Los cuervos de la Catedral Capítulo 2 — Bajo la línea del agua
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Capítulo 2 — Bajo la línea del agua

Bajo la línea del agua

Al día siguiente, Adrián durmió mal y despertó peor.

Había estado despierto hasta las tres, con los dedos todavía percibiendo la humedad del parquet, escribiendo en su cuaderno de campo con una meticulosidad casi ciega.

Dibujó la mancha del rincón del dormitorio.

Dibujó la del pilar del Evangelio. Las puso lado a lado.

Las dos tenían forma de almendra, sí. Las dos estaban orientadas en vertical.

Pero había algo más, un detalle que sólo se aprecia cuando uno dibuja las cosas en lugar de mirarlas: en ambas, el eje longitudinal estaba inclinado exactamente cinco o seis grados hacia el oeste.

Hacia el río.

Se despertó a las siete y media. No había sonado el despertador —había olvidado ponerlo— y tampoco lo necesitaba: había dormido a intervalos cortos, con esa superficialidad insana de las noches en las que el cuerpo registra todo: el paso de un camión en la calle, el crujido de la madera al cambiar de temperatura, el tictac del reloj de pared del salón, el propio latido.

A las siete y media estaba boca arriba con la vista fija en el techo, como al amanecer del día anterior.

El perro, al verle despierto, se estiró con lentitud y se bajó de la alfombra con esa dignidad un poco torpe de los animales mayores.

Adrián se incorporó, le pasó la mano por el lomo, se puso la ropa del día anterior, y fue al rincón del dormitorio.

La mancha seguía allí.

Ligeramente más oscura. Ligeramente más grande. Quizá un centímetro más. La forma, idéntica.

Se quedó un rato mirándola sin tocar nada.

Luego, con la calma profesional de los que han aprendido a no alarmarse antes de tener datos, sacó la cinta métrica de la bolsa y la midió.

Ocho por cuatro centímetros en el eje mayor.

Cinco por dos al comenzar la noche anterior.

Esto era, aplicando proporción simple, crecimiento sostenido.

Apuntó los números en el cuaderno. Luego apartó los ojos.

Pasó la mañana encerrado en casa. Hizo café que no se tomó.

Dio de comer al perro, que le miró con esa paciencia de los animales viejos que ya no esperan gran cosa del ser humano.

Se duchó largo. Se afeitó. Se puso ropa limpia: camisa de lino azul oscuro, pantalón vaquero gastado, zapatos de suela blanda.

Revisó el correo electrónico, contestó sin entusiasmo dos mensajes profesionales menores, archivó uno que podía esperar.

A las diez y cuarto llamó por teléfono a su cliente habitual, un aparejador del Cabildo llamado Miguel que se encargaba del seguimiento administrativo de las obras, y pidió una reunión con alguien de dentro.

—¿Con el arquitecto? —preguntó Miguel.

—Con Salvatierra —contestó Adrián.

Hubo un silencio muy breve al otro lado.

—¿El padre Salvatierra? —dijo el otro, ya con otro tono.

—Sí.

—No es él quien lleva la obra, Adrián.

—Lo sé.

Hubo otro silencio. Se oía, de fondo, el teclado del aparejador y, más lejos, la voz de alguien dando instrucciones con ese tono plano de las oficinas donde nadie espera que le obedezcan del todo.

—¿Ha pasado algo que deba saber, Adrián?

—Ha pasado algo. No sé aún si deberías saberlo. Dame un día.

—De acuerdo. Vete a las seis y media. Te espero en la puerta del Lagarto. Le habré dicho algo.

Colgó.

Adrián se quedó con el móvil en la mano unos segundos.

Miguel era un buen profesional —formal, discreto, con treinta y dos años de Cabildo a la espalda— y tenía la cortesía de no preguntar lo que no le incumbía, pero también tenía el olfato de los que llevan décadas viendo trabajar a terceros en las tripas de un templo.

Si Adrián le hubiera dicho necesito una reunión con el arquitecto del templo , Miguel habría contestado que sí y le habría dejado para el día siguiente.

Pedir a Salvatierra era otra cosa. Salvatierra no formaba parte de la estructura administrativa ordinaria del Cabildo en lo que a obras se refería.

Era el sacerdote más antiguo del cuerpo canonjial, con rango y dignidad, pero no estaba en el organigrama al que uno llamaba por cuestiones técnicas.

Pedirle a Miguel que concertara esa reunión era, en realidad, pedirle a Miguel que admitiera, aunque fuera sólo implícitamente, que el problema del pilar dos no era ya estrictamente un problema técnico.

Miguel lo había entendido a la primera. Y por eso, con la discreción de siempre, había aceptado.

A las doce, para no seguir en casa pensando, Adrián salió a caminar.

Bajó por Santa María la Blanca, cruzó el Prado de San Sebastián, y caminó despacio por el parque de María Luisa entre las madres con carritos, las parejas de estudiantes en los bancos, y algún corredor solitario.

El parque olía a tierra mojada, a azahar temprano, a una primavera que se estaba haciendo la difícil.

