Capítulo 1 — Las campanas de medianoche
Las campanas de medianoche
Entre la campana del alba y la de la medianoche median dieciocho horas, y en Sevilla, que conoce ambas, ninguna se parece a la otra.
A las once y media de aquella misma noche, la Catedral era ya otra cosa.
Los últimos visitantes se habían marchado mucho antes, los guardas habían hecho el recorrido rutinario cerrando rejas y comprobando candados, y el inmenso volumen interior —cuarenta y dos metros bajo la clave del crucero, más de ciento treinta de nave— había vuelto a quedarse consigo mismo.
Adrián Vega conocía aquel silencio. Había aprendido, con los años, que no era uno solo: la Catedral tenía un silencio distinto a cada hora, y la diferencia entre el de las diez y el de las once no era cuestión de volumen, sino de textura.
El de las once era más espeso, más granulado, como si el aire tuviera peso y fuese acumulándose en los rincones igual que se acumula la arena en los bajos de un barco parado.
La jornada de Adrián había empezado, en realidad, poco después de las ocho de la mañana.
Había salido de casa con la bolsa de trabajo ya preparada, había bajado andando hasta la Catedral por Conde de Ibarra y Mateos Gago, se había tomado un café corto de pie en la barra de una cafetería de toda la vida —una de esas tascas con la cafetera ruidosa y el azucarero de aluminio manchado— y se había presentado en la puerta del Lagarto a las nueve menos diez.
El guarda diurno, un hombre joven al que no conocía de nada, le había mirado la tarjeta con la desconfianza profesional que suele dedicársele a los recién llegados, y le había dejado pasar después de una llamada breve a la oficina del aparejador.
A las nueve en punto, ya tenía montado el pequeño andamio junto al pilar dos.
A las tres, había salido a comer. A las cuatro y media, estaba de vuelta.
Durante la tarde había avanzado discretamente en la limpieza superficial del sillar bajo, había fotografiado la evolución diaria de la mancha, había hablado por teléfono con su aparejador durante cinco minutos para un asunto menor y, a las ocho y pico, había cenado un bocadillo en una terraza de Mateos Gago viendo pasar turistas.
A las once había subido otra vez a la Catedral, por la puerta del Lagarto, aprovechando el permiso nocturno que el Cabildo le había extendido para dos semanas.
Trabajaba aquella noche, por permiso expreso del Cabildo, en el segundo pilar de la nave del Evangelio, junto al trascoro.
Llevaba tres sesiones nocturnas instalado en el mismo andamio modesto —dos metros de altura, un tablón, una caja de herramientas, una lámpara de pinza orientada hacia la piedra—, revisando una anomalía que no terminaba de encajar en ningún informe limpio.
El sillar de la base presentaba una mancha de humedad demasiado circunscrita, demasiado intensa, demasiado simétrica para ser casualidad.
Tenía forma de almendra, alargada en vertical, y reaparecía después de cada intento de secado, como si el agua conociera el camino de vuelta y lo recorriese sin prisa cuando nadie la vigilaba.
No era, desde luego, la primera anomalía que Adrián encontraba en un edificio antiguo.
En quince años de oficio había catalogado, con la calma paciente con la que un médico cataloga arritmias benignas, todo tipo de rarezas: humedades ascendentes que no correspondían a ninguna filtración documentada, grietas que se abrían y se cerraban según la presión atmosférica, manchas de óxido que parecían tener forma humana y, en un caso concreto, ocurrido en una ermita perdida de la Alpujarra, una mancha circular en una bóveda que a lo largo de doce meses había rotado en el sentido de las agujas del reloj, siempre en el mismo ritmo, sin explicación técnica.
La mayoría de aquellas rarezas tenían, al cabo, una causa banal que sólo la paciencia revelaba: un bloque de hielo acumulado en un desagüe del siglo dieciséis que se derretía lentamente con las horas de sol; una raíz que había invadido una pared sin avisar; un insecto minúsculo que carcomía determinadas piedras pero no otras.
Adrián se había enseñado a sí mismo, a lo largo de los años, a no interpretar jamás.
A observar. A anotar. A esperar que la explicación apareciese, porque siempre acababa apareciendo.
Pero la mancha del pilar dos no se comportaba como las otras. Tenía la forma demasiado estable. El perímetro demasiado limpio. La humedad demasiado constante. Y, sobre todo, volvía.
Sobre el tablón Adrián tenía desplegadas sus herramientas de siempre: un estuche de metal con espátulas finas, un higrómetro digital, una cinta métrica de acero, una linterna frontal y, al fondo, lo que parecía un pequeño estetoscopio de latón al que llamaban en el gremio escucha de muros .
