Capítulo 2 — Bajo la línea del agua #4
El sacerdote esbozó una sonrisa muy breve, casi compadecida.
—Digamos que hay momentos del día en que es preferible no estar aquí abajo.
Empezaron a recoger. Clara devolvió el plano al maletín.
Salvatierra volvió a encender su linterna de mano, que había apagado mientras hablaban.
Adrián, antes de girarse para salir, pasó una última vez el haz de luz por la pared de la concha, como quien quiere fijar en la retina una cosa que teme olvidar en cuanto suba.
Y fue entonces cuando sonó.
No en la Giralda.
Abajo.
Fue una nota grave, apagada, inequívoca: el tañido breve de una campana.
Una sola. Duró apenas un segundo, y el sonido pareció venir de un punto impreciso a varios metros por debajo del suelo de la sala.
Los tres se quedaron quietos. Clara fue la primera en mirar a Salvatierra.
El sacerdote no apartó los ojos del suelo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Adrián, con una voz que él mismo no reconoció del todo.
Salvatierra tardó un momento en contestar.
—La campana de abajo —dijo, al fin—. A veces suena. No siempre.
—¿Cuándo?
—Cuando alguien ha bajado que no debía bajar —respondió—. O cuando alguien ha bajado que sí debía. Es difícil saberlo, a veces, hasta mucho más tarde.
Sonó otra vez. Grave. Única.
Un tañido solo, cortado en seco.
Adrián lo oyó con el cuerpo entero. No con los oídos. El cuerpo entero. Como había sentido, la otra madrugada, el medio centímetro de peso lejano que le había despertado sin motivo.
—Vámonos —dijo Salvatierra.
Y subieron.
La subida, en comparación con la bajada, fue rápida.
Salvatierra abría la marcha. Clara iba en medio, con el maletín apretado contra el pecho.
Adrián cerraba. Ninguno hablaba. Cuando llegaron a la cámara intermedia, Salvatierra volvió a colocar la chapa metálica con los dos ganchos.
Cuando llegaron al tramo superior, corrió el cerrojo interior.
Cuando salieron a la sacristía, cerró con llave, se guardó la llave en el bolsillo, y se quedó un momento con la mano apoyada en la puerta, como quien comprueba que algo sigue, efectivamente, cerrado.
Sevilla, fuera, seguía siendo Sevilla. La luz dorada se había ido ya del todo.
El cielo tenía ese azul morado de las noches recién empezadas.
Por la Puerta del Perdón entraba un aire todavía fresco que olía a azahar y a asfalto mojado.
Dos mujeres cruzaban el Patio de los Naranjos con bolsas de la compra, conversando en voz baja.
Un niño pequeño correteaba entre los naranjos con un balón pequeño y rojo, perseguido, sin convicción, por un padre joven. Todo era absolutamente normal.
Salvatierra los acompañó hasta la puerta del Lagarto. Antes de despedirse, les dijo, sin énfasis, apoyado en la jamba:
—No comenten esto con nadie todavía. Necesito pensar.
—¿Pensar qué? —preguntó Clara.
—A quién llamamos —contestó el sacerdote—. Y a quién no.
Se metió dentro y cerró la puerta.
Adrián y Clara salieron juntos a la calle. Dieron unos pasos en silencio, como dos personas que acaban de compartir un examen y no saben todavía qué se puede decir y qué no. Al llegar a la Avenida de la Constitución, ella se detuvo.
—Señor Vega…
—Adrián.
—Adrián —repitió ella, sin sonreír—. Necesito que mañana me acompañe al archivo. Quiero que vea una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una carta. Escrita a finales del diecinueve. Si usted oye lo que oye, y si lo que ha visto esta tarde es lo que creo que ha visto, esa carta le va a interesar.
—¿De quién es?
Clara tardó un momento en contestar. Miró hacia el oeste, hacia la línea incierta del río.
—De alguien que estuvo allá abajo antes que usted —dijo— y volvió a subir distinto.
Le dio la mano, con una firmeza breve, y se alejó hacia Mateos Gago sin volver la cabeza.
Adrián se quedó un rato más en la esquina, quieto, con la bolsa de herramientas al hombro y las manos en los bolsillos.
La Giralda, a su espalda, empezaba a iluminarse con las luces nocturnas de cortesía.
Más lejos, del otro lado del río, Triana encendía también las suyas.
Entre una orilla y otra, bajo los adoquines, bajo los edificios, bajo la tierra misma, algo —eso ya no podía discutirlo— seguía discurriendo.
Y en algún punto de ese algo, una campana había sonado para ellos tres.
Echó a andar hacia su casa. Pasó por Mateos Gago, que se había llenado ya del bullicio habitual de la hora de cenar.
En una terraza, un grupo de estudiantes reía con esa risa limpia de los que todavía no conocen la fatiga.
En otra, una pareja mayor cenaba en silencio, más por costumbre de años que por falta de temas.
Un repartidor en bicicleta pasó zumbando con la caja térmica a la espalda, esquivando peatones con esa agilidad deportiva de los que se ganan la vida pedaleando.
Adrián los miró a todos con una atención nueva, más suave, más distante, como si, sin decírselo, acabase de mudarse de Sevilla a otra Sevilla.
No miró los charcos esta vez. No quería mirarlos. Sabía que iban a seguir mostrando la línea oscura, con él o sin él, tanto si la miraba como si no.
Cuando llegó a Conde de Ibarra, el cuervo no estaba en la cornisa.
Se había ido, si es que era el mismo, a otro sitio, o estaba esa noche en otra esquina de la ciudad.
Adrián se detuvo igual, y levantó la vista, por costumbre.
Había una pluma en el borde de la teja. Una sola.
Pequeña, negra, con el cañón hacia afuera, como si alguien la hubiera dejado olvidada.
Entró.
Arriba, Moro le recibió con su calma doctoral. La mancha del rincón del dormitorio, al revisarla Adrián antes de acostarse, había crecido otros dos centímetros.
Medía ya, en su eje mayor, diez.