Los cuervos de la Catedral Prólogo — Las campanas del alba #2
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Prólogo — Las campanas del alba #2

En la sacristía mayor, el padre Ignacio Salvatierra acababa de encender la luz y la había vuelto a apagar.

Era un hombre de sesenta y seis años, delgado como un palo de olivo, con el pelo ya completamente blanco y las manos largas y huesudas de los que han pasado la vida entre libros y misales.

Vestía una sotana oscura, menos por devoción que por costumbre, y calzaba unos zapatos negros gastados en los talones que llevaban con él más años que muchos de sus feligreses.

Prefería la penumbra a esa hora. La electricidad, solía decir cuando alguien se lo preguntaba, le quitaba algo al templo; le arrancaba una capa que después costaba horas reponer.

Se había despertado a las cinco menos cuarto, sin despertador, como casi todas las madrugadas desde hacía treinta años.

Había hecho la cama, se había lavado la cara con agua fría, y se había puesto la sotana sobre una camiseta interior que la lavandería del seminario le devolvía cada quince días planchada con una meticulosidad que siempre le parecía exagerada.

Había bajado al patio pequeño del piso de la residencia sacerdotal —vivía en un apartamento austero pegado al Arzobispal, con un dormitorio, un baño, un salón con una mesa y una estantería llena de libros, y un pequeño balcón que daba a un patio de luces— y, desde allí, había caminado a la Catedral por un pasillo interior del Cabildo al que pocos empleados tenían acceso.

En el trayecto, había cruzado con un canónigo mayor que salía en dirección contraria hacia su habitación.

Se habían saludado con un gesto de cabeza.

No habían hablado. Había, entre los canónigos, una cortesía de madrugada que consistía en no interrumpir el silencio del otro, porque se entendía que cada uno, a esa hora, venía de algún rezo propio o iba hacia algún silencio propio, y no correspondía a nadie molestar esos tránsitos.

Salvatierra había vivido en aquel recinto cuarenta y un años.

Conocía los ruidos de la Catedral como se conocen los sueños de un hijo: sabía cuándo el coro crujía por frío y cuándo por levante, sabía que la Giralda transmitía una queja metálica cuando el viento la pillaba de cara, y sabía —aunque esto último nunca se lo había dicho a nadie— que había un punto concreto en el suelo del trascoro que, si se pisaba con fuerza, devolvía un hueco donde según los planos no tenía por qué haberlo.

Conocía, también, el olor particular de cada capilla a cada hora: la de la Antigua, en la madrugada, tenía una fragancia ligeramente más densa que al mediodía, porque las lamparillas, a aquella hora, llevaban toda la noche trabajando, y su aceite se había ido espesando con la humedad.

La capilla Real, en cambio, siempre olía igual, con esa permanencia elegante de los recintos reservados: a cera limpia, a mármol seco, y a un fondo mineral imposible de precisar que provenía, quizá, de la piedra de los sepulcros.

Aquella madrugada, sin embargo, no le interesaban los ruidos habituales.

Había venido mucho antes de lo acostumbrado porque sabía, con esa certeza incómoda que no proviene del pensamiento sino del estómago, que algo bajo el templo había estado activo durante la noche.

No era una idea; era una molestia. Parecida a la que siente un hombre cuando vuelve a su casa y encuentra los muebles en su sitio pero sospecha que han sido movidos.

Se acercó al armario donde colgaban las llaves antiguas, las que ya no se utilizaban más que una o dos veces al año.

Abrió el batiente y las miró. Eran treinta y cuatro llaves de hierro forjado, algunas con la cabeza en forma de trébol, otras con anillas simples, todas ennegrecidas por el tiempo.

Las conocía de memoria. Las miraba cada mañana durante un segundo, por costumbre, como un capitán de barco inspecciona a primera hora la bitácora sin esperar encontrar nada raro, sólo por profesionalidad.

Y una, la tercera por la izquierda, estaba en el gancho equivocado.

Salvatierra cerró los ojos un instante.

—Otra vez —dijo, con la voz baja de los que llevan décadas acostumbrados a hablar solos.

Volvió a colgar la llave en su sitio. Antes de cerrar el armario, sin embargo, se la acercó al oído un segundo; un gesto que no habría sabido justificar si alguien lo hubiese sorprendido haciéndolo.

La llave no dijo nada. Las llaves, desde luego, no dicen nunca nada.

Son las cerraduras, y sólo algunas, las que a veces hablan.

Permaneció un rato inmóvil delante del armario abierto.

