Los cuervos de la Catedral Capítulo 1 — Las campanas de medianoche #2
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Capítulo 1 — Las campanas de medianoche #2

Adrián cruzó la nave del Evangelio con paso contenido.

Las suelas de goma de sus botas de trabajo no hacían apenas ruido sobre la piedra, pero en un edificio así cualquier pisada se amplifica hasta parecer una pequeña transgresión.

Pasó junto a la capilla de la Antigua —donde dos lamparillas rojas ardían con la obstinación de siempre—, junto a la reja de la capilla Real cerrada con tres vueltas de llave, junto al coro en sombra del que emanaba ese olor peculiar a madera vieja y aceite que se acumula en las sillerías después de siglos de misas, coros, funerales y tedéums. A un lado, la custodia de Arfe dormía bajo su velo de paño pesado, protegida por un cristal blindado que la noche volvía opaco.

Al otro, la silueta de un atril monumental recortaba su figura negra contra una vidriera menor, y en el suelo se adivinaba, a duras penas, la línea clara del meridiano de la Catedral, esa franja de mármol con signos zodiacales que pocos turistas advertían y que los sevillanos, por costumbre, pisaban sin detenerse.

Al llegar a la mitad de la nave, Adrián se detuvo un segundo.

Le había parecido oír, muy lejos, un sonido parecido al de una puerta cerrándose con cortesía.

No una puerta importante, no un portón; una pequeña, de oficina, de esas que encajan con un chasquido discreto.

Se quedó quieto. Escuchó. No se repitió.

Probablemente se había cerrado algún postigo con el aire.

O había sido el ruido ordinario de la Catedral adaptándose a la noche. Siguió.

El guarda de noche, un hombre mayor al que todos llamaban simplemente Rafael, lo esperaba en la puerta del Lagarto con el manojo de llaves en una mano y un termo de café en la otra.

Era bajo, fornido, con el pelo cano muy corto y una forma de mirar a la gente que combinaba la amabilidad del buen empleado con la desconfianza profesional del que ha pasado treinta años oyendo cosas por la radio a deshora.

Llevaba una camisa gris de uniforme, un jersey azul marino de algodón, un pantalón oscuro, y unos zapatos de cuero con suela antideslizante.

Sobre el mostrador bajo que le servía de oficina tenía una carpeta de anillas, un bolígrafo, un teléfono fijo antiguo, un transistor pequeño del que salía a volumen bajo la emisora que daba informativos de madrugada, y una taza de loza con dos dedos de café en el fondo.

—¿Mal negocio? —preguntó Rafael, mirándolo con la atención distraída de quien ha visto salir de allí a mucha gente a horas raras.

—Raro —contestó Adrián.

—La Catedral es rara —dijo Rafael, concediendo sin convicción, y abrió la puerta.

Luego, ya girando la llave en la cerradura, añadió, casi para sí:

—Antes era sólo de día. Lo raro, digo. Ahora viene también por las noches.

Adrián se volvió para mirarlo. Rafael no parecía haber dicho nada importante. Se limitaba a aguantar la puerta abierta con un gesto cortés, esperando a que el restaurador saliera para cerrar otra vez.

—¿Lleva mucho trabajando aquí? —le preguntó Adrián, con una curiosidad repentina.

—Este mes hace treinta y dos años —contestó Rafael, con la parquedad de los que han cumplido muchos aniversarios en el mismo sitio.

—¿Y siempre de noche?

—Desde el noventa y cinco, sí. Antes hacía turnos mezclados, pero se me quedó la noche.

—¿Se acostumbra uno?

Rafael esbozó media sonrisa.

—Uno se acostumbra a todo, restaurador. Y a ciertas cosas le toma cariño. A la noche, desde luego, porque tiene menos gente que la molesta a uno. Pero las noches, como ha dicho usted, a veces son raras.

Adrián asintió. Había aprendido, con el tiempo, que en aquel edificio las explicaciones nunca llegaban por la vía directa.

—Buenas noches, Rafael.

—Buenas se las dé Dios, restaurador.

Y Adrián salió sin hacer más preguntas.

La puerta dio al Patio de los Naranjos, y el aire de la calle —tan distinto, tan más antiguo, en realidad, que el de dentro— entró con su olor a tierra mojada y a hoja fresca.

Había llovido también durante la tarde, una llovizna breve que ahora se adivinaba en los charcos pequeños entre las losas, en las copas todavía goteantes de los naranjos y en el brillo mate de la fuente visigoda que seguía en el centro del patio, como lleva en el centro de ese patio más de mil años.

Un par de gatos se movían por los rincones, con el sigilo profesional de los gatos de iglesia, que saben que no es prudente abandonar del todo los muros bajo los que llevan generaciones viviendo.

Uno de ellos se detuvo un instante a observar a Adrián con los ojos redondos y fijos, como un juez pequeño, y luego siguió su camino hacia una esquina en la que, entre dos macetas de cerámica sevillana, alguien había dejado un platito de comida.

