Capítulo 1 — Las campanas de medianoche #3
Las campanas terminaron. Doce en total. El silencio que siguió a la última no fue silencio, porque lo rellenaban ese eco final del bronce, el latido bajo de los charcos y un nuevo ruido que venía desde la parte norte de la plaza: el raspar regular de una escoba contra los adoquines.
Adrián se volvió.
La figura de Manuel aparecía al otro lado de la plaza, inconfundible por la silueta y por la hora.
Llevaba su chaleco reflectante gastado, el pantalón impermeable, el gorro calado hasta las cejas, y empujaba el carrito metálico con su reja de recogida y su cubo de plástico negro.
Avanzaba despacio, con esa forma suya de trabajar que era más un peinado del suelo que una limpieza, deteniéndose cada pocos pasos para barrer con precisión un rincón concreto antes de seguir.
Tenía el aspecto de uno de esos hombres mayores cuyo oficio ha acabado por darles la forma: hombros caídos hacia el lado derecho por culpa del palo de la escoba, piernas ligeramente arqueadas, manos grandes y secas que, aun con guantes, se adivinaban nudosas.
Adrián pensó, un momento, seguir su camino sin saludar. No tenía sentido molestar a un barrendero a medianoche. Pero algo —quizá el eco todavía presente de las campanas— le hizo cruzar hacia él.
—Buenas noches —dijo Adrián cuando estuvieron a tres o cuatro metros.
—Buenas las tenga usted —respondió Manuel, sin detenerse del todo, pero bajando el ritmo.
Se miraron un momento. Adrián había cruzado con él en otras ocasiones, siempre a deshora, siempre en silencio o con un saludo breve; el barrendero tenía esa discreción de los oficios que trabajan cuando los demás duermen, una discreción que no era timidez sino oficio.
Nunca le había preguntado el nombre. Manuel, desde luego, tampoco se lo había preguntado a él.
—Bonita campana hoy —dijo el barrendero, pasando la escoba con un gesto lento por el borde de la acera.
Adrián lo miró con más atención.
—¿Usted también lo ha notado?
Manuel se detuvo. Dejó la escoba apoyada en el carrito. Se frotó las manos enguantadas una contra otra, como se las frota un hombre antes de decidir si habla o no.
—Treinta y un años barriendo aquí —dijo al fin—. Uno acaba aprendiéndose las campanas.
—Sonaban raro.
—Sonaban acompañadas —corrigió Manuel, con suavidad. Y añadió, tras una pausa—: A veces pasa, cuando hay humedad.
—¿El qué pasa?
Manuel se encogió de hombros.
—Que contestan desde abajo.
Lo dijo sin énfasis, como quien comenta que en febrero hace más frío que en enero. Volvió a coger la escoba y reanudó sus movimientos cortos sobre la acera. Adrián se quedó unos segundos sin saber qué contestar. Al cabo, dijo la única pregunta que le salió.
—¿Desde abajo?
—Desde abajo —repitió Manuel, sin mirarlo—. No le dé vueltas. Es una cosa suya.
—¿De la Catedral?
—De la ciudad.
Hubo un silencio incómodo. Manuel siguió barriendo.
Adrián, en su lugar, bajó un momento la vista, como se baja la vista cuando uno no sabe si lo que acaba de oír es una broma de las que cansa confirmar o una verdad de las que cuesta admitir.
Al levantarla otra vez, Manuel ya le daba la espalda y se alejaba en dirección a la Plaza del Triunfo, empujando el carrito.
La escoba se llevaba consigo una hoja de naranjo empapada, un papelito de publicidad, una colilla apagada.
Cosas sin importancia. Cosas que, vistas al hilo del comentario anterior, parecían contener algo que Adrián no sabía cómo llamar.
—Oiga —dijo, un tono más alto.
Manuel no se volvió del todo. Sólo ladeó la cabeza.
—¿Lleva usted siempre estas horas? —preguntó Adrián.
—Antes sí. Ahora, según los años. Algunas noches hay que limpiar más temprano.
—¿Por qué?
Manuel se quedó quieto un par de segundos. Luego respondió, siempre sin volverse:
—Porque algunas noches se ensucia distinto.
Y siguió su camino.
Adrián tardó un rato en moverse. Cuando reanudó la marcha, lo hizo en dirección opuesta a Manuel: cruzó la Plaza Virgen de los Reyes hacia el sur, entró en Mateos Gago, y tomó después la primera calle a la izquierda para meterse en el laberinto de Santa Cruz.
Era el camino largo para volver a su casa, pero aquella noche no le apetecía la recta.
Necesitaba callejear. Necesitaba, aunque no se lo hubiera dicho así, comprobar algo.
Santa Cruz estaba como siempre a aquella hora: callejones estrechos, cal blanca recién pintada en algunas paredes, viejas rejas forjadas saliendo de los muros bajo ventanas cerradas, macetas colgadas con más dignidad que abundancia.
