Capítulo 2 — Bajo la línea del agua #3
Adrián se acercó al borde con la linterna.
El agua, vista desde arriba, no parecía profunda; el fondo, aparentemente plano, quedaba a un metro escaso.
Pero Clara, que había avanzado con una intuición técnica más rápida que la suya, se acuclilló junto al agua, alumbró con un ángulo distinto, y señaló algo.
—Ahí.
El haz entró en el agua y reveló, en el centro del fondo, lo que no era fondo: una abertura oscura, cuadrada, de unos cuarenta centímetros de lado, tapada por un enrejado antiguo de hierro forjado.
Por las aberturas del enrejado se adivinaba una continuación del pozo, un conducto descendente que seguía vertical varios metros más.
—Hay una salida —dijo Clara, sin emoción—. Hacia abajo.
—¿Hacia abajo adónde? —preguntó Adrián.
Clara se volvió hacia Salvatierra. El sacerdote, en lugar de contestar, levantó la linterna hacia la pared del fondo de la cámara.
—Lea eso primero.
Adrián y Clara alzaron las linternas a la vez.
En la pared del fondo, sobre un sillar ligeramente más claro que los demás, había grabada una sola palabra. Letras mayúsculas toscas, profundas, hechas con cincel:
SIGUE
No llevaba firma. No llevaba fecha. No formaba parte de ningún texto más largo. Era una sola palabra, imperativa, puesta allí no como información sino como orden.
—Siglo doce, probablemente —murmuró Clara, aproximándose a la inscripción con la linterna. Pasó el haz sobre las letras a distintos ángulos, observando los bordes del trazo—. Tal vez trece. Mortero del muro de la misma época. No es un grafito. Es una epigrafía intencional.
—¿Intencional para qué?
—Para quien bajase —respondió ella, sin quitarle el ojo a la piedra—. Es una indicación de ruta.
Salvatierra asintió desde atrás.
— Sigue —dijo—. No ven . No mira . Sigue . Quien la puso daba por hecho que el que llegara hasta aquí ya había decidido.
Adrián estudió la inscripción con los ojos de su oficio.
La piedra en que estaba grabada no era, técnicamente, del mismo lote que las demás del muro.
Tenía otro grano, otro tono. Era una piedra importada, probablemente de una cantera más antigua, y había sido encajada allí con un cuidado que no se correspondía con el carácter tosco de la letra.
Alguien se había tomado la molestia de traer una piedra especial, labrarla, y colocarla en el sitio exacto donde el visitante natural se detendría a leer.
—¿Seguir cómo? —preguntó—. La galería termina aquí.
—No exactamente —dijo Salvatierra. Se acercó a una de las paredes laterales, donde había un pequeño tramo de muro que parecía de factura distinta, y empujó con la mano.
La pared se abrió unos cuantos centímetros, de forma casi silenciosa, revelando una ranura vertical apenas suficiente para el paso de un hombre—. Por aquí.
—¿Cómo sabía…? —empezó Adrián.
—No lo sé yo —le interrumpió el sacerdote, con suavidad—. Lo sabe la Catedral. Y algunos custodios la ayudamos a recordarlo.
Pasaron uno a uno por la ranura. Al otro lado, se abrió una galería nueva, más baja, más estrecha, con el suelo ligeramente descendente.
El aire cambió de nuevo: más frío, más quieto, con un olor distinto que Adrián no supo catalogar al principio.
Un olor casi dulce, vegetal, extraño en un sitio así; después, al adentrarse unos metros, el olor dulce se mezcló con otro mineral, más antiguo, y los dos se unieron en una sensación que sólo podía describirse como olor a raíz. A raíz de ciudad.
La galería terminaba en una sala pequeña y rectangular. Tres metros por cinco. Techo bajo de ladrillo plano. Y en las cuatro paredes, visibles bajo la luz de las linternas, había grabados.
No eran muchos. Pero eran clarísimos.
En la pared de la izquierda, una concha.
Una sola concha, grabada a pulso, con esa forma de vieira que cualquier sevillano reconocía porque la había visto cientos de veces en otros contextos: emblemas, pintadas, conchas de piedra en las esquinas de algunos palacios, e incluso, sin ir más lejos, en la propia sillería del coro de la Catedral.
—La vieira —dijo Clara, aproximándose al grabado—. Concha jacobea. Aquí, a doce metros bajo el suelo del templo.
—No es raro —apuntó Adrián, más por costumbre que por convencimiento—. La Catedral conserva motivos jacobeos dispersos.
—Sí —dijo Clara—. Pero no en las paredes subterráneas. Y no grabados con esta profundidad. Esto no es ornamento. Es señalización.
Se separó un paso del muro. Alumbró la pared completa. Y entonces, bajo la concha, a poca distancia de ella, se hizo visible otra inscripción, más pequeña, tallada con letras distintas: latinas, romanas, claras y muy bien conservadas.
ITER
—Camino —tradujo Clara, casi para sí—. Vía.
—Hay más —dijo Salvatierra, señalando con la linterna la pared de la derecha.