Adrián caminó entre los naranjos con la bolsa de herramientas al hombro.

La Giralda se alzaba a su derecha, negra contra un cielo morado, con la veleta del Giraldillo apenas insinuada por un reflejo de luna filtrada entre nubes.

Más allá, la Puerta del Perdón le esperaba abierta, con su inscripción mudéjar que a aquella hora ya no se leía pero se sabía.

Pasó bajo el arco. Rafael, detrás de él, cerró con el chirrido habitual del portón, ese chirrido largo que en Sevilla forma parte del paisaje sonoro de la noche como el silbato lejano de un tren en otras ciudades.

Fuera quedaba la calle Alemanes. Y más allá, Sevilla.

La Alemanes, a aquella hora, tenía el aspecto singular que sólo tienen las calles muy transitadas durante el día y muy vacías durante la noche: parecían más anchas, más largas, como si al marcharse la gente se hubiera ido con ella una parte del empedrado.

Las tiendas estaban cerradas. Las rejas metálicas bajadas devolvían reflejos parciales de las farolas, y en algunas todavía se veía pegado algún cartel de corrida taurina o algún folleto de turismo, arrugados por la humedad.

El suelo brillaba donde la llovizna había calado entre las losetas, y en el centro, a lo largo de la rigola, corría un hilo muy fino de agua que buscaba el desagüe con la tozudez de quien lleva siglos haciendo lo mismo.

Por un escaparate oscuro, el reflejo de Adrián, caminando con la bolsa al hombro, pasaba de vitrina en vitrina como una figura repetida y levemente distinta en cada una, según el ángulo con el que le daba la luz.

Adrián cruzó hacia la Plaza Virgen de los Reyes.

La Giralda quedaba ahora a su espalda. Delante, el edificio del Palacio Arzobispal mostraba su fachada rosada apagada por la noche, y a su izquierda, el farolón central de la plaza dejaba caer un círculo de luz amarilla sobre los adoquines mojados.

Un coche cruzó por Mateos Gago sin detenerse.

Una pareja de turistas, aún vestidos como si fueran a sentarse a una terraza, salió riendo del callejón de Argote de Molina y se perdió Plaza del Triunfo abajo, dejando detrás un rumor amortiguado de conversación en un idioma extranjero.

Una luz de neón, en un bar cerrado ya, parpadeó dos veces con un zumbido leve y se estabilizó. Lo demás era silencio.

Y campanas.

Porque entonces, justo entonces, la Giralda empezó a dar la medianoche.

La primera campanada fue alta, plena, como suelen ser las primeras: una nota redonda que cayó desde la torre y ocupó el espacio entero de la plaza, rebotando en las fachadas de la Catedral y del Arzobispal, y ganándose después un eco largo que se fue apagando por las calles estrechas.

La segunda siguió a la primera con la puntualidad del que cumple un oficio.

La tercera. La cuarta. Adrián se había detenido sin proponérselo en medio de la plaza, con la bolsa al hombro, y las contaba mentalmente como cualquier otro sevillano que hubiera nacido acostumbrado a aquel reloj.

A la quinta notó algo distinto.

No era que las campanas sonasen mal. Era que, entre campanada y campanada, en ese silencio de dos segundos escasos que separaba cada nota de la siguiente, había algo.

Un resto de sonido. Un rumor bajo, muy discreto, que no encajaba con el reverberar natural del bronce.

Al principio pensó que era su oído, aún cansado del estetoscopio.

Luego, cuando sonó la sexta campanada, le prestó más atención.

Allí estaba.

Un pulso.

Dos breves, una larga.

Casi inaudible. Por debajo del eco principal de la campana. Pero exactamente la misma cadencia que había escuchado hacía media hora en el sillar del pilar número dos de la nave del Evangelio.

Adrián se quedó muy quieto.

Miró hacia arriba, hacia la torre. Las campanas seguían sonando.

Siete. Ocho. Los vencejos, que nunca dormían del todo, daban vueltas en pequeñas bandadas alrededor del campanario, cruzando la luz del farol con siluetas breves.

A sus pies, los charcos de la plaza temblaban con cada campanada, igual que tiembla un vaso de agua cuando se golpea una mesa.

Pero el temblor no era el que cabía esperar.

No se limitaba a acompañar el sonido. Llegaba con un ligerísimo retraso, como si los charcos estuvieran repitiendo lo que la campana decía, un cuarto de segundo después.

Adrián bajó la vista hacia el charco más cercano, uno alargado que se formaba en la depresión de un adoquín hundido junto al farol.

Vio en él la imagen invertida de la farola, la pared del Palacio, un trocito de cielo nublado.

Y vio, durante una fracción de segundo tan breve que dudó si la había visto, algo más.

Una línea oscura que parecía prolongar la del propio farol hacia abajo, como si el farol tuviera raíz y la raíz bajase bastantes metros más allá del suelo de la plaza.

Parpadeó. La línea había desaparecido. El charco volvía a reflejar sólo lo que tenía por encima.