Pensó, sin dolor particular, que aquella era la tercera vez que encontraba esa llave fuera de sitio en los últimos cuatro meses; la cuarta, si contaba una ocasión anterior en la que no había estado del todo seguro y había preferido no apuntarla.

Eran demasiadas. Alguien estaba entrando con una frecuencia que no había tenido antes.

Alguien del Cabildo, o alguien que conocía el Cabildo lo bastante bien como para moverse por él sin dejar rastro.

Salvatierra había convivido durante años con la idea de que, cada tanto, la llave se descolgara por voluntad propia —una expresión que utilizaba él mismo en su fuero interno, aunque no se hubiera atrevido a pronunciarla delante de nadie—, pero aquello era otra cosa. Aquello era actividad.

Cerró el armario. Pasó la llave del mueble por la ranura correspondiente y la guardó en el bolsillo de la sotana.

Se pasó la mano derecha por la frente, retirando un par de canas blancas que se le habían despeinado al inclinarse sobre la cerradura.

Se ajustó después el alzacuellos con los dos dedos de la mano izquierda y se quedó allí, muy quieto, escuchando.

Mientras tanto, en un cuarto piso de la calle Conde de Ibarra, un hombre llamado Adrián Vega despertó sin despertador y sin motivo evidente.

Estaba boca arriba, con los ojos fijos en el techo, y tardó unos segundos en comprender por qué.

No había sido un ruido. Al menos, no uno que pudiera identificar.

Había sido, más bien, la sensación de que un peso enorme y muy lejano se había movido medio centímetro, y de que su cuerpo, por algún motivo, había notado ese medio centímetro antes que ningún instrumento.

Adrián tenía cuarenta y dos años, era restaurador de piedra, y llevaba quince de ellos trabajando en edificios históricos, sobre todo religiosos.

Tenía el físico de los hombres que se han pasado la vida subidos a andamios: enjuto, de hombros amplios pero no voluminosos, manos anchas con los dedos acostumbrados al cincel y al nivel de burbuja.

Vivía solo desde hacía tres años. Había tenido una mujer, una casa grande y un perro.

No le quedaba ni lo uno ni lo otro, sólo el perro, que dormía en ese momento a los pies de la cama con la indiferencia doctoral de los animales viejos.

La mujer se llamaba Elena y habían estado juntos once años.

Se habían conocido en una obra en Granada, donde ella había ido como fotógrafa de una editorial de libros de arte y él estaba restaurando la fachada menor de la Capilla Real.

Había sido una relación tranquila, inteligente, con una notable ausencia de gritos y una notable presencia de silencios.

Cuando Elena, al cabo de los años, se había marchado a Madrid por un trabajo que merecía la mudanza, él no había puesto reparos, porque no se le habían ocurrido razones razonables para retenerla, y porque los dos habían entendido, sin decírselo, que aquel era el final lógico de un arco que, en realidad, había empezado a cerrarse tiempo atrás.

La casa grande de la que Adrián se había ido tenía dos balcones al Patio de Banderas y una cocina amplia con suelo de baldosas antiguas, y la había dejado con la misma sobriedad con la que se había marchado Elena a Madrid, es decir, con pocos comentarios.

Se había mudado a Conde de Ibarra, un tercero sin ascensor que había encontrado por una recomendación, con las paredes blancas y el suelo de parquet viejo, con una cocina estrecha y un salón alargado que daba a una calle poco transitada.

No había colgado cuadros. Había colocado los libros sin un orden que él mismo hubiera podido defender, y, cuando los amigos más cercanos le preguntaban si estaba bien, contestaba que sí con la naturalidad de los que no tienen previsto decir lo contrario.

Se incorporó despacio. La habitación olía a café del día anterior y a ropa todavía húmeda de la colada del martes.

Un libro de arquitectura gótica estaba abierto sobre la mesilla, boca abajo, en la página ciento cuarenta y tres.

En la silla, la cazadora de trabajo, azul marino, con una mancha de yeso en la manga derecha que nunca había llegado a lavar.

A través de los visillos, la ventana devolvía esa luz sucia de las madrugadas de lluvia fina, la que no es de día ni de noche sino de ciudad dormida.

Adrián se asomó. Los tejados brillaban como escamas de pez, y a lo lejos, por encima de los aleros, se adivinaba el perfil de la Giralda, más pálida que el cielo, como un hueso asomando bajo la piel del mundo.

Se quedó un momento mirándola. Y entonces, sin querer, contó.

Dos breves, una larga.

No había campanas en ese instante. No sonaba nada.

Pero había contado igual, automáticamente, como quien recita una oración aprendida en la infancia.