Los faroles de hierro dejaban círculos concéntricos de luz amarilla sobre el empedrado, separados por tramos oscuros en los que apenas se adivinaba la forma de las piedras.
Olía a jazmín y, en algún tramo, a comida cocinada horas antes, ese olor residual que se queda atrapado en los patios y se filtra hacia la calle cuando todo lo demás se ha enfriado.
De vez en cuando una puerta interior sonaba lejanamente, o se oía la televisión de un vecino, esos breves anclajes de vida cotidiana que hacen más noche la noche.
En el fondo de un callejón, un perro ladró dos veces y volvió a callarse.
En la esquina con la Pimienta, un farol viejo proyectaba sobre la pared encalada la sombra larga de una reja, y esa sombra, al pasar Adrián por debajo, se dobló durante un segundo sobre sí misma y se deshizo.
Adrián caminaba con la atención puesta en el suelo.
En los charcos, concretamente. Había dejado de llover hacía horas, pero en Sevilla los charcos tardan en irse: la humedad antigua de las piedras, el ligero desnivel de los adoquines, la rigola escondida bajo las losetas, todo conspira para retener pequeñas cantidades de agua donde teóricamente no debería haberlas.
Aquella noche, él, que nunca había reparado demasiado en aquello, empezó a fijarse.
Se detuvo frente al primero. Un charco pequeño, en la esquina de la calle Susona, donde un canalón mal colocado dejaba caer gotas con cadencia doméstica.
Se inclinó. En el reflejo vio la pared encalada, el dintel de una reja, un trozo de cielo nublado.
Nada más. Siguió caminando. Cincuenta metros después se detuvo frente al segundo.
En éste el reflejo contenía una farola, la esquina de un tejado y la parte superior de una palmera. También normal.
Fue en el tercero donde lo vio otra vez.
Este tercer charco se formaba en una depresión entre losetas, delante de la puerta de un taller cerrado.
Pequeño, apenas un palmo de superficie. Adrián se agachó con cuidado, apoyando una rodilla en el suelo.
En el reflejo vio, primero, lo esperable: el farol de la esquina, la fachada del taller, un borde del cielo.
Después, como había ocurrido en la plaza, vio durante una fracción de segundo algo más.
Una línea oscura. Vertical. Que parecía hundirse en el agua mucho más allá del centímetro escaso que tenía de profundidad el charco real.
Parpadeó. La línea se fue.
Pero esta vez estaba seguro de haberla visto.
Se incorporó despacio. Se pasó una mano por la rodilla para quitar el polvo mojado.
Miró alrededor. La calle seguía vacía. El taller, cerrado.
Una ventana iluminada en un piso alto, al fondo, dejaba ver de reojo una sombra que cruzó y desapareció: alguien que no podía dormir, alguien que fumaba, alguien que recogía una cocina.
Sevilla, desde esa distancia, parecía tan normal que daban ganas de disculparse por estarla mirando con sospecha.
Pero Adrián era un hombre práctico, y los hombres prácticos, cuando ven algo dos veces, dejan de ignorarlo. Una anomalía era una anomalía. Dos anomalías, si tenían la misma forma y aparecían en el mismo tipo de superficie, eran un patrón.
No supo si fue esa palabra, patrón , la que le erizó el vello de los brazos por segunda vez en el mismo día.
Reanudó la marcha. Salió de Santa Cruz por una callejuela estrecha, cruzó la calle Mateos Gago por la parte alta y enfiló Conde de Ibarra hacia arriba, buscando la última cuesta que llevaba a su portal.
Aquella calle, a aquella hora, estaba más callada que ninguna: sin bares, sin terrazas, sin turistas, sólo vecinos invisibles durmiendo detrás de las persianas cerradas.
En lo alto, un letrero de neón de un estanco cerrado parpadeaba a intervalos irregulares, emitiendo un zumbido eléctrico bajo.
La letra T roja se encendía, se apagaba, se volvía a encender, sin ritmo aparente, dejando cada cierto tiempo la pared a oscuras y arrojando después, al reavivarse, un reflejo rosado sobre los balcones cercanos.
Al pasar debajo del letrero, Adrián levantó instintivamente la vista.
Sobre una cornisa, inmóvil y oscurísimo, había un cuervo.
No lo había visto al llegar. Tal vez llevaba allí desde siempre.
Tal vez acababa de posarse. El pájaro le devolvió la mirada con esa indiferencia atenta de los cuervos urbanos, que tienen los ojos más parecidos a los del hombre que cualquier otro ave.
No emitió ningún sonido. Sólo lo observó un par de segundos y después giró muy despacio la cabeza hacia la izquierda, como si algo en esa dirección mereciera, de repente, más interés.
Adrián siguió la línea que el cuervo miraba. No había, al final de aquella línea, nada visible. Sólo un recodo de la calle, y más allá, la oscuridad.
Se quedó un rato observando al animal. El cuervo no se movió. Adrián, consciente de que estaba haciendo algo ligeramente ridículo, se obligó a seguir. Sacó la llave del portal, la hizo girar con una precisión casi de reflejo, y entró.