Capítulo 2 — Bajo la línea del agua #2
La sacristía mayor, a aquella hora, tenía una luz tibia y amarillenta procedente de las lámparas bajas colgadas del techo, que dejaban en penumbra las esquinas de las paredes forradas de madera taraceada y encendían, en cambio, el centro de la sala, donde una mesa de castaño del siglo diecinueve ofrecía su tablero alargado a los papeles de Clara.
Olía a cera tibia, a madera encerada, y a algún perfume muy sobrio —imposible identificar si era de ella o no— que no interfería con el olor general del Cabildo.
Sobre un banco lateral reposaban dos libros cerrados, una caja estrecha de metal oxidado, y una pequeña libreta negra de tapas blandas con una goma elástica perdida alrededor.
Salvatierra se incorporó con una lentitud estudiada.
Vestía sotana oscura, como siempre, pero se había quitado el alzacuellos, gesto pequeño que en un cura como él equivalía a estar en mangas de camisa.
Se acercó a Adrián y le tendió la mano, con ese apretón firme pero corto de los hombres que llevan una vida estrechando manos por oficio.
—Miguel me ha dicho que ha encontrado usted algo raro.
—Varias cosas.
—¿En el pilar?
—En el pilar. En las campanas. Y en mi casa.
Salvatierra levantó apenas las cejas. Clara, desde la mesa, alzó la vista por fin, y en su mirada, aunque seguía discreta, había ya una atención distinta.
—¿En su casa? —preguntó ella.
—En el parquet del dormitorio. Humedad con la misma forma que la del sillar. Mismo olor, mismo tacto. Exactamente igual.
Clara se apartó una mecha de la cara y anotó dos palabras rápidas en la esquina del plano, sin contestar. Salvatierra, en cambio, fue a sentarse otra vez en el banco.
—Siéntese —dijo—. Cuéntemelo todo.
Adrián se sentó. Contó lo de la escucha con el estetoscopio, lo del ritmo, lo de las campanas de medianoche, lo del charco de Santa Cruz, lo del encuentro con el barrendero y las palabras exactas que éste había dicho.
Contó lo de la mancha en el dormitorio. Contó lo del cuervo.
Contó, también, lo que aquella mañana había comprobado: que la mancha crecía.
No se dejó nada. Lo contó, eso sí, con la sobriedad de un informe técnico, sin adornos, como se explican las cosas cuando uno quiere que le crean.
Salvatierra escuchaba con los ojos bajos y las manos cruzadas sobre el regazo.
Clara seguía de pie junto a la mesa, anotando de vez en cuando algo en un cuaderno de tapas negras.
A mitad del relato, Clara intervino por primera vez.
—¿La orientación del eje, en los dos casos, la ha medido con brújula?
—Con brújula y con nivel. Ambas manchas apuntan al oeste-suroeste. Entre cinco y seis grados. Ambas idénticas.
—¿La de su casa está en el dormitorio que da al sur?
—Al sur-oeste, sí.
—¿Y la del pilar dos?
—Está en la cara norte del pilar. Pero el eje del cuerpo principal de la mancha apunta al oeste-suroeste.
Clara asintió. Apuntó. Dejó que Adrián siguiera.
Cuando Adrián terminó, hubo un silencio largo. Más largo del que él se había esperado. Clara se quitó las gafas, las limpió con el bajo de la camisa, y volvió a ponérselas con un gesto mecánico. Salvatierra apoyaba la cabeza ligeramente hacia atrás, contra la madera del banco.
—Bien —dijo Salvatierra, al fin—. Era hora.
Adrián lo miró fijamente.
—¿Perdón?
El sacerdote levantó los ojos. No sonreía. Pero tampoco parecía sorprendido.
—Nada, nada. Pensaba en voz alta.
Adrián sostuvo la mirada un momento más. Luego la dirigió a Clara. Clara sostuvo la suya con una calma seca, como la de un notario.
—Señor Vega —dijo ella—, ¿está dispuesto a bajar?
—¿Bajar a dónde?
—Al subsuelo.
—¿De la Catedral?
—De lo que hay bajo la Catedral —corrigió Clara—. Que no es exactamente lo mismo.
Hubo una pausa breve.
—¿Ahora? —preguntó Adrián.
—Ahora. Sí. Mientras no haya nadie en la Catedral. Es mejor.
Salvatierra se puso de pie. En un gesto pequeño, como de quien se quita el traje de oficina, cogió del armario antiguo una llave —la tercera por la izquierda, aquella misma que, noches atrás, había encontrado en el gancho equivocado— y se la guardó en el bolsillo de la sotana.
—Vamos —dijo.
Clara cogió un maletín pequeño de cuero —Adrián pensó, cuando lo vio, que no parecía un maletín sino un bolso antiguo, como los que llevaban los médicos de pueblo— y un plano enrollado que se metió bajo el brazo. Antes de salir, se detuvo frente a Adrián y le dijo:
—Si en algún momento, abajo, le pido que no toque algo, por favor no lo toque. Aunque le parezca evidente. Aunque le parezca útil.
—Entendido.
—Y si en algún momento oye algo que no estuviera previsto oír, tampoco intente interpretarlo. Dígamelo a mí. Dígamelo al padre. Pero no lo interprete usted mismo. Allá abajo los cerebros se confunden.
