Capítulo 1 — Las campanas de medianoche #4
La escalera de su edificio era una de esas escaleras sevillanas del siglo XIX, estrechas, con peldaños de mármol desgastado por el centro, barandilla de hierro oxidado y una bombilla temporizada que se apagaba con la velocidad de quien tiene cosas mejores que hacer.
Subió los tres pisos a oscuras, más guiado por la memoria de sus pies que por la poca luz que entraba desde los descansillos.
El portero, un hombre mayor al que apenas veía, dormía ya en su cuchitril de la planta baja con el televisor encendido a volumen bajísimo.
El pasamanos estaba ligeramente frío. En el segundo descansillo olía, como siempre a aquella hora, a la cena tardía del vecino de enfrente: algo con aceite, con ajo, con perejil.
En el tercero, se detuvo un segundo frente a la puerta.
El perro, al otro lado, no ladró. Nunca ladraba.
Era un galgo viejo, grande, de pelo gris y ojos cansados, y su forma de saludar consistía en aparecer en el recibidor, levantar un momento la cabeza y volver a tumbarse cuando confirmaba que no había novedades mayores que la llegada de Adrián.
Era, se podría decir, un animal profundamente razonable.
Se llamaba Moro y tenía once años. Había pertenecido a Elena, pero, en el reparto silencioso que acompañó la mudanza, ella había dejado, sin decirlo, que se quedase con Adrián.
Lo había llamado así, Moro, por el color de una mancha negra que tenía sobre el ojo derecho, aunque la mancha, con los años, se había ido aclarando y ya apenas se notaba.
En estos tres últimos años, el perro había envejecido con la decencia discreta con la que envejecen los galgos viejos: sin perder dignidad, sin pedir, sin reclamar.
Pero aquella noche, al entrar, el perro no estaba en el recibidor.
Adrián dejó la bolsa de herramientas en el suelo, encendió la luz del pasillo y avanzó con cierta extrañeza.
Encontró a Moro en el dormitorio, de pie en mitad de la alfombra, con las orejas tiesas y la cabeza baja, mirando el rincón del fondo.
No gruñía. No temblaba. Sólo miraba. Adrián siguió la línea de sus ojos.
En el rincón no había nada.
Sólo el radiador, apagado desde marzo. Sólo el suelo, con su parquet gastado.
Sólo una pequeña mancha de humedad, alargada, de forma imprecisa, que no tenía por qué estar allí porque no había goteras conocidas en aquel piso, y porque el techo de esa esquina era el mismo tabique interior desde hacía años.
Adrián se acercó despacio. Se agachó. Puso dos dedos sobre el parquet y los levantó enseguida.
Estaban mojados.
Los olió. No era agua de cañería, ni agua de lejía, ni humedad condensada.
Era otra cosa. Una agua vieja, mineral, con un resabio a piedra fría y a sótano.
Exactamente el mismo olor, comprendió con un pequeño sobresalto, que le había entrado por la nariz unas horas antes al acercar la cara al sillar del pilar número dos.
El galgo soltó entonces un único suspiro largo, de esos suspiros de perro viejo que pueden significar muchas cosas y ninguna concreta, y se tumbó en la alfombra sin dejar de mirar el rincón.
Adrián le pasó la mano por la cabeza, dos veces, despacio.
El animal cerró los ojos un instante y los volvió a abrir con el mismo gesto de antes.
Fuera, lejos, muy lejos, una campana solitaria dio una sola nota —la media noche, una media campanada, o tal vez otra cosa— que Adrián oyó con la misma claridad con la que había oído la voz serena de Manuel en la Plaza Virgen de los Reyes.
Algunas noches se ensucia distinto.
Se quedó de rodillas un rato largo, con los dedos aún mojados, mirando la mancha.
Había restaurado durante quince años paredes ajenas, sillares ajenos, humedades ajenas.
Ahora la humedad estaba en su propia casa.
Y tenía, si se la miraba con un poco de atención y sin ganas de engañarse, exactamente la misma forma que la del pilar número dos de la nave del Evangelio.
Forma de almendra.
Alargada en vertical.
Como si el agua supiera el camino de vuelta.
Se puso de pie despacio. Fue a la cocina.
Puso el cazo sobre el fuego, por costumbre, aunque no iba a prepararse nada.
Apagó el fuego antes de que el agua empezase a calentarse.
Se sentó a la mesa, con la cazadora todavía puesta.
El cuaderno de campo seguía en la bolsa, pero por primera vez aquella noche no sintió la necesidad de abrirlo.
Ya lo abriría al día siguiente. Había cosas que convenía no escribir hasta haberlas dejado reposar.
Se quitó la cazadora. La colgó del perchero.
El perro, en el dormitorio, había vuelto a dormirse.
Adrián se lavó la cara con agua fría. Miró su reflejo en el espejo del lavabo.
La luz del fluorescente, mal regulada, le dejaba en el pómulo derecho una sombra amarillenta que le recordó, sin razón clara, a los primeros trabajos de restauración con don Eulogio, aquellas madrugadas largas en el Escorial en las que los dos comían algo de pie junto a la caja de herramientas y el maestro, sin dejar de masticar, señalaba con la barbilla algún rincón de la bóveda y decía: Ahí. Esa no suena como las demás.
Adrián se secó la cara. Apagó la luz del baño. Se fue a la cama. El parquet, al otro lado de la habitación, seguía mostrando la mancha en forma de almendra.
Se volvería a mirarla antes de dormirse.
Y se dormiría, al final, sin cerrar del todo los ojos.