páginas se dio cuenta de que había releído dos veces el mismo párrafo sin entenderlo.

Apagó la luz. Tardó más de una hora en dormirse.

Soñó, a ratos, con una puerta pintada del mismo color que la pared, y con una llave que le crecía en la mano hasta ser demasiado grande para la cerradura.

A las siete y cuarto sonó el teléfono.

—¿Adrián?

Era la voz del padre Salvatierra, seca, sin preámbulos.

A esa hora, por la ventana, empezaba a colarse la primera luz de un día que prometía estar sin nubes; el sol, aún invisible detrás de los tejados del este, anunciaba su llegada con un rosado tenue sobre los muros blancos del patio interior del edificio vecino.

—Sí.

—Suba a la torre a las diez. Pregunte por Tomás Beltrán. Le he avisado.

—¿Tomás Beltrán?

—El campanero.

—¿El de la Giralda tiene nombre?

Salvatierra soltó una risa breve y sin gracia, la primera risa que Adrián le oía desde que lo conocía.

—Todo en la Catedral tiene nombre, señor Vega. Lo que pasa es que la mayoría no los usamos.

—¿Me va a recibir en el campanario?

—Él no baja a otro sitio desde hace años. Lleva, según mis cuentas, más de una década sin pisar la Plaza Virgen de los Reyes. La torre le da todo lo que necesita.

—¿Y qué quiere que haga allí arriba?

—Que le escuche, simplemente. Y que se deje escuchar por él.

Salvatierra colgó antes de que Adrián pudiera contestar nada más. Así era el sacerdote: citaba, informaba lo necesario, y se apartaba.

Adrián se preparó despacio. Se duchó. Afeitó.

Ropa cómoda, botas blandas, una chaqueta ligera sobre una camiseta de manga larga.

Desayunó en la cocina, de pie, apoyado en la encimera: una tostada de pan moreno con aceite y tomate, un café.

El perro, en el recibidor, recibió su ración de pienso con la parsimonia de los galgos viejos y se tumbó después junto a la puerta del balcón para dejarse calentar por el sol temprano.

Adrián le dejó la mano encima del lomo un minuto.

El perro le devolvió la cortesía con un resoplido corto y cerró los ojos.

Antes de salir, Adrián se detuvo en el rincón del dormitorio.

La mancha seguía allí, más oscura aún que la noche anterior; había crecido otros dos o tres milímetros y ahora, si se la miraba de cerca, parecía respirar de un modo imperceptible, como si muy por debajo del suelo algo la alimentase al ritmo constante del pulso que ya conocía.

Adrián no se agachó. No la tocó. Se quedó unos segundos mirándola y luego bajó a la calle.

A las diez menos diez cruzaba la Plaza Virgen de los Reyes.

La mañana era limpia, tibia, con esa luz franca de marzo que a veces engaña y hace pensar a los sevillanos que ya ha llegado la primavera, aunque todavía no.

Los turistas empezaban a organizarse en colas frente a la Puerta de San Cristóbal, y un grupo escolar con chalecos amarillos de alta visibilidad se estacionaba bajo los naranjos con el aburrimiento profesional de los niños a los que les queda una hora larga de explicaciones.

Una profesora joven, con una carpeta bajo el brazo y una paciencia mayor de la que ella misma reconocía, explicaba en voz contenida la historia del Patio de los Naranjos, y los niños asentían con esa educación artificial que preside estas visitas y que se desarma en cuanto la profesora se gira.

En una esquina, un vendedor de helados, con su carrito, esperaba pacientemente a que empezase a apretar el sol.

La entrada a la Giralda no era la que usaban los turistas.

Desde el interior del templo, un portón lateral daba al pie de la torre, en un vestíbulo pequeño y frío donde un cartel de plástico mal iluminado indicaba los nombres del personal de mantenimiento.

Miguel, el aparejador, lo esperaba allí con una carpeta bajo el brazo y un café ya mediado en la otra mano.

—Arriba —dijo, por todo saludo, y le alargó una tarjeta plastificada con una cinta azul.

Adrián se la colgó al cuello.

—¿Me acompañas?

—Yo no subo —dijo Miguel—. Me da vértigo a partir del tercer arco. Además, él prefiere ir recibiendo a la gente de uno en uno.

—¿Él?

—Tomás. Sube y lo verás.

—¿Cuánto tiempo lleva con la torre?