Se volvieron. En aquel muro, en un friso alto al que Adrián tuvo que acercarse alzando la linterna, se distinguía una frase completa, también en latín, en letras capitales compactas, con la uve en su forma antigua:
SICVT SVPERIVS, SIC INFERIVS
— Como arriba, así abajo —tradujo Clara con una lentitud que no era de vanidad sino de fatiga, como si la frase le hubiera aterrizado antes en la cabeza que en la lengua—. Una fórmula hermética. Se la atribuye al Corpus Hermeticum , la Tabla de Esmeralda . Muy antigua. Muy anterior al cristianismo.
—Aquí sirve de principio arquitectónico —dijo Salvatierra, en voz baja—. Lo que hay arriba, hay abajo. Lo que se ordena arriba, se replica abajo. La Catedral no termina donde pisamos. Continúa.
Adrián, que hasta entonces había escuchado con esa calma profesional de los que no se sorprenden fácilmente, tuvo que apoyar la mano en la pared unos segundos.
No era miedo. Era otra cosa. Era la sensación —la primera auténtica que le daba aquel subsuelo— de que su trabajo de quince años, la topografía mental que se había hecho de los edificios religiosos, iba a necesitar una revisión profunda.
La pared, bajo su mano, estaba fría. No con el frío atmosférico de la cámara, que ya conocía, sino con un frío distinto: denso, pedregoso, como si la piedra misma tuviera una temperatura anterior al invierno.
La retiró después de unos segundos y se sacudió, por reflejo, el polvo fino que la piedra le había dejado en la palma.
Clara, mientras tanto, había desplegado el plano enrollado sobre una piedra plana que hacía las veces de mesa improvisada.
Era un plano antiguo, fotocopiado sobre papel grueso, con el sello del Cabildo en la esquina inferior y anotaciones manuscritas en lápiz por varias manos distintas, a lo largo de lo que debían de ser decenas de años.
—¿Qué es eso? —preguntó Adrián.
—Un plano del subsuelo —contestó ella—. O mejor dicho: uno de los planos del subsuelo. Hay varios. Éste es el menos incompleto.
—¿Por qué el menos incompleto?
—Porque nadie ha conseguido dibujar uno completo.
Señaló con un lápiz la zona donde se encontraban.
El plano mostraba, efectivamente, la cámara pequeña de los grabados, y más allá, un entramado de galerías que se ramificaba hacia distintas direcciones: una hacia el este, hacia la Plaza del Triunfo; otra hacia el norte, en dirección al Alcázar; y otra, la más marcada, hacia el oeste, hacia el río.
Sobre esa última alguien había escrito a lápiz, con letra pequeña y apretada, una anotación en dos partes. La primera era una palabra castellana:
Santiago.
La segunda, una expresión que Adrián nunca había oído:
Camino Negro.
—¿Quién escribió esto? —preguntó.
Clara no contestó enseguida. Miró a Salvatierra. Salvatierra miró al suelo.
—No se sabe con exactitud —dijo ella al fin—.
Esta copia del plano fue ingresada en el archivo en 1947, sin procedencia documentada.
Las anotaciones a lápiz se han ido añadiendo con los años por distintos archiveros, incluida una antecesora mía que se jubiló en 2003.
Algunas palabras, como ésta —tocó con el lápiz la expresión Camino Negro —, aparecen escritas al menos en dos planos distintos, por dos manos distintas, con décadas de diferencia.
—Lo que significa que…
—Que alguien, cada cierto tiempo, lo vuelve a escribir.
Silencio.
Adrián sintió, sin poder evitarlo, un ligero hormigueo en los brazos.
Miró la pared de la concha, la pared del Sicut superius , la pared del Iter .
Volvió al plano. Volvió a la expresión escrita a lápiz.
Había, en aquella habitación pequeña y fría, una lógica entera que empezaba a organizarse ante él sin que nadie se la estuviera explicando del todo.
No era magia. No era religión, al menos no religión al uso. Era otra cosa. Un sistema.
—¿Y qué es el Camino Negro? —preguntó, con una voz que procuró que sonara firme.
Salvatierra alzó la vista.
—Es una forma de llamarlo —dijo—. Ni la única, ni la más antigua. Pero la que ha sobrevivido.
—¿De llamar a qué?
—A lo que sigue por ahí.
Señaló con la barbilla hacia el oeste, hacia la galería marcada en el plano, hacia el Guadalquivir, hacia Triana.
—¿Y por qué negro ? —insistió Adrián.
—Porque hasta hace muy poco —respondió Salvatierra— sólo se podía recorrer de noche. Y porque, si se mira con cuidado —añadió, con la voz más baja—, tiene razones mejores que ésa para llamarse así.
No explicó más. No hacía falta. Dejar aquella frase en suspenso, en aquella cámara, era suficiente.
Clara recogió el plano y lo enrolló con un gesto mecánico, ese gesto de profesional que no quiere dejar el documento expuesto más de lo necesario.
Adrián no le quitaba ojo al grabado de la concha.
Pensaba, sin quererlo, en el cuervo de Conde de Ibarra.
En la línea oscura de los charcos. En la mancha en forma de almendra del parquet, inclinada cinco grados hacia el oeste.
Todo apuntaba, desde distintos ángulos, en la misma dirección.
—Tenemos que salir ya —dijo Salvatierra de pronto—. Se va a hacer tarde.
Adrián lo miró.
—¿Hay una hora? —preguntó, sin poder contenerse.