—Entendido.
Clara asintió, y pareció aliviarse un poco.
Salvatierra abrió una puerta interior que daba a un pasillo corto, y del pasillo a otra puerta, y de esa otra, a una escalera pequeña que bajaba.
Los peldaños eran de piedra desigual, con un muro curvo en el que se apreciaban, a quien supiera mirarlas, las marcas de distintas épocas: mortero moderno sobre ladrillo viejo sobre un revoco muy antiguo que parecía mover ligeramente los bordes bajo la luz.
Salvatierra encendió una linterna de mano, sólida, antigua, con la empuñadura gastada, y empezó a bajar. Clara lo siguió. Adrián, el último.
Bajaron despacio. El aire, como en todas las escaleras que bajan, se fue haciendo más denso a cada peldaño.
Olía a piedra fría, a salitre, y a ese componente indescifrable que tiene la humedad cuando lleva siglos encerrada en el mismo sitio.
A los pocos metros, los peldaños se ensancharon y la escalera giró.
Luego volvió a estrecharse. Luego se enderezó.
Adrián contó, por costumbre, los escalones.
Veintinueve. Luego otros veintidós, tras un pequeño descansillo.
En total, cincuenta y uno: unos doce metros bajo la cota del pavimento del templo, calculó de cabeza; unos ocho o nueve bajo el nivel del Guadalquivir.
Al final de la escalera había una cámara pequeña.
No era una cámara interesante en sí misma.
Paredes de ladrillo, techo abovedado, un par de nichos vacíos excavados en el muro, un suelo de tierra apisonada con una delgada capa de arena.
En una esquina, dos bombonas viejas, una escalera de aluminio plegada, unas cajas de herramientas manchadas de cal.
Todo aquello parecía, a primera vista, un espacio de mantenimiento.
Había, incluso, una pequeña pizarra colgada de la pared, con algunas anotaciones a tiza prácticamente borradas y un bolígrafo roto pendiendo de un cordel, resto visible de alguna ronda de inspección pasada.
Pero Salvatierra no se detuvo allí. Avanzó hasta la pared del fondo, apartó una chapa metálica sujeta con dos ganchos, y detrás de la chapa apareció un vano estrecho que daba a otra escalera.
—Aquí ya empieza lo que no sale en los planos —dijo Salvatierra, con la misma naturalidad con que habría dicho cuidado con el escalón —. Agachen la cabeza.
Adrián se agachó. Pasó. Clara pasó detrás de él, con el plano enrollado todavía bajo el brazo.
La nueva escalera era otra cosa. Los peldaños estaban tallados directamente en la roca, con una irregularidad que ninguna pulidora moderna habría tolerado.
Algunos eran casi del doble de altura que otros.
Los muros, en lugar de ladrillo, mostraban una mampostería muy vieja, con piedras desiguales unidas por un mortero oscuro que parecía casi negro.
Salvatierra descendía con la seguridad de quien conoce el desnivel de cada peldaño.
Iba callado. Ninguno de los tres hablaba.
Hablar, allí, hubiera sido como encender una luz de coche en un dormitorio.
Adrián dejó que sus ojos se acostumbraran.
En algunos tramos, a la luz de las frontales que los tres llevaban ya encendidas, se veían incrustadas en la piedra pequeñas muescas cuadradas muy regulares, como si alguien, siglos atrás, hubiera querido señalar determinados peldaños.
En otros, un relieve débil, casi borrado, dibujaba una franja horizontal.
Adrián, por oficio, las identificó como marcas de posición: indicadores usados por los canteros para alinear las piedras durante la construcción.
No le dijo nada. Salvatierra, al pasar por ellas, las rozaba discretamente con la yema del dedo, como hacen algunos hombres religiosos con las pilas de agua bendita.
Al cabo de otros quince o veinte escalones, la escalera se abrió en una galería horizontal.
La galería era más estrecha de lo que Adrián había imaginado.
Su techo, de ladrillo plano viejo, quedaba apenas a un palmo sobre la cabeza de Salvatierra, que no era un hombre alto.
Los muros, encalados en algún momento muy lejano, mostraban hoy el revoco en tonos grises y blancos desiguales, con amplias zonas en las que la cal había caído y dejaba ver el ladrillo antiguo de base.
En el suelo, de tierra batida endurecida por los siglos, se marcaban a intervalos regulares unas rigolas pequeñas, pequeñas depresiones lineales por las que, con calma, corría un hilo fino de agua que Adrián, al inclinarse, confirmó que iba inequívocamente hacia el oeste.
Al fondo de la galería había una cámara redonda, de unos cinco metros de diámetro, con un rebaje central en forma de círculo perfecto, de poco más de un metro de hondo, lleno de un agua quieta, negra, sin una sola onda.
Las paredes eran de ladrillo muy antiguo, colocado a espiga, y en los intersticios había brotado una eflorescencia blanca con forma de pequeñas estrellas endurecidas.
El techo, también abovedado, bajo, mostraba grietas finas por las que, en algún momento, había goteado agua que se había secado después, dejando en el cañón un rosario de manchas oscuras.
—La balsa —dijo Salvatierra.
La palabra sonó pequeña comparada con lo que designaba.