Era una pieza vieja, heredada de su maestro, un toledano reseco que había restaurado medio Escorial y que le había enseñado, en sus últimos años, que la piedra no era muda.
La piedra hablaba sólo en frecuencias bajas.
Había que ponerle oído, y sobre todo paciencia.
Su maestro se llamaba don Eulogio Vargas, había nacido en 1929 en un pueblo de Toledo, había perdido un dedo en una mina italiana en la posguerra, había aprendido el oficio con los restauradores venecianos que vinieron a trabajar al Prado en los años sesenta, y había muerto en 2013 dejando a Adrián, sin pompa, la colección de herramientas que ahora ocupaba el estuche metálico sobre el tablón.
Lo había visto por última vez tres meses antes de morir, en una residencia limpia de las afueras de Toledo, con ochenta y cuatro años y una lucidez algo melancólica.
Don Eulogio le había dado, aquella tarde, dos consejos.
El primero, que no se dejara nunca tentar por la restauración moderna de superficie, esa que pule y oculta, porque pulía y ocultaba lo que importaba.
El segundo, que no se le olvidara que algunos edificios respondían a quien los escuchaba.
Adrián había asumido el primero con facilidad, como una cortesía profesional, y había aparcado el segundo, sin decirlo, en el casillero mental donde guardaba las cosas un poco raras que don Eulogio decía cada tanto. Hasta ahora, al menos.
Retiró con la espátula una mínima porción del revoco viejo que cubría el borde inferior del sillar, sopló el polvo hasta dejar la junta limpia —un polvo tan fino y tan dorado que, a la luz de la lámpara, parecía flotar más de lo que caía— y colocó la campana del estetoscopio contra la piedra.
Se puso los auriculares. Cerró los ojos.
Durante el primer minuto no oyó más de lo previsible: el leve crujido de una viga del coro adaptándose al descenso nocturno de temperatura, el zumbido de la red eléctrica filtrado por algún cable empotrado, el lejanísimo compás de un coche cruzando la avenida.
Luego, cuando el oído se acostumbró y el cerebro aprendió a descartar aquellas tres capas, apareció lo otro.
No era agua corriendo. Adrián había oído agua corriendo muchas veces, en capiteles partidos, en filtraciones, en tejadillos mal resueltos; el agua, cuando baja, suena como agua.
Aquello no. Aquello era un pulso. Un golpeo sordo, muy bajo, muy constante, con una cadencia exacta que su mano empezó a seguir en el aire sin que él se diera cuenta.
Dos breves, una larga.
Una pausa.
Dos breves, una larga.
Adrián se quitó los auriculares. Se apartó un instante del sillar y se pasó la mano por la nuca, como quien necesita volver a situarse en el mundo conocido.
Cuarenta y dos años, quince de oficio, y aún le pasaban aquellas cosas: confundir un ritmo real con un ritmo imaginado, o al revés.
Volvió a colocarse los auriculares, esta vez con un poco menos de paciencia, convencido de que la próxima escucha iba a devolverle el silencio de siempre.
El pulso seguía allí.
Dos breves. Una larga. Pausa.
Miró el reloj —las doce menos cuarto— y tomó nota con letra rápida en su cuaderno de campo: Pilar 2 NE, junta inferior, cadencia acústica regular, origen no identificado, frecuencia aproximada 0,4 Hz .
Cerró el cuaderno. No le gustaba escribir cosas que no podía explicar.
Aún menos le gustaba no escribirlas y luego dudar si las había oído.
Desmontó la lámpara con la tranquilidad metódica de los que se han pasado la vida bajando de andamios sin mirar abajo.
Guardó las herramientas en el estuche. Dobló el tablón.
Cuando estuvo todo recogido, apagó la lámpara frontal y se quedó un momento de pie junto al pilar, en la penumbra casi absoluta, dejando que los ojos se acostumbraran.
La Catedral, de noche, tenía una forma particular de mostrarse.
Cuando se apagaban los focos, la poca luz que quedaba —la de las lamparillas de las capillas, la de las dos o tres bombillas de mantenimiento encendidas en rincones discretos— no iluminaba realmente: sólo insinuaba.
El crucero se adivinaba más que se veía.
Las bóvedas se intuían por una oscuridad ligeramente más oscura que el aire.
Los sepulcros laterales quedaban reducidos a masas sin contorno, y los retablos, tan exuberantes al sol, se apagaban en un dorado sordo que sólo brillaba cuando alguien se acercaba con una linterna, como si tuvieran vergüenza de su propia opulencia.
Olía a piedra fría, a madera antigua, al resto del incienso del día —un olor que se iba depositando a la altura del suelo cuando ya nadie lo movía— y, si se prestaba atención, a la humedad particular de los canalones mal conducidos, esa humedad mineral que no es de lluvia sino de siglos.