Un pavo real cruzó la avenida central con su habitual indiferencia aristocrática, deteniéndose en medio del paso para hacer rueda durante unos segundos y luego seguir su camino sin comprobar si alguien le había aplaudido.

Adrián se sentó un rato en un banco junto al estanque pequeño de la Plaza de América.

Los patos discutían por algo. Una señora mayor, con zapatillas cómodas y sombrero de paja, echaba pan a los peces desde la baranda con esa conscupiscencia satisfecha de las personas que llevan haciendo un mismo gesto durante cuarenta años.

Comió, cuando le entró hambre, en una tasca pequeña de la calle Cardenal Ilundáin.

Una tortilla francesa con espárragos y una cerveza.

Pagó. Volvió a casa andando por las calles interiores, sin prisa.

El día estaba cargándose de ese sol claro que en marzo, cuando aparece, pone a Sevilla de un humor ligeramente insolente: como si la ciudad se acordara, de pronto, de lo que es capaz.

A las cuatro y media volvió a casa, sacó al perro a un paseo corto por el barrio, le dejó agua fresca y comida para la cena, le puso la manta que le gustaba sobre el sofá pequeño del salón, y salió.

A las seis y cuarto, caminaba por Mateos Gago en dirección al Patio de los Naranjos.

Había decidido, al final, ir a pie. Necesitaba ordenar la cabeza, y en Sevilla las ideas se ordenan mejor caminando que sentado.

El cielo estaba alto, limpio después de la llovizna del día anterior, con esa luz peculiar de las tardes que siguen a una lluvia de marzo: dorada en los muros, aún fresca en la sombra.

Los azahares, aunque todavía era temprano para ellos, empezaban a anunciarse con un olor tenue que se iba colando por los zaguanes abiertos.

En las terrazas de Mateos Gago había ya clientes tomando una caña y un plato de tapas, y dos guitarristas, en una esquina, tocaban una soleá sin cantante, más por oficio que por público.

Adrián se detuvo un segundo a escucharlos sin propósito claro.

Tocaban con dignidad, sin mirar a los transeúntes, con una concentración apenas elevada por encima de la cortesía.

La Catedral, a aquella hora, empezaba a cerrar.

Los últimos turistas salían en grupos por la Puerta de San Cristóbal, con sus audioguías enrolladas al cuello y ese cansancio particular de los que han caminado demasiado dentro de un edificio demasiado grande.

Dos niños ingleses, a los que sus padres arrastraban cansinamente, se detuvieron a mirar un escarabajo en el suelo con una atención más firme que la que habían dedicado a la Capilla Real.

Adrián, al pasar junto a ellos, sonrió por primera vez en veinticuatro horas.

Rodeó el claustro exterior hasta la puerta del Lagarto, donde efectivamente le esperaba Miguel, con su carpeta bajo el brazo y cara de tener ganas de irse a casa.

—Está arriba —dijo sin preámbulos, señalando con el mentón hacia la sacristía—. Y no está solo.

—¿Quién más?

—La archivera. Clara Bru.

Adrián frunció ligeramente el ceño. Conocía el nombre, pero sólo de oídas.

Clara Bru llevaba el archivo del Cabildo desde hacía unos años, y tenía fama de minuciosa, de seca, y de no tolerar demasiado a los intrusos.

No le disgustó. A la gente minuciosa y seca se la entiende mejor que a los entusiastas.

—¿Y por qué está ella?

Miguel se encogió de hombros.

—Salvatierra la llamó en cuanto le dije que venías. No me preguntó nada más.

Adrián tragó saliva.

—¿Y quién era ella antes de aterrizar aquí?

Miguel lo pensó un segundo. Sabía la respuesta. Dudaba si darla entera.

—Archivera. Valenciana. Hizo una tesina muy buena sobre los archivos capitulares del siglo diecisiete. La antecesora, Carmen Izquierdo, la recomendó para la plaza. Llegó en dos mil veintidós, y se ha hecho a la casa más rápido de lo que esperaba nadie.

—¿La conoces?

—De hola y adiós. No de más.

—Gracias.

Miguel asintió, le dio una palmada pequeña en el hombro y se despidió. Se iba a casa. Tenía un nieto al que cuidaba los miércoles.

Adrián subió.

Clara Bru era una mujer de unos treinta y muchos, alta, delgada sin aspavientos, vestida con una camisa blanca de algodón y unos vaqueros oscuros que, sin ser ni modernos ni viejos, le daban un aspecto de estudiante eterna.

Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta baja y unas gafas pequeñas de montura fina, no como adorno sino como herramienta.

Cuando Adrián entró en la sacristía, ella estaba de pie junto a una mesa alargada, repasando un plano del subsuelo que había extendido sobre el tablero y sujetado con cuatro pisapapeles distintos.

Alzó la vista sólo un momento, como se alza la vista cuando se confirma una llegada, y volvió a los papeles.

—Adrián Vega —dijo el padre Salvatierra, sin levantarse del banco de madera donde estaba sentado—. Clara Bru. Archivera del Cabildo.

—Un gusto —dijo Adrián.

—Lo mismo digo —contestó ella, sin mirarlo.

No era descortesía. Era concentración. Adrián lo entendió enseguida y no se lo tomó a mal.