Se pasó la mano por la cara con una mueca.

Estaba empezando a escuchar cosas que no había, pensó.

Llevaba tres noches así. Quizá era el cansancio.

Quizá era la obra. Quizá, simplemente, estaba envejeciendo antes de tiempo, como todos los que se ganan la vida en contacto con materiales que a su vez envejecen despacio.

Volvió a la cama. No se acostó. Se sentó en el borde, con los pies descalzos apoyados en el parquet frío, y dejó pasar un minuto sin mirar nada concreto.

El perro levantó un segundo la cabeza y la volvió a apoyar en la alfombra con un pequeño suspiro de concesión.

Adrián lo miró. Le pasó una mano por el lomo, dos veces, en sentido contrario al pelo, y el animal, sin abrir los ojos, movió un momento la cola con la condescendencia paciente de los animales que saben que la ternura de los humanos viene a horas raras.

Se levantó. Fue a la cocina. Puso agua en el cazo. Esperó a que hirviera.

En la Catedral, mientras tanto, Salvatierra no había salido de la sacristía.

Se había quedado de pie frente al armario cerrado, con las manos cruzadas a la espalda, en esa postura de espera que adoptan los hombres que han aprendido a no tener prisa.

Al cabo de un minuto volvió a abrir el batiente, descolgó de nuevo la llave que había encontrado fuera de sitio, y se la guardó en el bolsillo interior de la sotana, donde llevaba también el breviario y un pañuelo limpio. Luego salió.

Atravesó la nave lateral con el paso medido de quien conoce el suelo mejor que la propia suela de sus zapatos.

Pasó junto a la reja de una capilla oscura, junto a un confesionario vacío, junto a un candelero apagado con cera endurecida en su base.

La luz de las vidrieras no había empezado a entrar todavía: la penumbra lo cubría todo con el mismo manto azulado, uniforme, viejo, y los pasos del sacerdote sonaban contra la piedra con esa claridad hueca que sólo se escucha en los edificios muy grandes antes del amanecer.

A su paso, alguna de las lamparillas encendidas en las capillas laterales oscilaba apenas con el desplazamiento del aire, y el resplandor menudo le ponía en la sotana, durante un segundo, un halo rojizo que luego se apagaba.

Llegó a una puerta pequeña, a la altura de la nave del Evangelio, que pocos visitantes advertían porque la hoja estaba pintada del mismo tono que el muro.

No había letrero. Una cerradura antigua, de bocallave alargada, era la única pista de que allí había paso.

Salvatierra sacó la llave del bolsillo, la introdujo y la hizo girar.

La cerradura sonó entonces con un chasquido profundo, casi satisfecho, como un perro que reconoce una mano conocida.

La puerta dio a una escalera estrecha que bajaba.

El sacerdote se persignó —con un gesto rápido, mecánico, que no era tanto oración como costumbre de umbral—, sacó del mismo bolsillo una pequeña linterna de metal, la encendió, y empezó a descender.

El haz iluminaba peldaños de piedra desiguales, gastados por el centro como gasta el río a los cantos rodados, y un muro curvo en el que se apreciaban, a quien supiera mirarlas, las marcas de distintas épocas: mortero reciente, ladrillo viejo, restos de un revoco antiguo que había perdido el color.

A cada escalón el aire se hacía más denso, más frío, con ese olor característico a piedra que no ve la luz: una mezcla de salitre, moho y algo más, algo que no terminaba de dejarse nombrar, parecido al aliento que sale de los pozos cuando se asoma uno a ellos en invierno.

De las juntas, aquí y allá, colgaban pequeñas estalactitas blancas, finas como agujas, de no más de un centímetro, productos de una cristalización antigua que se había interrumpido en algún momento impreciso y había dejado allí sus hilos suspendidos, como si la pared hubiera estado llorando de mineral durante siglos y, al cabo, se hubiese serenado.

Salvatierra bajaba sin prisa, con una mano apoyada en el muro. No miraba al frente. Más bien escuchaba.

Arriba, la tercera campana del alba dejó caer su nota sobre la ciudad.

El cuervo de la gárgola levantó la cabeza.

Manuel, el barrendero, se santiguó sin pensar.

El taxista apagó la radio. Adrián, en su cocina, notó sin motivo que el agua del cazo, que acababa de romper a hervir, se había quedado un segundo quieta, como suspendida antes de seguir burbujeando con normalidad.

Y debajo, muy debajo, en algún punto al que el padre Salvatierra seguía bajando peldaño a peldaño, algo que no era un eco respondió.