—Cuarenta y dos años de campanero. Quince más, de aprendiz, antes.

Mira, es una cosa rara: hay campaneros que van pasando por oficio, como guardas o sacristanes; y hay otros que se instalan en la torre como se instala un inquilino en un piso que, con el tiempo, acaba por no entender como distinto del propio. Tomás es del segundo tipo.

—¿Tiene familia?

Miguel dudó un segundo.

—No que yo sepa. Un sobrino, creo, que le ayuda con las comidas. Pero nunca se lo he preguntado directamente. Tomás no es un hombre al que le hagas preguntas personales.

Miguel le abrió la puerta interior y le señaló, con una pequeña sonrisa que no parecía simpática sino resignada, el inicio de las rampas.

Porque lo que tenía la Giralda, en lugar de escaleras, eran rampas.

Treinta y cinco tramos inclinados, suaves, de piedra gastada por el centro, construidos para que el muecín de la antigua mezquita pudiera subir a lomo de su mulo y, siglos después, para que los sacristanes y carpinteros de la Catedral pudieran subir materiales sin partirse la espalda.

Cada tramo giraba noventa grados a la izquierda.

En el centro de la torre, como un alma hueca, bajaba un pozo vertical que la recorría entera, cuadrado, de unos tres metros de lado, por el que habrían pasado, imaginó Adrián con fastidio, las cuerdas de los fardos y los pesos de los obreros desde el siglo doce.

Comenzó a subir.

La Giralda por dentro no se parecía a la Giralda por fuera.

Por fuera era una torre; por dentro era un tubo vertical con paredes enormes de ladrillo y piedra.

Los muros, en la base, tenían casi tres metros de grosor.

En los tramos más antiguos, la mampostería almohade se dejaba ver sin ornamento: piedras grandes, mal cortadas, unidas con un mortero oscuro.

Cada cierto tramo, un vano abierto hacia el exterior —una especie de ventana sin cristal— dejaba entrar un trozo de cielo y una corriente de aire.

A través de esos vanos Adrián vio, según subía, cosas que en cada altura eran distintas: primero los tejados vecinos, después los campanarios menores del casco antiguo, después la ciudad entera extendiéndose hacia el Guadalquivir y, detrás, Triana con sus chimeneas de cerámica apagadas y el barrio de los Remedios más allá, con sus torres modernas que parecían de un tamaño discutible comparadas con la altura a la que él se iba encontrando.

Subió sin prisa. Por costumbre profesional, observó la piedra al pasar.

El grano era excelente. Las juntas, en su mayoría, estaban bien resueltas.

Aquí y allá, alguna reposición moderna se notaba por el color, más limpio, más uniforme, menos vivido.

En el séptimo tramo se detuvo a recuperar el aliento y a mirar un arco lobulado que llevaba, quizá, ochocientos años aguantando todo el peso de la torre por encima.

Pasó la mano por él, casi sin pensar. La piedra estaba fría, áspera, con esa textura mineral que su oficio le había enseñado a reconocer como señal de salud.

La Giralda estaba, contra todo pronóstico razonable, en condiciones muy mejores de las que uno esperaría en un edificio de su edad.

En el tramo duodécimo se cruzó con un grupo de cuatro turistas que bajaban, dos hombres jóvenes y una pareja mayor con acento inglés, todos con la respiración agitada y las mejillas coloreadas por el esfuerzo de haber bajado rápido.

El mayor de los dos hombres jóvenes llevaba colgada al cuello una cámara de fotos grande, profesional, con la que sin duda había hecho fotos de cada arco y de cada tramo.

El otro cargaba una mochila pequeña con dos botellines de agua asomando por los laterales.

Los cuatro pasaron junto a Adrián con esa cortesía sudorosa de los turistas que comparten escalera.

Adrián les sonrió. Al pasar el último, por uno de los vanos que daba al este, cruzó un cuervo.

No lo vio llegar. Sólo un aletazo breve en el aire, una sombra rápida que bloqueó un segundo la luz, y luego nada.

Adrián se asomó. El pájaro ya había desaparecido detrás de la corona de la torre.

Se le ocurrió, sin quererlo, que era la segunda vez en tres días que un cuervo parecía estarle acompañando a su manera. Lo apuntó mentalmente. Siguió subiendo.

A partir del vigésimo tramo empezó a oírlas.